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Arturo Pérez-Reverte: «Falcó es un sinvergüenza sin escrúpulos, amoral. Lo que cuenta es la aventura»

Jacinto Antón y Arturo Pérez-Reverte. Foto: Daniel Mordzinski

“Cuando interviene la traición, la aventura se vuelve más sutil y misteriosa, y revela, como no lo hace el simple relato de la lucha entre el bien y el mal, las inquietantes complejidades del alma humana”. La frase, escrita hace años por Jacinto Antón, podría referirse al libro que el pasado 25 de octubre presentaba su colega, Arturo Pérez-Reverte, de mano de Alfaguara en un Madrid vestido de gris para hacer juego con el ambiente de la novela en cuestión, de ésas que hacen evocar escenas de un cine de otra época, rodado en blanco y negro.

Se daban cita sobre el escenario de la Sala de las Columnas del Círculo de Bellas Artes dos viejos amigos: Jacinto Antón, periodista en la sección de Cultura de El País, y Arturo Pérez-Reverte, escritor (lo del periodismo lo dejó hace años, como suele recordar). Junto a ellos se presenta una figura intangible que camina en la oscuridad, misteriosa, con andares de lobo mujeriego: Falcó. El protagonista de la nueva novela de Pérez-Reverte será el centro de la charla. No busquen aquí héroes de aura inmaculada: el protagonista de la próxima saga del autor cartagenero es un jerezano cínico, golfo, traficante, torturador, desalmado, oportunista, criminal… capaz de tener pinta de chulo de putas hasta en uniforme. Espía para el bando ganador, agente al mejor postor rodeado de secundarios de lujo, y sus aventuras se desgranan a lo largo de una primera novela que rinde homenaje al género de espías de los años 30 y 40. Unos años en los que el viejo mundo se apagaba mientras otro comenzaba a asomar, y en los que su creador ha decidido quedarse a vivir un tiempo.

Pilar Reyes. Foto: JeosmLos tres personajes centrales del acto, pues, se conocen ya desde hace tiempo, saben que cada uno de los otros es de los suyos y el tono relajado, fluido y animado de la charla es buena prueba de ello. Risas, interrupciones y bromas marcan la tónica del encuentro. En la sala de las columnas, repleta, bajan las luces. Las tres primeras filas rebosan de plumas célebres de diversos medios, fotógrafos ilustres, directores de cine o colegas y compañeros de media vida. Una camarera vestida de riguroso negro, pajarita y deslumbrante sonrisa, coloca dos hupa-hupa sobre la mesa central –sospechamos que no se trata de Leandro, así que no es el camarero del libro–. Un amplio centro de flores, que evoca otra época, otros lugares, da el único toque de color a un escenario vestido de negro, a tono con la ocasión. Tras las palabras introductoras de Pilar Reyes, editora de Alfaguara, nuestros personajes entran en escena.

Jacinto Antón: Mira, nos han puesto unos martinis y todo… Estamos aquí para saludar el nacimiento de un nuevo personaje, Lorenzo Falcó, una ocasión tan importante como cuando nació Diego Alatriste, o como cuando nació Sandokán, ya que nos ponemos a hablar de personajes. Falcó es un personaje muy especial, porque en él Arturo ha querido concentrar todo lo detestable, lo malo y las peores excrecencias de un héroe. Quizá es que Alatriste le estaba quedando demasiado noble. Alatriste siempre había tenido su lado oscuro, pero aquí, tras leer Falcó, no quiero pensar qué es lo peor que lleva Arturo dentro. Falcó es un chico de buena familia, y eso lo diferencia bastante de Alatriste. Este era de los bajos fondos, y aquí tenemos una maldad de clase alta. Jerezano, expulsado de la armada por conducta indecorosa –tema de faldas con la mujer de un superior–, a lo largo de la novela Arturo nos muestra bastantes cosas de su lado turbio antes de desembocar en nuestra guerra civil, que es el marco de esta novela. Sin querer hacer spoilers, que sepan ustedes que los franquistas ganan la Guerra Civil [risas] y no se rescata a José Antonio Primo de Rivera, sintiéndolo mucho. O no. Además, Falcó sobrevive a esta aventura, lo cual es un spoiler relativo, porque sabemos ya que Falcó ha venido para quedarse. Yo me alegro de que Falcó tenga como personaje una vida mucho más larga que la mía: yo aparecí una vez como maestro de esgrima en una novela de Arturo y eso me ha supuesto tener que reñir con mucha gente. No tengo serie propia, sin embargo, y a veces me pellizco y me pregunto si soy algo más que un personaje de Arturo. Falcó es una novela muy interesante por todas las cosas que tiene dentro. Aunque Arturo siempre dice que hay que ceñirse a la aventura, al argumento y a esa historia de espionaje y guerra, está ambientada en la Guerra Civil y hay muchas referencias a ella. Agradezco mucho como lector el encontrarme con una novela donde los detalles están bien puestos: cada vez que sale un soldado del bando que sea, sus uniformes, ideología, todo, está muy bien detallado. En ese sentido es una novela trabajadísima, y hubo varios intentos reales de liberación de José Antonio, entre ellos un comando falangista…

Arturo Pérez-Reverte: Los mataron a todos.

JA: Hubo incluso dos chicas implicadas en ese intento de liberación. Este libro tiene mucho de novela histórica también. Incluso me ha sorprendido ver que en la lancha torpedera alemana, la Iltis, el nombre es real.

