—Algún día iré a Zenda —dije.
—Está usted loco.
Anthony Hope
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Elogio de lo salvaje (1)

Elogio de lo salvaje (1)

“¡Mujer! ¡Ponte guapa que nos vamos a los toros!”

El castizo título de este artículo, primero de una serie de dos, pertenece a la locución de un spot televisivo. Hace ya muchos años, Canal Plus anunció con él su primera retransmisión en directo de la madrileña feria taurina de San Isidro. Por sus características, podría ser obra del equipo del publicitario madrileño José Luis Zamorano. O si no, de alguien en la senda de su personalísima escuela, a la que se deben la ceja de Zapatero, el cuponazo y aquello de “si no hay Casera nos vamos”. Zamorano resume una generación de publicitarios que entendió el alma popular española con tanta profundidad como Benito Pérez Galdós, Ruperto Chapí, o Quintero, León y Quiroga. Una generación irrepetible que leía libros y amaba el fútbol.

Y que, por supuesto, iba a los toros.

Me viene esto a la memoria porque algunos amigos que no han ido nunca a los toros, y que a no ser por el alboroto del puritanismo antitaurino jamás hubieran dedicado un minuto al tema, me han pedido que les explique el sentido, si alguno tiene, de la Fiesta Nacional Española. Lo voy a intentar aquí, y eso que ni apoyándome en referentes literarios es tarea fácil.

"Innovaciones como lidiar a pie sin compañía y con quietud fueron pasando a América, donde hubiera juegos de toros desde los primeros colonos, sin que la independencia posterior hiciera mella en la costumbre de la ya exmetrópoli."

Para empezar, el nombre de Fiesta Nacional Española es equívoco, pues no hay toros sólo en España. Entre las ferias taurinas más destacadas del mundo figuran las que se celebran en templos de tanta solera como la plaza de toros Monumental, en México, y Cañaveralejo, en Cali, Colombia. Cabe destacar también los festejos de las plazas de Arles y Nimes, en Francia, país que a este lado del Océano parece llamado a convertirse en el último refugio de La Fiesta. De persistir las embestidas del talibanismo animalista, en España terminará por desaparecer esa habilidad singular que es lidiar a pie toros bravos para matarlos de frente, es decir, “de poder a poder”.

Sueltan a la plaza un toro,
su riguridad espanta;
negro era como la endrina,
su cara, arremolinada;
caballeros y toreros
todos de la plaza marchan,
como no fuera don Pedro
que lo esperó cara a cara.

(Fragmento de un romance anónimo de tradición oral recogido en Santander por don José María de Cossío y publicado en su obra de 1931 Los Toros en la poesía castellana).

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El arte de lidiar toros a pie es antiguo, pero se generaliza a partir del siglo XVIII. Compiló, ordenó y puso negro sobre blanco reglas y protocolos el maestro Pepe-Hillo, José Delgado Guerra para el mundo, en su inaugural Tratado de 1796, del que existen ediciones modernas. Tenido por padre de la sobria y protocolizada tauromaquia actual, murió en la madrileña plaza de la Puerta de Alcalá en 1801; el genial sordo de Fuendetodos se encontraba entre el público y consignó la tragedia en tres grabados de La Tauromaquia. El toreo de hoy tiene otro padre, Juan Belmonte, el Pasmo de Triana, descubridor de la “geometría de los terrenos” que transformó la lidia en el arte de conseguir que el toro salga de su terreno para entrar en el del lidiador, todo ello con economía de gestos, capotazos y alarde de peones de brega. Quien quiera saber más puede consultar El Cossío, la “Biblia del Toreo”, ya que está ahí para eso desde 1943 con el título oficial de Los Toros, tratado técnico e histórico. Esta obra monumental, dirigida por don José María de Cossío con el patrocinio de Espasa-Calpe y la actuación estelar de don José Ortega y Gasset en el papel de celestina, permitió a Miguel Hernández ganarse las lentejas como redactor en el severo Madrid de los años treinta. Actualizada mil veces, constaba en su última edición canónica de doce sólidos tomos; otra edición especial, que se distribuyó con el diario El Mundo, sumaba treinta, eso sí, más manejables.

