Zenda http://www.zendalibros.com Autores, libros & cía Thu, 23 Feb 2017 08:25:48 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.6.3 El que más vale no vale tanto como vale Valle http://www.zendalibros.com/valle-inclan/ Thu, 23 Feb 2017 06:30:53 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=20506 Ortega decía que escribir bien consistía en hacer continuamente pequeñas erosiones a la gramática. No lo decía precisamente por Valle-Inclán, que era un maestro en esos menesteres, porque Ortega nunca entendió el modernismo y mucho menos la poesía modernista. Pero afortunadamente Valle estaba ya, desde muy joven, en los lindes del dandismo, había pulido un...

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Ortega decía que escribir bien consistía en hacer continuamente pequeñas erosiones a la gramática. No lo decía precisamente por Valle-Inclán, que era un maestro en esos menesteres, porque Ortega nunca entendió el modernismo y mucho menos la poesía modernista. Pero afortunadamente Valle estaba ya, desde muy joven, en los lindes del dandismo, había pulido un estilo y quedarse en Madrid o exiliarse en México nunca fue para él un problema. En el mismo sentido de Ortega, manifiesta Umbral: “Hay que desgarrar el pentagrama, como Beethoven” (Valle-Inclán. Los botines blancos de piqué. Planeta, 1997). Eso es lo que hace el autor de La pipa de kif, que la edición facsimilar que comentamos afortudamente recuerda. Que vuelva Valle a la calle y a los cafés, que es en donde él se encontraba a gusto, porque hace tiempo que ya nadie necesita leer a sus contertulios las invenciones poéticas de una noche en vela.

“En La pipa de Kif es muy frecuente la metaforización en grito de muchas cosas: el grito azul del humo de la pipa y otras varias sinestesias que van a parar a la palabra grito, muy relacionada con el griterío vanguardista” (Umbral. ibídem).

La sinestesia es una figura retórica con la que se elaboran correspondencias entre sonidos y colores, una tonalidad de música y un color, por ejemplo, o gustos, sentimientos, etc.: “Tu luz es la esencia del canto que invoca / la Aurora vestida de rosado tul,/ el divino canto que no tiene boca / Y el amor provoca con su voz azul”. Esta es una de las estrofas del primer poema, que da título al libro; o este verso: “Y el amarillo olor del yodoformo”, que escribe Valle en “Rosa del sanatorio”, último poema del libro.

Valle Inclan

Valle, dibujado expresamente para Zenda por Fernando Vicente

Al empezar a escribir estas líneas he recordado los encuentros anuales con los que celebramos “a este gran don Ramón, el de las barbas de chivo”, que describiera Rubén en su soneto, con Ernesto Pérez Zúñiga, o el último encuentro del año pasado, en el que también estaba Fernando Royuela. A ambos escritores acudí para que me ayudaran a seguir homenajeando a Valle, como hacemos cada año dando buena cuenta de un cocido madrileño, y a los postres recitando algún poema, leyendo alguna maldad del ciclo esperpéntico o rescatando lo que mejor pueda sorprender del vate galaico. Cuando les pedí a estos dos artistas de la palabra que me ayudaran en este bendito trance estoy seguro de que por un momento se les iluminó el rostro, por no abandonar del todo al gran Rubén Darío: “El cobre de sus ojos por instantes fulgura”.
Fernando Royuela me dijo: “Al hablar de La pipa de Kif hay que hablar de sinestesia. Si Alexander Scriabin concibe su música como una creación sinestésica, Valle entiende del mismo modo su poesía.  Él mismo lo señalaba en 1902: Esta analogía y equivalencia de las sensaciones es lo que constituye el modernismo en literatura. Su origen debe buscarse en el desenvolvimiento progresivo de los sentidos, que tienden a multiplicar sus diferentes percepciones y corresponderlas entre sí formando un solo sentido.”
Y añadió Royuela: “Sólo hay que leer la “Rosa de sanatorio” para darse cuenta de las dimensiones del asunto. Para ello, para la conjunción de los sentidos, las emociones, las notas musicales y los colores, el Kif era el vehículo de moda en el modernismo. Valle salta la realidad, escapa de ella y muestra una visión diferente de la misma, mitad mística, mitad estética, tal vez más clasista  pero sin duda muchísimo más rica, misteriosa y compleja”.

Efectivamente, dice Ernesto Pérez Zúñiga: “El que más vale no vale tanto como vale Valle. Pero Valle vale más aún en La pipa de Kif. Valle, que no es valorado como poeta, es más que un poeta: es un mago, pero, como todo buen mago, un mago irónico. En este libro consigue unir los balbuceos de las vanguardias con las normas pitagóricas. Dicho de otro modo: el caos con la armonía. En este fragmento del poema “Aleluya” lo dice a lo Toulouse Lautrec”:

“Pálida flor de locura
con normas de literatura.

¿Acaso esta musa grotesca
-ya no digo funambulesca-,

que con sus gritos espasmódicos
irrita a los viejos retóricos,

y salta luciendo la pierna,
¿no será la musa moderna?”

“Desde luego que sí”, continúa Zúñiga. “Y lo sigue siendo, aunque el mundo quiera volvernos más convencionales. Valle hace en este libro de su poesía un circo, un circo muy serio en la forma y muy golfo en el contenido, como deben ser los circos: travesura, audacia, invención, rigor. En los circos clásicos, los enanos eran enanos, y las mujeres barbudas se afeitaban si querían recibir un beso”.

¡Cuántas veces hemos brindado por el Valle poeta! Ahora que Ernesto ha recordado estos versos de “Aleluya”, recuerdo yo su final:
Y a compás de un ritmo trocaico,
de viejo gaitero galaico,

llevo mi verso a la Farándula:
Anímula, Vágula, Blándula.

Estas tres últimas palabras son los versos fúnebres de Adriano: “Anímula, vágula, blándula, o lo que es lo mismo: “Mínima alma mía, tierna y flotante”.

Valle en la cama. Foto de Alfonso

Pérez Zúñiga dice que, “además este libro culmina en el mejor soneto de la lengua española en el siglo XX (y lo que llevamos del XXI): un soneto perfecto que conjuga estridencia y perfección, nuestro mundo urbano y la naturaleza a la que pertenecemos, el misticismo y la trivialidad, el arte más contemporáneo y la más extrema cotidianidad: la de un hospital;  la sensación de la mente narcotizada y la sensación duradera de un alma conectada a algo misterioso. Todo eso sucede “Bajo la sensación del cloroformo”, en el último poema del libro, “Rosa del Sanatorio”.

 

Y con este poema los tres hemos hecho pleno. “Sí”, dice Ernesto: “Y en esta rosa me parece a mí que nuestro Valle Inclán ha descubierto una clave de la vida y también de la muerte; pero sobre todo, algo intermedio y que se parece a lo único parecido a la eternidad que puede lograr el ser humano: una belleza esponjosa, que va floreciendo en el tiempo dejando en el aire nuevos significados”.

Debemos felicitarnos por tener entre manos este facsímil de La pipa de Kif, que con tanta delicadeza y buen gusto ha recuperado uno de nuestros mejores editores, el poeta Jesús Munárriz, mon semblable, mon frère!, que acaba de publicar en su ya mítica editorial Hiperión, como hace casi cien años lo hicieran la Sociedad Española de Librería, con sede en Ferraz, 21, y lo imprimiera la Imprenta Clásica Española, en la Glorieta de Chamberí, en el Madrid de 1919.

La vida de Valle fue un cúmulo de situaciones extremas desde su nacimiento, del que dos poblaciones gallegas no acaban de ponerse de acuerdo: Vilanova de Arousa y Pobra do Caramiñal. Don Ramón decía que había nacido en un barco que hacía la travesía entre ambas por la ría. Dejaremos unidos, pues, nacimiento y muerte de Valle y del emperador Adriano con sus respectivos sueños para que en la posteridad se puedan dar la mano:

“Mínima alma mía, tierna y flotante / huésped y compañera de mi cuerpo / descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, / donde habrás de renunciar a los juegos de antaño.”

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Autor: Ramón del Valle-Inclán. Título: La pipa de Kif. Reproducción facsímil de la primera edición. Madrid, 1919. Editorial: Hiperión. Edición: Papel.

Fernando Vicente inaugura su exposición “Clásicos ilustrados” el 2 de marzo en la Biblioteca regional ¨Complejo el Águila¨, de Madrid. La exposición se clausurará el de 20 abril.

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¿Dónde se esconde el amor? http://www.zendalibros.com/donde-se-esconde-amor/ Thu, 23 Feb 2017 05:49:11 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=20656 Fernando, el protagonista de Como los pájaros aman el aire realiza fotografías, en su barrio lleno de cuestas, a la gente con la que se encuentra. Con una peculiaridad: les pide que se pongan unas gafas pasadas de moda con cristales en forma de lágrima enorme y torcida. Imágenes que no son tristes ni alegres....

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Fernando, el protagonista de Como los pájaros aman el aire realiza fotografías, en su barrio lleno de cuestas, a la gente con la que se encuentra. Con una peculiaridad: les pide que se pongan unas gafas pasadas de moda con cristales en forma de lágrima enorme y torcida. Imágenes que no son tristes ni alegres. Son especiales porque traen consigo una certeza: cuando dejamos de ver a los seres queridos empiezan a desvanecerse y se convierten en fantasmas. Irreconocibles. Desde luego, las cosas no le van bien a nuestro extraño fotógrafo: solo en su casa vacía, herido por las pérdidas en un año furibundo. Primero, se separa de su esposa. Luego, se muere su padre (también conocido como Gafas). Encima, ella se fue con uno de los mejores amigos del abandonado. Traición, qué mal huele tu nombre. Y mezclada, además, con el dolor de quedarse sin sus padres, los testigos de muchos de los mejores años de su vida. Cómo no sufrir.

¿Dónde se esconde el amor? Buena pregunta. Quizá la pista principal esté escrita en una servilleta: “Cuando un sueño se convierte en pesadilla, es que se ha hecho realidad”. La ley de la Física Sentimental solo se aprende cuando un amor levanta el vuelo para posarse en otra rama. Así de sencillo. Así de duro.

Y entonces aparece ella. Irina. Lituana. Tan agraciada como desgraciada. La conoció un sábado de marzo, quince meses después de morir su padre, sí, el hombre de quien heredó las Gafas. La muchacha necesita un fotógrafo para hacerse un “book”. Mujer de decisiones veloces y precisión instantánea: “Llevo siete meses en Madrid. Soy rubia. Cada vez quedamos menos rubias naturales, es una lástima pequeña. Te llamaré”.

"Martín Casariego ha escrito una auténtica novela de amor verdadero. Sin tapujos. Sin medias tintas. A bocajarro. Sintiendo y con las emociones cruzando las páginas esquivando las balas de la razón."

¿Tenía los ojos azules o verdes? Buena pregunta. Ni verdes ni grises. Pero claros. Fernando le hace fotos semidesnuda, una gata callejera con tacones y labios pintados. Que sabe reconocer el dolor y el sufrimiento. Alguien a quien no necesita poner las gafas de Gafas para hacerle fotografías vinculantes. Es inevitable: Fernando se enamora. El amor es un ángel y una herida. Qué bien lo sabe ella, el retrato número 77 en la vida fotográfica de él. Un pasaporte caducado a la felicidad porque en la vida de Irina hay amenazas dispuestas a hacerse realidad. Mientras, su piel interrumpe brevemente la aflicción perenne de él. Alguien a quien amar evitando las miradas del centinela inmóvil. Irina + Fernando. Hay amor. Ay, amor. Del dicho al lecho. Quizá llegue más adelante la tristeza, la distancia, un atisbo de esperanza, un funeral con sonrisas. La paciencia, a veces, tiene recompensas inesperadas.

Martín Casariego ha escrito una auténtica novela de amor verdadero. Sin tapujos. Sin medias tintas. A bocajarro. Sintiendo y con las emociones cruzando las páginas esquivando las balas de la razón. Qué bien controla los mecanismos del puzle sentimental para que en ningún momento se descoloquen las piezas: el material corre el peligro de endulzarse demasiado, caer en las garras de lo cursi. No ocurre nunca. Aunque los diálogos se impregnen de palabras de amor, los amantes son pura realidad. Y Madrid: ese escenario tan bien descrito que se convierte en un personaje más con sus atmósferas, espinas y esquinazos. Por la novela desfilan personajes secundarios que permiten aventurar historias malogradas de la oscuridad urbana. Destinos abyectos, crímenes imperturbables, esclavitudes sin fronteras. Casariego lanza aquí y allá pistas para quien quiera alimentar la imaginación. Entre líneas se estremecen bellezas y miserias sin nombre. Pero lo que realmente cuenta es contar esa historia de amor que rompe soledades y aleja pesadillas: imposible no enamorarse de Como los pájaros aman el aire.

 

Autor: Martín Casariego. Título: Como los pájaros aman el aire. Editorial: Siruela. EdiciónAmazon, Fnac y Casa del libro

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Cualquier parecido con la realidad no es una coincidencia http://www.zendalibros.com/cualquier-parecido-la-realidad-no-una-coincidencia/ Thu, 23 Feb 2017 05:29:22 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=20691 Estos días estarán escuchando a David Gistau (Madrid, 1970) decir que Golpes Bajos es una novela, la suya, con todos los párrafos tan inventados que da pudor estrenarlos. No dice toda la verdad, lo cual paradójicamente le confiere la autoridad de un novelista.

