—Algún día iré a Zenda —dije.
—Está usted loco.
Anthony Hope
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Fantasmas de Roma: un paseo romántico (I)

Fantasmas de Roma: un paseo romántico (I)

Foros, emperadores y mal de Stendhal

Bajo el débil sol de diciembre, sentada sobre un mármol  del Campo de Marte, pienso en el general que regresa con su ejército de alguna campaña victoriosa en tierras extranjeras, un hombre al fin y al cabo, que aquel día glorioso mira hacia las Murallas Servianas con las heridas casi sanadas, el orgullo sediento, el deber cumplido de haber luchado como un valiente junto a sus hombres que ahora lo aclaman como Imperator, y que mientras cruza la Porta Triumphalis y se dirige al Monte Capitolino a través de la Vía Sacra del Foro, apenas escucha las palabras del esclavo que, como única compañía en su cuadriga le recuerda constantemente la fórmula ya sabida: Respice post te, hominem te esse memento. Recuerda, César, que eres mortal. Pero el fragor de las gentes que lo aclaman a los pies del templo de Júpiter apenas le permite oír nada y la sombra de la corona de laurel que roza su cabeza es demasiado hermosa… Miro las ruinas a mi alrededor, el trazado elíptico del Circo Máximo cubierto de hierba rehundido y frío como una huella gigante de paquidermo jurásico. Y ahora, ¡qué silencio!, se lamentaría Stendhal en este mismo lugar hace poco más de dos siglos. Camino con las palabras del pobre Henri Beyle como única compañía por el Lungotevere Aventino dejando a mi derecha el tondo de Ercole Vincitore, el templito di Portuno y la larga cola de gente que espera su turno frente al porche románico de Santa María in Cosmedin para hacerse la foto junto a la Boca de la Verdad. Sonrío deseando el momento en el que vuelva a cerrar sus fauces pétreas sobre la mano mentirosa de la Humanidad para siempre.

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El día es frío pero radiante y continúo mi paseo por Vía del Teatro di Marcello hasta Piazza Venecia. El gigantesco árbol de Navidad que adorna estos días la plaza agoniza bajo una rígida capa de hielo. “La “cristalización”, decía Stendhal en su tratado sobre el amor, es el proceso por el que el espíritu, adaptando la realidad a sus deseos, cubre de perfecciones el objeto de ese deseo.” Pobre Stendhal, arrastrando su “enfermedad de belleza” por las iglesias y los salones elegantes de Roma, suspirando frente a los atardeceres del Pincio junto a hermosas damas casadas pero durmiendo siempre solo en su habitación del Hotel de Inglaterra en la recoleta Vía de la Boca del León, no muy lejos de aquí.

Aligero el paso evitando la Piazza Colonna, evitando el Panteón, evitando el cadáver de la librería Arión Montecitorio, evitando El Angoletto, evitando la Feltrinelli de la Galería Alberto Sordi; evitando las lágrimas. ¿Qué hacer, querido Stendhal, cuando el desengaño revienta la “cristalización” en mil añicos?

El filósofo en zapatillas

Vía del Corso siempre pone a prueba la paciencia del viajero con su ir y venir bullicioso y atolondrado de gente que camina con miles de bolsas y sin aparente destino. Aturdida, me refugio un momento en el  Hotel Plaza que me recibe con su serenidad y su lujo decadente al otro lado de la puerta giratoria. La belleza amortigua el bullicio y el capuccino me calienta un poco el corazón. Recuerdo la primera vez que caminé por entre la multitud desordenada y alegre de Vía del Corso: fue durante los carnavales de 1844 de la mano de Alejandro Dumas y absolutamente enamorada de Edmundo Dantés, el hombre que hizo de la venganza una de las Bellas Artes. Aquella Vía del Corso un siglo antes  fue también el escenario de vida de otro viajero del Romanticismo, predecesor, aunque más real, del Conde de Montecristo: J.W. Goethe que fijó su residencia durante casi dos años en el número 18 de esta ajetreada arteria romana, casa hoy convertida en recoleto museo que custodia algunos libros y dibujos del Gran Tour particular del poeta alemán.