Innovaciones como lidiar a pie sin compañía y con quietud fueron pasando a América, donde hubiera juegos de toros desde los primeros colonos, sin que la independencia posterior hiciera mella en la costumbre de la ya exmetrópoli. Mencionadas las ferias más señaladas de aquel continente, en España cabe destacar las que se celebran en la plaza de toros Monumental de Las Ventas del Espíritu Santo, en la capital. Inaugurada en 1925, sucedió a la de la Fuente del Berro, que desde 1875 había venido prestando servicio en el solar donde hoy se levanta el Palacio de los Deportes. Aún antes había habido otra plaza estable, la de la Puerta de Alcalá, donde muriera Pepe-Hillo. Esta plaza había abierto sus puertas a mediados del siglo XVIII y estuvo en activo durante más de un siglo en la embocadura de la calle Serrano, donde hoy se levanta el hotel Wellington, templo taurino donde los haya. En sus tendidos tomaran apuntes Goya, Doré y Manet, y en sus instalaciones tuviera caballeriza el francés ocupante entre 1808 y 1815. Por si fuera poco, esta plaza legendaria vio también los arrebatos románticos de Alfred de Musset, que la visitó en el curso de su viaje de 1825 a la princesse des Espagnes. Madrid, cómo no.

Madrid, quand tes taureaux bondissent,
Bien des mains blanches applaudissent,
Bien des écharpes sont en jeux.

(Alfred de Musset, fragmento de Madrid, poema aparecido en sus Cuentos de España e Italia, París, 1830)

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Estos tres versos, perfectamente medidos y rimados, expresan la oleada de entusiasmo que invade los tendidos cuando el toro de Madrid embiste, y el flamear de los pañuelos y los aplausos “de las blancas manos” se enseñorea como una ola de la plaza. ¡Ay, “el toro de Madrid”, una realidad hoy famosa en el mundo! En fin, me permitirán que no los traduzca porque no encuentro manera de hacerlo sin matar la gracia aérea que los anima.

En este recorrido por la geografía de las plazas cabe señalar el carácter de referente que mantiene la de la Real Maestranza de Caballería, en Sevilla, prestigioso coso de larga tradición y pequeño tamaño que fuera casa del Pasmo de Triana, Juan Belmonte, y de Curro Romero, el Faraón de Camas. Un templo. Pagano, pero templo.

Sultana de mis penas
y mi esperanza,
plaza de Las Arenas
de La Maestranza.

(Gerardo Diego, fragmento de Torerillo en Triana, poema de su libro La Suerte o la Muerte (Poema del Toreo). Madrid, Taurus, 1963)

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"Quedaron para el recuerdo memorables tardes en la que fuese catedral mundial del toreo durante la primera mitad del siglo XX, la plaza de toros de Las Arenas, en Barcelona, hoy mastodóntico y presuntuoso centro comercial exhibido como trofeo por el fundamentalismo anti-taurino."

Otra plaza de referencia inexcusable es la Monumental de Pamplona, cuya feria de julio, en honor del santo patrón de la ciudad, goza de fama mundial cimentada en motivos tan rigurosamente literarios como escasamente taurinos. En 1923, un alocado Ernest Hemingway de veintipocos años se pasó por allí y escribió una novela, The Sun Also Rises, traducida al español como Fiesta, y un ensayo, Muerte en la tarde, que sólo vio la luz cuarenta años después, tras el fallecimiento de su autor. Ambos trabajos dan una visión melodramática, hiperbólica y desaforada de los toros, pese a la amistad que en los años cincuenta uniría al gringo con maestro de maneras tan clásicas como Antonio Ordóñez, abuelo materno de Fran y Cayetano Rivera. La visión de Hemingway, muy del gusto del público anglosajón, ha terminado por convertir los festejos de San Fermín en una especie de parque temático internacional. Por si las 19.000 localidades que ciñen el albero de Pamplona tuvieran poco con el público distraído y bullanguero de las tradicionales peñas, se ha unido a él un público exótico que sólo ansía el absurdo de comprobar que cuanto ha leído en Papá Hemingway es tal cual. A quien quiera entender de verdad San Fermín sin sufrirlo (yo no lo soporto, y eso que, alocado joven, corrí un encierro en tiempos de Su Excelencia), le recomiendo el libro del corredor sanferminero y periodista de excepción Chapu Apaolaza titulado sencillamente 7 de julio, (ISBN: 978-84-16001-57-6) y que hace sólo unos meses editó Libros del KO en Madrid.

