Zenda http://www.zendalibros.com Autores, libros & cía Tue, 24 Jan 2017 06:24:33 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.6.2 Primeras páginas de Mi revolución anticáncer de la Dra. Odile Fernández http://www.zendalibros.com/primeras-paginas-revolucion-anticancer-la-dra-odile-fernandez/ Tue, 24 Jan 2017 06:24:33 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=19336 Os adelantamos las primeras páginas de Mi revolución anticáncer, escrito por la Dra. Odile Fernández, un libro práctico y novedoso. Una mezcla de manual de autoayuda con actividades, pero con todo el rigor científico. Este libro va a quitarle el estigma negativo a la palabra cáncer: cáncer no es igual a muerte, dolor o sufrimiento. Este libro va a...

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Os adelantamos las primeras páginas de Mi revolución anticáncer, escrito por la Dra. Odile Fernández, un libro práctico y novedoso. Una mezcla de manual de autoayuda con actividades, pero con todo el rigor científico. Este libro va a quitarle el estigma negativo a la palabra cáncer: cáncer no es igual a muerte, dolor o sufrimiento. Este libro va a dar esperanza: por eso tiene una cara amable y positiva que va a hacer que a las personas que lo lean les salga una sonrisa desde el primer minuto. Las personas que estén deprimidas o nerviosas por la quimio van a encontrar páginas donde recuperar la sonrisa. Hay páginas que solo servirán para ser arrancadas y soltar la rabia, otras para garabatear con fuerza y así eliminar la ira, mientras que otras se dedicarán simplemente a colorear para relajarse y encontrar la inspiración que todos necesitamos en nuestras vidas.

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Autor: Dra. Odile Fernández. Título: Mi revolución anticáncer. Editorial: Planeta. Venta: Amazon y Fnac

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Memorias de un espía por pasión http://www.zendalibros.com/memorias-espia-pasion/ Tue, 24 Jan 2017 06:21:32 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=19323 Hay libros que cuentan historias y libros que cuentan la historia de los contadores de historias. Para quienes disfrutamos de Chacal, Odessa y esos bestsellers que nuestros padres dejaban amarillear en los rincones, asomarse a las memorias de Frederick Forsyth es una invitación a aparcar la nostalgia de otros tiempos y zambullirse de nuevo en...

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Hay libros que cuentan historias y libros que cuentan la historia de los contadores de historias. Para quienes disfrutamos de Chacal, Odessa y esos bestsellers que nuestros padres dejaban amarillear en los rincones, asomarse a las memorias de Frederick Forsyth es una invitación a aparcar la nostalgia de otros tiempos y zambullirse de nuevo en ese pasado de micros y espías, de humo y gabardinas, de copazos de coñac y telex como si aún estuviera al alcance. El intruso (Plaza y Janés) abre la puerta y nos permite entrar de nuevo allí como si ese mundo estuviera esperándonos.

Forsyth es periodista y novelista y por ello no ha hecho unas memorias al uso sino a la medida de ambos géneros, construyendo pequeños relatos independientes de cada etapa de su vida. Del periodismo aporta la precisión y la agudeza; de la novela, el tono, la capacidad de crear un personaje de sí mismo; y del espionaje, la tercera ocupación que ejerció bajo la cobertura de las anteriores, la capacidad de dosificar la información.

La historia y la ficción están llenas de espías por amor y de espías por dinero, por un sueldo, pero Forsyth nos descubre otra gran motivación: y es el espionaje por pasión, por devoción a dos causas que saca brillo por igual. Una es su patria, la Gran Bretaña de la que hoy se enorgullece porque ha abrazado el camino del Brexit. Y otra es la verdad.

Frederick forsyth

"El joven Forsyth molestaba con su intención de describir los ojos salidos de las cuencas, los cuellos flácidos ante la falta de nutrición, las barrigas hinchadas de esos niños que no recibían comida."

Los capítulos más apasionados y al mismo tiempo amargos del libro, donde la edad actual (tiene 79 años) no ha borrado el recuerdo del empuje y la entrega que vivió en aquella juventud, son los que desmenuzan su etapa en Nigeria. Forsyth tenía menos de 30 años, había cubierto ya la vida surrealista al otro lado del muro de Berlín y los intentos de asesinato de De Gaulle desde París. Trabajaba entonces para la cadena pública BBC en el país africano, donde el Gobierno apoyado por Londres acorraló a los rebeldes hasta generar la hambruna de Biafra.

El Foreign Office armaba al Gobierno de Nigeria y quería apoyo a su versión oficial: ningunear el desafío de los rebeldes y las consecuencias de los terribles asedios. Y el joven Forsyth molestaba con su intención de describir los ojos salidos de las cuencas, los cuellos flácidos ante la falta de nutrición, las barrigas hinchadas de esos niños que no recibían comida. El enfrentamiento fue tal que abandonó la BBC y saltó a la arena de un periodismo free lance que le permitió rápidamente —pero con dificultades— publicar en otros medios la realidad de Biafra.

Guerra de Biafra

Fue en esos tiempos, durante un viaje a Londres, cuando un hombre misterioso se le acercó y le propuso una cobertura paralela a la de la prensa: enviar al MI6, el espionaje exterior británico enfrentado entonces a Downing Street en su visión de lo que ocurría en Nigeria, informes sobre lo que veían sus ojos, sobre lo que estaba pasando. Así abrazó una colaboración que se tomó como una lucha por divulgar la verdad, que no tardaría en eclosionar como un escándalo que puso por primera vez imagen a las hambrunas que podían azotar el mundo.

"Leer El intruso es delicioso porque equivale a leer la apasionante historia de nuestro mundo a través de una vida sin duda especial."

Son los capítulos más sentidos de su libro y de una vida de novela, ya que Forsyth lo ha hecho todo. Registra un enorme amor y agradecimiento a su padre, que comprendió que era un chaval diferente que no iba a estudiar una carrera sino que solo quería volar. Volar en sentido literal lo intentó, pero no le admitieron en la RAF y entonces optó por la otra forma de viajar: el periodismo.

El viejo lobo del periodismo y la novela, que ha sumado 75 millones de libros vendidos con sus bestsellers inspirados en acontecimientos que ha vivido o estudiado con minuciosidad, construye sus memorias con los recursos de la ficción: cada capítulo es un pequeño relato hilado con suspense, con ambición, con un hilo que engarza desde el principio hasta el fin. Y que engancha.

Leer El intruso es delicioso porque equivale a leer la apasionante historia de nuestro mundo a través de una vida sin duda especial. Forsyth tiene humor, tiene el sabroso espíritu británico y esa alma libre que le hace rechazar los caminos convencionales para labrarse el suyo propio. En este libro, el hombre que es Frederick Forsyth nos demuestra que a pesar de su éxito, él no es establishment. Sino un intruso.

Autor: Frederick Forsyth. Título: El intruso. Editorial: Plaza y Janés. Venta: Amazon y Fnac

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Contra la estupidez http://www.zendalibros.com/contra-la-estupidez/ Tue, 24 Jan 2017 06:11:26 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=19331 Umberto Eco ha sido un renovador. Cuando en 1980 publicó El nombre de la rosa, situó la literatura de género, la novela histórica en este caso, en una categoría literaria de la que los academicistas de moda la habían desterrado en aras de una novela formalista y experimentadora. Esa fecha marcó la aparición en varios...

