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Chesterton en Lepanto

La muy relativa trascendencia, en términos históricos, de la batalla de Lepanto está en relación inversamente proporcional con su tamaño como símbolo y con su reflejo, casi desde el primer minuto, en el océano de la literatura. Por ceñirnos a la poesía, es de notar que en España, pocos meses después de la más alta ocasión que vieron los siglos, Fernando de Herrera dio a la imprenta, como anejo a una Relación en prosa sobre el mismo asunto, la Canción en alabanza de la Divina Majestad por la victoria del Señor Don Juan, tan famosa que no hace muchas décadas todavía se estudiaba y aprendía de memoria en los colegios.

Cantemos al Señor, que en la llanura

Venció del ancho mar al Trace fiero;

Tú, Dios de las batallas, Tú eres diestra,

Salud y gloria nuestra.

Tú rompiste las fuerzas y la dura

Frente de Faraón, feroz guerrero;

Sus escogidos príncipes cubrieron

Los abismos del mar, y descendieron,

Cual piedra, en el profundo, y tu ira luego

Los tragó, como arista seca el fuego (…)

Visto el censo de los miembros de la Liga Santa, no es de extrañar que en la estela de aquel texto seminal haya tenido Lepanto largo eco- y desigual fortuna- en las tradiciones poéticas de España y de Italia. En lo que toca a la primera, habría que pedirle a Ulises Adrados indicaciones precisas  para cazar Los poetas de Lepanto, de José López de Toro, sacado al alimón en Madrid, en 1950, por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y el Instituto Social de la Marina.

Más pintoresco, aunque nada ilógico, resulta el hecho de que el 12 de octubre de 1911 Gilbert Keith Chesterton publicara un poema titulado así, sin más, Lepanto, que para algunos se eleva a cumbre de la poesía inglesa de todos los tiempos y para otros depara, además, como para muchos el bloomsday, motivo de celebración anual, a la que se aplican con un rito particularmente elaborado.

Lepanto apareció en una revista semanal, The Eye-Witness, que un buen amigo y mentor de Chesterton, Hilaire Belloc, había fundado ese mismo año de 1911. Con el tiempo, la publicación sufriría diversas reencarnaciones nominales (The New Witness, G.K.’s Weekly, The Weekly Review) que la llevarían a ser dirigida por el propio Chesterton y a sobrevivirlo, pero sin renunciar nunca del todo a la marca de fábrica. Polémica —polemista— por vocación.  Relampagueante e incisiva en lo formal. Críticamente distributiva de la culpa que en clave romana iguala al capital con sus marxismos. Atenta al cambio social para mejor afirmar la tradición inglesa —Enrique VIII,  Defensor Fidei— y lo que en ella pueda haber de democrático. Este es el telón de fondo, ético y estético, sobre el que se gesta Lepanto.

El contexto histórico amplio es el de una Europa en la que, como ha escrito un traductor del poema al español, tocaban a su fin las orquestas de la Belle Époque y ya se oían entre bambalinas los primeros acordes de un horror que, con timbres y colores cambiantes, no ha dejado de acompañarnos desde entonces.

Las banderas tiritan al viento de la noche.

Sombra: púrpura oscura. De oro en la luz derroche.

Ezra Pound llevaba tres años en Londres. Thomas Stearns  Eliot tardaría tres en llegar.

En Lepanto, texto muy cinematográfico, los aspectos históricos —la imparable expansión otomana por el Mediterráneo oriental en el último tercio del siglo XVI, los agónicos intentos de Pío V por unir a la Cristiandad contra el enemigo común— son meros factores de localización. Se despachan, con diamantina contundencia, en la primera estrofa.

En los atrios del sol fluyen blancas fuentes

Y el Sultán de Bizancio las contempla riente.

Es su risa otra fuente que en tan temible faz

Agita, bosque umbrío, su barba montaraz

Y tiñe en rojo sangre de sus labios el arco,

Pues el mar más recóndito lo estremecen sus barcos.

A las blancas repúblicas en Italia han retado

Y al León de Venecia en su mar lo han cercado.

Inerme y angustiado, de Roma el soberano

Ha llamado a cruzarse a los reyes cristianos.

La fría reina inglesa su reflejo adereza.

De los Valois la sombra en la iglesia bosteza.

Retumba hacia poniente el cañón español

Y del Bósforo el amo sigue riendo al sol.

A  partir de ahí todo gira ya —modernísima sucesión, valga la paradoja, simultaneísta— en torno a la construcción del mito Don Juan de Austria.

Don Juan, absuelto de sus orígenes, camino de la batalla.

Sin cetro y sin corona, un príncipe se ha alzado

De su dudoso trono, de su sede manchada.

El postrer caballero de Europa ciñe espada,

El trovador postrero que oyó cantar al ave

Que llevó al sur su canto cuando el  mundo era suave.

(…)

Carmesí de las teas, cobre en los atabales.

Trompas, clarín, cañones: es Don Juan el que sale.

De su barba los rizos ríen con gallardía.

Sus espuelas desprecian mil tronos a porfía.

De libertad bandera su cabeza nos valga.

¡Viva la luz en el amor de España!

¡Luzca la muerte africana guadaña!

Don Juan de Austria

Hacia la mar cabalga.

Mahoma, retozón, y cada vez más preocupado, en su paraíso.

Sobre el cielo estrellado, Mahoma en su lugar

(Don Juan de Austria ya marcha a guerrear)

Su gran turbante frota de la hurí en las rodillas,

Su turbante tejido con ocasos y quillas.

(…)

De salomón el sello hemos puesto en las cosas,

El sello de la ciencia, del sufrir de la rosa,

Mas de los montes viene un ruido conocido,

La voz que hace ya siglos nuestras casas ha hundido.