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Estos días estarán escuchando a David Gistau (Madrid, 1970) decir que Golpes Bajos es una novela, la suya, con todos los párrafos tan inventados que da pudor estrenarlos. No dice toda la verdad, lo cual paradójicamente le confiere la autoridad de un novelista. En realidad él ha vivido todo lo que cuenta: ha estado allí, en el gimnasio del barrio del Lucero, en las cocheras, en Batán y Aluche, y también ha visto a “las gitanonas de los Olivos, que le traían guisos en fiambreras de plástico y le enseñaban bebés como si tuviera que bendecirlos igual que una papisa”. Ha tratado con todos los personajes de su novela: los aspirantes que buscan en el ring escapar de un entorno violento que les condena como una plaga del destino, los boxeadores retirados que sobreviven entre guantes unos y como matones otros, nostálgicos de un brazo que tuvieron o una moral que entonces, cuando empezaban, era intacta.

"Hay una foto casi fundacional en Golpes Bajos: la que se toma dentro del libro con una presentadora de televisión en decadencia agarrada del brazo de un entrenador de boxeo escenificando un romance artificial."

La mirada de Alfredo, el maestro de boxeadores que da en su gimnasio con un diamante en bruto, es la mirada de Jero, el entrenador de boxeo de Gistau, pero también la propia mirada del autor bajo el encantamiento de la fascinación: “Exageraba, por supuesto, con una exageración proporcional a los estrictos cumplimientos de samurai que hasta entonces gobernaron su vida y la de cualquier muchacho que entrara en su gimnasio con auténtica apetencia de tomarse en serio esa sagrada condición venida a menos, la de boxeador. Exageraba como antaño exageró al idealizar el boxeo mientras a su alrededor no había más que delitos, deshonestidad, miseria y taras mentales apenas redimidos, de vez en cuando, por las prestaciones en el ring de un peleador admirable. O de dos que pasaban en un instante de fajarse con todo a abrazarse. En ese instante tan penitente, Alfredo no pensaba en los hombres de su mundo que habrían dado gracias a todos los miembros del santoral, uno detrás de otro, de haber podido agarrar un chollo como el que él tenía en lugar de vejarse por dinero en el lumpen”.

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Hay una foto casi fundacional en Golpes Bajos: la que se toma dentro del libro con una presentadora de televisión en decadencia agarrada del brazo de un entrenador de boxeo escenificando un romance artificial. Ahí están los dos mundos de Gistau. El suyo natural, barrial, noble y hostil, el del ring y los códigos de honor que se manejan en él a menudo para triturarlos. Y el impostado, el que le vino dado por su profesión desde que fue guionista de Pepe Navarro: los platós de las grandes cadenas, el universo de ilusiones ópticas, fiestas y mundanidad de seres frágiles, proclives a vicios autodestructivos y montajes ruidosos con los que ganar dinero. Era raro no desaprovechar la oportunidad. Que una presentadora de televisión venida a menos trate de enredar en un montaje a un tipo así supone casi una llamada de la selva para David Gistau. ¿Cómo sería la transfusión de sangre de un mundo a otro? ¿Qué leyes se impondrían de haber sido ese entrenador un hombre de la integridad moral de Jero? Para responder a esas preguntas apareció Magda, el contrapeso del libro: una mujer en lucha con sus kilos, con su adicción a la cocaína, con un perrito en brazos, un asesor hilarante y un protector criminal llamado Piñata que le pone al libro la tercera pata del viejo orden de Gistau: Argentina. Argentina su esposa, su mejor amigo y medio argentina la prole con la que se ha propuesto repoblar España.

"Golpes Bajos es el resultado de una observación minuciosa. Ni los personajes ni sus universos están elegidos al azar."

Todos los protagonistas orbitan alrededor del eslabón más débil, Damián, un chico de talento que crece bajo el único manto moral de Alfredo. De ahí el asunto central del libro: la corrupción de las personas, el momento en que alguien quiebra sus principios y a qué coste, y a quiénes se lleva consigo en el descenso, y si en alguna ocasión merece la pena. Golpes Bajos es un libro sobre el éxito, un territorio que el autor conoció muy pronto. Sobre cómo llegar a él, cómo mantenerlo y cómo perderlo. Alfredo lo busca por persona interpuesta, Magda ve perderlo ante sus ojos; Piñata quiere el éxito de todos: el de los focos y las pasarelas, el de la violencia y los bajos fondos.

En un momento del libro, mientras explica el ritual de entrenamiento de Damián, Gistau escribe sobre el chico para decir que está “entregado al mero instinto de supervivencia y a los instintos adquiridos en el entrenamiento: los movimientos que el boxeador hace sin haber tomado la decisión de hacerlos, los golpes que se deciden ellos mismos”. Hay algo de eso cuando uno escribe tanto y está tan obligado a permanecer en vigilia. Un articulista es un observador, no un artificiero ni un analista ni un visionario; que de la observación se desprenda análisis o entretenimiento depende del día y del humor. A veces ocurre que a determinada hora no queda nada por analizar o que el país ha salido analizado de casa.

Golpes Bajos es el resultado de una observación minuciosa. Ni los personajes ni sus universos están elegidos al azar. Tampoco la escritura rápida y libre repleta de imágenes, desencuadernada de la columna para exhibirse durante páginas en una especie de tour de force de un escritor auténtico. Hay un puñado de ellas de pura exhibición en una especie de venganza de Gistau contra sí mismo. Su novela, en la que cualquier parecido con la realidad no es coincidencia, es la manera menos ortodoxa de repetirse que antes de novelista y columnista es reportero. Por eso en lo que escribe no se encuentra nada que no haya vivido y en lo que leemos no hay nada que no vayamos a vivir.

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Autor: David Gistau. Título: Golpes bajos. Editorial: La esfera de los libros. Venta: Amazon FNAC y Casa del libro

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Barcelona ja no es bona http://www.zendalibros.com/barcelona-ja-no-bona/ Thu, 23 Feb 2017 05:06:36 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=20695 El mejicano Juan Pablo Villalobos (1973), uno de los más firmes valores de la narrativa en lengua española del presente siglo, se ha hecho merecedor de la buena fama de la que goza. Anagrama ha sido quien ha apostado por él y quien ha puesto en circulación obras como Fiesta en la madriguera, Si viviéramos...

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El mejicano Juan Pablo Villalobos (1973), uno de los más firmes valores de la narrativa en lengua española del presente siglo, se ha hecho merecedor de la buena fama de la que goza. Anagrama ha sido quien ha apostado por él y quien ha puesto en circulación obras como Fiesta en la madriguera, Si viviéramos en un lugar normal y Te vendo un perro. Tres relatos que, con el que aquí se reseña, nos descubren a un autor que va a su aire, que se resiste a ser como los demás, que apuesta decididamente por una narrativa que tiene la apariencia de no estar concluida del todo —como esos panes prefabricados a los que les falta un último golpe de horno— y por una particular clase de humor que apenas cuenta con una tradición en el mundo hispánico, al margen de las consabidas excepciones que van desde el mismísimo Cervantes hasta Gutiérrez-Solana, pasando por Quevedo y Valle. No es, por lo tanto, un humor que mueva a la carcajada, a la risa fácil, sino que se alinea, más bien, con la conocida sentencia horaciana que deberíamos tener mucho más en cuenta: quid vetat ridentem dicere verum? (¿Qué impide decir la verdad riendo?).

No voy a pedirle a nadie que me crea

No nos debería extrañar, pues, que entre las tres citas que van al frente de su novela aparezca la de Augusto Monterroso, que concluye del modo siguiente: “Excepto mucha literatura humorística, todo lo que hace el hombre es risible o humorístico”. Y las páginas que van a continuación tratan de demostrarlo. Se podría decir que el humor salva el relato de una lectura cercana a la crónica negra, propia de la sociedad mejicana, que tanto material proporciona a la ficción: venganzas, asesinatos, secuestros, extorsiones… Era preciso tomárselo a broma para hacer reaccionar al lector y que se lo tome muy en serio. Villalobos echa mano de esa técnica que Pozuelo Yvancos denomina autoficción. El narrador lleva el mismo nombre que el autor de la novela, da numerosas claves sobre su propia biografía, pero, al mismo tiempo, sabe enmascararse con sutiles mecanismos propios del mundo de la ficción.

"Estamos ante una de esas raras novelas cuya estructura podría calificarse de caleidoscópica, al estilo de Living, de Henry Green."

Se nos cuenta una historia que arranca en México y que se traslada a Barcelona, lugar en donde transcurre el cuerpo mayor del relato. Y se nos avisa, asimismo, de la alargada sombra de la maldad, que no distingue países ni razas, que cada uno arrastra consigo como esa novela galdosiana que, como nuestra propia piel, todos llevamos a cuestas y que se escribe día a día. Barcelona (ciudad a la que se la califica de muy linda, pero que “es como una puta muy cara”) ocupa un espacio muy importante en la obra. Y, por ende, de manera inevitable, salen a relucir los consabidos tópicos de los catalanes: desde su exacerbado amor por el Barça y la tacañería, hasta la imposibilidad de poder hacer buenas migas con cualquiera de sus nativos: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja a que te hagas amigo de un catalán”. A lo largo de estas páginas, se alude, cómo no, a la cultura del pelotazo —¡ay, el tres per cent!— y también a los primeros movimientos antisistema que hoy se han convertido en moneda corriente. En torno a ese contexto, alrededor de una reconocida geografía en donde no están ausentes las ramblas, ciertos rincones, plazas y calles de auténtico sabor marseano, se mueven unos personajes un tanto grotescos, unos héroes a los que Villalobos toma de su mano y los pasea por el callejón del Gato: el primo Lorenzo, que, a través de sus cartas, sigue haciéndose oír después de haber sido asesinado (“hay muertos que no dejan de dar la lata ni quemados”), la madre de Juan Pablo, otra escribidora cuyo estilo, reflejado en sus misivas, está en sintonía con la escritura automática, el Chino (“el punto ciego de esta historia”), el pakistaní gay, el temible Licenciado que mueve los hilos de la criminalidad, Valentina, la novia despechada quien convierte Los detectives salvajes en su libro de cabecera, autora de un detalladísimo diario, y dos chicas catalanas, pero de extracción social bien distinta, ambas llamadas Laia, que completan este cuadro digno de la mejor comedia de enredo del Siglo de Oro, sólo que en esta ocasión hay un muerto por el medio. Una obra en la que el tiempo se mide en cervezas y en la que Villalobos —el novelista, no el personaje, que no conviene confundir, como sucede con el pie y el pie en el pequeño relato de Historias de cronopios y de famas de Cortázar— no resiste la tentación de ofrecer al lector, a quien invita a utilizar a fondo su inteligencia, una especie de poética personal, al modo unamuniano de cómo se escribe una novela, alegando para ello que “no hay peor enemigo de la verdad que la lógica narrativa”, de ahí que apueste por un desorden que, a pesar de todo, tiene su lógica interna.

Estamos ante una de esas raras novelas cuya estructura podría calificarse de caleidoscópica, al estilo de Living, de Henry Green, autor que, ya en su día, en las primeras décadas del siglo XX, obligaba al lector a completar él mismo la novela juntando los diferentes fragmentos que la narración deja deliberadamente sueltos. Bergson, en su libro titulado La risa, tenía razón: “No hay escena real, seria, incluso dramática, que no pueda ser llevada por la fantasía hasta lo cómico mediante la evocación de esa simple imagen”.

 

Autor: Juan Carlos Villalobos. Título: No voy a pedirle a nadie que me crea. Editorial: Anagrama. Venta: Amazon, Casa del libro y Fnac

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Violencias del hambre en España (1900-1923) http://www.zendalibros.com/violencias-del-hambre-espana-1900-1923/ Wed, 22 Feb 2017 05:39:17 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=20624 “Nunca revela mejor el hombre toda la extensión de su poderosa inteligencia que cuando la emplea en realizar el mal” Manuel Gil Maestre, ‘La criminalidad en Barcelona y en las grandes poblaciones’ (1886)   Se le olvidaron las clases sociales a Gil Maestre (1844-1912), historiador y exgobernador civil de Barcelona, hijo ilustre y buen escritor...

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“Nunca revela mejor el hombre toda la extensión de su poderosa inteligencia que cuando la emplea en realizar el mal”

Manuel Gil Maestre, ‘La criminalidad en Barcelona y en las grandes poblaciones’ (1886)

 

Se le olvidaron las clases sociales a Gil Maestre (1844-1912), historiador y exgobernador civil de Barcelona, hijo ilustre y buen escritor de sucesos. No distingue entre pobres y ricos en la cita que abre su capítulo sobre estafadores y taruguistas, extractado en el minucioso volumen Fuera de la ley. Hampa, anarquistas, bandoleros y apaches. Los bajos fondos en España (1900-1923) (La Felguera). En los textos de finales del XIX y principios del XX se diluyen las clases sociales: como si la vileza iletrada de las clases muy, pero que muy, bajas y muy, pero que muy, amplias no tuviese ningún condicionante para que las clases altas, pero que muy, altas y muy, pero que muy, reducidas, la calificasen de muy, pero que muy, inteligente y muy, pero que muy, malvada. Aunque la inteligencia juegue un papel en estos criminales, lo que centra toda esta obra es el hambre: un hambre de principios del XX, un hambre industrializado, miserable y obrero. Si aplicamos a nuestra España de 1900-1923 el clásico “primum vivere deinde philosophari”, ahí germinan grupúsculos de bandoleros, apaches, randas y rateros, estafadores, enterradores, espadistas, topistas o ladrones que se movían por caminos, calles, bares cantantes o cabarets a buscarse la vida. Solo te buscas la vida cuando no la tienes, como la cartera de los demás.