Jacinto Antón. Foto: JeosmAPR: Es que Jacinto, al que ya conocemos todos, es un friki. Para él el calibre de un arma, un modelo de avión… Un día conoció a una rusa que le dijo que era de Stalingrado y él cayó a sus pies. [risas] Yo siempre digo que es uno de los nuestros, y un gran amigo desde hace muchos años. Sabía que esta novela encajaría en el territorio que a él le interesa, y que él esté aquí no es casual, porque es el hombre adecuado para hablar de este tipo de novelas, de espionaje, y de guerra.

JA: Yo intentaba pillarle en alguna cosa, como el sonido de las granadas Lafitte, y los silenciadores, pero no.

APR: Hay un gazapo de todas formas, que fue culpa mía, y es de esos que no ves hasta que abres el libro ya impreso y dices «maldición». Y es que la Academia Naval en el año 18 todavía no era Vigo, sino San Fernando. Lo ves mil veces y no lo adviertes. Pero ya lo corregiré en la siguiente edición.

JA: Voy a preguntarte una cosa de entrada, que es el nombre de Falcó. Había un aviador de la República –su as de caza nocturna–, que murió en Francia en 2014 y que se llamaba José Falcó.

APR: No, lo tomé del cabo Falcó. Cuando veo un nombre que me gusta me lo apunto. Y Falcó es uno de los que me gustó, y además con su significado de halcón, depredador. Inicialmente la novela se llamaba El código del escorpión, pero lo cambiamos.

JA: Entonces, tenemos el halcón, el escorpión, con su lema incluso de picar rápido e irse…

APR: «Mira, pica y vete».

JA: Parece un lema de fuerzas especiales. Y hay otro animal ahí metido, que es el lobo solitario. Varias veces se habla de él como un individuo que está al margen de todo, que no respeta normas, pero a medida que transcurre la novela se va viendo que algunos códigos sí que tiene.

"Prefiero un lobo a un cordero. Y Falcó es de esos: sabe cuáles son las reglas. Para él matar, mentir, sobrevivir, es natural,"

APR: Alguno, pero los adecuados. A mí me gustan mucho los lobos. Tú y yo hemos hablado de eso otras veces: cuando ves los corderos balando y los lobos cazando, el impulso primero de humanidad y ternura es ponerse de parte de los corderos, pero cuando observas el rebaño y cómo se desarrolla la matanza de corderos, te das cuenta de que a veces el cordero no sé si se merece la suerte que corre, pero es cierto que el lobo, que es un animal duro, cruel y solitario que mata para comer, responde más a las reglas de la naturaleza. Todo esto no es nada nuevo. Hay una tendencia a pensar que este es el mundo real, y no lo es. Están los corderos ahí en manada pensando que están a salvo por estar juntos y luego llega el lobo, acechando atento con sus colmillos y los mata. Y no puedo evitar sentir simpatía por los lobos. Prefiero un lobo a un cordero. Y Falcó es de esos: sabe cuáles son las reglas. Para él matar, mentir, sobrevivir, es natural. Son mecanismos de supervivencia normales. No le da importancia al matar. Hay sitios –Haití, Siria, África–, donde no es que te maten por un martini, sino por un vaso de agua, y la gente que se mueve por esos lugares, como Falcó, tiene eso incorporado en su ADN. El otro día me decían: «¿Pero cómo es que Falcó no respeta el «no» de una mujer?»… O sea, un tío que mata y que tortura, ¿tú crees que se va a preocupar por el «no» de una mujer?… Es que es otro mundo. La palabra «lobo» estuvo a punto de figurar en el título también.

JA: ¿Es el personaje que mejor podría servir para atravesar nuestra guerra civil?

APR: La Guerra Civil es un mero pretexto. Yo quería mover a mi personaje por los años 30 y 40, y la Guerra Civil es un buen espectáculo. Y además hay algo de «malicia narrativa» por mi parte ahí: la Guerra Civil ha sido tan utilizada… Somos tan estúpidos que a todo ponemos etiquetas, y en la Guerra Civil están por todas partes. Mi padre y mi tío, que eran chicos de buena familia, combatieron con la república, mientras que mi suegro, que era de izquierdas, luchó con los nacionales, o sea, que eso de los bandos… Me gustaba lo que de provocación tenía mover a un personaje amoral de forma transversal por un territorio como el de la Guerra Civil. En las guerras civiles, todo eso de las causas grandes contempladas desde lejos, desde arriba, se ve claro quién es el malo. Cuando yo estaba en los Balcanes, o en Nicaragua o en El Salvador o en Rumanía estaba clarísimo. Pero cuando te acercas a la trinchera, fumando un cigarrillo con los soldados o con un francotirador, te das cuenta de que las líneas se diluyen.

JA: Pero Falcó está al servicio de un bando.

APR: Cuando ocurre el levantamiento Falcó le pregunta al Almirante: «¿Estamos a favor o en contra?», y eso ya lo dice todo sobre él. Mientras que Alatriste es un personaje más moral al principio, Falcó es un sinvergüenza desde niño, sin escrúpulos, amoral. A él le da igual, y lo que cuenta es la aventura. Hay gente para la que, como dice John Dos Passos, el infierno es un poderoso estimulante, para quien la adrenalina, la emoción, la aventura, pesa más que cualquier idea. Yo he conocido a Falcós de todo tipo y pelaje, y he compartido sus comportamientos y manera de ver las cosas. Un reportero joven va a la guerra porque hay emoción, chicas, aventura, adrenalina, compañeros, etcétera. Y ese tipo de visión de la guerra como un lugar peligroso y a la vez fascinante es el que Falcó tiene. El desafío era meter a un personaje así en la Guerra Civil, donde todo el mundo exige etiquetas de buenos y malos. ¿En qué se diferencia un joven de 18 años idealista comunista de un joven de 18 años idealista falangista?… Y me refiero a la diferencia interna, no a la causa. Además, mi ventaja es que la Guerra Civil a mí me la han contado testigos directos. En la guerra hubo doscientos mil asesinatos entre ambos bandos, aunque uno de esos bandos pudo seguir haciéndolo durante cuarenta años más. Alguien tuvo que matarlos, ¿no?… No todos eran héroes en el frente. Había mucha gente en la retaguardia con uniforme o con mono de miliciano o con camisa azul de falangista. Oportunistas, delincuentes, gentuza, gente que quiere hacerse perdonar cosas, gente con cuentas que arreglar en los dos bandos. No todos los abuelos que tuvimos en la guerra fueron héroes sin tacha. Y esa visión realista de las cosas y de lo que es la guerra es lo que se busca con Falcó.

