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Un camino tan bello literariamente como solitario

Un camino tan bello literariamente como solitario

El fotomatón no recoge bodas ni bautizos, no registra momentos espectaculares ni que deban permanecer en el recuerdo. Y sin embargo uno se empeña en posar esbozando cierta sonrisa, en abrir los ojos apropiadamente, en controlar ese flequillo o contener cualquier defecto que pueda enturbiar la imagen que permanecerá aunque sea en un una matrícula de kárate, un pasaporte o un DNI en el mejor de los casos.

Esto viene a cuento de que la portada de El amor del revés bien merece una parada antes de pasar página. El autor, Luisgé Martín (Madrid, 1962), ha elegido nueve fotos de fotomatón tomadas a lo largo de su vida y ha convertido la portada en una estación asombrosa cuyo único peligro es quedarse ahí cómodamente contemplando y comparando una y otra vez la evolución antes de tomar el tren que nos ofrece, que es a lo que veníamos. Se pueden medir sus gestos, los labios más o menos apretados y el intento de parecer algo feliz sin llegar a serlo. Hay mucho que mirar ahí y volveremos a ella después de tomar este tren, hablemos ahora del viaje.

"Luis se prohibió amar como le pedía el cuerpo y, peor aún, se prohibió contarlo."

El amor del revés es un camino tan bello literariamente como solitario, crudo y pesaroso en el plano humano. García Martín se desnuda ante nosotros para vestirse solo de palabras, de literatura, de una prosa que apenas cubre las llagas de algo mucho más devastador que la represión: y es la autorrepresión.

En estas memorias gays, el niño que empieza a descubrirse diferente no encuentra el placer, el sexo y el amor al crecer, como intentamos todos, sino la autocontención, la frustración del desamor y el sentimiento platónico en el silencio con que se azotaba mientras todos los demás humanos tratábamos de disfrutarlo. Durante diez años, desde la pubertad hasta entrados los veinte, el Luis que retrata el Luisgé que hoy está en la cincuentena se sentía cucaracha y cedía a sus instintos solo como quien se deja caer por una pendiente nefasta, suicida, tortuosa.

Luis se prohibió amar como le pedía el cuerpo y, peor aún, se prohibió contarlo, reconocerlo, negándose así el derecho a bálsamo que tenemos siempre los humanos.

Mientras otros nos entreteníamos en adolescencias complicadas, sí, siempre, pero aderezadas por amores posibles o imposibles, él se cerraba a la fiesta y se escondía como el dueño de un secreto que cree que el mundo nunca superará.

Y no es que el mundo no lo fuera a superar, sino que era él quien no podía superarlo. Uno de los momentos más compasivos del libro es cuando al fin se decide a desvelar su realidad a un amigo íntimo y éste le apremia: ¿homosexual? Vale, pero llegamos tarde al concierto de María del Mar Bonet. Lo que sintió como afrenta por su indiferencia no le cabía en la cabeza y es que a nadie le importaba demasiado que fuera homosexual, salvo a sus propios fantasmas.

"No hay alter ego en que esconderse ni personajes a los que dotar de caracteres. Está solo él, abierto en canal"

El libro es en este sentido sincero, honesto, pues trata de la búsqueda de un rey que está desnudo cuando es el autor a la vez el rey y el niño que le señala: estoy desnudo y no os habíais enterado, viene a decir. Y a los demás nos trae sin cuidado. Asombra aún hallar tanto sufrimiento en la España en que Almodóvar nos hacía a todos diferentes y ser gay, poliamoroso o bisexual podía ser motivo de orgullo.

La naturalidad del sufrimiento es lo que nos aporta Martín, que nos lleva luego hasta los urinarios de Atocha, los anuncios de contactos, los locales gays o el sexo en la parte de atrás de un coche desconocido sin mostrarnos nunca la menor procacidad, ni morbo, ni causarnos incomodidad. Porque buscar sexo en el fondo era buscar amor, buscarse a sí mismo, y por ello su deseo platónico nos hace sufrir más que el realizado y luego frustrado.

El autor nos había llevado a esos y otros territorios procelosos en La mujer de sombra (Anagrama, 2012) o La vida equivocada (Anagrama, 2015), hilvanando siempre lo prohibido, lo oculto, las relaciones por Internet que han venido a sustituir a aquellos anuncios de contactos, lo oscuro a lo que nos puede invitar la búsqueda que rompe límites. Pero esta vez el foco está solo sobre él. No hay alter ego en que esconderse ni personajes a los que dotar de caracteres. Está solo él, abierto en canal, respetuoso con los límites de los demás (los padres y los lectores) pero no con los suyos y eso lo hace aún más valioso. El mundo entero está perdonado en El amor del revés, pero él no, él está castigado por ser cucaracha, primero, y por no encontrar el amor, después. El broche final no se puede desvelar, pero existe y hay que encontrarlo porque le redime un poco a él y al mundo del mal que hemos hecho para que aún sea posible semejante represión. Es entonces cuando volvemos a la estación, esa portada de búsqueda y evolución, y todo nos cuadra. El joven Luis no siempre sabía dónde mirar cuando posaba en el fotomatón, pero el hombre Luisgé Martín que es hoy ha acabado mirándonos de frente.

Autor: Luisgé Martín. Título: El amor del revés. Editorial: Anagrama.Edición: Papel y kindle

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