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La Felguera, esa editorial con nombre de villa de las Cuencas asturianas, está empeñada en alegrarnos la vida con miserias, sucesos y tragedias del XIX y XX: desde su órgano de difusión web, Agente Provocador, que también tiene réplica en papel-revista, hasta su ya extenso catálogo, la labor de estos extraños personajes roza lo obsesivo y hasta lo siniestro. Mejor, que sigan así. Sin ellos, no nos hubiesen llegado volúmenes tan maravillosos como Londres noir. El libro negro del crimen, casi un complemento a Fuera de la ley; Valle-Inclán y el insólito caso del hombre con rayos X en los ojos, imprescindible; la edición en castellano del Libro de la ley de ese chamán satánico que se llamó Aleister Crowley; el necesario manifiesto anti-Movida “La Movida modernosa de José Luis Moreno-Ruiz; o su último engendro, Diario de un Resurreccionista. Una historia secreta e ilustrada de los ladrones de cuerpos y los anatomistas, que aún no he leído pero que ya noto que va a quemar en las manos.

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"Las casi seiscientas páginas del volumen se quedarían en una valiosa compilación de textos si no fuese por la meticulosa labor de los editores al completarlas con una gran cantidad de ilustraciones, fotografías y una parte central dedicada a recopilar fichas policiales."

Casi revelándose contra sí mismo, aparece en Fuera de la ley un género de malhechores que, quizá, no lo fuesen tanto. Se hace necesario colocarlos en ese lugar si se tiene en cuenta el contexto de los textos que aquí se recopilan, la mayor parte de principios del XX, pero por dignidad hay que alejar a los anarquistas del hampa. El movimiento obrero debe al anarquismo una parte de sus avances. Y sí, aunque suene mal en esta limpísima sociedad de consumo, fueron avances conseguidos a través de una violencia que hizo que se les colocase dentro de los bajos fondos por obra y gracia de las clases altas, pero que muy, muy altas. Hay que leer muy atentamente los textos recopilados en Fuera de la ley, contextualizarlos y analizarlos críticamente entendiendo cuándo, cómo y por qué ocurrieron los hechos que describen. Para eso es muy hábil la introducción de los editores, Un país en llamas, que nos ayuda a empezar a entender en qué España nos adentramos, qué clase de gentes la habitaban, qué escritores nos la van a contar y por qué desembocó en situaciones como la Semana Trágica de Barcelona en 1909.

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Las casi seiscientas páginas del volumen se quedarían en una valiosa compilación de textos si no fuese por la meticulosa labor de los editores al completarlas con una gran cantidad de ilustraciones, fotografías y una parte central dedicada a recopilar fichas policiales que aparecen publicadas con todo su esplendor. Entonces sí podemos verle la cara a todos los maleantes del libro: caras de hambre, de analfabetismo, de suciedad, de ¿maldad? También podemos saber en (cierto) detalle de dónde venían, sus tatuajes, por qué eran peligrosos y a qué se dedicaban cuando no pertenecían a los bajos fondos. “Jornalero”, “baulero”, “alpargatero”, “tornero”, “barbero”… profesiones que acabaron en el hurto, el carterismo, el asesinato o, al mismo nivel en la ficha policial, la blasfemia. Ahí es donde les vemos, donde se cierra verdaderamente este magnífico libro, colocados de frente y de lado para que nosotros saquemos conclusiones que piden de clases sociales. Hay que celebrar la labor de los editores de La Felguera, que está al nivel de lo que Herbert Asbury hizo en 1927 con Gangs of New York: bandas y bandidos en la Gran Manzana (1800-1927), publicado en España por Edhasa a raíz de la adaptación cinematográfica de Scorsese. Hay otra violencia en su hermano norteamericano, quizá violencia individualista, aún más brutal y evidente, porque en Fuera de la ley hay violencia comunal, endogámica, subterránea: con cada página es imposible no pensar en ese estallido de violencia tan nuestra que comenzó en 1936.

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Título: Fuera de la ley. Editorial: La Felguera. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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Censura invisible http://www.zendalibros.com/censura-invisible/ Wed, 22 Feb 2017 05:07:40 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=20634 A veces me pregunto de qué podremos escribir dentro de unos años. Esta semana, en la clase de Literatura Contemporánea, el tema era la literatura de posguerra en España y la censura en todos los ámbitos, pero, en particular, en el literario. Hay textos impagables ―véase una muestra― de censores varios que demuestran la catetez...

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A veces me pregunto de qué podremos escribir dentro de unos años. Esta semana, en la clase de Literatura Contemporánea, el tema era la literatura de posguerra en España y la censura en todos los ámbitos, pero, en particular, en el literario. Hay textos impagables ―véase una muestra― de censores varios que demuestran la catetez y el absurdo al que se llegó en este país y que perduró desde los años 40 hasta casi los 70.

Informe de Pedro de Lorenzo sobre la obra La poesía de Luis Cernuda, de Ricardo Gullón:

“Numerosas alusiones a poemas prohibidos, exaltación de un autor que se mostró comunista en la Antología de 1934, de Gerardo Diego, que ha combatido públicamente al Régimen y continúa en el exilio manifiestamente hostil. No se trata de tachaduras  como las aconsejables en las páginas 2, 20 ,24, 26, 27, 29, 30, 37 y 38, sino del problema de resolver sobre la apología de una figura y una temática declaradamente enemiga de los principios religiosos: es blasfematorio; de los morales: es uranista; y de los políticos: es rojo”

(Fuente: Historia de la Literatura fascista española – Volumen 2 de Julio Rodríguez Puértolas Ediciones Akal 2008)

Un alumno me preguntó si todavía se producían este tipo de prácticas. Y, aunque lo primero que me vino a la mente fueron los distintos regímenes totalitarios que aún perduran, inmediatamente después mi memoria rescató un artículo reciente de uno de mis vecinos de letras en esta prisión de Zenda ―Cuando los tontos mandan, de Javier Marías―, donde exponía cómo el sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres había exigido que desaparezcan del programa filósofos como Platón, Descartes y Kant, por racistas, colonialistas y blancos. El artículo desgranaba otros casos o supuestos y expresaba la preocupación del autor ante la entidad que se le está dando a estas posturas. El paralelismo con el ejemplo censor de Pablo de Lorenzo analizado en clase es evidente.

"Los movimientos en pro de la corrección política que dominan hoy en día la prensa y las redes sociales analizan pasado y presente con la mentalidad de un censor de mente estrecha y brazo largo."

Podría parecer una anécdota, pero no lo es. Antes salieron voces pidiendo la modificación de los cuentos infantiles por machistas y violentos, proponiendo nuevas variantes, en sustitución del texto clásico, donde Blancanieves baja a la mina mientras los enanitos limpian su casita y otros cambios de índole similar. Los movimientos en pro de la corrección política que dominan hoy en día la prensa y las redes sociales analizan pasado y presente con la mentalidad de un censor de mente estrecha y brazo largo, y amenazan con convertir en tinta invisible buena parte de la literatura existente. A la pregunta del alumno podría haber contestado que en los países que se consideran abiertos, como el nuestro, donde la libertad de expresión es un derecho, existe hoy otro tipo de censura, incipiente y menos evidente, sutil, que podría llegar a afectar a la literatura en modo similar a aquella que tanto nos escandalizó.

Facebook-censura

Muchas de las obras clásicas o contemporáneas no pasarían este filtro. Thomas Mann, García Márquez, Vargas Llosa… ¿Qué pasaría con sus novelas si prosperara ese movimiento flower-power cultural? ¿Desaparecerían de sus obras los incestos, la violencia, las menores casadas con adultos, el lenguaje clasista, las actitudes racistas…?

Viendo los linchamientos públicos que se producen día sí y día también en las redes sociales, no parece tan lejano ni improbable el resurgir de una censura de la corrección política, tal vez no desde órganos gubernamentales, pero sí desde esas entidades que se consideran guardianas y garantes de los derechos de este o aquel colectivo o minoría y funcionan como grupos de presión. Estos movimientos, bien organizados y con dominio de la Red, son capaces de marcar con la letra escarlata comentarios, artículos, libros o incluso autores que se ven abordados y desbordados por la furia de sus opositores.

"Viendo los linchamientos públicos que se producen día sí y día también en las redes sociales, no parece tan lejano ni improbable el resurgir de una censura de la corrección política."

La presión no solo afecta a posteriori sino que puede afectar en el mismo momento de sentarse ante el teclado. Una de las cosas que también comento en clase es que, para escribir bien, hay que abstraerse del mundo, olvidarse del «qué dirán» o «qué pensarán» y escribir con las tripas. Aunque el resultado sea un texto por el que puedan tacharte de esto o lo otro, o te hagan un traje en las redes sociales. En la posguerra española era muy complicado escribir ―sin exiliarse― algo mínimamente cercano a la realidad. El autor comenzaba el proceso de creación sabiendo que las obras se verían sometidas al riguroso tamiz de los censores. Muchos escritores han contado como «destrozaban» sus propias obras ―Torrente Ballester dixit― para poder publicar, y no siempre esta autocensura garantizaba la edición final de la novela sin cambios o tachaduras o, incluso, su posterior retirada.

Hoy no se retiran, pero el autor está expuesto en la palestra digital a opiniones de todo tipo y esto puede pesar. Pueden recriminarte desde que escribas una escena donde un niño devora con deleite una hamburguesa ―por fomentar la obesidad infantil―, hasta que aparezca un novio solícito con su chica y le regale flores por San Valentín ―machista sin paliativos, por supuesto―. Parecen tonterías pero, según evolucione la influencia de estas corrientes coercitivas en la cultura, puede acabar dejando en el camino demasiadas páginas en blanco, demasiada tinta invisible.

niño comiendo hamburuesa

"Pueden recriminarte desde que escribas una escena donde un niño devora con deleite una hamburguesa ―por fomentar la obesidad infantil―, hasta que aparezca un novio solícito con su chica y le regale flores por San Valentín ―machista sin paliativos, por supuesto―."

No llegaremos ―espero― a extremos tan dramáticos como cuando en la tarde del diez de mayo de 1933, en el Opernplatz de Berlín, estudiantes universitarios nazis acarrearon más de veinte mil libros de autores consagrados para hacerlos arder, pero la cerrazón mental y la escasa amplitud de miras que se aprecian en entornos que deberían ser paradigmas del pensamiento resultan preocupantes.

Tras estas reflexiones concluí que el desasosiego matinal no me lo produjo el pasado desgranado en clase, sino el presente. Y es que nadie pensó en 1949 que 1984 ―la distopía de Orwell― fuera a hacerse realidad, y aquí estamos, emitiendo Gran Hermano y con Facebook y Google controlando todo lo que hacemos. Esperemos que al menos Ray Bradbury no fuera premonitorio con su Fahrenheit 451.

1984

 

 

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Guía del Spaghetti Western 1962-1978 http://www.zendalibros.com/guia-del-spaghetti-western-1962-1978/ Wed, 22 Feb 2017 05:04:35 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=20712 Corre el año 2013. Un inquieto aficionado al western europeo, Valen García, empieza a acumular material del género. Aunque existen libros sobre el tema, no se ha editado, hasta el momento, ninguna guía ilustrada a todo color. Es entonces, y bajo el seudónimo de Ron B. Sobbert, cuando Valen decide embarcarse en la complicada aventura...

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Corre el año 2013. Un inquieto aficionado al western europeo, Valen García, empieza a acumular material del género. Aunque existen libros sobre el tema, no se ha editado, hasta el momento, ninguna guía ilustrada a todo color. Es entonces, y bajo el seudónimo de Ron B. Sobbert, cuando Valen decide embarcarse en la complicada aventura de recopilar todos los SW rodados en los 14 años claves del vilipendiado y criticado subgénero, poniendo, por encima de todo, especial interés en cuidar al máximo el aspecto cualitativo.

¡Los aficionados al Spaghetti Western estamos de enhorabuena! Tras casi 40 años como amante compulsivo de este denostado género nacido, criado y, finalmente, masacrado y enterrado en Europa, me topo con un compendio sobre mis amadas “películas de vaqueros de Almería” realmente excepcional. Como friki de la materia, entenderéis que en cuatro décadas he acumulado una ingente cantidad de material….desde películas, carteles y libros, hasta revólveres y otros objetos de colección. En el caso de los libros, hay bastantes, unos muy buenos, otros no tanto, pero ninguno de los publicados en español apuesta por la calidad de la edición y del aspecto gráfico, ni reúne sinopsis, carteles y fotogramas de todas las películas.

Libro

Hasta que el año pasado me contacta un tal Valen García, a través del grupo “800 Spaghetti Western” de mi amigo Julio Alberto, y me pide colaborar en un proyecto para sacar adelante una guía del género. Uno, que ya es perro viejo en la materia y anda escarmentado con este tipo de proyectos, le dió largas y remitió el “pastel” a un buen amigo y gran entendido en el tema, Jesús Cendón, quizás el más avezado especialista que tenemos en España.

Pero quiso la casualidad que un servidor conociese al tal Valen y accediera a parte del material del proyecto. ¡Madre mía! ¡Cómo voy a decir que no! Si este tío lleva 3 años currándose una auténtica joya del género! Quedé impactado del mimo, cariño y entusiasmo que había en ese material, pero sobre todo me fijé en la calidad excepcional del tratamiento de las imágenes y el increíble diseño gráfico. Respiraba excelencia por los cuatro costados!