JA: No hay mucha gente que pueda explicar la Guerra Civil así.

APR: Pero es que yo no quería explicarla. En Alatriste sí que quería contar España, y en Hombres buenos quería hablar de una gente que pudo cambiar España, pero aquí no, aquí quiero retratar a un personaje y moverlo por una guerra civil real, auténtica, hecha de recuerdos reales de testigos de primera mano. Yo no puedo contar la Guerra Civil a base de tuiteos. Yo no quiero hacer mejor al lector con esta novela, ni cambiar su vida. Yo sólo cuento una historia de aventuras en la guerra civil española, como hay otras en la Segunda Guerra Mundial.

JA: Pero mucha gente se detendrá con cuidado en cada detalle a ver cómo cuentas cada cosa.

Arturo Pérez-Reverte. Foto: JeosmAPR: Allá ellos. No hay admiración por los jóvenes falangistas, por ejemplo. Hay respeto, como por los jóvenes idealistas del otro lado. Falcó, como lobo que es, reconoce a un luchador cuando ve a aquellos jóvenes falangistas idealistas que hablan de una España, grande y libre y que no se quedan en la retaguardia, como otros, y los distingue. Pero a veces los verdugos inocentes son los más peligrosos. Y yo Falcó no soy, eso debe quedar muy claro. Ya me gustaría a mí en algunas cosas –en otras no–, pero no lo soy, aunque es evidente que nadie pone lo que no tiene, y Falcó tiene una forma de mirar el mundo que le he dado yo. Falcó tortura. ¿Yo torturaría?… Hombre, no lo sé. Yo he visto torturar. Por ejemplo, en Angola, lo hacía Felipe, un amigo mío, a uno del MPLA. Se le oía gritar durante un rato, y a veces él paraba y entraba en el hotel a tomarse algo y a hablar y a contarme: que si se me va la mano lo mato, que hay que saber empatizar con él, que te vea también como su única forma de salvarse, etcétera. Y eso son cosas que se te quedan en la vida. ¿Yo torturaría?… Es que no lo sabes. Depende de lo que tengas en juego, como todo en la vida. Cuando te acercas a la parte real de la vida, no a esta, sino a Alepo o Haití, los valores de la sociedad occidental que nos han ido inculcando no es que desaparezcan, pero se diluyen. En casos así, hay otros comportamientos que asumes como parte de la vida local, y hasta tú mismo podrías practicarlos. Yo mismo he hecho cosas en lugares así que no me gustan, y las recuerdo no con vergüenza, pero sí con desagrado y con remordimiento. Y así, Falcó, tortura, mata, y hace lo que necesita en el territorio en el que está.

JA: Hacia el final, sin embargo, hay un momento en el que se empatiza más con Falcó, como lector.

APR: Este año cumplo 30 como novelista, desde El húsar, y algo se va aprendiendo. Esta vez he utilizado mi experiencia para hacer una novela de espías escueta, limpia, de diálogos cortantes, seca, con poca descripción, y ahí la estructura es fundamental para poder jugar con el lector: aquí le va a gustar Falcó, aquí no. Aquí se va a mostrar de una manera, aquí se va a portar de otra manera, como por ejemplo mujeriego o desagradable, o lo que sea. Tenía que irlo combinando y previendo o calculando los posibles estados de ánimo del lector al llegar a ese pasaje. Ahora lo desprecio, ahora lo admiro… Y en las escenas de la tortura es cuando quizá Falcó se muestra más como lo que es. Porque uno de los graves problemas que tiene nuestra estúpida sociedad actual es que todo lo queremos ver con ojos del siglo XXI, y eso es imposible. Ni el Cid ni Falcó son del siglo XXI, ni siquiera el feminismo era igual. Aplicar los criterios políticamente correctos de ahora es falsear la historia. Y yo quiero hacer sentirse al lector tan allí que no le sorprendan los comportamientos de esa época.

JA: Yo, a pesar de toda la truculencia –porque realmente hay momentos muy duros, desagradables y atroces–, le he encontrado una tonalidad bastante romántica.

APR: Tú es que eres así, muy romántico. [risas]

JA: Una lealtad en el valor, por ejemplo.

APR: Eso sí.