Felipe II —hecho, nunca mejor dicho, un mar de dudas— en El Escorial.

Don Felipe acaricia un pomo que, al vibrar,

Cristal color de luna, al Rey hace temblar.

Y su rostro es un hongo de lepra gris y blanca,

Como planta en un silo donde la luz se estanca.

La muerte está en el pomo, y el fin de todo afán,

Pero don Juan de Austria ha atacado al Sultán.

El Papa en su capilla, siguiendo en directo a través de un precursor del aleph, los avatares de la naumaquia.

Del oculto aposento donde Dios siempre mora,

Del secreto balcón que enaltece y desdora,

Contempla en un espejo, torvo mar del poniente,

La cruel media luna de bajeles silentes

Al hacer de este proceso de mitificación el objeto central del poema, Chesterton viene a coincidir, tantos siglos después, con Fernando de Herrera. Como ha visto Juan Montero, la lucha entre Cristiandad e Islam es en el poeta sevillano un trasunto de la interpretación que uno de sus maestros, Juan de Mal Lara, hacía del mito de Jasón y el vellocino de oro. En la lucha secular entre Europa y Asia, Don Juan, nuevo Jasón, conduce a sus huestes, nuevos argonautas, al triunfo sobre los bárbaros.

Vinieron de Asia y portentoso Egito

Los árabes y leves africanos,

Y los que Grecia junta mal con ellos,

Con los erguidos cuellos,

Con gran poder y número infinito;

Y prometer osaron con sus manos

Encender nuestros fines y dar muerte

A nuestra juventud con hierro fuerte,

Nuestros niños prender y las doncellas,

Y la gloria manchar y la luz dellas.

Chesterton da por hecho y hace suyo este mecanismo mitificador. Y lo enriquece en, al menos, dos sentidos.

Por un lado, cuando habla del  Islam y siente como propia la urgencia de la cruzada, está hablando también, en filigrana, de la Alemania de 1911. Cuando dice sultán, está pensando kaiser. Cuando entona la alabanza de Don Juan de Austria, está alzando a los cielos una angustiada súplica para que los políticos británicos del momento sepan estar a la altura, se mitifiquen a sí mismos y no se dejen engatusar por las sirenas del pacifismo.

Allá donde en el norte brillan grises mareas

Y velas rojas zarpan del mar a las tareas,

San Miguel en su monte, de aguas rodeado

(Don Juan de Austria ya parte pertrechado),

Bate sus pétreas alas, blande su férrea lanza.

Solitario, el fragor por Normandía avanza.

El norte es un enredo de textos y ojos yertos.

El candor de la cólera y del misterio ha muerto.

No en vano, cuatro años más tarde, iniciada ya una contienda en la que el káiser y el sultán combatirían codo con codo contra su amada Inglaterra, Chesterton publicaría un opúsculo militantemente antialemán titulado Sobre el concepto de barbarie. En dicha obra, que en España prologó Unamuno, se presenta la primera guerra mundial como una cruzada moderna, como otro Lepanto donde el joven e inocente siglo XX ha sido emplazado a batirse para  salvaguardar la salud moral  de la Humanidad.

Rotas las escotillas, de las sentinas llegan,

Dichosos, deslumbrados, de libertad dolientes,

Los hombres que remaban bajo el agua inclemente.

Por otra parte —y aquí reside a nuestro juicio, más allá de los aspectos técnicos, la modernidad esencial de Lepanto—, Chesterton culmina el proceso de mitificación de Don Juan de Austria con una radical desmitificación de la España a la que el héroe servía y para la que ganó la jornada, una España que en el año de la batalla ya había empezado a dar, para el ojo avisado, claros síntomas de decadencia. Se sirve para ello el poeta inglés, y así concluye el poema, de una contraposición in crescendo entre el mito coyuntural del Don Juan vencedor y el mito eterno de Don Quijote vagando en vano por una tierra agotada.  La sonrisa con la que Don Juan se despide, tan distinta de la risa tumultuosa con la que el Sultán abre el texto, constituye uno de los mayores monumentos a la piedad —cristiana o pagana, da igual— que haya podido producir la literatura universal.

En su bajel Cervantes enfunda ya el acero

(Torna Don Juan de Austria con laurel lisonjero)

Y de España cansada en medio de una era

Ve un hidalgo errabundo absorto en su quimera.

Y a su modo sonríe y envaina ya la espada

(Pero don Juan de Austria vuelve de la Cruzada).

No somos de los que piensan que toda traducción sea necesariamente una traición o toda versión una perversión, pero, si así fuera, ¿qué traición más perversa que traducir en verso  un poema que en el fondo versa sobre una victoria traicionada casi de inmediato por los mismos que la lograron? Desde que Borges acometiera en 1938 una primera aproximación, el Lepanto de Chesterton ha conocido —en lo que bien podríamos llamar, con Max Henríquez Ureña, el retorno de las galeras— una suerte abundante y variada en nuestra lengua. Damos en nota  al pie el catálogo, ordenado cronológicamente, de las siete que conocemos. Para las citas hemos utilizado la que teníamos más a mano.

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Jorge Luis Borges, en “Sol y luna”, nº 1, 1938

Luys Santa Marina, Solidaridad Nacional, Barcelona, 1948

Santiago Magariños, en “Entrega de poesía”, nº 3, 1953

Luis Alberto de Cuenca y Julio Martínez Mesanza, en “Nueva Revista”, nº 38, 1995

Enrique Baltanás, en “El Ciervo”, nº 718, 2011

Alfonso Lucini, en “Revista de Occidente”, nº 384, 2013

Regla y Fernando Ortiz, en “Nueva Revista”, nº 141, 2013

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