Libro 3

La colaboración y la amistad surgieron enseguida y, rápidamente, se solicitó la ayuda del cuarto miembro, Xavi J. Prunera, gran aficionado al SW y buen analista de cine.

Creamos entre los cuatro un blog dedicado al western en general y nos pusimos manos a la obra para rematar el inmenso trabajo que Valen/Ron iniciará años antes.

El resultado es, sin duda alguna y modestia aparte, la mejor guía sobre el Spaghetti Western editada en España hasta la fecha.

Un libro que incluye una introducción en la que se detalla la evolución del género, desde sus inicios e incluso antes del boom de Leone y su Por un puñado de dólares pasando por la época dorada y el declive final a mediados de los 70. Cuenta con colaboraciones de lujo como la del actor George Hilton, uno de los grandes protagonistas con grandes títulos a sus espaldas (Voy, lo mato y vuelvo, Tiempo de Masacre, Los Desesperados, etc), o la del director Rafael Romero Marchent, que dirigió míticos films como Garringo o Dos cruces en Danger Pass y fue también guionista de películas clave, por ejemplo la excelente El sabor de la venganza. Todo ello catalogado año tras año, película a película. Contiene carteles, programas de mano, sinopsis, fotos de rodaje, etcétera, todo ello exhaustivamente cuidado y trabajado; horas y horas de retoque fotográfico, de búsqueda incesante de imágenes, de  recopilación de datos, de traducciones, correcciones de textos, cotejado de datos y un sinfín de actividades para asegurar el mejor resultado final. Se incluyen también recomendaciones de los mejores films, para que los no iniciados puedan seleccionar y visionar lo mejor del género sin tener que pasar el “mal trago” de ver esa gran cantidad de SW sólo aptos para fans incondicionales (Recordemos que se rodaron cerca de 700 y la gran mayoría no aportan absolutamente nada destacable). Pero, y aquí insisto encarecidamente, la “crème de la crème” de esta guía es, sin duda, el diseño de la misma: simplemente exquisito.

Libro 2

Os aseguro a todos los aficionados que os va a sorprender….y, a los que no lo sois, también, solamente con la calidad que destilan las más de 400 páginas de texto y las más de 3.000 imágenes, muchas de ellas retocadas, digitalizadas y, al igual que los carteles, restauradas. Quedaréis encantados de tener esta obra en vuestra librería.

¡Ya me diréis si llevo razón cuando llegue a vuestras manos!

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Autor: Ron B. Sobbert. Título: Guía del Spaguetti Western. Más información en spaghettiwestern.es

Ron B. Sobbert es el sobrenombre de Valen García (Azpeitia, 1970), un director creativo y aficionado a la fotografía y a las localizaciones cinematográficas.

Su gran pasión por el Spaghetti Western germinó el día que, siendo muy jovencito, quedó prendado por el poncho y las curvas de Raquel Welch en el film Hannie Caulder. A partir de ahí ha reunido una ingente material del género que ha ido clasificando, retocando y digitalizando hasta que por fin, hace cuatro años, se embarcó en la aventura de plasmarlo todo en una guía para los amantes y aficionados al western europeo.

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Así empieza Ana, la primera novela para adultos de Roberto Santiago http://www.zendalibros.com/asi-empieza-ana-la-primera-novela-adultos-roberto-santiago/ Wed, 22 Feb 2017 04:18:31 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=20652 Roberto Santiago (Madrid, 1968) es escritor, dramaturgo, guionista y director de cine. Ha escrito varias novelas infantiles y juveniles de éxito, de las cuales se han vendido más de un millón de ejemplares en nuestro país, y han sido traducidas a varios idiomas. Ana es su primera novela para adultos. Una historia de segundas oportunidades. Todo cambia para la...

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Roberto Santiago (Madrid, 1968) es escritor, dramaturgo, guionista y director de cine. Ha escrito varias novelas infantiles y juveniles de éxito, de las cuales se han vendido más de un millón de ejemplares en nuestro país, y han sido traducidas a varios idiomas.

Ana es su primera novela para adultos. Una historia de segundas oportunidades. Todo cambia para la abogada Ana Tramel cuando recibe la llamada de auxilio de su hermano Alejandro, con quien lleva más de cinco años sin hablarse: se halla retenido en el cuartel de la localidad de Robledo acusado del asesinato del director del casino Gran Castilla. La que en su momento fuese una brillante letrada penalista, ahora pasa sus días en Promultas, un mediocre bufete dedicado a la gestión de multas y recursos administrativos. Un oscuro suceso la sumió en una espiral de desencanto que solo el alcohol, las pastillas o el sexo compulsivo parecen saber aliviar. La vida de Ana dará un giro radical cuando decide, a costa de sus temores y lejanos desafectos, hacerse cargo de la defensa de Ale.

 

El primer líquido en el cuerpo.

Un trago de ginebra seca.

Sentí el líquido quemándome la garganta. Cayendo en el estómago. El ardor previsible. Buenas noticias: estaba viva.

Muy lentamente mis pupilas comenzaron a enfocar a mi alrededor. Unos rayos de luz entraban por las rendijas de una persiana blanca tipo roller. Entre la penumbra pude distinguir un armario empotrado, una estantería modular en la pared y algo parecido a un paragüero en una de las esquinas.

Aún debía ser temprano.

O tal vez no.

La verdad: me importaba muy poco. Bajé la vista hacia mi cuerpo.

Llevaba puesto un sujetador color carne. Iba desnuda de cintura para abajo. Eso solo podía significar una cosa.

Bingo.

Allí estaba.

Levanté a duras penas las sábanas.

Un tipo barbilampiño dormía completamente desnudo a mi lado. No debía tener más de veinticinco. Treinta a lo sumo. Estaba de espaldas, tumbado boca abajo. Aun así no debía andar desencaminada. Me he hecho experta en calcular la edad de desconocidos que aparecen a mi lado desnudos y boca abajo al amanecer.

Di otro trago a la botella de vidrio esmerilado (y tal vez verde). Este segundo golpe de ginebra visitó mi estómago de forma aún más violenta. Me entraron arcadas. Aguanté las ganas. No era plan echar la pota en la cama del barbilampiño.

Intenté concentrarme en algo. Una puerta que parecía comunicar con un cuarto de baño estaba abierta justo delante de la cama. Si hubiera tenido fuerzas para llegar hasta allí, se me ocurrían muchas cosas que podría hacer en un baño en aquel momento, y que quizá me harían sentir algo mejor.

Decidí dejarlo para más adelante. Reuniría la energía suficiente y ya veríamos.

Preferí centrarme en una tarea más acorde con mis posibilidades mentales y físicas. Enseguida di con la actividad perfecta para desperezarme: contar los dedos de mi pie, que asomaban al final del colchón. Empecé a moverlos de uno en uno, por orden. El dedo gordo, el otro que no recuerdo nunca cómo se llama, el corazón, el anular…

Una luz empezó a parpadear en la mesilla, distrayéndome de mi cometido. Tendría que volver a empezar. A ver: el dedo gordo, el segundo dedo del pie, que en la mano se llama índice, eso es, iba progresando, pero en el pie cómo se llamaba. Podría ponerle mi propio nombre, no creo que se quejase. Lo pensé rápidamente, y lo primero que me vino a la cabeza fue «segundón». No muy original, pero sencillo. Y podría recordarlo. El dedo gordo, el segundón, el…

La luz intermitente que provenía de la mesilla volvió a distraerme.

Me giré unos centímetros, intentando identificar su origen.

Era uno de esos teléfonos móviles enormes con pantalla extraplana. Odio esos bichos. No me preguntes por qué. Simplemente los detesto.

La luz continuaba parpadeando.

Dejé la botella de cristal esmerilado, que aún sostenía en la mano derecha, y agarré el móvil. Lo observé parpadear. Un nombre apareció en la pantalla: «Brother». Observé esas siete letras parpadeando. Una y otra vez. Una y otra vez. Brother. Brother. Pensé que se podría hipnotizar a una persona con aquel mecanismo, mirando fijamente esa pantalla. Tal vez a varias incluso. Me vi a mí misma llevando un enorme y parpadeante y reluciente móvil de última generación en la sala de reuniones de la oficina, y una docena de ojos observando fijamente la luz, sin poder apartar la mirada. Como ya ha quedado claro a estas alturas, el nivel de mis pensamientos no era muy profundo en esos instantes. La cosa iría mejorando un poco a medida que pasaran las horas. Al fin la luz se apagó.

Apareció otro mensaje en la pantalla: diecisiete llamadas perdidas de… «Brother».

Si hubiera estado sobria, sin resaca, si hubiera estado en mi casa o en mi despacho, o en algún lugar conocido, si hubiera estado en mejores condiciones, aquello me habría inquietado. Tal vez incluso me habría alarmado.

Hacía años que no sabía nada de él. Eso sí podía recordarlo.

¿Dónde estaba esa mañana? ¿De quién era ese dormitorio? Supuse que pertenecería al barbilampiño.

Arqueé la pierna izquierda y le di una cariñosa patada en el culo a mi compañero de cama.

Él levantó la cabeza y emitió un sonido gutural ininteligible, parecía uno de esos animales heridos del bosque que no entienden por qué alguien los golpea.

Al ver su rostro, corroboré mi hipótesis: a pesar de las ojeras y su mal aspecto en general, no tendría más de veinticinco o veintiséis.

Inmediatamente le di otra patada en el culo. Aquel trasero estaba pidiendo a gritos unos buenos azotes.

—¿Dónde estoy? —pregunté.

—¿Eh? ¿Hum? —respondió.

Joder.

El barbilampiño era una lumbrera. Espero que fuera más hábil en la cama que con las palabras. Como digo, no recordaba nada, pero a medida que el día avanzara sabía muy bien lo que me pasaría: empezaría a tener recuerdos, pequeños fogonazos de la noche que había pasado con aquel tipo. Y me gustaría pensar que iban a ser recuerdos agradables.

—Pregunto que dónde estoy —dije—. En qué barrio. En qué ciudad.

El chico me observó. Pude ver cómo su cerebro encajaba las piezas. Ajá: sí, ahí estaba, en la cama con una desconocida, esa mujer mayor que él a la que había saludado en la barra de un bar unas horas antes. Sus neuronas parecieron reaccionar.

—Calle Embajadores 68. Primero C. Madrid 28012 —dijo sonriendo como si hubiera dicho algo gracioso.

Le devolví la sonrisa.

La pantalla del móvil comenzó de nuevo a parpadear. Lo miré, aunque ya sabía lo que me iba a encontrar: «Brother».

Me armé de valor. De coraje. Me acerqué el móvil a la oreja.

Y respondí la llamada.

—¿Sí? —musité.

Se escuchó un ruido que no acerté a reconocer al otro lado de la línea. Puede que el móvil se le hubiera caído a mi interlocutor. O que se lo estuviera pasando a otra persona.

—¿Sí? —repetí.

—¿Ana? —dijo al fin una voz ronca.

Reconocí la voz de inmediato.

—Hola —dije secamente. —Ana, escucha, no te llamaría si no fuera grave.

Con mi visión periférica, noté que el barbilampiño me observaba atentamente.

—¿Es tu marido? —preguntó en voz baja el chico.

Le ignoré. Ni siquiera pestañeé.

Concentré toda la atención de la que era capaz en el móvil que tenía pegado a mi oreja.

—Ana, ¿me estás escuchando? —preguntó la voz ronca con cierta ansiedad.

—Alto y claro.

—Estoy en un cuartel de la Guardia Civil de Robredo. Me han detenido por asesinato.

A pesar de mi estado, registré la frase. Cada una de sus partes. Cuartel. Guardia Civil. Robredo. Asesinato. También registré el concepto general: habían detenido a mi hermano, con el que llevaba años sin hablar, por asesinato.

Podría haberle preguntado muchas cosas. Para empezar, podría haberle preguntado de qué asesinato estaba hablando. Sin embargo, había algo que me producía mucha más curiosidad. Claramente no era lo más importante, pero, como digo, el asunto me producía una gran curiosidad. Y desde bien pequeña he sido siempre muy curiosa.

—¿Por qué extraña razón te han dejado hacer diecisiete llamadas? —pregunté.

—No he llamado yo. Les he dado el móvil a los agentes, y te han llamado ellos hasta que has contestado. Han sido muy amables.

Pude ver en mi cabeza a dos guardias civiles, seguramente clavando sus miradas en mi hermano en ese preciso instante. En mi imaginación aquellos dos guardias lucían un generoso bigote, y uno de ellos además tenía la cara picada de viruela, vete tú a saber por qué, el imaginario de las personas es un verdadero misterio.

—Ana, ¿sigues ahí?

—Dime una cosa —le pedí—. ¿Por qué me llamas?

—Quiero que seas mi abogada.

Sentí un ardor que me subía desde el estómago. Más fuerte aún que con la ginebra. Solo había un modo de apaciguarlo.

Sujeté el móvil entre la cabeza y el hombro. Y agarré otra vez la botella. Di un trago. Largo y profundo. Tal y como preveía, aquel líquido me hizo reaccionar físicamente. Dolía. En algún lugar indeterminado entre el intestino, el hígado y el colon.

—Ya no me dedico a eso —dije al fin.

—No sé si me has oído. Me acusan de asesinato.

—¿Asesinato de quién?

—Bernardo Menéndez Pons.