JA: Unos códigos de honor…

APR: Más que de honor, de valor. Tú puedes matar a un adversario con respeto o sin respeto. Y esto se da, yo lo he visto. Yo no he visto nunca a nadie luchar por la bandera o por la patria, en quince o dieciséis guerras en las que he estado. Excepto quizá en la del Golfo, porque los marines americanos son otra cosa, son todos como críos pequeños, muy infantiles, [risas] pero aparte de ellos no he visto a nadie morir por la patria o la bandera. Luchan por necesidad, porque el enemigo se te echa encima o porque el compañero está ahí, por solidaridad de grupo, por pequeños vínculos. Está Étienne de Montety sentado por aquí hoy, que ha venido desde París, que es muy amigo mío, y que no estará entendiendo nada de lo que digo, porque no habla una patata de español, y él sabrá muy bien a qué me refiero, porque sabe mucho de legionarios y paracaidistas, y ha escrito libros sobre ellos. Tradúceselo, Raquel [de la Concha]. Que en la Legión Extranjera francesa no se lucha por Francia, se lucha por el compañero. Y es así. Entonces, Falcó reconoce esto cuando lo ve, y él sí admira el valor, aunque el valor ingenuo de los falangistas le produce casi ternura, porque son unos pardillos, unos críos idealistas. Pero cuando ya encuentra a los otros personajes, que son gente como él, aunque no comparta sus códigos, ahí ya hay respeto, y una lealtad hecha de valor. Valor, dignidad, coraje, todo eso funciona muy bien, y con ellos Falcó se muestra leal, dentro de lo que cabe.

JA: Esta novela está pidiendo cine. Hay un montón de escenas en esta novela que las ves. Alatriste ya está en el cine. ¿Y Falcó?

APR: Ya me la han pedido. Pero pasa una cosa en el cine, y es que cada lector se ha hecho su propio libro en su cabeza, y una película es la visión de un solo director, aunque sea muy bueno. Si es demasiado prematura esa visión tan personal, la película puede estropear sus personajes en la imaginación de los lectores. Alatriste, que la hizo Tano [Díaz Yanes], que está por aquí también, no salió hasta que ya hubo cinco novelas de la serie. De hecho, Viggo Mortensen, que es un excelente actor, lo que hizo fue adaptarse él a un Alatriste que ya existía en vez de al revés, y eso es lo importante. Y yo no quiero que a Falcó me lo toquen prematuramente, de manera que no habrá película hasta que no esté asentado en la mente de los lectores.

JA: La visión de la mujer en esta época era muy diferente a la que tenemos ahora, pero hay algunas mujeres bastante modernas en esta novela, que combaten y toman los riesgos…

APR: Como en todas mis novelas.

JA: Y Falcó las admira y las respeta, aunque probablemente estaban más en un bando que en otro.

APR: No, había en los dos bandos. ¿Sabes qué pasa?… Que hay dos tipos de mujer… Estamos entrando en territorio comanche ya… [risas] Cuando entras en territorio peligroso, hostil, hay dos tipos de comportamiento en las mujeres: una es la irresponsable, la que piensa que por ser mujer no le va a pasar nada. Yo siempre me negaba a ir con mujeres a zonas malas, de combate, y no por ningún tema de profesionalidad, que muchas eran estupendas, y algunas muy, muy compañeras mías, sino porque a mí me iban a matar para poder violarla a ella. Así que lo siento mucho, pero no te llevo. Es que esto es Angola, no es París. Y nos van a parar cuatro negros borrachos en un control de carreteras y me van a machetear a mí para poder violarte a ti tranquilamente, cosa que no pasaría si somos dos tíos. «Hombre, pero es que…» Que no, es que no. No es compatible tu presencia en este coche con esto. Es pura matemática práctica. Hay dos tipos de mujer, decía, una es la que entra en estas zonas de forma inconsciente, en plan “como soy mujer, no pasa nada”, o «soy mujer y tengo tales derechos», y tú dile al iraquí de turno, o al nicaragüense, o al guineano, que es que mis derechos, que nosotros y nosotras, compañeros y compañeras… [risas] Recuerdo a un chaval de 16 años en Kolwezi que venía con el casco al revés, arrastrando el Kalashnikov por el cañón, con una cerveza en la mano, borracho… y yo pensando “que me va a matar este cabrón”. Tú ponte a decirle a ese, con el casco al revés y el machete en la mano: “Es que los derechos de la mujer, es que Clara Campoamor…”. La mujer que entra en eso o lo hace de forma irresponsable, que hay muchas, o es la mujer que sabe al riesgo que entra, y esa es la admirable. También las he conocido. Corinne Dufka, por ejemplo, o muchas amigas mías, compañeras de aquellos tiempos. Las he visto hacerlo, sabiendo lo que arriesgan y además sabiendo que arriesgan más, porque a un hombre lo matan, pero una mujer tarda en morir. Una mujer, atractiva o no atractiva, tarda en morir en un lugar así. Tarda mucho en morir y grita mucho además, las he oído gritar. Un hombre que asume eso tiene un coraje extraordinario, y las mujeres de esta novela son así, hacen falta las amazonas. ¿Cómo no las vas a respetar?… Ahí no hay diferencias. Ahí sí que hay igualdad. ¿En qué se es igual?… En el coraje, la inteligencia, no en las formas sociales.

JA: Quizá a algunos les sorprenderá este planteamiento tuyo y ese inmenso respeto con que tratas aquí a las mujeres.

APR: Mira, Corinne Dufka una vez saltó sobre una mina en un vehículo con cascos azules, murieron todos menos ella, y le saltó metralla a la cara. Al mes entró en el hotel, la vimos entrar con sus cámaras, y dijo Gerva Sánchez: “Hay que tener un par de cojones”. Y es verdad. Eso es una mujer, para mí, en ese territorio. Y esas mujeres, que allí hacen eso, aquí hacen otras cosas. Ese es el tipo de mujer que está en todas mis novelas –La Reina del Sur, por ejemplo–, y es la mujer que me interesa.

JA: Es una novela que tiene algunas escenas eróticas de alto voltaje, de dos rombos. Los polvos más intensos de tu narrativa están en esta novela.

