—Algún día iré a Zenda —dije.
—Está usted loco.
Anthony Hope
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Apología de una mujer rebelde

Apología de una mujer rebelde

Luisa Carnés (1905-1964) forma parte del largo censo de escritores de anteguerra, más o menos encuadrables en el difuso bargueño de la generación del 27, de quienes apenas queda memoria. De humilde procedencia, se forjó un estatus de autora interesante y reconocida con varios libros de ficción y con su trabajo en la prensa durante los años de la República y la guerra. Tuvo que salir al exilio, y en su nueva y obligada residencia, México, revalidó su vocación con más prosa narrativa y con teatro, que no subió a los escenarios. Su fortuna literaria quedó marcada por su condición de exilada, de escritora sin lectores, como decía de sí mismo el mayor letraherido de todos los trasterrados, Max Aub. Casi nadie la recuerda hoy, ni la recordó en la larga posguerra. Una destacada escritora de la última promoción, Marta Sanz, achaca el olvido en parte a su condición de mujer: “Luego desapareció, como muchas otras mujeres y hombres —especialmente mujeres— del imaginario cultural porque todos sabemos quiénes escriben la historia…”, decía hace poco en un reivindicativo artículo, Luisa Carnés cuenta los brioches (El País, 29/9/2016). Hay que tener cuidado con estas generalizaciones. Desapareció por el tenaz afán de venganza de la dictadura contra quienes se habían mostrado fieles a la legalidad republicana, sin discriminación de género. E incluso no está Carnés entre los mayores damnificados. Muchos colegas corrieron peor suerte todavía que la suya. A ella, al menos, le dedicó comprensiva mención Eugenio de Nora en su panorama de referencia sobre la novela del pasado siglo. También ha merecido discreta y antigua curiosidad entre los medios universitarios y esta misma Tea Rooms que acaba de rescatar una atenta editorial gijonesa tuvo una edición facsimilar hace un par de años. Peor ventura ha acompañado a autores con obra mucho más amplia. Es el caso, por citar el primer nombre que me viene a la cabeza, del prolífico Clemente Cimorra, curioso pionero de la reconciliación nacional desde su añoranza española en Buenos Aires.

"Tea Rooms es una narración coral con un protagonista colectivo, aunque el argumento se centre en un personaje principal, Matilde, la empleada de un salón de té cuya historia se abarca con bastante detalle."

Luisa Carnés pertenece a lo que el mencionado Eugenio de Nora denominó “novela social de preguerra” con una etiqueta exitosa. Mientras otros autores de los años treinta se afanaban en buscar metáforas, unos cuantos, en cuya primera fila destaca el incansable Ramón J. Sender, se aplicaron a contar la injusticia, los padecimientos de los pobres y la represión de los movimientos revolucionarios. Hicieron una novela política y de denuncia, frente a la prosa deshumanizada patrocinada por Ortega y Gasset, la que en aquel entonces compartieron incluso Max Aub o Francisco Ayala. Esa literatura de compromiso fue la decantación de Carnés, coherente con su pensamiento rebelde que le abocó a la militancia comunista. El excelente, informado y novedoso epílogo de Antonio Plaza a Tea Rooms refiere el largo proceso de concienciación y lucha de Carnés, con el correspondiente reflejo en una actividad literaria de combate. Hará bien quien tenga el libro entre manos en leerlo en primer lugar porque lo contextualiza dentro de unas inquietudes que son consustanciales a la obra; que sin ellas, la novela ni trataría de lo que trata ni sería literariamente como es. El subtítulo acota al máximo su materia: “Mujeres obreras”. La leyenda que acompañó su primera salida, “novela reportaje”, dice su tono e intención. La suma de los cuatro términos definen el fondo y la forma de la cordial narración: mujeres, obreras, novela y reportaje.

Mujeres, en primer lugar. Tea Rooms es una narración coral con un protagonista colectivo, aunque el argumento se centre en un personaje principal, Matilde, la empleada de un salón de té cuya historia se abarca con bastante detalle. Aparecen varios hombres, pero son las mujeres quienes polarizan la atención de la autora y justifican la ideación misma de la obra. Los hombres tienen un papel complementario, subordinado a ese otro empeño primordial. Obreras es el otro determinante en la selección de los personajes. Las mujeres que pertenecen a una clase social superior no tienen más peso que el de una referencia accesoria. Junto a la condición femenina, el estatus de trabajadoras (asalariadas modestas, no proletariado industrial) y los factores económicos de una existencia penosa por sus condiciones materiales constituyen el sostén del libro. Es novela por cuanto que Carnés dispone una trama argumental trenzada con las aspiraciones y pesares de las empleadas de una moderna pastelería madrileña, chicas corrientes como lo apuntan los nombres propios comunes de todas ellas (Matilde, Felisa, Antonia, Esperanza, Trini, Paca, Clara, Marta, Laurita: ni uno solo con pedigrí aristocrático). Y además es reportaje porque esa trama descansa en la mostración a modo de crónica no fantaseadora del día a día de los personajes acompañada por noticias de la actualidad política y por documentos de la realidad social. De todo ello sale una narración muy barojiana (en construcción y estilo, no en propósito ni en ideología, claro) que engarza instantáneas de un número relativamente amplio de personajes.