Había oído ese nombre antes. Pero dadas las circunstancias, no conseguí asociarlo con nadie en concreto. Había pronunciado el nombre como si yo tuviera que reconocerlo. Es posible que más tarde cayera en la cuenta, le pusiera rostro…, aunque eso podía llevarme un tiempo.

Mi hermano pareció leerme la mente.

—El director del casino Gran Castilla.

—Ya veo —dije.

El colchón bajo mi cuerpo se movió. El barbilampiño se estaba levantando. Con una sorprendente agilidad, se había puesto en pie y se rascaba el culo. Un culo perfecto de veinticinco años. Caminó hasta la puerta del baño y entró.

—Ana, tienes que ayudarme.

Su voz ya no parecía tan ronca.

—No quiero ser descortés, pero me pillas en un mal momento. Es mejor que llames a otro abogado.

—No conozco a ningún otro abogado —dijo rápidamente.

La situación me estaba haciendo sentir mal. Vi delante de mí un futuro lleno de angustia y de dolor compartido con mi hermano. Era algo que me pasaba con cierta frecuencia: anticipar sensaciones negativas, así que no le di demasiada importancia.

—Seguro que esos guardias civiles tan amables te pueden ayudar a buscar otro abogado —dije.

—Por favor, Ana. No tengo a nadie. Solo puedo confiar en ti. Por favor.

Su voz sonaba trémula, frágil.

Me encogí de hombros y en menos de tres segundos cambié de opinión. Después de todo, era mi hermano. No hablaba con él desde hacía mucho tiempo, pero le quería. Además, cambiar de opinión es una de mis especialidades. Más aún que el derecho criminal.

—Escucha atentamente. Llevo cinco años trabajando para un bufete que se dedica a recurrir multas de tráfico. Hace mucho que no atiendo un verdadero caso, por no hablar de un caso de asesinato. No creo que esto sea ni remotamente una buena idea —dije—. Si aun así estás decidido, intentaré ayudarte.

—Te lo agradezco, Ana —respondió—, cuento contigo.

Por lo que se ve, mi hermano solo había escuchado la última parte de la frase.

La puerta del cuarto de baño se abrió, y el barbilampiño entró de nuevo en la habitación. Seguía desnudo. Hice un recorrido rápido por su anatomía. Seamos sinceros: si le pusieran un saco en la cabeza, ese chico podría participar en uno de esos concursos de belleza y obtener un puesto más que digno.

—Ana, ¿qué tengo que hacer ahora? —preguntó mi hermano.

Nada. Era yo la que tendría que ponerme en marcha. Conducir hasta Robredo. Y empezar todos los trámites. Solo pensarlo me produjo una enorme fatiga.

—En un rato estaré allí y empezaremos las diligencias —dije—. Lo más importante es que no hables con nadie. Que no digas nada. Ni siquiera a los amables agentes. ¿Me has entendido?

—Sí.

—Muy bien. Ya te he dicho antes que no creo que esto sea buena idea, pero te prometo que haré todo lo posible.

—Eres la mejor abogada que he visto nunca en un tribunal —dijo mi hermano con tal seguridad que hasta yo misma me lo creí—.

Muchas gracias, Ana. De verdad.

—Tengo que resolver un asunto urgente ahora mismo —dije cortando cualquier atisbo de sentimentalismo—. Recuerda: no hables con nadie.

Sin más, colgué.

El barbilampiño me observaba atentamente. Permanecía allí de pie, como si estuviera esperando que alguien le dijera qué debía hacer.

Lo miré fijamente.

No a los ojos.

Lo miré a la única parte de su anatomía que a mi cerebro le parecía interesar en esos instantes. Prometo que intenté levantar la vista. Pero fue inútil. Mis ojos estaban clavados en su pene. No había nada que hacer. Contemplé despacio aquella parte de su cuerpo. Lo hice sin mostrar emoción alguna. Era un pene normal y corriente, ni mucho de esto ni mucho de aquello. En cualquier caso, más que suficiente.

La situación estaba clara: mi hermano tendría que esperar un rato con aquellos amables guardias civiles mientras yo solucionaba ese asunto urgente que tenía entre manos.

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Autor: Roberto Santiago. Título: Ana. Editorial: Planeta. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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Selección de relatos del concurso de historias de amor (I) http://www.zendalibros.com/seleccion-de-relatos-del-concurso-de-historias-de-amor-i/ Tue, 21 Feb 2017 17:02:36 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=20683 Más de setecientas #historiasdeamor participan en nuestro concurso organizado con motivo del Día de San Valentín, patrón de los enamorados, patrocinado por Iberdrola y dotado con 3.000 euros en premios. Este jueves, 23 de febrero de 2017, anunciaremos los nombres del ganador y del finalista. Y ahora ofrecemos una selección con los veinte relatos que optan a los premios. Para...

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Más de setecientas #historiasdeamor participan en nuestro concurso organizado con motivo del Día de San Valentín, patrón de los enamorados, patrocinado por Iberdrola y dotado con 3.000 euros en premios. Este jueves, 23 de febrero de 2017, anunciaremos los nombres del ganador y del finalista. Y ahora ofrecemos una selección con los veinte relatos que optan a los premios.

Para participar, había que escribir un relato en internet en lengua española que incluyera la palabra AMOR. El relato debía ser publicado en internet mediante una entrada en un blog, una anotación en Facebook o un tuit en Twitter. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres. La máxima es de 1.000 palabras.

Plazo de entrega: los relatos debían publicarse entre el miércoles 8 de febrero a las 12:00 del mediodía y el domingo 19 de febrero de 2017 a las 23:59. El jueves 23 de febrero de 2017 se difundirán los nombres del ganador y del finalista.

El jurado, formado por los escritores Lorenzo Silva, Juan Gómez-Jurado, Lara Siscar, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez, seleccionará un ganador y un finalista. El jurado valorará la calidad literaria y la originalidad de la historia. Aquí puedes consultar las bases del concurso.

El orden de esta selección es aleatorio. Bajo estas líneas reproducimos las diez primeras de las veinte #historiasdeamor seleccionadas.

Irina, de Kiev

Por Miguel Herranz Farelo

Diana no se llama Diana, naturalmente: su nombre es Irina y nació en Ucrania. Cree que su nombre falso resulta más sexy pero yo le explico que no, que Irina es un nombre exótico y sugerente, se lo repito de vez en cuando sin convicción ni esperanza porque sé que a sus clientes les importa una mierda si se llama Diana o Irina o si no tiene nombre y ha caído de Júpiter. Como a todas las chicas, si es negra la llaman negra y si es del este la llaman rusa, y con eso vale. La negra de la plaza, la rusa del cruce… Irina es la rusa de la esquina del restaurante.

Yo nunca le he pagado un polvo a Irina ni pienso hacerlo, por una postura ética pero también por una razón práctica: a Irina le gusta cocinar. Algunas mañanas, cuando ya han terminado los desayunos y aún no es la hora de adelantar menús, me siento con
Irina en el borde de la acera y hablamos de comida.

-Los blinis se pueden hacer con casi todos los pescados. Mi madre los hace con salmón, pero yo los prefiero con arenque y huevas, como le gustaban a mi padre, y cocinados al horno en vez de fritos, porque llenan menos. Pero claro, cada uno tiene sus gustos.

Un polvo pagado disiparía nuestra extravagante amistad y no tengo demasiados amigos con los que hablar de cocina.

Irina habla buen español porque estudia Hispánicas en su país. Viste poca ropa o ropa ajustada, según el clima, y con frecuencia me descubro sentado, con mi blusón blanco y mi gorro de cocinero conversando de blinis y leche amarga y bizcochos borrachos con una chica en tanga y con tacones de aguja, que se coloca el bolso sobre las rodillas, quizá por pudor, quizá como un aviso de que está en su hora de descanso y no admite pedidos.

Se permite estos ratos de ocio porque no trabaja para nadie. Es una profesional independiente, algo inusual entre las chicas, sea cual sea su nacionalidad, que siempre tienen detrás un grupo de fieles protectores muy celosos de su rendimiento laboral. Eso sí, Irina paga un dinero por el uso exclusivo de su esquina. Yo pago el alquiler de mi local y ella paga sus metros de acera: la lógica implacable del mercado, el orden de la mano invisible que ajusta y regula e impide que surjan problemas entre las putas, que tienen establecido de manera estricta su sitio y su horario. Adam Smith como vacuna contra la anarquía.

Irina trabaja por temporadas. Durante seis meses explota su éxito a unos metros de mi restaurante; los otros seis meses del año gasta sus ahorros en Kiev, estudia Filología, compra regalos a sus sobrinos, trata a su madre como a una reina, se acuesta de vez en cuando con algún novio fugaz que tiene que ganarse el premio, vive como una mujer alegre y despreocupada. No todo el mundo tiene la valentía de pagar con la mitad de su vida la felicidad de la otra mitad.

Una noche, hace varias semanas, invité a Irina a cenar en mi restaurante. Estábamos solos y cocinaba ella. Borscht caliente. Creo que estaba bueno, pero yo no lo había probado nunca y no tenía con qué compararlo. Irina se había cambiado su ropa de trabajo y vestía un vaquero, zapatillas deportivas, camisa blanca, el pelo recogido en una coleta. La Irina de Kiev ennoblecía un humilde restaurante de polígono.

Muchas horas más tarde, cuando ya habíamos bebido más de la cuenta y nos habíamos mentido nuestras vidas, y cuando nos habíamos arrancado alguna confesión que parecía sincera, la acompañé a su casa. Ante su puerta, despejados por el frío y por el paseo, me regaló dos besos, uno en cada mejilla, y se despidió desde la ventana agitando su mano.

Creo que Irina también sabe en qué consiste nuestro amor.

***

El papel de sus vidas

Por María Sánchez Benítez

Se cruzaron. Sus palabras escritas con sus ojos. Él salía y ella entraba. Y esperaron. En un rincón de la casa, en un coche de cinco puertas, en una esquina de la calle de un barrio deshabitado, en el estante del salón de paredes blancas, en un camino soleado donde el río dejaba reflejos a unos árboles jóvenes. Sobre la mesa de la cocina y el pollo asado. En la hamaca del jardín con riego automático, en la parada del autobús rojo de la única calle sin número del barrio viejo, en el apeadero de la estación que siempre llovía. En el banco del parque, el que estaba junto a la fuente de agua mansa y el roble marchito en verano rodeado de niños que volaban como pajaritos y comían palomitas.
Y esperaron. A conocerse mejor. Una página más, o dos o tres. Y se entendieron mejor y tanto que terminaron leyéndose. Y se casaron, ¡o no! En algún capítulo. Devorándose. Admirándose. Comprendiéndose. Amándose. Escuchándose. Odiándose en algunas citas. Hoja tras hoja. Capítulo tras capítulo. En cada espacio, en cada coma, en cada punto y seguido, en cada tilde. En su libro infinito y sin fin se abrían y se cerraban; a ratos, a trozos. Dormitando y comiendo entre líneas y párrafos. Susurrando y cogiendo aliento en los pros y en los contras, sudando en las conjunciones, enfermando en las diéresis.
Ambos se ilustraron: marcando esquinas y arrancando momentos, subrayando instantes, dibujando niños, casas, dinero y viajes. Páginas de sueños y pesadillas y símbolos misteriosos con signos y letras del piso y del coche. Y se envolvieron en las guardas de un mundo de papel, de facturas de AMOR y cartas de luz y gas. E hipotecaron todas y cada una de las palabras de su vida y pagaron al mes y al trimestre sus aventuras de amor y diálogos y deseos y sexo y desamor y discordias y reflexiones y nacimientos y decisiones y muertes.
Fue aquí, al final. Cuando ya se habían leído lo suficiente y las palabras se acariciaban y besaban entre las páginas. Fue aquí, al final, cuando hicieron cuentas; desde la primera letra del título hasta el final de los agradecimientos. Y se dedicaron el libro. Y esperaron. Otra vez. Jugando a cruzarse. A entrar ella y salir él. Y al fin, quedarse y leerse para amarse.

***

Concededme un instante

Por Susana Rizo

A quien corresponda:

Enemigos poderosos, con los que comparto el mismo camino, siempre acechan y hacen que me desvanezca. Puede que me temáis y paséis por la vida sin llegar a conocerme. Os compadezco si fue la falta de valentía lo que os impidió acercaros a mí, quizá os ganó la partida la soledad.

No ofrezco las garantías que buscáis. Puedo concederos la inspiración de los poetas, o arrebataros cualquier indicio de voluntad y juicio. Arrancaros lágrimas sin consuelo, iluminar la oscuridad. Soy refugio y a veces cárcel. Y sin embargo, soy paciente. Quien comprende esa virtud transforma mi energía en algo sereno, y tan hermoso como el primer amanecer. El encaje perfecto. Irreemplazable. Lo que construyáis conmigo, si sabéis cómo usarme, será eterno.

No me busquéis en lugares imposibles, buscadme en lo más cotidiano. Rescatad mi pureza. Solo os pondré una condición: no podéis encontrarme solos.

                        Firmado: el Amor

***

No es lo mismo, pero en tu caso sí

Por María Fresno Galán

Pues claro que no, Neruda, imbécil.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Somos mejores.

¿Por qué esa manía de pretender mantener todo intacto? La estabilidad no siempre garantiza que estemos en la cumbre. Que hayamos alcanzado lo mejor que podíamos alcanzar. ¿Acaso las cosas esenciales, las que han de estar cada vez que hablamos de amor, no existen por sí mismas? El resto, la parte en la que entramos en juego nosotros, es el  crecimiento. Es el cuidado, es el afecto. Es que se me llene la sonrisa por ver que estás haciendo lo que amas. Es que eso me incluya a mí a tu lado, escuchándote. Es cualquier bar de Madrid en el que suene un estribillo que nos sepamos, o que nos inventemos. Porque  todo lo que no te he dicho te lo he besado, o lo haré.