APR: A Falcó le gustan mucho las mujeres, es un mujeriego. Hay una escena en El pintor de batallas que me gusta mucho, de la que como autor estoy orgulloso, porque creo que está bien contada, es una escena muy delicada. Pero sí, aquí son más… Es que Falcó es un depredador, por eso es tan importante su actitud, la diferencia con la que trata a las que respeta y a las que no, hay cosas que no respeta. No todas las mujeres son respetables, y tampoco todos los hombres lo somos, unos sí y otros no, hay mujeres que sí y mujeres que no. Eso se lo he prestado yo. Falcó respeta a una.

"Yo no quiero que a Falcó me lo toquen prematuramente, de manera que no habrá película hasta que no esté asentado en la mente de los lectores"

JA: Bueno, hay una valquiria alemana que le depreda a él también… [risas]. Hay una escena que a mí me ha conmovido…

APR. Porque era alemana [risas].

JA: Me sorprende mucho que él usa como método de contención pensar en Franco en un momento…

APR: Yo, para contenerme, pienso en Rajoy [risas y aplausos]. Me lo has puesto muy fácil. [risas]

JA: ¿Era tan intenso el espionaje en esa España en la que empezaba la guerra civil, había tanto movimiento, tantos grupos y grupúsculos? Tú te inventas ese grupo pero todo lo demás es auténtico.

APR: Acababa de empezar, era todo un caos. Estaban la Falange que tenía sus servicios, los carlistas el suyo… Era un guirigay. Lo que hizo Franco fue poner a su hermano Nicolás a clarificar aquello, y poco a poco lo fue ordenando. Pero en esta fase están en plena lucha, con zancadillas políticas y demás. Pero esto fue lo que pasó, ¿no?… La República siguió siendo un caos hasta el final, eran los comunistas contra los comunistas, los trotskistas contra los otros, los anarquistas… El otro lado era criminalmente disciplinado: ganar la guerra, bando único y al que se mueva, estacazo. Y aquí todo el mundo a marcar el paso. La Falange tal, el carlista, Fal Conde al exilio… Esa unificación y ese concentrar esfuerzos para la victoria final fue por lo que ganaron la guerra. Decía Azaña en sus memorias: “Rodeado de imbéciles, gobierne usted si puede”. En la novela, pillamos a los franquistas cuando todavía están ordenando la casa.

JA: Comparado con Falcó, Malraux es una nenaza…

APR: Eso es machismo. [risas] ¿Ves? Et tu, Brute. Es que estamos rodeados.

JA: Se habla de personajes bajo los focos, con los flashes, los uniformes bonitos… En cambio Falcó es todo lo contrario, es un hombre efectivo que se mueve en la oscuridad.

APR: Malraux era un fantasma.

JA: Escribía bien.

APR: Había gente muy seria, muy interesante, héroes incluso, como los brigadistas que lucharon y murieron en campos de batalla, pero Malraux era de los que venían a hacerse la foto y a rentabilizarla políticamente. Escribía muy bien pero es que las guerras… Es como lo de Hemingway, que vino a España, entre otras cosas, a pasárselo bien. Él y tantos otros. Era una guerra estupenda, una guerra divertida, había mujeres guapas, hombres valientes, podía presumir de machote… Era otro fantasma en ese sentido. ¿Por qué era esto, que se me ha ido el hilo? [risas]

JA: Por los personajes que se mueven bajo los focos y los que viven en las sombras. Falcó encarna todo ese mito del contrabandista de armas…

Jacinto Antón y Arturo Pérez-Reverte. Foto: JeosmAPR: Sí, yo quería un Falcó que estuviera ya trabajado, que tuviera un pasado. Ha traficado con armas, había estado con los rusos en el desastre de Crimea… Quería un personaje que tuviera recuerdos, conocidos, heridas, quería un personaje hecho, no quería hacerlo en la novela, quería presentarlo ya hecho. Y bueno, creé ese personaje, un chico de buena familia, golfo, que se lía con la mujer de un profesor y le echan de la escuela naval, la familia lo manda a Estados Unidos, el coronel lo conoce en los Balcanes y lo recluta. Quería ese chico golfo, encantador, sinvergüenza, echaopalante

JA: En esta novela hay un momento en que un personaje dice “era uno de los nuestros”, y lo dice de una mujer precisamente. Este Almirante que tiene como ahijado a Falcó.

APR: Le recuerda al hijo que le mataron.

JA: Tú me has comentado que es el padre que todos querríamos tener.

APR: Yo aprendí la lección de John Ford. Aprendí una cosa fundamental para mi vida como novelista: los secundarios. Esos sargentos que arropan al protagonista y que lo respaldan, que permiten que la narración descanse en ellos de vez en cuando. En ese cine aprendí de muy pequeño que cualquier tipo de narración —sea escrita, visual o musical— necesita unos buenos secundarios. Al hacer esta historia procuré darle al menos dos secundarios de lujo, de mucho peso, a Falcó: el Almirante y el pistolero Paquito Araña. No son casuales. ¿Qué querrías tener cerca en un caso así?… Esa relación con el almirante que es casi paternofilial, con las insolencias, las disciplinas… Estaba yo escribiendo otra novela, que no era esta, y estaba muy contento con ella hasta que una noche estaba viendo la película Esta noche o nunca, con Melvyn Douglas y Gloria Swanson. Es una comedia romántica, pero hay un momento en el cual ella ha pasado la noche con Douglas, y la mañana siguiente, al hablar con su mejor amiga, le dice: “Es un caballero… pero no es un caballero”. Y entonces ahí, ahí dije «este es», y vi a Falcó en esas palabras. Y entonces la parte de El tango de la Guardia Vieja que tenía que ver con la Guerra Civil, más el trabajo que había hecho con el libro de la Guerra Civil para los chicos, los artículos míos para XL Semanal, todo eso tomó forma y vi la historia, y me apeteció tanto que me puse a escribirla. Y a medida que estaba escribiéndola y me acercaba al final, pensaba: «Me quedan tres meses nada más, ¿qué voy a hacer?». Tres meses viajando, imaginando posibilidades de desarrollo futuro, porque no quería terminar… y fui dejando el final más abierto, e hice la novela cada vez más abierta para poder hacer más Falcó.