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Umberto Eco ha sido un renovador. Cuando en 1980 publicó El nombre de la rosa, situó la literatura de género, la novela histórica en este caso, en una categoría literaria de la que los academicistas de moda la habían desterrado en aras de una novela formalista y experimentadora. Esa fecha marcó la aparición en varios países, también en España, de una narrativa histórica y de investigación criminal que han cultivado desde entonces escritores de calidad, cuyo gran mérito ha sido recuperar el placer por la lectura. Umberto Eco llevó a cabo esa renovación desde el prestigio y los conocimientos que le aportaban su trabajo de profesor de semiótica en la universidad de Bolonia. Desde esa cátedra universitaria impulsó su vertiente de investigador, con títulos como Apocalípticos e integrados, Tratado de semiótica general, Lector in fábula o Los límites de la interpretación, que son algunos de sus libros más reconocidos entre los más de cincuenta que llegó a publicar.

Pero junto a esa vertiente literaria y académica, Umberto Eco ha sido también un magnífico divulgador del conocimiento, de las ciencias humanísticas y del pensamiento crítico. Desde joven estuvo vinculado a los medios de comunicación, y escribió en la prensa con regularidad artículos que suponen un riguroso análisis de las contradicciones de nuestro tiempo. En esa línea se sitúa este libro titulado De la estupidez a la locura, que él mismo preparó para su publicación unos meses antes de que falleciera de cáncer el 19 de febrero del año pasado.

"Entre temas en apariencia dispares, este libro tiene una línea coherente de pensamiento. Su objetivo es desenmascarar las contradicciones del pensamiento líquido que caracteriza la sociedad actual."

El libro está compuesto por una selección de artículos aparecidos previamente en la prensa, que están ordenados temáticamente en catorce apartados. Son textos breves, de un par de páginas cada uno, en los que aborda temas como Internet, los medios de comunicación, la cultura on line, el racismo, la filosofía, la política o la educación. Él mismo los califica como “Crónicas para el futuro que nos espera”. Un libro que se refiere así al futuro, con el título “De la estupidez a la locura, podía hacer pensar que adopta un posicionamiento pesimista o apocalíptico, guiado por una actitud nostálgica del pasado. Pero nada está más lejos de la realidad. Umberto Eco sí se muestra crítico con comportamientos actuales que revelan la mediocridad y la estulticia. Por ejemplo, cita una encuesta realizada en Gran Bretaña según la cual una cuarta parte de los ingleses piensan que Churchill, Gandhi y Dickens son personajes de fantasía y, por el contrario, consideran que existieron realmente Sherlock Holmes y Robin Hood (pág. 56). El dato no le lleva a despotricar sin más contra la ignorancia, sino a analizar las causas, a explicar los componentes sociales de esa situación y a reivindicar a partir de ahí la necesidad del conocimiento del pasado para aprender del magisterio de la Historia. Porque ya se sabe que la Historia se repite dos veces, la primera en forma de tragedia y la segunda en forma de farsa.

Entre temas en apariencia dispares, este libro tiene una línea coherente de pensamiento. Su objetivo es desenmascarar las contradicciones del pensamiento líquido que caracteriza la sociedad actual, según la expresión inventada por Bauman. El paso de la modernidad al posmodernismo ha supuesto el fin del pensamiento que buscaba en el mundo orden y sentido. En su lugar se ha impuesto la reinterpretación lúdica de la vida, la visión irónica y un cierto nihilismo hacia el presente. Para entender algunas consecuencias de este cambio es bueno leer a Umberto Eco. Porque su pensamiento es crítico; no es condescendiente con la estupidez; sabe combinar la amenidad con el rigor; es ingenioso; y, sobre todo, hace pensar, que es el mejor camino para superar esos síntomas de fatuidad y de locura que detecta en nuestro tiempo.

Autor: Umberto Eco. Título: De la estupidez a la locura Editorial: Lumen. 2016. Páginas: 498 Venta: Amazon y Fnac

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Las gafas de Cunqueiro http://www.zendalibros.com/las-gafas-cunqueiro/ Tue, 24 Jan 2017 05:58:30 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=19346 Alguna vez se refirió Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911-Vigo, 1981) a la importancia que en su vocación de contar tuvo el descubrimiento temprano de las cartografías de Fontán. Domingo Fontán, ilustrado gallego, matemático y político, fue el autor del primer mapa topográfico y científico de su tierra. «Un día, en los pasillos del instituto, me encontré...

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Alguna vez se refirió Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911-Vigo, 1981) a la importancia que en su vocación de contar tuvo el descubrimiento temprano de las cartografías de Fontán. Domingo Fontán, ilustrado gallego, matemático y político, fue el autor del primer mapa topográfico y científico de su tierra. «Un día, en los pasillos del instituto, me encontré con el mapa de Fontán», relataría en una conversación recogida en el volumen Entrevistas a Cunqueiro (Nigra, 1994). «¿Quién le ponía entonces puertas a la embriaguez viajera? Fue mi gran encuentro con el país gallego: allí estaba mi tierra, la tierra de mi vocación y de mis días, la tierra temporal y la eterna, la tierra que mi lengua, la lengua de mi oscuro acento labriego, necesitaba para existir». El joven Cunqueiro, que se encontraba estudiando el bachillerato en Lugo, observaba aquellos trazados de líneas sinuosas y enigmáticos sombreados a través de los cristales de sus gafas y entendió que los dibujos escondían una invitación a explorar sus propias raíces biográficas y sentimentales. Aún no sospechaba que esa visión inédita y alucinada supondría el primer paso de un camino que le llevaría a ingresar en una estirpe —la de Valle-Inclán, la de Camba, la de Blanco Amor, la de Fernández Flórez, la de Torrente Ballester— que hizo de Galicia no sólo motivo y fuente de inspiración, sino todo un género literario con sentido propio.

"Ciertos sectores de la crítica reiteran que lo suyo era una anticipación del realismo mágico, cuya auténtica meca no estaría en Macondo, sino en Mondoñedo."

No tardaría mucho en darse a conocer. Los estudios de Filosofía y Letras en la Universidad de Santiago de Compostela llevaron aparejados el ingreso en algunas de las tertulias literarias de más fama de la época y la cristalización de unas veleidades poéticas que pronto darían sus primeros frutos en forma de libro —Mar ao norde, Poemas do si e non, Cantiga nova que se chama Riveira— y a través de iniciativas tan pintorescas como la que le llevó a liderar en su Mondoñedo natal la fundación de lo que, no sin sorna, llamó Oficina Lírica do Leste Galego. Galleguista convencido y firme defensor del Estatuto de Autonomía cuya aprobación tenían pendientes las cortes de la II República, la Guerra Civil terminó dando un vuelco a su vida. Tras la sublevación de Marruecos, decidió acercarse al bando franquista y, gracias a la intercesión de un amigo suyo que oficiaba de párroco en el lugar, se trasladó a a Ortigueira para dar clases al tiempo que se ocupaba de la publicación falangista local. Lo hizo tan bien que, al poco tiempo, el jefe de Falange en Pontevedra quiso fichar a todos los periodistas que fungían en aquel panfleto para engrosar la nueva redacción de El Pueblo Gallego. Descubrió así que tales redactores no existían y que era el propio Cunqueiro quien escribía todos los artículos, que firmaba empleando varios seudónimos.

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Con esa anécdota —por lo demás, netamente cunqueiriana— inauguró una trayectoria periodística que, tras un breve paso por San Sebastián, le condujo a Madrid. En la capital permaneció hasta que en 1946 un asunto poco claro le obligó a regresar a Galicia. Se dice que tuvo que ver con un encargo de la embajada de Francia que cobró y nunca realizó. Fue una cosa seria, porque se le retiró el carnet de prensa —lo que suponía la inhabilitación para trabajar como periodista— y los responsables de Falange iniciaron los trámites para expulsarle de sus filas. No pudieron hacerlo porque descubrieron, no sin sorpresa, que nunca había llegado a afiliarse.