Los libros, las películas y las canciones fueron sólo intentos. Como lo son también estas líneas. Nosotros, seres humanos, supuestos reyes de la naturaleza pero tan limitados en tatnos aspectos. Intentando definir, delimitar, encuadrar en nuestros propios esquemas lo que sentimos, lo que vamos encontrando. Y llega el momento de frenar. No puedes poner límites al mar. No puedes decidir a qué país pertenece una flor. No puedes definir el amor, porque es tantas cosas que no abarcamos a comprenderlo solos. Nos acercamos al compartirlo.

Porque amor es el primer beso que tanto llevábamos esperando, pero también el abrazo de una madre en un aeropuerto. La cara de orgullo de tu padre por cualquiera de tus logros, el día cariñoso que tiene tu hermano, y que se encargue de hacértelo saber. También los ojos con los que te mira un amigo de verdad cuando te está escuchando. También el dibujo de un niño pequeño que te da todo lo que tiene en forma de colores. El amor era esto, tan sencillo y tan palpable. El amor era esto, y tú por ahí dando palos de ciego.
Por ti lo haría mil veces. Vengas cuando vengas, vistas como vistas…

He visto el amor por las calles. Lo he sentido y he bailado su canción. He visto como se alejaba, volvía, se retorcía, se escondía en tus gestos, se hacía de rogar en forma de distancia e interrogantes, he intentado alargar su presencia más pura en cada ocasión que he tenido. He visto como muchas personas pretendían adornarlo, pero sus disfraces le quedaban grandes. He visto personas que pensaban, incluso, que ciertas palabras no podían escribirse en un poema. Que los te quieros había que decirlos tal cual, que no eran intercambiables por alternativas que demuestren que te preocupas, que cuidas, que te emocionas, te excitas, te revuelves, te reinventas. He conocido a personas que juzgaban que otras personas no podían estar juntas. Qué sabremos cualquiera de nosotros sobre lo que realmente sienten los demás. He compartido mi vida al lado de seres con tantísima luz que me llenaban de vida con su presencia.

He aprendido que cualquier ser humano puede irradiar amor, o no irradiar absolutamente nada.

 

***

Cuero

Por Javier Madrid Labrador

¿Cómo explicarlo? Sí, son golpes, pero cuando todo ha pasado los recuerdo como caricias. En mi piel curtida apenas deja marca. Cómo iba a reprochárselo si consigue que por unos segundos sea yo la protagonista. Incluso termina siendo placentero. No me importa que el clima que respira mi pequeño universo tenga tintes violentos, ni que me sustituya por otra. Me bota. Vuelo. Muchas se llevarían las manos a la cabeza si les dijese que no puedo entender nuestro amor de otra forma, ni apreciarían la virilidad que emana en cada envite. Termino cayendo como tonta en sus redes y tras rodar por la hierba, mojada, confusa y mareada, no soy consciente de lo que ha pasado hasta que escucho ese clamor. ¡Messi! ¡Messi! ¡Messi!

***

El taller invisible

Por Roberto Yunes

Un banco de madera, molduras y herrumbre, un jardín.
Luz, pequeños círculos cambiando de tamaño. Árboles y musgo. Brisa.
Movimiento.

El aire es joven.
Mi amor no.
Lo fue. Ya no.
No es.

Me ocurre, a veces, cuando me resulta posible el ejercicio de la memoria.

Allá abajo, en el declive, el lago. Ramas sumergidas desde siempre.

Los insectos, es tiempo, se ocupan de sus cosas.

Inefables. Inasibles. Invisibles.

Molestan.
Zumban.
Abundan.

Resina, agua de deshielo y rosa mosqueta (Rosa rubiginosa).
Minúsculos lagartos tiesos.

Contemplación.

Tinturas. Yodo. Bacinicas. Es el preámbulo … desaparezco, imperceptiblemente.

Huelo, me sobresalto, amé.

Desaparezco, imperceptiblemente.

***

Deseo inquietud playa pintalabios

Por Julio Villadonga Suárez

Deseo Inquietud Playa Pintalabios
Amor Otoño Melancolía Anochecer
Sexo Vaqueros Piano Atrapasueños
Rock Olor Veintitrés Oscuridad
Descapotable Gafas de Sol Narcisos.

“Después de treinta años todavía hace poco hablamos de lo que ocurriría cuando desapareciese el deseo. Y siempre tengo miedo, cuando acaricias mi pelo canoso y recorres con la punta de tus uñas las arrugas de mi rostro, mientras yo cierro los ojos intentando que la inquietud no me impida respirar. Aquí, contigo sobre la arena, en la playa, evito mirarte. Como cuando sacabas tu pintalabios y con ese pincel diminuto te retocabas en silencio, ajena a todo el amor que provocas. Se nos olvidó en el coche, y cuando casi acaba de empezar ese otoño que te llena de melancolía quiero mirar contigo el anochecer y olvidarme del miedo que todavía recuerdo de aquella primera noche de sexo, cuando tú, descalza y en vaqueros, tocabas el piano mientras yo dormitaba en el suelo, satisfecho simplemente de estar contigo. Cuando paras de tocar, te veo a través de mis ojos entreabiertos coger el atrapasueños colgado encima de un póster de rock. Y recuerdo el olor de las cuerdas y las plumas cuando juegas a acariciarme con él el rostro. Y tú tenías veintitrés. Y vuelvo a sentir la angustia del día siguiente, cuando ya no estabas, hasta que apareciste en aquel pequeño descapotable prestado y me sonreías bajo tus gafas de sol.
Ahora que sube la marea, destapo el cofre y te poso lentamente sobre la arena, y al pasar las olas reconozco el olor de los narcisos en la ceniza.
Y a pesar del frío, me desnudo y me baño contigo, y tendremos que volver a hablar, dentro de poco, de qué vamos a hacer cuando desaparezca el deseo.”

***

Amor, amor

Por Mireia Raga

Crece, altera y sonroja. El ladrido de un perro modificó la calma de una niña que jugaba con rosas blancas. La pequeña, con ropas limpias y olor floral se acercó al animal vagabundo con toques de barro. Las miradas inocentes calman un mar bravo. Y entonces los ladridos cesaron, y las risas alarmaron al padre que observaba desde el umbral de la puerta. Sin entrevista previa, ese animal sustituyó al adulto guardián de la entrada y pasó a formar parte del primer sentimiento de una niña que jugaba, sin querer, con el inicio del entender de la vida.

Amor, amor.

Conmueve, arrasa y penetra. Dos adolescentes tantean miradas en base a un fervor sanguíneo. Uno desmiente su certeza, mientras otro ingiere la dura pena del rechazo. El tiempo le hace un favor al segundo y le lleva a encontrar a su compañero de viaje. Entre dos paredes, encuentran la intimidad de la gloria. Ambos exploran el cuerpo y la mente. Nace así la ansiada palabra del edén.

Amor, amor.

Muere, llora o evapora. El cementerio cierra a medianoche. Pero Luis no deja a Gloria. La lleva dentro de él, a todas horas. Una rosa representa tantos años de manos juntas, caricias mutuas y llantos opuestos. El cementerio cierra a medianoche, pero Luis hace trampas. Gloria vuelve a la vida con la luna. En el crepúsculo, él cierra los ojos y la abraza. Viven medio día juntos, y otro tanto recordándose. Gracias a Luis y a Gloria, demostrado queda que la adoración no se diluye.

Amor, amor.

Recompone, asombra, supera. A las disputas del primer mundo, el ser humano las llama el fin del universo. La amistad quiebra relaciones, o une almas, para los más dignos. Una joven que había decidido no volver a ver a su hermana sin parentesco, encontró en la puerta una caja con una nota: <<Quiero volver a ser una niña contigo>>. El regalo consistía en dos muñecas viejas, que hizo brotar las lágrimas de la descomunal disputa. Una llamada volvió a recomponer los corazones rotos.

Amor, amor.

Alivia, expande, inspira. La independencia consiste en la no dependencia. Y a Sara le costó encontrarla. Vivió rodeada de cuentos de hadas, y alcanzar el clima era besar a un príncipe con capa y espada. El día en que buscaba un libro viejo, decidió mirar en sus propias hojas. Allí vio a Sara abrazando a un perro vagabundo, a Sara llorando por un amor de instituto, y a Sara amando a sus abuelos. También vio a su amiga de la infancia, vistiendo a muñecas y riendo a carcajadas. Contempló su trayectoria y dedujo que amar su propia existencia era la mejor opción que había escogido.

-¿Amor?

-Dime, cielo.

-Te quiero.

-Yo también, me quiero.

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AGAPE-3000

Por Javier Marrodán Morentin

COMPOSICIÓN:

L-Dopa, Ácido 3,4-dihidroximandélico, Epinefrina, 3-Metoxi-4-hidroxifenilglicol, CHEMBL386630, H01BB02, Almidón de maíz y celulosa en polvo.

ACTIVIDAD:

Genera o recupera el amor entre dos o más personas que hayan aceptado someterse al tratamiento de manera consciente. Los porcentajes de éxito en casos de recuperación de un amor perdido son más elevados que en los casos en los que dos, o más individuos, pretendan enamorarse entre sí por primera vez. Los casos entre dos pacientes obtienen también mayores porcentajes de éxito que los casos grupales.

Genera enamoramiento sobre cualquier persona independientemente de su género u orientación sexual. Los componentes del fármaco inhiben cualquier tipo de inclinación afectiva previa al comienzo del tratamiento.

El fármaco divide su actividad en cuatro campos fundamentales:

-Provoca una tempestad electroquímica en los núcleos caudanos del cerebro interior, promoviendo la segregación de neurotransmisores como la dopamina, la norepinefrina, serotonina y la feniletilamina, encargados de generar un estado de excitación y euforia en los pacientes.

-Relaja la corteza orbito-frontal del cerebro, disminuyendo la capacidad crítica y produciendo de esta manera una mayor aceptación entre los sujetos.

-Aumenta la libido, disparando el deseo sexual, a través de la inyección de altas dosis de testosterona y estrógenos.

-Produce una sensación de amor duradero gracias al apego generado por la estimulación constante del hipotálamo y la hipófisis, encargados de segregar oxitocina y vasopresina.

Este fármaco solo puede ser suministrado por un especialista y el tratamiento debe someterse a un análisis constante que determine la composición química precisa en cada momento y que evite riesgos y desajustes emocionales. Solo se garantiza el éxito del proceso si este se sigue de manera ininterrumpida durante todo el tiempo que se desee que el amor persista.

AVISO:

Para el éxito del tratamiento, todos los pacientes deben someterse al mismo de manera voluntaria. Cualquier tipo de coacción por parte de alguno de los miembros anulará por completo el proceso (pudiendo llegar a potenciar sentimientos contrarios a los que se buscan) además de constituir un delito tipificado en el Código Penal.

PRECAUCIONES:

No confundir este fármaco con el resto de productos similares. El uso del mismo para tratar otro tipo de dolencias relacionadas con el amor puede generar resultados adversos. Las afecciones sentimentales que más pueden verse acrecentadas con el uso negligente de este producto son:

-El amor no correspondido. El cerebro ante una situación de este tipo tiende a generar una sobreproducción de elementos bioquímicos complejos. La excitación del núcleo cerebral con AGAPE-3000 puede provocar cuadros depresivos de tendencia autodestructiva. Para este tipo de dolencia se recomienda acudir a un especialista que decida el fármaco que más se ajuste a sus necesidades.

-La desesperación y la sensación de ansiedad producida por una falta prolongada de amor y por el miedo a la soledad. Al igual que en el apartado anterior, la ingesta del presente fármaco, ante un padecimiento de este tipo puede provocar empeoramiento y agudización de los síntomas.

Tanto para estos casos de disfunciones amorosas como para otros que pudieran darse, se recomienda informarse sobre el amplio catálogo de productos de esta casa farmacéutica cuyo objetivo desde su fundación, no es otro que poner la bioquímica al servicio de su felicidad.