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Los franceses, por su parte, han hecho de la necesidad virtud, como suelen, cartesianos ellos. Aprovechando que los aficionados catalanes llevan años sin toros, merced a la intolerante prohibición aprobada el 28 de julio de 2010 por el Parlamento de una comunidad autónoma cada día más encerrada en su mismidad, potenciaron sus propias ferias —Bayona, Dax, Béziers, Mont-de-Marsan…— hasta lograr que las de Nîmes y Arlés figuren entre las más solicitadas del mundo. Las plazas de toros Les Arènes, de Nîmes, y La Arène, de Arlés, son monumentos romanos de imponente fábrica que, promocionados desde hace años con buenos carteles taurinos, atraen a la afición internacional compitiendo con Cali, México y Madrid.

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Quedaron para el recuerdo memorables tardes en la que fuese catedral mundial del toreo durante la primera mitad del siglo XX, la plaza de toros de Las Arenas, en Barcelona, hoy mastodóntico y presuntuoso centro comercial exhibido como trofeo por el fundamentalismo anti-taurino. O las de la mítica Monumental del barrio del Eixample, en la misma ciudad, que desde las revoleras de Joselito El Gallo, hace ochenta años, hasta las faenas de José Tomás, ya en el siglo XXI, justo antes de la prohibición, ha visto lances inolvidables. Lo recordó en libro de meritoria enjundia don José Luis Cantos, La Monumental de Barcelona: de Joselito El Gallo a Manolete (Círculo Rojo, Almería, 2011), documentado homenaje a una época memorable. En fin, descansen en paz los cosos barceloneses mientras los aficionados catalanes peregrinan más allá de las cimas del Pirineo y de las aguas del Ebro en busca de nuevos pastos en los que saciar su sed, venerar la tauromaquia y alimentar una pasión que no extingue el tiempo ni zahiere la estulticia.

Numerosos libros y obras de arte han tratado de expresar qué pueda tener esta rara disciplina que es lidiar toros bravos pie a tierra, y darles muerte “de poder a poder”, para cautivar tantas almas en dos continentes separados por un océano. El poeta y ensayista don José Bergamín calificó La Fiesta de “música callada” en un pequeño trabajo que ha hecho fortuna, La música callada del toreo. Dícese que inspiró este celebérrimo opúsculo cierta faena del diestro-artista Rafael de Paula en el Puerto de Santa María. El también poeta Rafael Alberti homenajeó la visión de Bergamín con un soneto de excelente factura que acaba así:

Una sonora soledad lejana,
fuente sin fin de la que insomne mana
la música callada del toreo.

(Rafael Alberti, Los hijos del Drago y otros poemas, 1986)

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En las antípodas de este tipo de aproximaciones poéticas, el catedrático de derecho político don Enrique Tierno Galván, alcalde de Madrid entre 1979 y 1986, ofreció atinadas explicaciones a la tauromaquia, fenómeno que a este cura, en la senda de Bergamín, se le antoja de imposible exposición racional, como todo suceso que acaece en el territorio del mito. Pero el profesor Tierno, que nunca fue aficionado a la Fiesta ni, mucho menos, a las explicaciones mitológicas, aborda la cuestión como el maestro Chenel los toros: de lejos y, como todos los buenos desde Belmonte, trayéndosela toreada a su terreno. En su breve pero intenso trabajo de 1951 Los Toros, acontecimiento nacional, aquel manantial de sabiduría que fue Tierno dictó lección de alcance indiscutible y muestra prodigiosa de su inmarcesible talento. Pero de eso hablaremos el próximo día, que hoy ya he escrito mucho y tengo más qué hacer. Y ustedes, a qué dudarlo, pues seguro que también. Hala, un beso. Y uno especial con revolera y vuelta al ruedo para el maestro Ricard Ibáñez, a quien tanto debo y tanto quiero.

yucatain

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