Durante una década, pues, Álvaro Cunqueiro se encerró en Mondoñedo, y lo que por un lado fue un serio contratiempo laboral por otro supuso el acicate para ir apuntalando los cimientos de lo que constituiría el grueso de su obra. En la vieja villa episcopal retomó el contacto con sus orígenes, con los usos y costumbres de unas tierras a las que incorporó el bagaje de sus lecturas y sus ensoñaciones, y en la síntesis de ese encuentro gozoso se conformaron los mundos que inventó para resistir a despecho de una época que le disgustaba. Escribió en aquel tiempo Merlín e familia e outras historias, As crónicas do sochantre y Se o vello Simbad volvese ás illas, tres novelas que se tradujeron pronto al castellano —la segunda le valió el Premio Nacional de la Crítica en 1959— y con las que se revelaría como un narrador portentoso y en perpetua disonancia con las modas que imperaban en la literatura española de su tiempo, por entonces ocupada en corrientes existenciales y sociales. Ciertos sectores de la crítica reiteran que lo suyo era una anticipación del realismo mágico, cuya auténtica meca no estaría en Macondo, sino en Mondoñedo. Otros, como el escritor Xuan Bello, ven en Cunqueiro al representante más egregio del único realismo, a secas, que resulta digno de tal nombre, aquél que se caracteriza por una mirada maravillada a la maravilla del mundo. El traslado a tierras pontevedresas para incorporarse a la redacción del Faro de Vigo, diario del que acabaría siendo director, no interrumpió, aunque sí llegó a ralentizarla en determinados momentos, una trayectoria creativa de intereses tan variados como inabarcables y en la que se suceden títulos como Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca, Un hombre que se parecía a Orestes (ganadora del Nadal en 1968), Las mocedades de Ulises, Flores del año mil y pico de ave, Xente de aquí e de acolá, El año del cometa con la batalla de los cuatro reyes, Os outros feriantes o Tertulia de boticas prodigiosas y escuela de curanderos. Y todo ello sin descuidar los miles de artículos que constituyen verdaderas piezas maestras del género, accesibles hoy en día gracias a varios volúmenes recopilatorios, ni su querencia por los temas gastronómicos, que dieron pie a ensayos tan prodigiosos como La cocina cristiana de occidente o Viaje por los montes y chimeneas de Galicia. La muerte le sorprendió cuando aún tenía ases en la manga. Se encontraba preparando una novela del oeste en la que los vaqueros hablaban en castellano y los indios en gallego, y también le ocupaba el borrador de un libro que iba a titular Ceniza en la manga de un viejo y en el que un personaje entrado en años —acaso él mismo, porque siempre era él mismo el que de un modo u otro hablaba desde sus libros— recordaba su vida no como había transcurrido, sino de acuerdo a la forma en que él la imaginaba.

Cunquiero, mondonedo

 

"Si alguien visita Mondoñedo, encontrará diseminadas por algunos rincones de la ciudad unas placas doradas presididas por las gafas de Cunqueiro."

Pese a esta producción, tan notable en cantidad y calidad, no llegó a obtener Álvaro Cunqueiro el beneplácito de su tiempo. Se le vio más como una extravagancia del ecosistema literario que como el escritor mayúsculo que verdaderamente era, y a sus escasísimos momentos de gloria rutilante sucedieron etapas de oscuridad que volvían a sumir su obra en un segundo plano fronterizo con el olvido. La situación, cuando ya han transcurrido más de 35 años desde su muerte, no ha cambiado mucho. ¿Por qué no es tan conocido como debiera uno de los narradores más imaginativos, originales y divertidos de cuantos dio la literatura española a lo largo del siglo pasado? ¿Cuál es la razón de que muchos de sus libros únicamente puedan encontrarse hoy en librerías de segunda mano y sólo de vez en cuando alguna editorial se anime a reeditar algún que otro título? Puede que su doble militancia idiomática, su uso del gallego y del español —aunque él reconociese siempre el gallego como su única lengua literaria—, dificultara su incorporación al canon en el que debería figurar de pleno derecho. En Galicia se conocen mucho sus obras escritas en la lengua vernácula, pero poco o casi nada las que vieron la luz directamente en castellano. En España ocurre lo contrario, al menos entre los pocos que alguna vez se han animado a leerle.

Si alguien visita Mondoñedo, encontrará diseminadas por algunos rincones de la ciudad unas placas doradas presididas por las gafas de Cunqueiro que conforman un singular via crucis que los iniciados en el misterio recorren igual que los ojos miopes de aquel joven aprendiz de escritor recorrían los entresijos del mapa de Fontán. También es posible que se encuentre con el mismísimo mago Merlín, que sin duda le abrirá las puertas de su librería-museo, y que acabe descubriendo que hay lugares en los que el tiempo deja de existir. A las afueras, en el cementerio municipal, reposan los restos del escritor en un nicho a ras de tierra. La lápida lleva incorporado su famoso epitafio: «Aquí yace alguien que con su obra hizo que Galicia durase mil primaveras más». Sólo por haber consagrado su vida a tan importante misión merece don Álvaro ocupar un lugar de privilegio en el no siempre ecuánime panorama de las letras españolas. Hay otra razón de peso: su literatura es un auténtico festín. Una vez que se sienta uno a la mesa, no quiere levantarse nunca.

 

Algunas referencias:

Novelas

Merlín y familia (Destino)

Un hombre que se parecía a Orestes (Destino)

Las mocedades de Ulises (Destino)

Cuando el viejo Simbad vuelva a las islas (Destino)

El año del cometa (Mar Maior)

Vida y fugas de Fanto Fantini (Mar Maior)

Gastronomía

La cocina cristiana de occidente (Tusquets)

Artículos, relatos, leyenda, misceláneas

El pasajero en Galicia (Tusquets)

Fábulas y leyendas de la mar (Tusquets)

Tertulia de boticas prodigiosas y escuela de curanderos (Mar Maior)

El laberinto habitado (Trea)

Por el camino de las peregrinaciones (Siruela)

Flores del año mil y pico de ave (Mar Maior)

De santos y milagros (Fundación Banco Santander)

Internet

Durar mil primaveras

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Monopoly, el juego ¿anticapitalista? http://www.zendalibros.com/monopoly-juego-anticapitalista/ Mon, 23 Jan 2017 18:39:31 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=19431 Parker Brothers insistió por activa y por pasiva que el autor de Monopoly fue Charles Darrow, el que “casualmente” negoció con ellos la licencia del juego. Por desgracia para el gigante de los juegos repetir una y mil veces una mentira no la convierta en realidad. Aunque muchos de los políticos actuales sigan intentándolo. Déjenme...

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Parker Brothers insistió por activa y por pasiva que el autor de Monopoly fue Charles Darrow, el que “casualmente” negoció con ellos la licencia del juego. Por desgracia para el gigante de los juegos repetir una y mil veces una mentira no la convierta en realidad. Aunque muchos de los políticos actuales sigan intentándolo.

