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El club de lectura y las mujeres

El club de lectura y las mujeres

El mes pasado hablaba de las bluestockings —las medias azules— como las primeras mujeres de la historia moderna que consiguieron un cambio social importantísimo gracias a su amor por la literatura. Y como ya mencioné, ese cambio fue más allá de conseguir el acceso de las mujeres a la educación formal. El objetivo de sus reuniones, estrictamente literarias, era hablar de libros. Los temas políticos, por ejemplo, estaban expresamente prohibidos.

Desde que ha habido libros y lectores, la gente ha hablado sobre ellos, incluso se han reunido varias personas para comentarlos. Yo siempre lo he hecho con mi madre. Desde lados opuestos del planeta, ella en una mañana de primavera, yo en una tarde de otoño, nos preguntamos qué estamos leyendo y yo le pido que me guarde tal o cual libro para cuando vaya para allá, que aquí todavía no ha llegado. Aunque llegan, sí llegan, obras de autores en español, si no a las librerías, sí a las bibliotecas australianas, y así es como yo los leo desde aquí.

A quien le gusta leer habla de lo que lee, lo recomienda, lo regala; es natural. Pero hay gente que va más allá de charlarlo con la familia y las amistades: se reúne periódicamente, a veces con extraños, para reflexionar sobre un libro en concreto que alguien escoge para que lean todos. Esa es la definición simplificada del club de lectura.

"Qué manera más buena de fomentar la lectura y animarse unas a otras a leer, pensé. La señora me urgió a que yo también formara parte de un club. Sin embargo, enseguida vi que eso no era para mí."

La primera vez que oí hablar de un club de lectura, hace unos nueve años, me pareció una idea fantástica. Una compradora asidua de mi puesto de libros me contó que formaba parte de un grupo de unas quince mujeres la mayoría de las cuales no se conocía de antes sino que se habían encontrado a raíz de que una de ellas pusiera un anuncio, que se juntaban una vez al mes para dialogar sobre un libro y beber una copa de vino o dos.

Qué manera más buena de fomentar la lectura y animarse unas a otras a leer, pensé. La señora me urgió a que yo también formara parte de un club. Sin embargo, enseguida vi que eso no era para mí, a no ser que su finalidad fuera socializar, no leer más. Algunas personas no necesitamos estímulos para leer más, y que alguien escoja nuestras lecturas puede ser incluso contraproducente. En mi caso, un flashback me llevó a mis años de estudiante y las aborrecidas lecturas obligatorias; ¡cómo ansiaba la llegada del verano para tener tiempo de leer lo que de veras me interesaba! Superada esa etapa, ahora no me veía capaz de leer, mes tras mes, un libro por el que no hubiera optado yo misma.

Desde entonces, he observado que la popularidad de los clubs de lectura no ha hecho más que aumentar, y también cuando voy de visita a Barcelona alguna amiga me cuenta que ha pasado a formar parte de uno. A mi puesto de libros cada semana llega alguien —siempre mujeres— buscando un libro concreto que alguien ha designado para su club de lectura. En la biblioteca incluso tienen una sección con «los elegidos» para clubs de lectura, de los cuales ofrecen una docena de ejemplares para prestar.

Y todo este tiempo yo he seguido resistiéndome a formar parte de uno. Hasta hace dos años, en que conocí a alguien especial y al minuto de habernos presentado estábamos hablando de libros. Eso no pasa todos los días, al menos a mí no. No recuerdo exactamente cómo fue, creo que con la publicación del último libro de un autor que nos gustaba a los dos, pero la cuestión es que iniciamos la lectura del mismo libro y lo fuimos comentando. Y cuando terminamos le propuse que repitiéramos con otro. Así hasta hoy, vamos alternando quién de los dos escoge la lectura, y desde entonces solo una vez él ha optado por un libro que a mí no me ha gustado —aunque reconozco que era bueno; el problema era mío, no del libro— y yo uno que él no ha podido terminar de malo que era —de hecho, era pésimo; yo lo acabé solo por practicar idiomas, ya que estaba en francés.

Así, casi sin darme cuenta, por fin sucumbí a un club de lectura, aunque al ser de solo dos miembros aún me sentía segura. Pero hace unos meses una amiga muy lectora, con la que naturalmente también intercambio recomendaciones, me sugirió que formáramos un club de lectura con el resto de nuestras amigas, otras seis mujeres que tienen en común con nosotras la osadía de educar a sus hijos al margen del sistema educativo obligatorio.

Por descontado, me negué. La idea me aterrorizó. Le dije: «Tú y yo sabemos lo que nos gusta, pero a saber lo que leen las otras. Si a alguna le da por seleccionar una de esas cursilerías eróticas tan de moda, nuestra sensibilidad lectora podría quedar dañada de manera irreparable y permanente». Mi amiga rio e insistió con un «probémoslo». Acordamos abrir un grupo en Facebook y yo fui la encargada de redactar las pautas; ante todo, libertad absoluta: si a alguien no le gusta el libro, que no sienta ningún reparo en no leerlo.