JA: Ahora ya tienes un universo, tienes a Paquito, tienes al Almirante, los adversarios peligrosos, está todo establecido. ¿Funcionarán las próximas novelas como en esta, que hay una misión y alrededor se estructura todo?

APR: Claro, ten en cuenta que es una época, los años 30 y 40, donde ahí tienes un mundo que se va al diablo, un mundo de glamour, de lujo, de aventureras misteriosas con perfume, de pistolas en la liga, de cuchillas de afeitar en la banda del sombrero, de grandes expresos europeos… y al mismo tiempo un mundo sórdido, de sindicalistas, de nazis, de fascistas, de comunistas… Un mundo se va al diablo y otro mundo está naciendo. Una Guerra Civil española ahí y una guerra mundial punto de estallar, porque en realidad la Guerra Civil española es el preludio de la otra. Esa Europa, esas monarquías cayéndose, esos reyes exiliados… Es un mundo tan fascinante, tan deliciosamente atractivo en lo narrativo que yo dije: «Yo quiero seguir aquí». Esto de escribir es como seguir jugando, ¿no? Como cuando éramos niños y jugábamos a ser piratas, a ser cowboys, a ser soldados… Escribir es jugar a ser otras cosas, a disfrazarte, a ser torturador o asesino, o héroe, o villano, a ser mil cosas, almirante o guerrero ninja, y es asegurarte la felicidad de estar durante un año o año y medio en un mundo que te apetece, leyendo libros, periódicos antiguos, revistas… a veces para escribir una sola línea.

JA: Hay un detalle: en la novela las chicas no beben absolutamente nada, más allá de agua de cebada.

"Yo aprendí la lección de John Ford. Aprendí una cosa fundamental para mi vida como novelista: los secundarios. Esos sargentos que arropan al protagonista y que lo respaldan."

APR. No, es que en aquellos tiempos –eso también lo he vivido yo–, una señora no bebía cerveza. Todavía cuando yo era pequeño una señora como Dios manda, como se decía entonces, no bebía cerveza en público. Comprar revistas de la época, y buscar fotos, lugares, nombres de restaurantes, hoteles, fotografías de sindicalistas… es un placer. Quiero prolongarlo. Porque quiero asegurarme de disfrutar, de seguir jugando a eso, a espía en los años 30 y 40.

JA: Yo tengo un tío abuelo que fue agente de contraespionaje franquista en Barcelona durante la guerra, y acabó en la División Azul. ¿Puede Falcó acabar en Rusia?

APR: En Rusia tal vez, en la División Azul no creo, porque Falcó en ningún momento se va a hacer militar. El lobo es un soldado de las sombras. No, no creo, Falcó posiblemente sí que llegará a la Segunda Guerra Mundial. La siguiente historia la tengo ya empezada, empieza en Lisboa y acaba en Tánger.

JA: ¿Cuáles son tus modelos?

APR: Pues fíjate que me han preguntado muchas veces estos días, y el problema que tienes frente a algunos críticos o algunos periodistas es que a lo mejor tú manejas elementos que ellos desconocen. Ellos te van a juzgar no por lo tuyo sino por lo suyo, por su educación, no por tu conocimiento, y eso a veces hace plantear ciertas discusiones. Me han preguntado mucho que si John Le Carré, y James Bond, pero es que no, es que esos no tienen nada que ver con esto: es Eric Ambler, es Somerset Maugham, es esa franja de literatura de los años 30, de espionaje, de literatura, tan rica, tan variada, que además tiene hasta aroma, porque hasta los textos, las traducciones de los textos de estas novelas tienen ese aroma de la época, algo que me es muy útil porque me da vocabulario. Porque claro, yo intento introducir términos adecuados, no puedes decir cosas que se dicen ahora. Ahora todo es guay, súper, chachi… entonces era «colosal». Un chico bien decía «colosal».

JA: ¿Has hablado con gente real que haya vivido esta época de primera mano?

APR: Aparte de libros y revistas, mi generación –yo nací en el 51–, que es la de Javier, la de Tano y muchos otros –tú eres un poco más joven–, no vivimos la Guerra Civil, pero llegamos «cuando ya se estaba apagando la luz», como digo yo. El baile ya se había acabado, pero todavía estaban las serpentinas y el confetti por el suelo, y además conocí gente que bailó en él. La Guerra Civil me la contaron testigos directos, no la conozco por tuiteos o cuatro lugares comunes. Yo he visto a mi padre ponerse la corbata ante el espejo, cruzar las piernas y encender un cigarrillo sacándolo del paquete –entonces eran sin filtro– y golpeándolo antes contra la esfera de su reloj de pulsera, y a mi madre vestirse para salir a cenar fuera. Y también he visto a gente más humilde y con menos fortuna, con menos suerte, con una dignidad todavía no contaminada por el presente. Esa gente que yo conocí antes de que se fueran del todo me sirvió para crearme ese imaginario del que beben mis personajes. Cuando describo actitudes de Falcó o de los milicianos de Cartagena en el tren en la zona republicana, las conozco y las tengo como mías porque son de primera mano. Y eso influye en la calidad, imagino.

JA: Cuando hablas de los ruidos de una granada o de una pistola Luger también los conoces de primera mano.