Déjenme que les cuente la historia (muy bonita, como todos los cuentos con moraleja) de la (falsa) historia de la creación de Monopoly. El protagonista se llama Charles Darrow; la fecha, inicios de los años 30; el marco, la gran Depresión. Nuestro hombre estaba desempleado, como muchos, y se tropezó en la calle con un mendigo al que con gran sorpresa reconoció como un viejo compañero de escuela. La sorpresa fue mayúscula cuando, por lo que él sabía, las cosas le iban muy bien y era un empresario de éxito. El mendigo le confesó que era un apostador compulsivo, y que los juegos de azar le costaron su matrimonio. El crack del 29 castigó duramente sus finanzas, y exacerbó su vicio, hasta el punto que lo perdió todo. Absolutamente todo. Y contaba el bueno de Charles que, con lágrimas en los ojos (y un punto de locura) su amigo terminó su relato afirmando: “Lo he perdido todo, pero algún día, seré dueño del mundo,y todos tendrán que reconocerlo.” A raíz de este encuentro (o desencuentro, llámenlo como quieran, a Charles se le ocurrió un juego de especulación y finanzas, en el que uno pudiera hacerse rico o arruinarse. Lo llamó Monopoly, y lo patentó el 31 de diciembre de 1935. En homenaje a su amigo, el nombre de las calles de su primera edición eran las calles auténticas de Atlantic City, ciudad de casinos, alter ego de la costa este de las Vegas, donde tanto dinero perdió su antiguo compañero de escuela.

"Lo he perdido todo, pero algún día, seré dueño del mundo,y todos tendrán que reconocerlo."

La historia es bonita, con moraleja, y durante un tiempo figuraba con muy parecidas palabras en el interior de las cajas del juego. Lástima que sea más falsa que un euro de madera.

Déjenme que les cuente otra historia, quizá tanto o más ejemplarizante que la anterior: Tiene como protagonista a una mujer, Elizabeth (Lizzie) Magie Phillips. Estamos a finales del siglo XIX, y es una mujer con mucho carácter, firme defensora del movimiento por el voto de la mujer y con grandes inquietudes intelectuales. Seguidora del economista Henry George, contrario al monopolio de tierras por considerarlo perjudicial para la economía, crea un juego “The Landlord´s Game” (el juego del Terrateniente) que patenta en enero de 1904 (fíjense en la fecha, por favor) y en el que trata de explicar de manera gráfica las teorías de George. Los jugadores inician el juego con la misma cantidad de dinero, moviéndose por un tablero de casillas siempre en la misma dirección, en un recorrido cuadrado. Un jugador con suerte o más avispado podía acaparar muchas tierras, dejando con poco o nada a sus rivales… los cuales, en un momento determinado, podían votar por pasar al “sistema antimonopolio”, en el que aparecían reglas (leyes) evitando la especulación excesiva, con ganancias más equitativas para todos los jugadores. Siempre según Henry George, la aplicación de leyes antimonopolio evitaría especulaciones que pueden desembocar en crisis económicas (en ese ejemplo concreto, las burbujas inmobiliarias ¿les suena?) Es un juego que tuvo poco éxito, todo hay que decirlo. Lo de que voten contra ti cuando vas ganando para que entonces nadie pueda ganar no gustó a nadie.

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¿Y como terminan los dos cuentos? Parker Brothers llega a un acuerdo con Charles Darrow, que gana así un pequeño porcentaje con cada ejemplar del juego vendido… y así se hace millonario, que muchas migajas acaban haciendo una montaña más grande que un pastel entero. Con la fama del juego, nuestra amiga Lizzie pone una demanda contra Parker, que se resuelve con un acuerdo amistoso: Parker publicará igualmente“The Landlord´s Game”. Pero lo hace tarde y mal, y el juego no tiene ningún éxito, ni siquiera auspiciado por el “gigante” Parker. Además, el juego tiene cierto tufillo izquierdoso que no gusta nada, a la nueva América que está surgiendo.

Parker Brothers no reconoció la autoría original de Lizzie como precursora del Monopoly hasta que perdió una larguísima demanda (1975-1986) contra el juego “Anti-Monopoly” de Ralph Anspach, que argumentaba que si el juego de Lizzie había pasado a ser “Public Domain” pasados treinta años de su patente nunca renovada, (como argumentó Parker) Darrow no tenía ningún derecho a patentar su propia versión, demasiado similar a la anterior para considerarse un juego original…
Como en otras cosas, todo se solucionó a golpe de talonario: Hasbro adquirió tanto Parker como la pequeña empresa de Anspach. Toda una ironía capitalista…

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Una historia de España (LXXIX) http://www.zendalibros.com/una-historia-espana-lxxix-perez-reverte/ Mon, 23 Jan 2017 07:16:59 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=19405 Cuando un papa, Pío XII en este caso, llama a un país «nación elegida por Dios, baluarte inexpugnable de la fe católica», está claro que quien gobierna ese país va a estar un rato largo gobernándolo. Nadie tuvo nunca un olfato más fino que el Vaticano, y más en aquel 1939, con la Segunda Guerra...

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Cuando un papa, Pío XII en este caso, llama a un país «nación elegida por Dios, baluarte inexpugnable de la fe católica», está claro que quien gobierna ese país va a estar un rato largo gobernándolo. Nadie tuvo nunca un olfato más fino que el Vaticano, y más en aquel 1939, con la Segunda Guerra Mundial a punto de nieve. Lo de Franco y España estaba claro. El general que menos se había comprometido con el golpe a la República y que sin embargo acabó haciéndose con el poder absoluto, el frío militar que había dirigido con crueldad, sin complejos ni prisas, la metódica carnicería de la guerra civil, iba a durar un rato largo. Quien no viera eso, estaba ciego. El franquismo victorioso no era un régimen militar, pues no gobernaban los militares, ni era un régimen fascista, pues tampoco gobernaban los fascistas. Era una dictadura personal y autoritaria, la de Francisco Franco Bahamonde: ese gallego cauto, inteligente, maniobrero, sin otros escrúpulos que su personalísima conciencia de ferviente católico, anticomunista y patriota radical. Todo lo demás, militares, falange, carlismo, españoles en general, le importaba un carajo. Eran simples instrumentos para ejecutar la idea que él tenía de España. Y en esa idea, él era España. Así que, desde el primer momento, aquel astuto trilero manejó con una habilidad asombrosa los cubiletes y la borrega. Tras descabezar la Falange y el carlismo y convertirlos en títeres del régimen (a José Antonio lo habían fusilado los rojos, y a Fal Conde, el jefe carlista, lo echó de España el propio Franco amenazando con hacerle lo mismo), el nuevo y único amo del cotarro utilizó la parafernalia fascista, en la que realmente no creyó nunca, para darle a su régimen un estilo que armonizara con el de los compadres que lo habían ayudado a ganar la guerra, y que en ese momento eran los chulos de Europa y parecían ser dueños del futuro: Hitler y Mussolini. Así que, como lo que se estilaba en ese momento eran los desfiles, el brazo en alto y la viril concepción de la patria, de la guerra y de la vida, el Caudillo, también llamado Generalísimo por los oportunistas y pelotas que siempre están a mano en tales casos, se apuntó a ello con trompetas y tambores. Apoyado por la oligarquía terrateniente y financiera, a los carlistas los fue dejando de lado, pues ya no necesitaba carne de cañón para la guerra, y encomendó a la Falange -a los falangistas dóciles a su régimen, que a esas alturas eran casi todos- el control público visible del asunto, el encuadramiento de la gente, la burocracia, la actividad sindical, la formación de la juventud del mañana y esa clase de cosas, en estrecho maridaje con la Iglesia católica, a la que correspondió, como premio por el agua bendita con que los representantes de Dios en la tierra habían rociado las banderas victoriosas, el control de la educación, la vida social, la moral y las buenas costumbres. Hasta los más íntimos detalles de la vida familiar o conyugal se dirigían desde el púlpito y el confesonario. Ni se te ocurra hacerle eso a tu marido, hija mía. Etcétera. Empezó así la primera etapa del franquismo (que luego, como todo oportunismo sin auténtica ideología, iría evolucionando al compás de la política internacional y de la vida), con un país arruinado por la guerra y acojonado por el bando vencedor, vigilado por una nueva e implacable policía, con las cárceles llenas para depurar responsabilidades políticas -pocos maestros de escuela quedaron a salvo- y los piquetes de fusilamiento currando a destajo; y afuera, en el exilio, lo mejor de la intelectualidad española había tenido que tomar las de Villadiego para escapar de la cárcel o el paredón mientras en sus cátedras se instalaban ahora, ajustando cuentas, los intelectuales afines al régimen. «Somos más papistas que el papa», proclamó sin cortarse el rector de la universidad de Valencia. Y así, en tales manos, España se convirtió en un páramo de luto y tristeza, empobrecida, enferma, miserable, dócil, asustada y gris, teniendo como único alivio los toros, el fútbol y la radio -otra herramienta fundamental en la consolidación del asunto-. La gente se moría de hambre y de tuberculosis mientras los cargos del régimen, los burócratas y los sinvergüenzas hacían negocios. Todo eran cartillas de racionamiento, censura, papeleo, retórica patriotera con añoranzas imperiales, mercado negro, miedo, humillación y miseria moral. Una triste España de cuartel, oficina y sacristía. Un mundo en blanco y negro. Como afirmó cínicamente el embajador, brillante escritor e intelectual derechista Agustín de Foxá, nada sospechoso de oponerse al régimen: «Vivimos en una dictadura dulcificada por la corrupción».