Gracias por confiar en nosotros

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Experiencia religiosa

Por Olga Tamarit

Nos conocimos en un bar una noche, fría y sola, y a los pocos días le regalé una camiseta de la NASA de algodón egipcio, para vestirme de fiesta y ceremonia. ¿Me precipité? Pues escuchad esto; al mes ya tenía una copia de las llaves de mi casa.
A los dos nos gustaban los juegos de palabras, el vino tinto, Carl Sagan y las cortezas. El mismo día que nos conocimos me confesó que no tenía trabajo, y que padecía una rara afección dermatológica. ¿Qué podía decir yo a eso? Cada vez que estoy contigo, yo descubro el infinito.
Decidí quererle la misma noche que lo conocí, entre el tercer y el cuarto vino. Y la noche se ilumina, porque el amor no va de ser perfecto.
El amor va de otra cosa, de compartir un silencio que se vuelve melodía, de poder comer cortezas en la primera cita. El amor va de mirarse en los ojos del otro y ser capaz de imaginar el mar. Infinito, azul, sereno. El amor es algo más, casi una experiencia religiosa.
O al menos, así lo entiendo yo.
Hace unos años era capaz de calar a la gente a la primera, saber con certeza si iban a joderme la vida. En cada instante en cada cosa. Pero con él me equivoqué de pleno.
Yo le decía medio en broma que se parecía un ewok. Y quién se puede imaginar a un ewok haciendo lo que él me hizo. Yo, desde luego que no.
Ahora todos me aseguran que de buena me he librado, que es un desgraciado, que me olvide de él.
Y eso hago.
Pero el olvido es un camino por el que hay que pasar varias veces y alguna de esas veces me da por pensar y quisiera, subir al firmamento, quisiera no haberle regalado ese perfume caro de Dior ni ese libro de Bill Murray.
Ni la camiseta de la NASA
Porque me dijo adiós un domingo soleado, vuelve pronto mi amor, y nunca supe nada más de él, te necesito ya.
Han pasado cinco meses y aún recuerdo besar la boca tuya, el olor a gofre de sus labios, su cuerpo suave y blandito, el tiempo pasa mejor entre tus brazos, esa nariz de gnomo con cuatro pelos. Y pienso si en esos momentos estará tirado en su cama escuchado un podcast sobre materia oscura, si estará prendido de tu cuerpo, o si se acordará de mí.
Una vez leí un cuento de Truman Capote que decía que el amor era como buscar la sopa de tortuga verdadera. Es decir, muy complicado. Pero mi padre, que es más prosaico, opina que hay mucho psicópata suelto y que igual el ewok es uno de ellos y también dice que dé gracias a la virgen, que de buena me he librado.
Aleluya (esta vez con coros.)

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Selección de relatos del concurso de historias de amor (II)

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Selección de relatos del concurso de historias de amor (y II) http://www.zendalibros.com/seleccion-relatos-del-concurso-historias-amor-ii/ Tue, 21 Feb 2017 17:02:18 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=20687 Más de setecientas #historiasdeamor participan en nuestro concurso organizado con motivo del Día de San Valentín, patrón de los enamorados, patrocinado por Iberdrola y dotado con 3.000 euros en premios. Este jueves, 23 de febrero de 2017, anunciaremos los nombres del ganador y del finalista. Y ahora ofrecemos una selección con los veinte relatos que optan a los premios. Para...

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La entrada Selección de relatos del concurso de historias de amor (y II) aparece primero en Zenda.

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Más de setecientas #historiasdeamor participan en nuestro concurso organizado con motivo del Día de San Valentín, patrón de los enamorados, patrocinado por Iberdrola y dotado con 3.000 euros en premios. Este jueves, 23 de febrero de 2017, anunciaremos los nombres del ganador y del finalista. Y ahora ofrecemos una selección con los veinte relatos que optan a los premios.

Para participar, había que escribir un relato en internet en lengua española que incluyera la palabra AMOR. El relato debía ser publicado en internet mediante una entrada en un blog, una anotación en Facebook o un tuit en Twitter. La extensión mínima de los textos es de 100 caracteres. La máxima es de 1.000 palabras.

Plazo de entrega: los relatos debían publicarse entre el miércoles 8 de febrero a las 12:00 del mediodía y el domingo 19 de febrero de 2017 a las 23:59. El jueves 23 de febrero de 2017 se difundirán los nombres del ganador y del finalista.

El jurado, formado por los escritores Lorenzo Silva, Juan Gómez-Jurado, Lara Siscar, Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez, seleccionará un ganador y un finalista. El jurado valorará la calidad literaria y la originalidad de la historia. Aquí puedes consultar las bases del concurso.

El orden de esta selección es aleatorio. Bajo estas líneas reproducimos las diez últimas de las veinte #historiasdeamor seleccionadas.

Ceniza

Por Tito Trillo Seivane

Siempre sueño que ella me dibuja en la ceniza. No sé, una noche de esas en las que hasta los amantes enfadados hacen las paces para no pasar frío, con la leña del día ya acabada, y ese polvillo blanco hecho a medias de esfuerzo y de pereza, tibio como un cuerpo semi desnudo en una noche de bodas. Unos trazos torpes, ojos, nariz… una cara cualquiera, excepto que, al dibujarlo ella, seré yo; por lo menos, yo siempre la he dibujado a ella. En la paja de los establos donde he dormido, en el barro de los charcos donde he bebido, en la nieve que mis pies han teñido… ¿Será ella de la estirpe de Judas, como algún Padre ha insinuado del mío? Es difícil buscarla mientras huyo de los hombres, ¿será fácil reconocerla? Seguro que sí; sus pies habrán recorrido palacios buscándome, porque donde yo vivo siempre es un palacio, sus ojos brillarán como los rescoldos de la hoguera que finalmente caldeará mis huesos, y sus manos, tibias como un cuerpo semi desnudo en una noche de bodas, tendrán los dedos blancos de dibujarme en la ceniza. Porque si no, ni ella será ella, ni yo seré yo. No sería amor.

***

Pasó un ángel

Por Lola Sanabria

Como una brizna de hierba fresca, así te sentía cuando pasaba mi brazo por tu espalda y te abrazaba contra mi pecho, mi flaquito de ojos color avellana. Me lo decías todo con la mirada: hacia arriba, no; hacia abajo, sí. Unos días risas, otros, carita triste de pena honda. Yo sabía (tú, espero que no) que tu camino era más corto y tortuoso que el mío.
Hemos ido al fin del mundo para que vieras caer una noche de estrellas corridas. Gritabas y movías una mano sin tino, como si quisieras atraparlas. Podemos decir que hemos disfrutado de la esencia del amor. Hace rato que ese silbido ha tomado totalmente tu pecho. Dicen que cuando llegamos al final, hacemos repaso de nuestras vidas. Tú no puedes. Lo hago yo y salen dos vidas enlazadas, la tuya y la mía. Ahora ya siento ese dolor de la cuchilla que nos separa, mi querido hijo, y no sé si sabré soportarlo.

***

Ha llegado a su destino

Por Raquel Jiménez

Buscó ansiosa el beep del teléfono que la anclase de nuevo a la realidad. Exploró sus pertenencias en el ajado bolso de polipiel marrón hasta dar con el aparato. Antes de tocar la pantalla un rostro conocido le salió al paso. Ojeras perennes, poros abiertos, una mirada que añoraba la acuosidad de sentirse viva. Dureza, impaciencia, rencor le devolvieron de nuevo a la pantalla. No tiene ningún mensaje. Mientras tanto deseaba que ese beep no hubiera sido fruto de su imaginación, que hubiera sido un anhelo con ansia de expandirse a través de las ondas, a modo de bits, por medio de radiofrecuencia, sin importar el soporte, la amarga espera o el doloroso mensaje. Sistema binario.

– Tú nunca me decepcionarías –  le había él dicho tajante, con un halo de esperanza en su voz y una sonrisa expectante en su líquida mirada.
–Todo el mundo nos decepciona – eyaculó ella, y su voz dejó de ser tenue, suave, ronroneante. – hasta los hijos. Estamos hechos para ser defraudados y defraudar a quienes amamos. Para hacer daño deliberado, consentido y perpetuo. Para no dar las gracias, no pedir perdón, ni permiso. Para no mostrar afectos o sentimientos. Para no admitir que somos vulnerables y que somos islas vírgenes, intransitadas por los hombres o por los dioses.
–Por eso precisamente sé que nunca me decepcionarías – argumentó pausadamente – estamos hechos a la medida de nuestras decepciones o, más bien, nuestras decepciones son proporcionales a nosotros mismos, a nuestros sueños, nuestras expectativas o nuestras esperanzas. Por eso jamás esperé nada de ti, por eso sé que jamás podrías decepcionarme.

Ella levantó la vista llorosa esperando encontrar frente a su una mirada de reproche o de anhelo, un ansia física de poseerla o despreciarla. Esperó sentir un deseo, una pasión, un latir. Levantó la vista y enjugó sus lágrimas.
–¿Ves, ojitos de perdiz? Ningún hombre merece esas lágrimas.

Se despidieron dos veces. Buscaron en cada abrazo el latir aferrado del otro. Y al separarse supieron que no podrían amarse del modo en el que el otro lo deseaba. No habría carnalidad, no permanecería el olor de su sexo en sus manos, sus labios o su pelo. No quedaría en sus sienes la escarcha del sudor de unas horas de soledad compartida. No habría despedida que pidiera más. Más sexo, más amor, más… Decidieron abrazarse esa segunda vez, sus cuerpos se fundieron inútilmente unos segundos. Sus manos, asidas a los antebrazos, se escurrieron lenta y pesadamente.
–¿Hablamos pronto?
–Por supuesto, ojitos de perdiz.

Y mientras se giraba, al tiempo que sus pasos la encaminaban a andén de la línea de metro que la conduciría a la capital de su desasosiego, él le susurró: no dejo de pensar en ti. Pienso en ti todo el tiempo.

Y los ecos de esa tenue declaración de amor resonaron a lo largo de las diecisiete paradas que la separaban y la acercaban a ese desasosiego. Y cuando quedaban escasos metros para volver a la realidad, deseó escuchar un beep, un mensaje, un tono que la ahuyentara del ensimismamiento febril que la poseía las últimas semanas, que la ayudara a dar, de nuevo, la bienvenida a su sombra. Un beep que la sacudiera, que le permitiera secar las lágrimas, desentumecer cada músculo, volver a soñar, permitirse sentir. Despertar.

Ha llegado a su destino. Errante, cabizbaja, entorna la vista, la puerta que la separa de la oscuridad, del paisaje urbano, de la conciencia real, tangible y demoledora de la soledad, que ya es esencia, parte indisoluble de su ser. Seña de identidad.

Marca el paso marcial. Trescientos, doscientos, ciento cincuenta metros: en su gélido pecho, cubierto por un pañuelo de seda, se oye por primera vez un ruido. Acompasa la zancada intentando emular el ritmo inherente de un corazón quebrado. Para en seco. Late, le pide,  late otra vez.
Y su voz a mil años luz de la realidad arrulla entre ecos el sueño de los mil nacidos. Late, exige, late.
Y entre los mil, uno despierta y antes de que le dé tiempo a esbozar una sonrisa inocente e incorrupta, una lágrima incoherente, ininteligible o incomprendida se atreve, por fin, a zambullirse desde el ojo de ese uno de mil, despierto en la noche, hasta la ventana que es testigo de cómo un corazón muerto y frío se enfrenta al invierno, a su sombra y a la vida

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El sentido de la vida

Por Antonio Godoy

—¿Qué sentido tiene la vida, mi amor?
—¿La mía o la tuya? —respondió mientras exprimía el limón en la cuchara y la calentaba con el mechero.

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Octubre

Por Mª Ángeles Salas

Escucho tu zumbido e incluso puedo ver tu cuerpo oscuro y velloso de reojo.

No me gusta que estés aquí; es más, detesto hasta que respires.

Sí, ya sé que no tienes pulmones, pero inhalas el mismo oxígeno que yo aunque sea por otro conducto.

¡Vete, no quiero sentir tu presencia porque me inquietas!

Mi mundo, ese que solo vive en mí gracias a mis experiencias y a la vista, que la naturaleza me otorgó para recrearme en ella, es tan solo mío.

Nada te da derecho a perturbarlo. Es más, quiero que sepas, que no creo ni en leyendas ni en zarandajas, y bien sabes a lo que me refiero. Tú no anuncias nada malo, salvo que el otoño ha llegado con toda su fuerza, que sientes frío, y está lloviendo; tan solo eso.

Pero, aun así, deja de posarte en ese portarretrato. Él ya murió hace tiempo, y no fuiste tú, ni los presagios que tu sola presencia despierta en algunos, quién desconectó su aliento anclado en esta vida.

Murió porque su ciclo vital había terminado, y ni mis lágrimas ni mis desvelos pudieron luchar contra el dragón que se lo llevó como un fardo entre sus patas delanteras.

Aunque necesito ser honesta contigo y decirte que, en el fondo, he de agradecerte que lo hayas hecho, porque hacía tiempo que no le recordaba como lo estoy haciendo en este momento.

Su porte, esa gracia natural al caminar, su piel, a la que tantas veces recurrí para sentir su calor y el bienestar en aquellas noches sin luna, en aquellas tardes teñidas de brumas, en aquellas mañanas debutantes ante un nuevo día…

Malo es que el ser humano olvide a los que fueron importantes en su existencia y ya no están, solo porque sus rutinas y obligaciones les hagan correr por el tiempo como galgos en carrera.

Por eso, mi gratitud por hacer detener mi tiempo en este instante y poder, ayudada por la savia que nutre mi cerebro, llegar hasta el cofre de mis tesoros.

Tengo tantas piedras preciosas en él, que bien podría hacerme un collar de cuentas o mejor aún, una preciosa gargantilla que diese varias vueltas alrededor de mi cuello.

Un cofre lleno de sabios consejos, abrazos que siempre me cobijaron, sonrisas que abrieron el más hermoso de los arco iris. Lágrimas, también, y con ellas el alma relajada. Mil canciones, lugares que siempre estarán en el recuerdo; ruidos, un montón de ellos, y todos diferentes. El mar, ese abrazo azul que me saluda todos los días desde la ventana, el viento, el olor de la lluvia y las flores, la algarabía de los niños, el lenguaje de los animales o incluso un silbido con los labios fruncidos.

Caras y cuerpos que se van difuminando a lo largo del tiempo, y esto entraña enormes esfuerzos para recuperar sus siluetas, su particular olor, y su voz, sobre todo su voz. Esa voz que intentas a toda costa recordar sin llegar tristemente a conseguirlo.