APR: Una granada Lafitte sé cómo suena, claro, aunque ya no se fabrican.

JA: También me he fijado en el uso de un silenciador, que debía de ser de los primeros que salieron al mercado, ¿no?

APR: Para que veas la forma de trabajar en estos casos: yo necesitaba, por la acción que iba a desarrollar, que los disparos fueran amortiguados, pero no sabía si existían ya silenciadores, así que me puse a investigar, y descubrí tras mucho dar vueltas que se habían inventado dos o tres años antes en Alemania para la Gestapo, y era una cosa supermoderna y muy poco conocida. Entonces, ya estaba: Falcó, que ha estado viajando, ha conocido a los alemanes de la Gestapo, supo de este invento y consiguió hacerse con él a cambio de cocaína. Pero no había marcas, y entonces me inventé una que sonara a marca alemana de verdad. Y a eso es a lo que me dedico buena parte del tiempo, a buscar todo ese tipo de cosas para la novela. La gente escribe novelas por muchas razones: porque quiere que lo admiren o lo quieran, porque quiere ganar dinero, porque quiere hacer una obra de arte, porque quiere ligar, yo qué sé. Yo escribo porque me lo paso muy bien. Cuando me acuesto por la noche, pienso en lo que voy a escribir al día siguiente tras pasarme el día enamorado de ese personaje, dándole vueltas en la cabeza a ver cómo voy a sacarle el mayor partido posible. Me duermo pensando en lo que voy a escribir al día siguiente. Y a la mañana siguiente me levanto a las ocho para trabajar, me doy una ducha, desayuno, hago algo de ejercicio, y me pongo a trabajar desde lo que dejé el día anterior. Es una felicidad tan grande, es un acto tan íntimamente gozoso que me pregunto cómo consiguen otros esa sensación de creación. Es algo íntimo, que no tiene que ver con la vanidad o con escribir bien o mal. Eres feliz, simplemente. Estás jugando a ser espía, y además conoces a una mujer guapísima con la que estás dialogando, y además estás buscando cómo demostrar que tu personaje es interesante, simpático e inteligente si has dicho antes que lo es. Porque estoy ya un poco cansado de leer a autores que dicen de un personaje suyo que era simpático e inteligente, pero luego no hacen ni dicen nada simpático e inteligente en toda la novela, y hay que creerlos bajo palabra. [risas] En Falcó este tío seduce a las mujeres, se enamoran de él –en la novela, como en la vida real, tienen la precaución de enamorarse antes, muchas de ellas–, y yo, sin ser Falcó, tengo que imaginarme cómo lo haría, y tengo que poner en su boca diálogos lo bastante ingeniosos para que una mujer, una lectora, diga «sí, un tío que me haga así me seduciría». Ese desafío es como navegar o estar en la guerra. Y si te comportas según las reglas, si eres profesional, si eres tranquilo, sereno y conoces tu oficio, sobrevivirás al mar, a la guerra o a la novela. Yo vivo de esto, y cuanto mejor me vaya, mejor, pero hay un placer personal y una intimidad en la creación que provoca un goce intensísimo. Mi vida ya está resuelta y no necesito escribir novelas para vivir, pero el día en que cese ese placer lo iré dejando.

JA: Es como aquello de «el mundo en sus manos».

APR: Es que puedes hacer todo. Eres Dios. Puedes matar, puedes torturar, puedes hacer feliz, puedes premiar, puedes castigar. Creas un mundo, y además tienes la suerte —me entusiasmo yo solo aquí ya con esto— [risas] de que haya gente que comparte ese mundo, lectores que lo transitan y lo gozan como yo lo gozo. Y por eso soy feliz. Y por eso cuando Javier [Marías], que está ahí sentado en la primera fila, dice todo angustiado «esto me está costando mucho, qué agonía», miente, es mentira, porque sé que lo está disfrutando como lo disfruto yo. [risas] Él también está jugando. Y el escritor que tiene esa actitud es incombustible, porque ni siquiera los lectores, o no lectores, cambian eso. Escribes por ese placer, porque quieres seguir jugando.

JA: ¿Y cómo ha afectado este nuevo personaje a toda la planificación futura que tenías?

APR: Me la ha reventado por completo. Un escritor es un tipo que va por el mundo con novelas en la cabeza. Yo tengo un mundo en la cabeza, y en él hay novelas esperando su momento para salir. Algunas me acompañan desde hace diez años y no las voy a escribir nunca, o sí, quién sabe. La mayor parte va a morir conmigo. Y de todas esas una estaba escribiéndose ya y la otra estaba esperando turno, digamos. Estaban ahí en el horizonte las dos. Una corta y otra larga. Pero de repente apareció esta y se fue todo al diablo. Esta novela me sedujo, y el plan ahora es hacer una o dos más en los próximos tres años, porque son más cortas. Sé que tengo probablemente los próximos cuatro años hipotecados con Falcó, que no voy a hacer otra cosa, salvo que también esa otra se me atraviese.

JA: Cuando se crea un personaje así y empieza su vida independiente de ti, tendrás que justificar luego a posteriori algunas cosas que haya ido haciendo durante su existencia, revisando cosas que habías planificado al principio. Un trabajo delicado, supongo.

APR: Mucho. Por eso pasé como tres meses sin hacer nada más que la biografía de Falcó. Yo de Falcó lo sé todo, aunque no esté en la novela, que solo es una parte del todo. Yo tengo una cronología enorme de él desde que nace hasta que…

JA: ¿Muere?