[Continuará].

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Publicado en XL Semanal el 22 de enero de 2017.

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Libro impreso versus libro digital, en Confabulario http://www.zendalibros.com/libro-impreso-versus-libro-digital-confabulario/ Mon, 23 Jan 2017 07:12:42 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=19320 La amenaza de que el libro digital acabase con el impreso desaparece, o por lo menos se estanca por los datos que aporta Confabulario en su artículo. El semanario cultural de El Universal de México nos trae una interesante entrevista con Roger Chartier, en la que este especialista en historia del libro y literatura nos...

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La amenaza de que el libro digital acabase con el impreso desaparece, o por lo menos se estanca por los datos que aporta Confabulario en su artículo. El semanario cultural de El Universal de México nos trae una interesante entrevista con Roger Chartier, en la que este especialista en historia del libro y literatura nos habla de la relación y convivencia de estos dos soportes.

En Estados Unidos y Gran Bretaña, donde ha tenido mayor penetración, el libro digital se ha estancado o, si prefiere, se estabilizó en alrededor del 20% de las ventas totales; mientras que fuera del mundo angloparlante no pasa del 5%. El resto son los textos de siempre, en papel, con páginas e índices. La conclusión rápida ha sido que el mundo impreso y digital van a convivir. O incluso que la “amenaza electrónica” retrocede.

Puede ser. Sin embargo, antes de apurarse con las conclusiones habría que poner atención a algunas realidades: por ejemplo, que instituciones propias de la cultura impresa siguen en crisis, y que el e-book es la parte menos creativa dentro de las posibilidades que abre la llamada revolución digital.

Es lo que dijo el historiador francés Roger Chartier, especialista en historia del libro y la lectura, hace unas semanas de visita en la casa Central de la Universidad de Chile. Profesor emérito del Collège de France y autor de obras como El orden de los libros, Inscribir y borrar, Las revoluciones de la cultura escrita y El mundo como representación, Chartier fue invitado por la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Casa de Bello a una serie de conferencias, entre ellas El libro y la lectura en soporte digital: ¿un cambio de época?, en la que matizó el optimismo impreso: “El porvenir es indescifrable”, dijo.

Parecido, pero no igual.

Empecemos por el principio: ¿Qué es un libro?

(Ríe) Es el principio y el fin al mismo tiempo… Es una pregunta antigua, Kant la había formulado en un texto de finales del XVIII, y respondió: un libro es un objeto material, un opus mechanicum, decía, resultado del trabajo de un taller tipográfico; y es un discurso, es el libro de Umberto Eco o es el libro de Gustave Flaubert. Hay una relación indisociable entre un objeto material que distinguimos inmediatamente de los otros objetos de la cultura escrita (el periódico, una revista, un cartel)y el discurso, que también tiene una serie de diferencias con otros discursos (no es un artículo, no es una carta, no es un panfleto). Es esta identidad entre la materialidad del objeto y la naturaleza del discurso lo que ha definido qué es un libro.

Luego de la aparición del códice (el libro compaginado que reemplazó a los rollos) y de la imprenta de Gutenberg, la irrupción de lo digital es la tercera revolución en nuestra relación con la escritura. La singularidad del nuevo momento es que por primera vez el texto se separa de su soporte. O sea, en una pantalla cualquier texto se lee igual, no importa si se llama diario, libro o carta. Además, mientras el códice impone una unidad el libro que tenemos en las manos, la lectura en pantalla es discontinua, segmentada, hipertextual. Es como un “banco de datos”, no implica la comprensión de la obra en su totalidad.

En la lógica digital los textos son móviles, maleables, abiertos; permiten al lector intervenirlos, transformarse en escritor; todo en el mismo aparato. Son palimpsestos que siempre se reescriben y que hacen desaparecer la identidad de la autoría… la autoridad de la autoría, agregó el historiador. O sea, la versión electrónica de un libro no es el mismo libro; tampoco la de una revista o un diario: En el formato impreso se sigue una lógica tipográfica, coexisten en el mismo objeto varios textos. Se puede viajar de un artículo a otro; lo mismo con el diario. La coexistencia de varios artículos es esencial para mostrar un proyecto intelectual, cultural, ideológico. La lógica digital es enciclopédica.

Pincha aquí para leer la entrevista completa en Confabulario

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Ese idiota de Shakespeare http://www.zendalibros.com/ese-idiota-shakespeare-javier-marias/ Mon, 23 Jan 2017 07:10:12 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=19402 Si uno va hoy al teatro se expone a cualquier sandez de directores que adaptan grandes clásicos a las tontunas contemporáneas.

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Si hace años que no voy al teatro, es porque no deseo exponerme a sobresaltos. No me refiero ya a esas obras “modernas” en las que se obliga a “participar” al público lanzándole agua o pintura o bengalas, o a “interactuar” con los intérpretes que bajan al patio de butacas para restregarse contra él y vejarlo. Eso me lo tengo prohibido desde que empezó a suceder hace tiempo. Pero tampoco está uno a salvo de riesgos de otra índole si va a la representación de un clásico. El teatro –más que el cine y las series– ha caído rendido a casi todas las tontunas contemporáneas. Se permite lo “simbólico” y lo inverosímil en mucho mayor grado, y ahí caben todas las supuestas genialidades de muchos adaptadores y directores, convertidos en las verdaderas estrellas, usurpadores de los buenos nombres de Lope, Calderón, Molière o Shakespeare. Con este último está uno en constante peligro. Es ya un tópico que sus personajes aparezcan vestidos de nazis o de decimonónicos, o transmutados en gangsters, o que la acción de las obras se sitúe en cualquier sitio: Romeo y Julieta en la discoteca, Macbeth en Chicago, Próspero y Miranda abandonados en el espacio intergaláctico. En 2012 Phyllida Lloyd tuvo al parecer éxito con su versión de Julio César ambientada en una cárcel de mujeres y con reparto femenino al completo, consiguientemente. La verdad, para mí no, gracias.

"Si uno va hoy al teatro se expone a cualquier sandez de directores que adaptan grandes clásicos a las tontunas contemporáneas."