Luisa Carnés aprovecha recursos de la literatura popular. Los personajes tienden al estereotipo. El dueño del negocio, el “ogro”, un burgués explotador. La encargada de la pastelería, arquetipo del despotismo intolerante y de la doble moral hipócrita. La chica frívola, la beatona, la conformista, la rebelde… Redime esta reducción psicológica Matilde. Carnés singulariza a la protagonista entre los otros seres difuminados y la dota de rasgos individuales firmes para poder cumplir suficientemente el papel de mujer rebelde con causa; una especie de heroína, casi el “héroe positivo” del realismo socialista. También pertenecen a la literatura popular algunos datos efectistas: la tragedia mortal de un aborto llevado a cabo con una varilla de paraguas o el hambre extrema que aboca a la prostitución.

"La reivindicación de los derechos femeninos no es un alegato frío y especulativo sino sustancia de una historia humana que llega al lector como tal relato de una peripecia personal creíble y auténtica."

Todo ello lo refiere una narradora entrañada en la materia pero distante de ella, a pesar de algunas injerencias ostensibles de un narrador que asume la voz de la autora. Con descaro se producen interferencias (“¿Qué mal han hecho estas pobres criaturas?”) y apelaciones pedagógicas al destinatario (“¿Qué haces en ese banco, en el centro de esa molicie suave, joven lector de libros revolucionarios?”). Y hasta se embuten prédicas explícitas. En una ocasión discursea la narradora: “Los problemas de orden “material” (social) no han adquirido aún bastante preponderancia entre el elemento femenino proletario español. La obrera española, salvo contadas desviaciones plausibles hacia la emancipación y hacia la cultura sigue deleitándose con los versos de Campoamor, cultivando la religión y soñando con lo que llama su “carrera”: el marido probable”. En otra sentencia que la víctima del aborto está “Muerta por la sociedad” y explica: “Si Laurita hubiera poseído una cultura media, no hubiese estado dominada por prejuicios seculares de religión y tradición, hubiera procedido de forma muy distinta”.

Sin embargo, tales intromisiones no eliminan la impresión de que se utiliza una cámara cinematográfica. La técnica objetivista consigue que las miserias resulten algo veraz por cotidiano y cierto. La mirada del observador impone una cierta neutralidad del relato, cuando de ninguna manera es imparcial. Se trata de una novela política que disimula artísticamente la ideología a base de presentar la trama como crónica. Y la crónica como retablo social que recrea la lucha de clases: los dos grandes grupos resumidos en la imagen de una sociedad dividida en sendas mitades, los que utilizan el ascensor o la escalera principal y “los otros”, los de la escalera de servicio. La fuerza del testimonio se sustenta en datos externos veristas: los salarios con sus exactas pesetas, la pocilga inmunda donde las camareras se cambian la ropa, la situación laboral de “esclavitud” de las chicas, los temores que suscita una jornada de huelga general.

Luisa Carnés

Luisa Carnés

Con estos recursos la escritora madrileña convierte la propagandística narración de una mujer rebelde en un relato cálido y emotivo. La reivindicación de los derechos femeninos no es un alegato frío y especulativo sino sustancia de una historia humana que llega al lector como tal relato de una peripecia personal creíble y auténtica. Tiene Tea Rooms incuestionable valor documental: testimonio plástico acerca de la sumisión —legal, familiar, emocional, religiosa— de las mujeres de las clases populares urbanas en los años treinta del pasado siglo. Es testimonio también de los nuevos aires de época que trataban de difundir los derechos civiles de la mujer, como hacía por entonces una conocida amiga de la autora, la sufragista Clara Campoamor. Y testimonio, además, de las angustias de los obreros en una situación económica grave: lo apuntan diversas referencias, pero lo hacen verdad impactante las constantes referencias al paro.

Tea Rooms tiene un valor primordial como retablo del pasado, pero de ninguna manera se queda en ilustrativa reconstrucción arqueológica. Esta aleccionadora novela histórica alcanza también llamativa actualidad. Por una parte, entendemos la reconstrucción de una fase auroral del empoderamiento de las mujeres como piedra miliar de un camino en el que quedan todavía muchas millas por recorrer. Por otra, la precariedad laboral de hace tres cuartos de siglo resuena con toda crudeza en la penosa crisis de estos días nuestros.

Autor: Luisa Carnés. Título: Tea Rooms. Editorial: Hoja de lata. Venta: Amazon y FNAC

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