APR: Hasta que se jubila. Pero un amigo me ha dado una idea y sé hasta dónde se jubila, sé dónde vive de viejo, y con qué personaje de novela se encuentra. Pero dentro de todo esto puedo cambiar, retocar, improvisar… Yo soy un escritor muy concienzudo, y antes de empezar una novela hago una estructura muy sólida, pero flexible, donde pueda añadir e improvisar cosas si hace falta, pero la estructura es muy desarrollada. Porque necesito esa intriga, ese tipo de cosas que son casi policíacas. Está muy pensada.

JA: ¿Tienes una idea física de él, también? ¿Te has hecho un retrato robot?

APR: Sí, pero no lo voy a decir. No, porque cada lector hace su Falcó. Lo paradójico de esto es que escribir una novela es como casar a una hija: la crías, la educas, la mimas, la haces mayor, le enseñas idiomas, darías por ella todo, y un día llega un hijo de puta que se la lleva [risas] y tú te quedas con cara de panoli… Pues una novela es un hijo. Una vez terminas se va, y cae en manos de otros, y correrá su suerte, y a algunos les gustará y a otros no, la interpretarán de una forma o de otra… Ya no es tuya, ya no te pertenece. Falcó, que ha sido este tío que ha estado conmigo durante tanto tiempo, y cada frase, cada palabra, cada gesto, ha sido minuciosamente calculado, ahora ya serán los otros quienes lo estudien, quienes lo lean… Ya no es mi novela.

JA: Hay una frase muy bonita, que a mí me gusta mucho, que creo que define mucho la Guerra Civil: «Esto parece que va a durar, porque son la mejor infantería del mundo contra la mejor infantería del mundo».

APR: La frase es de Franco. [risas] ¿Ves? Hasta Franco tenía frases buenas. Hasta los malvados tienen frases buenas. El otro día me preguntaba un periodista en La Sexta, en una entrevista, sacando lo que pasó con Felipe González en la Complutense, que no lo dejaron hablar, y yo dije lo que creo. Vamos a ver, si yo pudiera tener sentado al lado o en un escenario a Hitler, a Mussolini, a Pinochet, a Stalin, ¿cómo no los iba a escuchar?… Pagaría por escucharlos. ¿No te gustaría a ti entrevistar a Eichmann y preguntarle por la Solución Final?… Es que yo he estado con ellos, he estado con un francotirador, y sé que cuando los oyes hablar, aunque te horrorice, estás aprendiendo sobre muchísimas cosas, sobre la condición humana, la vida, todo. ¿Cómo en una universidad, un lugar en el que se supone que ese conocimiento es lo que tiene que primar, jóvenes que se supone que son ávidos de saber silencian a alguien? Tú imagina una conferencia de Franco en la que le cerraran la boca. ¿Tú no entrevistarías a Franco? ¿O a Stalin?¿O a Pinochet? ¿O a Kim II Sung?

"Yo en ese momento era un perfecto hijo de puta y Márquez también, pero era nuestro trabajo."

JA: Pero todo esto tiene un peaje anímico.

APR: Hombre claro, eso lo pagas. Yo he estado en Sarajevo con Márquez, y había un tipo que era francotirador. Estaba en una terraza matando a la gente, y yo quería filmar a ese tío porque eso era el Telediario, yo abría así el Telediario. Y él iba a matar igual conmigo que sin mí. Me dijo «500 marcos». Y yo dije «como estos». «Pero no vais a filmar la calle, sólo a mí mientras trabajo, porque si no, me localizan». Y nos estuvo contando. «Los niños se mueven mucho, son más difíciles, normalmente les doy en las piernas, y cuando alguien va a ayudar lo mato. Y un día, de una chica dije «no la mato, que se parece a mi sobrina», y maté a la mujer que la estaba mirando desde una ventana, que igual estaba mirando cómo la iba a matar. Y… Un momento…». Se colocó y disparó. Yo en ese momento era un perfecto hijo de puta y Márquez también, pero era nuestro trabajo. Y te aseguro que hablar con ese tío durante esa hora y media fue una de las experiencias más ilustrativas de mi vida. O como ver a mis amigos violar mujeres en el 76, gente que me había estado cuidando cuando tuve disentería, y cuando tomamos una ciudad tras mes y medio los vi matar prisioneros y los vi violar mujeres. Diría una feminista: «¿Cómo no te interpusiste?» Pues porque me hubieran matado a mí. Demasiado que me dejaban estar allí. Todo ese horror, toda esa barbaridad, ese lado real y terrible de la vida, tener acceso a ella, es valiosísimo. Te permite conocer qué hay detrás de cada cosa, de cada matanza, no clichés sino realidades, porque siempre son seres humanos, no son marcianos, somos tú y yo enfadados, ideologizados, que te han matado a tu hija, a tu padre, o quieres matar a tu vecino, o quieres una mujer, o quieres un hombre, lo que sea. Aceptar cada realidad de la vida, aceptar cada horror como parte natural, cotidiana, y normal de la vida, es un privilegio extraordinario. En mi novela, Falcó es un monstruo también. Y un ser humano. Yo no pretendo justificarlo. Yo he hecho cosas de las que no estoy orgulloso. Yo estaba de reportero, no estaba de hermana de la caridad. Y para eso hice o dejé de hacer cosas que aún recuerdo, vienen y me hacen compañía. Y yo soy un buen tío, soy un buen compañero, un buen amigo, una buena persona, y he hecho cosas de las que no te sentirías orgulloso. Es que el ser humano es así. El falangista fusilador, el miliciano fusilador, el angoleño torturador, somos nosotros. No son ajenos. Y eso es lo que intento explicar, aunque a veces no lo consigo. Yo no quiero salvar a Falcó, yo quiero mostrarlo.

Jacinto Antón y Arturo Pérez-Reverte. Foto: Daniel Mordzinski

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