Pero este último caso forma parte de un movimiento deliberado. Como sabemos, las actrices se quejan de que sus salarios son inferiores a los de sus colegas varones, pero me imagino que eso estará en función de lo taquilleros y rentables que sean, independientemente del sexo. Es como si la mejor futbolista protestara por ganar menos que Messi: se da el caso de que éste convoca a millones de espectadores y genera dinerales. También se quejan de que no haya tantos ni tan buenos papeles para ellas como para los hombres, y presionan a los creadores para que se enmienden, sin tener en cuenta que los que escribimos nos interesamos por lo que nos interesa y no estamos para adular a tal o cual colectivo. Shakespeare tiene muchos personajes femeninos importantes, pero la actriz Harriet Walter ha hecho el cómputo: de media, uno por cada cuatro masculinos, y además son éstos “quienes encaran las cuestiones políticas y filosóficas que nos atañen a todos”. Es decir, suelen estar a su cargo los soliloquios más profundos, y más lucidos para los actores. La respuesta natural sería: “¿Y qué quieren, si en época de Shakespeare eso era más creíble o él decidió poner sus parlamentos en boca de Hamlet, Macbeth o Ricardo III?” Como hoy hay licencia para falsearlo todo, se corrige al idiota de Shakespeare y ahora está de moda que a todas esas figuras las interpreten mujeres. No importa que eso se contradiga con otra de las reivindicaciones recientes de actores y actrices (hablé de ello hace algún tiempo): se enfurecen si a un personaje indio no lo encarna un intérprete indio, a uno japonés un japonés, etc. Eso no obsta, sin embargo, para que en la célebre serie televisiva The Hollow Crown, con los dramas históricos de Shakespeare, la Reina Margarita (antes Margarita de Anjou, francesa) sea una actriz mulata, o el Duque de York de Enrique V un negro. Aquí no se considera que haya usurpación ni robo, sino que se aplaude. Hoy hay tanta gente ignorante que quien vea esa serie puede dar por sentado que en la Francia del siglo XV la población era mestiza y que en Inglaterra había nobles negros. Y quien sólo viera el Hamlet de Kenneth Branagh (completo en sus cuatro horas, muchos no querrán revisitarlo) podrá creer que esa es una historia del XIX, con gente vestida “a lo zarista” o “a lo austrohúngaro”, y no del XVI, cuando Shakespeare situó la leyenda.

“La ignorancia de los jóvenes, o de la gente, no es asunto nuestro”, dirán con razón adaptadores y directores. Y las actrices aducirán: “¿Acaso se nos permitía subir a los escenarios en tiempos del Bardo?” No, en efecto, había una prohibición lamentada por todos, así que a Desdémona, Lady Macbeth y Ofelia las representaban, por desgracia, actores lampiños. Y sin embargo ahora se vuelve a lo mismo, sólo que a la inversa y por militancia o revancha sexista. ¿Qué sentido tiene que Glenda Jackson haga de Rey Lear? ¿Que un espectador como yo, que pide cierta verosimilitud, no se crea una palabra? Lo mismo cuando otras actrices se hacen pasar por Bruto, Cimbelino, Enrique V, Enrique IV o Malvolio, convertido además en “Malvolia”. Tampoco lo contrario me convence: siento admiración por José Luis Gómez, pero me he abstenido de ir a verlo hacer de la Celestina, por muchos justos elogios que haya merecido. Y desde luego no me tentó ver a Blanca Portillo en el papel de Segismundo, de La vida es sueño. Lo lamento, pero si uno va al teatro hoy en día está expuesto a cualquier sobresalto. Y a cualquier sandez de no pocos directores. Con todos mis respetos para los buenos actores y actrices, que al fin y al cabo cumplen órdenes.

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Artículo de Javier Marías publicado en El País Semanal el 22 de enero de 2017.

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El apocalipsis según Cormac McCarthy http://www.zendalibros.com/apocalipsis-segun-cormac-mccarthy/ Mon, 23 Jan 2017 05:18:59 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=19354 Desde que San Juan, en su condición de desterrado en la isla de Patmos, describiese el apocalipsis venidero, han sido diversas, y de lo más variadas, las visiones de semejante, e inevitable a todas luces, desastre. Guerras más o menos nucleares, desastres ecológicos o biológicos, profecías de diversos pelajes, invasiones extraterrestres, infecciones víricas masivas o,...

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Desde que San Juan, en su condición de desterrado en la isla de Patmos, describiese el apocalipsis venidero, han sido diversas, y de lo más variadas, las visiones de semejante, e inevitable a todas luces, desastre. Guerras más o menos nucleares, desastres ecológicos o biológicos, profecías de diversos pelajes, invasiones extraterrestres, infecciones víricas masivas o, incluso, maldiciones bíblicas. El imaginario colectivo está desbordado de potenciales cataclismos relativamente, o no, cercanos en el tiempo. Algunos, qué cosas, incluso ya han sido sobrepasados, siendo la propia predicción un auténtico, y real, desastre, como fuera el caso del 2012 de los Mayas.

The road

"The Walking Dead ha supuesto algo así como una suerte de globalización del género, con seguidores no especialmente fans del género de terror/gore."

Dejando al margen buena parte de las previstas patologías apocalípticas, en los últimos tiempo las liberarías, y por ende las pantallas de cine, han asistido a un renacimiento, nunca mejor dicho, del fenómeno zombie —Z se dice ahora—. Ya en 1943, Jacques Tourneur, quien un año antes había firmado la celebérrima La mujer pantera (Cat people), dirigió Yo anduve con un zombie (I walked with a Zombie), una mezcla serie B de vudú, zombies y magia negra en una isla misteriosa que ha llegado a convertirse en un título mítico y de culto dentro del género de terror, basada en el relato de Inez Wallace publicado poco antes en la revista The American weekly, quien, a su vez, y por eso de sazonar su historia con un ápice —o un mucho— de exotismo, se inspiró en la novela de Charlotte Brontë Jane Eyre, publicada en 1847 . Posteriormente algo parecido sucedió con La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead), el film de George A. Romero de 1968 y cuyo guion se basó, en esencia, en la novela de Richard Matheson Soy leyenda (I am a legend) de 1954, también objeto de un par de transposiciones directas a la gran pantalla. Esta cinta de Romero ya incorpora algunos de los elementos clásicos de la iconografía Z, como puedan ser las casas rodeadas de muertos vivientes o las vísceras e intestinos colgando de las manos de los mismos.

The walking dead

La lista continúa y crece hasta llegar a los comics de Robert Kirkman, y su posterior versión televisiva a cargo de AMC, convertidos en fenómeno mundial, The walking dead. Esta serie, uno de los principales artífices del mencionado resurgimiento, ha supuesto algo así como una suerte de globalización del género, con seguidores no especialmente fans del género de terror/gore. Este un logro, prácticamente sin precedentes, tanto de su creador como de la productora.

"En La carretera de Cormac McCarthy una atmósfera opresiva y gris impregna a los dos principales protagonistas."

Una de los rasgos diferenciadores de The walking dead es que, a menudo, los propios humanos son mucho peores que los monstruos, los “walkers” como dicen sus protagonistas. Esta idea de destacar la maldad humana en escenarios post-apocalípticos tiene un precedente fundamental en The road, la novela de Cormac McCarthy publicada en 2006 y galardonada con el premio Pulitzer de ficción al año siguiente. Aquí un padre y su hijo se ven forzados a peregrinar a través de una América desolada y cubierta de cenizas años después de un evento de los denominados de extinción. El padre, consciente de que no sobrevirán otro invierno más decide ir hacia el sur, en busca del mar. Acechados por hordas de bandidos y caníbales, viajan por carreteras vacías y ciudades desiertas. El padre dice a su hijo que ellos son los “buenos”, los “portadores de la llama”. Es un intento de sembrar algo de esperanza en un campo baldío, en un mundo inerte poblado por desechos humanos y salvajes, donde la desesperación y la crueldad es lo único que germina y crece. Tres años después, en 2009, llega la película a las salas comerciales. Dirigida por John Hillcoat, la versión cinematográfica de la novela de Cormac McCarthy está protagonizada por Viggo Mortensen y Kodi Smit-McPhee, contando a su vez con papeles secundarios y apariciones estelares de Robert Duvall, Charlize Theron y Guy Pearce. Al igual que en su base literaria, la película reproduce con acierto la atmósfera opresiva y gris que impregna a los dos principales protagonistas. Las escenas, o partes, del padre empujando, con las pocas fuerzas de las que aún dispone, el carrito de supermercado atestado con sus harapos y demás trastos, de los cuales depende su superviviencia, a través de parajes devastados por la catástrofe y cuya principal y máxima preocupación es la seguridad del hijo que le acompaña son magníficas. Su último recurso, un revólver con dos balas.