El proyecto arrancó bien desde el primer momento. Yo elegí el primer libro. Fue el de una autora que venía por estos lares a dar una charla. Aprovechamos el acontecimiento para hablar con ella. Todas leyeron el libro y les gustó. El segundo y tercer libro también fueron del agrado general. En uno la trama se situaba en México y para comentarlo fuimos a cenar a un restaurante mexicano. Para la cuarta lectura la que tenía el turno preguntó si tenían que ser solo novelas y biografías o podían ser también libros de divulgación científica. Hubo levantamientos de cejas, pero alguien recordó lo de la libertad, así que todas estuvimos de acuerdo en otorgar: «Te toca a ti. Tú mandas». Ese lo terminó solo una persona, y no fue ella. Me tenía que pasar… si lo empiezo me cuesta no acabarlo. Pero es que a mí me gustó, mientras las otras lo encontraron un tostón.

Ya hemos dado toda una vuelta y la próxima lectura volverá a ser la que yo decida, ¡menos mal! Las últimas dos no me han entusiasmado, no he aprendido nada, y en eso hemos coincidido las dos que formamos el club. Entonces he vuelto a recordar por qué los clubs de lectura son tan beneficiosos para la gente que no lee por pasión y que necesita un empujoncito, pero no tanto para los que exigimos mucho de la lectura y no necesitamos más excusas para alejarnos del mundo que nos rodea y perdernos entre las páginas de un libro.

Varias del grupo me han confesado que no leían novelas desde hacía años y ahora, gracias al club, sí lo hacen y ven los beneficios que aportan. Eso es lo mejor de los clubs de lectura, que animan a leer a gente que había perdido la costumbre de leer por placer. Y leer por placer es el primer paso para conseguir que la gente lea por vocación. En fin, estos clubs están haciendo por la lectura lo que el sistema educativo no consigue ni a palos de reformas. Quizá sea algo parecido a lo que lograron las tertulias literarias en España —que merecen un artículo aparte— y en este punto me complace citar a Valle-Inclán hablando del Café de Levante: «ha ejercido más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias».

Como decía al principio, el origen de los clubs de hoy se remonta a los salones literarios de París y los clubs de las medias azules en Inglaterra, que solían tener una anfitriona. Es un fenómeno que parece repetirse constantemente a lo largo de las décadas y los siglos: a menudo, un grupo de mujeres que tienen en común ser madres sienten la necesidad de hablar de otra cosa que no sean los niños y descubren que son muchísimas las que comparten el amor por la lectura.

En efecto, los clubs de lectura se caracterizan por estar formados principalmente de mujeres, con estudios universitarios, de entre cuarenta y sesenta años. Hay quien asegura que el hecho de que las mujeres en general lean más que los hombres tiene causas biológicas. Yo no lo creo. Las causas son sociales y empiezan muy temprano; en la educación, por supuesto, y es una asignatura muy pendiente de la humanidad conseguir que los varones lean tanta ficción como las mujeres, pues leer ficción desarrolla la empatía.

"Debo decir que a todos los maridos de nuestro club se les invitó a formar parte de él. Uno de ellos buscó reseñas y resúmenes en internet sin haber leído el libro. Los demás pusieron como excusa que alguien se tenía que quedar con los niños, aunque también confesaron que ellos no leen."

Las mujeres somos más empáticas que los hombres, pero tenemos que hacer algo para cambiar esta tendencia. Que conste que no lo digo yo; ya lo escribió Daniel Coleman en su exitoso libro Inteligencia emocional publicado en 1995, que volví a leer veinte años más tarde para comprobar que es de tanta actualidad y su lectura tan necesaria como cuando nadie había oído hablar de ese tipo de inteligencia: «Cientos de estudios han concluido, por ejemplo, que en general las mujeres son más empáticas que los hombres, al menos en lo que se refiere a su capacidad para captar los sentimientos que se reflejan en las expresiones faciales, tono de voz y otras señales no verbales. De igual manera, también resulta más fácil descifrar los sentimientos en el rostro de una mujer que en el de un hombre. Mientras que no hay diferencia en expresividad facial entre niños y niñas, a medida que avanzan en la educación primaria los niños se vuelven menos expresivos y las niñas más».

Debo decir que a todos los maridos de nuestro club se les invitó a formar parte de él. Uno de ellos buscó reseñas y resúmenes en internet sin haber leído el libro. Los demás pusieron como excusa que alguien se tenía que quedar con los niños, aunque también confesaron que ellos «no leen». Solo uno lee novelas, el único que vino a la primera reunión, aunque, abrumado ante la mayoría femenina, ya no acudió a más.

A lo largo de la historia, muchas han sido las mujeres que, habiéndosele negado el acceso a la educación, han usado su inventiva para autoculturizarse. Aparte de la estela que dejaron las medias azules, en el siglo XIX surgieron en todo el mundo clubs de mujeres que se reunían para hablar de literatura, historia y arte. En 1868 se formó la sociedad Sorosis, como consecuencia de que a varias columnistas se les negara el paso a un evento del New York Press Club en honor a Charles Dickens. A partir de entonces los clubs de literatura proliferaron en Estados Unidos. Los dos más antiguos son el Woman’s Reading Club de Mattoon (1877) y el Ladies’ Literary Club de Ypsilanti, Michigan (1878). Para las mujeres de ese siglo, leer alta literatura era el medio para conseguir el mejoramiento personal y cultivar el carácter intelectual y moral a través del estudio, a lo que en esa época se refería popularmente como self-culture o «autocultura».