Pero con él, con el que está en ese portarretrato donde estás posada, es diferente, porque él no era humano, ¿sabes…? Para mí era un ser divino aunque no hubiese nacido en el Olimpo. Fue mi compañero, mi primer amor, el que me enseñó el sabor de un beso y la abrasadora inquietud de una caricia, pero sobre todo fue un ser inteligente, noble y cariñoso.

Gracias, insecto de cuerpo negro y transparentes alas. Gracias por revolotear en este cuarto y recordarme que, además de seguir viviendo mi presente, el que me ha tocado vivir, lleno de imperfecciones y de muchas esperanzas hacia un futuro mejor, también tengo que abrir más a menudo ese baúl lleno de tesoros que, como bucanero de fragata, escondo, casi con temor a que me roben.

Aunque en el fondo sepa que nadie sustraerá ninguna cuenta, por muy valiosa que sea, porque, solo yo con mi esencia las puedo convertir en mis piedras preciosas, otorgándoles la vida en mi memoria.

Por ese motivo, a partir de ahora, las llevaré ensartadas con hilo de estrellas junto a mi corazón, para que iluminen siempre mi camino y me recuerden, que si hay algo que puede transformar al ser humano en una persona mejor es una hermosa palabra de cuatro letras, la palabra: a-m-o-r.

***

El jockey

Por César Ibáñez París

En las gradas de Ascot oímos una historia curiosa, ¿verdad, Mildred? Dos ancianos caballeros recordaban otros tiempos y otras carreras, menos elegantes a juzgar por alguno de sus comentarios. Uno de los dos citó a Lionel Beecham, un famoso jockey de finales del siglo XIX, y el otro contó a grandes rasgos la vida del personaje. Beecham, hijo de un granjero de Yorkshire, era muy bueno en lo suyo: se compenetraba con los caballos, los entendía, y ellos le obedecían con fidelidad perruna. Sabía cuándo estaban en su mejor momento y cuándo no se les podía exigir más. Les hablaba como a colegas y ellos parecían comprenderlo palabra por palabra. Cuando decía que iba a ganar, ganaba. Cuando sabía que iba a perder, callaba.
Solo tenía un defecto: no conseguía acostumbrarse al régimen alimenticio, severísimo, que llevan los jockeys para mantenerse delgados. Cuanto menos pesan, más ligero corre el caballo, como es lógico, así que los matan de hambre. Tened en cuenta que hablamos de un negocio que mueve muchos miles de libras y que un buen jockey puede hacerse rico con su trabajo, cosa que no ocurre a menudo. Lionel Beecham luchó heroicamente contra su hambre durante ocho años, los que duró su gloria en las carreras. Al noveno, fue derrotado por una rubita rechoncha de ojos verdes que lo enamoró a base de pavo relleno de castañas y tartas de manzana. Sucumbió a los encantos culinarios de su novia. Para la boda había engordado diez kilos, se había acabado su carrera como jinete y era feliz. No obstante, no abandonó el mundo de los caballos. Se convirtió en entrenador, tanto de hombres como de monturas, y le fue tan bien como le había ido antes. Quince años después de empezar a engordar, seguía siendo mucho más rico que nadie de su familia, tenía dos hijas preciosas y miraba las fotografías y los recortes de periódico de su época de jockey como si todo aquello se refiriese a otra persona, a alguien que casualmente se parecía mucho a él, pero en delgado.
Me diréis, con razón, que dónde está la gracia de la historia. De momento, en ningún sitio, pero el final es en verdad extraordinario. Lionel Beecham enviudó por culpa de la gripe de 1918. Y dejó de comer. Si no podía disfrutar de la cocina de su mujer, no quería ninguna otra, ni siquiera la de sus hijas, que habían aprendido de su madre y eran excelentes cocineras, a pesar de su juventud. Recuperó el régimen severísimo de los años mozos, el que tanto le había hecho sufrir en sus tiempos de jinete. Fue perdiendo peso, volvió a ser el tipo bajito y esmirriado que fue… y volvió a montar caballos de carreras. Los viejos aficionados no podían creerlo: Lionel Beecham, con más de cincuenta años, cabalgaba de nuevo. La verdad es que no duró mucho, apenas cuatro temporadas, y que no resucitó los éxitos de antaño, pero tampoco fue de los peores. Cuando se retiró definitivamente tenía 56 años. Compró unas cuadras y se dedicó a criar y entrenar los caballos de otros: lores y banqueros que querían presumir de corceles sin dedicarles tiempo ni mancharse la ropa. Cada vez que le preguntaban por qué había vuelto a las carreras, respondía lo mismo: “Por amor”. Y cuando le pedían explicaciones a tan sucinta respuesta, agregaba: “Mi mujer se sentía culpable de haberme apartado de mi profesión. Cuando murió, pensé que se lo debía. Ahora sé que está orgullosa de mí y que me espera en el cielo, para volver a darme de comer”.

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Sueño de una avispa alrededor de otra avispa un segundo antes del despertar

Por Ramón

¿Cuál es la dosis letal de amor no correspondido? Dime.

Se estaba yendo, pero un boomerang de culpa en los oídos acababa de transbordarle la mujer de las lentillas color cardenillo. Le chocaba que antes, en la terraza, entre la cafeína y la nicotina y el etanol y la albúmina, el encuentro hubiera sido más samaritano.

Ella estaba de pie, mientras él se abrochaba la camisa, acariciándole con espirales de arquímedes el tercer pezón. No parecía esperar una respuesta.

«¿De esa sustancia trivial, penosa, era la nostalgia inhibida de estos años ausentes?» – Pensó él.

Enviscada también en sus reflexiones, ella le distinguió una mirada asperger, botulínica.  Quizá le dolía que hubiese aceptado tan a la ligera, tiempo atrás, la decisión de sus padres, de separarlos. O quizá el poco rédito que estaba obteniendo ahora de él tras romper el muro opaco de las redes sociales.

Pues habían llegado al efecto dominó del amor retomado, la escala de trivialidades concertantes: cafeterías, restaurantes, paseos, esperas, apartamento.

Pero también entonces, llegados a ese punto, había como un trasfondo extraño. Al chisporroteo final sin toma de tierra les llevaba un sabor a ricina en cada beso.

Y después, sin solución de continuidad, él se vestía. Su adiabático silencio trajo la angustia de la pregunta. Y el levantarse, tocarle la anomalía y no esperar ni su rechazo formó en el actuar de ella una voluntad monopola. Él se retrajo hasta la escalera, donde acabó de abotonarse, confundido, con una reacción capsaicínica allí, en donde ella acababa de rozarle. Tardó una eternidad en amortiguarse. De hecho, nunca recuperó su sensibilidad habitual.

Oyó el taconeo de él distendiendo la acera, atenuándose.

Se arrojó en su ausencia entibiada. Algo se desprendía de la almohada. «Almendras amargas».

Pasó la noche, pasó la mañana. Quedó frío su lado de la cama y en la cianosis le dio por recordar.

Era eso: pasadear con su hermano, treinta años después, la habían predispuesto al olvido.

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IV = I

Por Luis

*FUEGO*

Soy la magia detrás del desastre del enamoramiento. Deja que mi composición inflamable entre en tu núcleo y caliente el óxido de tus neuronas. Si me pruebas, tu vida cambiará ascendiendo a sensacionales palabras de orgasmos multivariables. Cojamos en monosílabos. Corrámonos en lírica audiovisual de parafernalia balística.

 *TIERRA*

Soy la serenidad transcendental de la vida. Deja que mi ambiente radial te relaje y aleje cada temor en tu recóndita hastiada mente. Si me pruebas, tu vida cambiará traspasando a niveles imaginarios de focalización extracorpóreos. Cojamos en armonía. Corrámonos en acordes mayores de pentagramas grafiados.

*AIRE*

Soy la sangre de los pulmones hambrientos. Deja que mi esencia transformadora controle el saciamiento profundo de inmensas turbulencias musculares. Si me pruebas, tu vida cambiará alterando los minuteros tramposos de estructuras exógenas. Cojamos en brisa. Corrámonos en catabáticos vientos de ciclones mastodónticos.

*AGUA*

Soy la viscosidad de nocturnos encuentros. Deja que mi libertad imparable libere sentimientos fugaces en búsqueda de islotes transfronterizos. Si me pruebas, tu vida cambiará fluyendo guerras salvajes de historias interminables.  Cojamos en marismas. Corrámonos en soluciones unificadas de químicos orgánicos.

¿Por qué elegir si yo soy todo?

AMOR.

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Tres

Por Blas Ruiz Grau

Siempre fue en el tercero.

Los recuerdos se amontonaban en su cabeza. Algunas veces le costaba rescatarlos y otras, sin embargo, aparecían sin más y la asaltaban sin avisar. Ese era uno de esos momentos.

Hubo un tiempo en el que no se dio cuenta por qué él siempre elegía vivir en una tercera planta. Recordaba cuando encontraban viviendas estupendas, relativamente baratas y él las rechazaba porque no eran una tercera planta.

Esa obsesión por su parte pronto se vio contestada cuando observó su manía en torno a todo lo relacionado con el tres. Siempre hacía las cosas de tres en tres. Llamaba tres veces a la puerta, soplaba tres veces sobre una cuchara caliente, hasta no sabía cómo, pero era capaz de estornudar tres veces seguidas.

Tonta de ella, llegó a pensar que aquello era una especie de manía compulsiva, un trastorno como otro que le llevaba a esa repetición impar una y otra vez. Tardó casi un año en darse cuenta que no era así.

Y es que nunca fue buena para las fechas. No es que no pusiera interés en recordarlas, ni que no las considerara importantes. Es que casi nunca se le quedaban grabadas. Sin más. Siempre fue así.

Y fue él quien, precisamente, un día tres de marzo del año dos mil cuatro llegó con un ramo de tres rosas de tres colores diferentes. La besó y le felicitó el primer aniversario juntos. Entonces cayó. Tres del tres del tres. Sólo hacía todo eso por puro romanticismo.

En aquel momento creyó morir de amor. Nadie, nunca, se había esforzado tanto por hacerlo todo perfecto como lo hacía él. A partir de ese momento todo fueron detalles. Dejaba preparado el desayuno antes de marcharse al trabajo con tres tortitas que él mismo modelaba, torpemente, con forma de corazón. Los días tres de cada mes, una carta escrita en tres párrafos la esperaba todos los días sobre la cómoda de tres cajones que ambos compraron para su habitación. Y todos los días, absolutamente todos, le daba tres besos nada más llegar a casa, agotado de tanto trabajar y con la mayor sonrisa del universo dibujada en su cara.

Ella sonrió mientras deambulaba por el pasillo de la casa. No consiguió que una lágrima saliese de su rostro pues pensaba que ya se había secado de tanto llorar. Llegó hasta el salón. Ahí estaba. Sentado en uno de los tres sillones, con la mirada perdida hacia la ventana del salón de su vivienda, la que estaba ubicada en el número tres, en la tercera planta.

Quiso decirle algo, pero supo que de nada servía. Nunca la escuchaba. Había dejado de hacerlo hacía ya demasiado.

Se preguntó dónde había quedado el hombre del que se enamoró perdidamente. Por qué había dejado su trabajo. Por qué ahora ya ni le hablaba. Por qué no la besaba como antes. Ya no deseaba ni siquiera esos tres besos. Con uno solo volvería a ser la mujer con mayor dicha del universo.

Sin dejar de preguntarse qué mató el amor volvió por dónde había venido. Se pasaba el día recluida por voluntad propia en la habitación de invitados que con tanta ilusión ambos decoraron. Con tres cuadros de tres flores, las mismas tres que él había elegido en su primer aniversario.

Pasó al interior y se tiró sobre la cama. Seguía sin poder llorar. No entendía qué mató el amor. No lo entendía.

En el salón, él sí lloraba. Por su rostro se deslizaron tres lágrimas, tres. Cayeron sobre la foto que sostenía en la mano. En ella salían ambos, felices, como siempre lo fueron. No sentía fuerzas para levantarse, como cada día que pasaba. Comenzó con su típico ritual de furia mental maldiciendo todo. Todo.

Maldijo haberla conocido. Maldijo haberla amado. Maldijo haberse imaginado una vida entera junto a ella. Maldijo aquella enfermedad. Maldijo que lo hubiera dejado solo. Maldijo no haber muerto junto a ella cuando el cáncer decidió que ya no quería dejarla más a su lado. Maldijo que hubiera ocurrido un día tres. Maldijo que el día de hoy fuera tres, del tres, del dos mil trece.

Gritó de rabia. Maldijo que ella no estuviera ahí, con él.

Gritó tres veces antes de quitarse la vida.

Ella no lo escuchó.

Pero sin más, lo vio ahí, a su lado.

Él la besó tres veces. Tres.

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También hay flores que crecen en el fango

Por Modes Lobato Marcos

Lo fuiste todo.
Amor de infancia. Amor que olía a tiza, goma de borrar “Milán” y chicle con sabor a fresa ácida.
Amor de juventud. De caricias junto al río, carne germinada y sangre en ignición.
Amor maduro. Nos casamos. Y me prometiste las fuentes del Nilo, las heladas cumbres del Annapurna y paseos a diario por el arco iris de la vida.
Desamor. Meses después, descubrí la cara oculta de tu luna. Y fuiste hambre y hombre del saco. Y sólo hubo fuentes a la altura de mis ojos. Y supe que de nada sirve lamerse las heridas cuando el dolor dibuja interrogantes en tus huesos.
Amor propio. ¿Acaso es pecado ser feliz viéndote así, amor, amortajado?

 

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Selección de relatos del concurso de historias de amor (I)

 

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