The road image

San Juan habla de la bestia, Inez Wallace de vudú y magia negra, Richard Matheson y Robert Kirkman de infecciones víricas y muertos vivientes. Cormac McCarthy, simplemente, de humanos.

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‘El Club de los Poetas Muertos’: El carpe diem y el rosa rosae http://www.zendalibros.com/club-los-poetas-muertos-carpe-diem-rosa-rosae/ Sun, 22 Jan 2017 11:41:50 +0000 http://www.zendalibros.com/?p=19380 La relación entre literatura y cine no se limita solo a las adaptaciones de libros a la pantalla. También hay películas tan impregnadas de literatura que la lectura se convierte casi en un personaje más de las historias que cuentan. Y una de ellas es esta Dead Poets Society. En Welton, un estricto colegio interno...

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La relación entre literatura y cine no se limita solo a las adaptaciones de libros a la pantalla. También hay películas tan impregnadas de literatura que la lectura se convierte casi en un personaje más de las historias que cuentan. Y una de ellas es esta Dead Poets Society. En Welton, un estricto colegio interno masculino en la costa este de Estados Unidos, comienza el curso 1958-59. Un grupo de jovencitos de uniforme y espinillas están a punto de aprender de la mano del nuevo profesor de literatura “a sacarle el tuétano a la vida”. Robin Williams deja a un lado al cómico con la lengua más rápida al norte del Río Grande y consigue llevar de la mano a un grupo de chavales en un curso que nunca olvidarán, por diversas razones.

Oscar al Mejor Guión Original (Tom Schulman). Tres nominaciones más: Película (Steven Haft, Paul Junger Witt y Tony Thomas), Director (Peter Weir) y Actor (Robin Williams).

[Aviso de destripes en todo el texto]

En un episodio de la telecomedia Friends se puede oír el siguiente diálogo:

—Yo solía ser como tú. Y entonces un día vi una película que cambió mi vida: El Club de los Poetas Muertos. Creo que es una peli tan increíblemente… (pausa para efecto) …aburrida (risas enlatadas y mirada horrorizada de Monica). O sea, ¿la cosa esa del final, donde el chaval ese se suicida porque no le dejan actuar en la obra? ¿De qué va eso? ¡Tío, o sea, espera un año, vete de casa, haz teatro como voluntario, o algo! Cuando salí de allí, pensé: “Esto son dos horas de mi vida que ya no volveré a recuperar nunca”. Y eso me asustó más que todo lo que me daba miedo hacer.
—Vaya, pues entonces nunca veas Señora Doubtfire.

Obviamente, Friends era una comedia, así que todo esto, en principio, no es más que un buen chiste para echarse unas risas: El Club de los Poetas Muertos, citada a menudo entre las películas más inspiradoras del cine, ha logrado inspirar a otra espectadora más con su mensaje de “aprovecha el día”, pero en este caso no por lo mucho que le ha gustado, sino por lo mala que le ha parecido. Además, esta escena lleva ahí escondida una de las principales críticas que se le han hecho a esta película: que a ojos de algunos tira a lo sensiblero, en especial con la parte del suicidio de Neil Perry (Robert Sean Leonard), decepcionado porque su padre no le deja ser actor. Que intenta demasiado ganarse a la audiencia adolescente con salidas facilonas como que todo es culpa de los mayores. Que incluso cuando dichos adolescentes muestran creatividad y ganas de hacer algo, el mundo adulto los oprime. Es más, podría decirse incluso que especialmente cuando muestran esa creatividad es cuando más se los machaca, como demuestra el que no se castiga que salgan del colegio por la noche, o que fumen, sino que saquen provecho de las clases de literatura, que se enamoren, que crezcan como personas de decisiones independientes, o que encuentren una vocación en la vida diferente de un empleo de chupatintas.

Bueno, pues a todo esto hay que decir que hay una escena muy importante que tanto el director, Peter Weir, como el guionista, Tom Schulman, han comentado públicamente, y es cuando Neil llega a casa con su padre (Kurtwood Smith) tras la obra de teatro en la que el chaval había participado sin permiso, y en medio de la bronca de “te vamos a sacar del colegio y a mandar a una academia militar”, Neil salta: “¡Tengo que explicarte lo que siento!”. Y el padre, aunque incrédulo, gritando, y posiblemente con la decisión ya definitivamente tomada, ofrece a su hijo una ventana para convencerlo. Le deja hablar. Y además, está la madre presente, que por lo poco que se la ve, podría ponerse de parte del chico, para evitarle sufrimientos. “¿Qué tienes que decirme, a ver, venga, explícamelo?” ¿Y qué hace Neil ante esa oportunidad? Nada. Se calla. Pero no con airada frustración, como si considerara inútil hablar con un padre tan cerrado. Se calla… porque es débil. Porque en el fondo no quiere confrontación con su padre. Porque tiene estrellitas en los ojos pero no los pies sobre el suelo. Recordemos que Neil ya había mentido al asegurar al profesor Keating (Robin Williams) que estaba hablando el tema de ser actor con su padre, y que iba por buen camino para convencerlo. Keating, aliviado, se aparta del asunto y deja que Neil se concentre en la obra, así que con esa mentira, Neil solo consigue el perder la posible ayuda y mediación de su mentor ante su familia.

Hasta ahora Neil, delante de los otros chicos, había parecido la llama que los guiaba. Él fue quien había buscado el anuario viejo donde todos supieron del Club de los Poetas Muertos, y quien había animado a los demás a resucitarlo. Fue a él a quien Keating había dejado su libro de Cinco siglos de poesía, y fue él quien primero se había movido para llevar su nueva pasión literaria a algo más, al mundo de la actuación. Él parece el ejemplo a seguir por todos, un joven con valor e iniciativa. Y sin embargo, en el momento decisivo, falto de público que lo aplauda, cuando las decisiones se toman a solas, le fallan la voz y la actitud. Con la paradoja añadida de que precisamente en un momento de su vida en que ha quedado cautivado por la magia del lenguaje, no sepa encontrar las palabras necesarias para cambiar su vida. Ese es su primer defecto: no enfrentarse a las dificultades. Y el segundo, nacido de este, es el esquivarlas de forma tan dañina e irreversible (algunos dirían que hasta cobarde) con su suicidio. Nada de hablarlo ni de comentarlo ni de contar hasta diez. Además, se mete en el despacho de su padre muy teatralmente, con el torso desnudo a pesar del frío y su corona de ramas (vamos a dejar a un lado las comparaciones con Cristo), totalmente metido en un papel que solo existe en su cabeza, y eso, por muchas circunstancias que haya a su alrededor, es culpa suya únicamente.