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Goethe llega a Roma y cambia su forma de vida; habla italiano, viste a la italiana, incluso se comporta casi como un italiano en materia política, despreciando públicamente a la autoridad local (“Il piú grande attore italiano di Roma é il Papa”, rezaba uno de sus pasquines). Vive con su amigo el pintor Tischbein, pero se mezcla con el pueblo romano pasando la mayor parte del día en la Osteria donde se le conoce como Sr. Filipo bajo cuyo nombre hace el amor a la hija del hostelero. A sus 40 años ha logrado escapar de la asfixiante Weimar; de la corte de Carlos Augusto, de la elegante vida nocturna de salones refinados y damas empolvadas de los que, asqueado, se había ido retirando cada vez más, hasta el punto de ser conocido en los últimos tiempos como el “solitario olímpico de Weimar” que por entonces convivía con su joven criada Cristiana Vulpius con la que tuvo un hijo cuyos restos, por azares y órdenes ocultos, descansan para siempre en el cementerio Acatólico de Roma, en la amada tierra de su padre.

" Goethe amó y fue amado, estableciendo un largo listado elaborado por él mismo de mujeres hermosas, brillantes, entregadas"

No hay gran cosa en la casa-Museo, pero el vacío de sus estancias se me antoja enriquecedor, pues deja espacio para la recuperación silenciosa de lecturas y vidas. Pienso en el Goethe de Weimar exitoso, brillante, seguro, conquistador, rodeado de sus más íntimos amigos, lo mejor de cada casa: Beethoven; Madame de Staël; Humboldt; Schopenhauer; Schiller quien escribió de él que era todavía más admirable como hombre de lo que era como escritor.

Pienso en sus conquistas personales, en su plena, longeva vida que le permitió, además de poeta, ser novelista, dramaturgo, científico, jurista, botánico, zoólogo, dibujante, pintor, físico, crítico literario, filósofo, filólogo. Una vida en la que amó y fue amado, estableciendo un largo listado elaborado por él mismo de mujeres hermosas, brillantes, entregadas: Charlotte, Lili, Clara, Ifigenia, Margarita, Elena, Leonor, Dorotea, Adelaida, Eugenia, Mignon, Otilia, Dora, Federica,  y la jovencísima Ulrike quien fue la única que osó rechazarle, pero aun del fracaso, Goethe supo generar belleza, creando en su honor uno de sus últimos y más hermosos cantos del Romanticismo: la Elegía de Marienbad. Un Goethe que ya anciano, como colofón  y símbolo final de su vida soldada a fuego con la historia de Europa, es convocado en audiencia especial por Napoleón, quien lo recibió con la expresión He aquí un hombre”.

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"Prefiero el otro Goethe, el de los apuntes a lápiz, el que se asoma en zapatillas atraído por el bullicio de la calle a través de la estrecha ventana de su alcoba."

Recorro en silencio las estancias de su humilde casa de Roma mirando los dibujos que adornan las paredes. Hay una razonable copia del famoso cuadro de Tischbein Goethe en la campiña de Roma y varios apuntes rápidos a lápiz a modo de instantáneas de la época que reproducen escenas cotidianas del escritor en la intimidad del hogar. Son tan fascinantes que  me hacen olvidar la calidad increíble del gran cuadro primero que  reproduce un Goethe que no  me interesa: el hombre viajero, cosmopolita  que posa como un dandy para los pinceles de su amigo recostado sobre un obelisco caído como si lo hiciera sobre un diván de su casa en Alemania.

Prefiero el otro Goethe, el de los apuntes a lápiz, el que se asoma  en zapatillas atraído por el  bullicio de la calle a través de la estrecha ventana de su alcoba; el que, tumbado en el sillón, charla tranquilamente con un amigo; el que lee ensimismado, sentado en una incómoda silla de madera. Me agrada ese hombre que a pesar de su edad ya madura y plena sigue teniendo aspecto y actitudes de joven; capaz de recibir la vida con el entusiasmo inocente que sólo alcanzan los elegidos; capaz de enamorar a la joven Faustina, una belleza sencilla y fogosa, mediterránea, tan diferente de las frígidas rubias nórdicas a las que estaba acostumbrado y escribir, fascinado, para ella y para el mundo las Elegías Romanas.

¡Qué vida tan completa! Cuánto esfuerzo, sí;  pero también cuánta suerte. Evoco a Fortuna, la diosa más caprichosa del Olimpo para maldecirla, pues a pocos metros de esta casa y en obscena oposición a esta vida y esta felicidad, se halla el lugar donde falleció, unos años después, el poeta inglés John Keats.

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