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Dejad que rueden…

El otro día, en la radio, el entrevistador casi me pilla en un renuncio, al preguntarme, en mi calidad de “experto” en la historia de los juegos, cuál era el origen del dado, el normal, el de seis caras. Me salí por la tangente, claro: que había varias teorías, que se conocía ya en Egipto y Grecia, pero que posiblemente su origen fuera babilónico. Como casi todo lo de nuestra cultura, vamos. Los que me conocen saben qué sucedió cuando llegué a casa: Me puse a investigar sobre el tema.

Pese a que estaba disparando a ciegas, no andaba yo muy errado: Aunque algunos señalan como posible cuna de los primeros dados Egipto (donde se jugaba un juego muy parecido al “craps” o “pase inglés”) y otros Corea; el dado más antiguo descubierto hasta la fecha se encontró en la actual Irán, y está datado en más de 5.000 años de antigüedad… que no es precisamente poco. Cuenta la leyenda que su origen está… ¡en la muela cariada de un elefante! El animal era el favorito del poderoso de turno, y cuando los cirujanos le sacaron al animal la muela mala éste (el poderoso, no el animal) no quiso tirarla, sino que encargó a su orfebre que hiciera algo con ella. El artesano entendió mal el encargo, ya que se limitó a darle forma regular: es decir, en forma de cubo. Y como la caries dejó un punto negro en uno de los lados no se le ocurrió otra cosa que homogeneizar el conjunto, poniendo puntos en todas las caras.

Sea verdad o (más probablemente) una bonita ficción, lo cierto es que persas, griegos y sobre todo romanos eran muy aficionados a los dados. A los romanos debemos, por cierto, los dados tal y como los conocemos: con las caras numeradas del uno al seis y, lo más importante, que la suma de las dos caras opuestas sea siempre siete (dicen que se le ocurrió a Julio César, pero bueno, se le atribuyen tantas cosas a este buen hombre…) Al parecer, y como buen soldado, sí que era aficionado al juego. De hecho, su famosa frase “Alea iacta est” (suele traducirse como la suerte esta echada) significa, literalmente “el dado tirado está”, pues alea significa eso, dado. De ahí procede, no se me extrañen, nuestra palabra “aleatorio”

Si quieren jugar como los antiguos agradézcanle el detalle a nuestro Alfonso X el sabio, que en su Libro de Juegos nos describe varios juegos sencillos de dados. ¡Pero jueguen sin apostar, que hacerlo es delito en la Corona de Castilla! En todos ellos se usan tres dados de seis caras:

De mayores: Los jugadores, por turno, lanzan los dados. Gana el que saque mayor resultado con los dados.

De menores: Lo mismo, pero el que gana es el que saca un resultado menor. Menos popular en el medievo, ya que se decía que a de menores jugaban los legionarios que se echaron a suertes la túnica de Cristo.

Tanto uno como dos: Para ganar uno de los dados ha de valer tanto como la suma de los otros dos. Es decir, si en uno se saca un 5 los dos otros han de sumar 5 (1 y 4; 3 y 2)

Triple: Como su nombre indica, hay que sacar el mismo número en los tres dados. No se me extrañen, que algunos lo consideran antecedente de las máquinas tragaperras…

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