La idea del desarrollo personal a través de la lectura es algo que perdura y está muy en boga en los lectores de hoy. En mi club de lectura he observado, en efecto —aunque quizá porque somos todas amigas— que cada mes algún pasaje del libro trae a colación historias o anécdotas personales y solemos hablar de «lecciones de vida». La literatura, como ya he expresado otras veces, es para mucha gente la mejor terapia que existe.

"En España tuvimos algo similar a partir de 1962 con Círculo de Lectores, que nació con la vocación de llevar la lectura a todos los hogares de España. E"

En 1926 Harry Scherman fundó el Book of the Month Club, un servicio de suscripción de libros cuyo panel de jueces selecciona cinco títulos al mes, de los cuales sus miembros escogen uno. En sus inicios el club tenía como público objetivo a ciudadanos de formación universitaria con deseos de mantener sus inquietudes intelectuales aun después de haberse unido al campo laboral. El club se caracteriza por haberse centrado en escritores noveles y haber ayudado a lanzar a la fama a muchos. En 1936, por ejemplo, seleccionó el título de una escritora desconocida, Margaret Mitchell. Su única novela, Lo que el viento se llevó, ganó al año siguiente el premio Pulitzer y sigue siendo la segunda favorita —después de la Biblia— de los lectores estadounidenses. Otra selección del club fue El guardián entre el centeno de J.D. Salinger, que se convirtió en el libro más censurado y a la vez más estudiado en Estados Unidos. En 1950 el club tenía ya más de medio millón de suscriptores.

En España tuvimos algo similar a partir de 1962 con Círculo de Lectores, que nació «con la vocación de llevar la lectura a todos los hogares de España». En la actualidad cuenta con más de un millón de socios y es la red social de lectura más grande del país.

La popularidad de los clubs de lectura actuales se disparó en el mundo —liderado por Estados Unidos— hacia finales de los ochenta y en un artículo de marzo de 2014 el New York Times estimó que unos cinco millones de estadounidenses pertenecían a un club de lectura (tres años más tarde, sin duda, son más). En la última década los grupos de lectura en internet han crecido también gracias a páginas tan populares como Goodreads, que a día de hoy acumula más de cincuenta y cinco millones de miembros y cincuenta millones de reseñas literarias. En España parece ser que el primer club de lectura tal como los conocemos ahora nació en la Biblioteca de Guadalajara a mediados de los ochenta, gracias a su directora de entonces, Blanca Calvo, una iniciativa local que fue extendiéndose a otras bibliotecas hasta convertirse en un fenómeno nacional.

"En 2004, la Anna Karenina de Leo Tolstoy, publicada en 1877, volvió a ocupar las listas de los más vendidos y Penguin tuvo que imprimir casi un millón de ejemplares para abastecer a los seguidores de Oprah."

En 1996 la popular presentadora de televisión Oprah Winfrey inauguró su propio club, y durante quince años recomendó y comentó setenta libros. Su misión era conseguir el mayor club de lectura del mundo y hacer que la gente volviera a leer, «no solo leer, sino leer grandes libros». Algunas de sus selecciones pasaron de la oscuridad a vender millones de ejemplares. Dos de las novelas elegidas —en 2004 y 2007— fueron Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera, con la consecuente influencia y popularidad de Gabriel García Márquez y su traductor en el público anglosajón. En 2004, la Anna Karenina de Leo Tolstoy, publicada en 1877, volvió a ocupar las listas de los más vendidos y Penguin tuvo que imprimir casi un millón de ejemplares para abastecer a los seguidores de Oprah.

En 2015 Mark Zuckerberg inauguró su club de lectura virtual A Year of Books, con la idea de hacer leer libros que «enfaticen el aprendizaje de nuevas culturas, creencias, historias y tecnologías». Su primera selección, El fin del poder, del venezolano Moisés Naím, vendió tanto que se agotó en Amazon, subiendo, en una sola noche, del puesto 45140 al 10. Sin embargo, la idea de Zuckerberg, que surgió como una resolución de año nuevo de leer un libro cada dos semanas durante todo ese 2015, no proporcionó los millones de ventas que había conseguido Oprah. Aunque esta iniciativa me gustó más, la realidad es que el gran público lector —que, no olvidemos, es mayoritariamente femenino— prefiere leer novelas que libros de divulgación económica, psicológica y sociológica.

Como anécdota, termino citando al novelista británico Ian McEwan, que en 2005, después de regalar treinta novelas en un parque de Londres y comprobar que todas las mujeres las aceptaban encantadas mientras que los hombres las miraban con recelo y hasta asco —solo uno aceptó el regalo—, declaró: «Cuando las mujeres dejen de leer, la novela morirá».

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