No sé si habrá alguien que critique el hecho de que Neil se suicide. Si acaso, lo que se critica es ese tipo de decisión, como se puede ver en la citada escena de Friends, pero es innegable que es absolutamente plausible que un adolescente llegue a cometer un acto así por este tipo de cosas. De hecho, ocurre todo el tiempo, y hoy existe una mayor sensibilidad a la hora de tratar estos temas. Para cierta mente adolescente, el mañana no existe, y lo de esperar años, meses o simples semanas por algo que se desea se hace insoportable. En medio de la irreflexión y el capricho, se da este tipo de paso. El propio Schulman cuenta cómo él mismo se pasó varias semanas de su último año de colegio en cama con una pierna rota, y dice haberse desesperado. Ese tipo de urgencia adolescente existe, y a esperar solo se aprende con la edad. Recordemos, además, que otro de los chicos, Knox Overstreet (Josh Charles), el que se enamora, interrumpe una de las reuniones del club diciendo que si no consigue a la chica de la que se ha encaprichado se matará. Al final sí que la consigue, pero ¿qué hubiera pasado si no?

Así, pues, es esencial para la interpretación de la película el darse cuenta de este detalle: sí, Neil tiene un padre estricto, pero en el momento decisivo la culpa es de él mismo, por renunciar a convencerlo y tomar el camino más fácil, aunque también más dramático. Además, también está hecho a propósito que lo estricto que es el padre tenga sus límites. El padre no es ningún monstruo irracional. Nunca golpea a Neil, le da una razón válida para negarse (que ve mejor carrera para él ser doctor), y le apunta que la familia hizo sacrificios en el pasado para llegar a donde están ahora. ¿Cuántas veces se ha repetido este tipo de situación (hijos y padres en desacuerdo sobre la carrera futura del retoño) en muchas otras familias? Cuando al principio del curso el padre se opone a que Neil sea subeditor de la revista del colegio, por considerar que tiene demasiadas actividades extraescolares, no le humilla prohibiéndoselo enfrente de sus compañeros, sino que lo saca al pasillo para hablar de hombre a hombre. Ciertamente, utiliza el viejo truco de “no le des este disgusto a tu madre”, pero al menos no deja de ser una razón válida, no un “porque lo digo yo y se acabó”. Y en una época, los 50, en que el ser actor aún era una profesión repudiada y digna de desconfianza a ojos de muchos, el padre nunca degrada a los actores como maricas, comunistas, disolutos u otras lindezas que otros sí dirían. Él es de otra época, claramente chapado a la antigua, pero se contiene hasta cierto punto. De hecho, Schulman dice que la primera idea era que el padre, en vez de quedarse a esperar el final de la obra, se metiera entre bastidores y se llevara al crío a rastras en medio de la función, gritando “que la acabe otro”. Es un acierto no haberlo hecho así, porque si no, el padre habría quedado como un villano con muy poco perdón. Si es verdad que es un hombre que busca valores decentes para su familia, eso habría sido pasarse, pero meterse tras el telón, cuando ya todo ha acabado tras la mentira de su hijo queda mucho más sensato y menos exagerado.

Además, el suicidio inyecta una seriedad impresionante y repentina a la historia que habíamos visto hasta ahora. Hasta entonces, todo ha sido un juego si no de niños al menos de púberes. De no ocurrir la muerte de Neil, ¿cómo hubiera acabado todo? Charlie expulsado, Neil enviado a la academia militar, Todd lloroso y resignado, y puede que Knox ni siquiera hubiera conseguido a la chica. Se hubiera quedado todo en una historieta de frustraciones adolescentes que olvidar a los pocos meses. La muerte de Neil garantiza que nadie olvidará este año, y que el espectador tampoco olvidará la película.

Todo esto invalida la teoría de que es un film para reconfortar a adolescentes, ya que toca temas bastante serios y con bastantes matices. Knox consigue a la chica, sí, pero tras jugársela, atreverse, caminar sobre el alambre y llevarse unos cuantos golpes. Por su parte, Charlie Dalton (Gale Hansen), el que lleva pósters de la revista Playboy a las reuniones, y toca el saxo, y trae chicas, y se pinta la cara, y quiere que lo llamen Nuwanda, es otro que se busca que le pase algo gordo. Es el primero que agradece los métodos de Keating, y el que más responde a ellos y participa en las clases, pero demuestra rápidamente que lo hace porque eso le da la oportunidad de hacerse el protagonista delante de los demás, y que en realidad no ha entendido nada, o lo ha entendido mal. Cuando hace la bromita de la llamada de teléfono de Dios en medio de la asamblea escolar y como resultado lo azotan, Charlie se lleva una sorpresa mayúscula al ver que Keating le echa la bronca por el incidente: “Creí que le gustaría”. Charlie lo que busca no es aprender o realizarse, sino dar la nota. Todos hemos conocido a alguien así en la escuela, el trabajo, la familia o las amistades. Y ni siquiera se da cuenta de que buscando que lo expulsen no va a dejar un recuerdo de rebelde legendario, sino que, como le dice Keating, “para empezar, no podrá tener la oportunidad de seguir asistiendo a mis clases”. Aquí Keating da otra lección tan valiosa, o más, como las demás que se le ve dar, y es que todo lo del madurar y el rebelarse y el evitar el conformismo y el buscar la propia senda está muy bien, pero que hay que saber elegir las batallas. Resulta además extremadamente curioso que sea un actor muy relacionado con los excesos interpretativos, como Robin Williams, quien sermonee a un joven pupilo sobre cómo no pasarse de la raya. Aparte de varias de sus interpretaciones más características, como el genio de Aladdin o el locutor de Good Morning, Vietnam, este será uno de los papeles por los que se recuerde a Williams, y será debido a su contención. Le hubiera sido facilísimo hacer de él un chalado delirante que se ganara a los críos a base de hacerlos partirse el eje de risa, y eso de hecho puede verse en varias de sus clases, pero su tono es perfecto en esta interpretación. Y también deliberado. Al principio el plan era que la primera clase suya iba a ser con él subiéndose a la mesa y empezando a largar uno de sus monólogos, pero en vez de eso tenemos ese pausado entrar y salir de clase silbando tranquilamente y ese “well, come on” para invitar a sus extrañados alumnos a ver aquella vitrina con fotos de gente muerta ante la que aprender lo del “carpe diem”.

Una crítica que se ha hecho al personaje de Keating es que no enseña poesía en realidad, sino que simplemente entresaca de ella una serie de aforismos, lemas y frases biensonantes (cosas como la de “que tú puedes contribuir tu propio verso” y tal). Hay quien incluso ha notado que los versos de Thoreau con que se inician las reuniones del club no son versos de verdad, sino frases del mismo autor recortadas y pegadas para que suenen mejor. Es decir, que Keating sería el tipo de profesor que te encantaría él, no necesariamente la asignatura que da. Podrían ser matemáticas o gimnasia. De hecho, me apuesto que la gente recuerda pocos versos, o casi ninguno, de la película, pero recuerda todas las ideas de sus clases. La de la vitrina. La de subirse a la mesa y luego saltar desde ella para cambiar de perspectiva. La de decir un verso leído en un papel antes de dar una patada a un balón. La de imitar a Marlon Brando como Don Corleone haciendo Shakespeare (que por cierto es un anacronismo: estamos en 1959 y El Padrino no se rodó hasta 1972). La de caminar por el patio de columnas, cada uno a su ritmo. La de leer la introducción del profesor J Evans Pritchard sobre cómo medir la poesía y arrancarla del libro por ser “un excremento”. Pues me parece una crítica muy juiciosa, pero de nuevo, como lo de Neil, es una crítica al personaje, a su modo de comportarse, no algo que deba aplicarse a la película entera. Parece que si un personaje tiene un defecto, la película entera tiene un defecto, que cómo se atreven a sacar eso en pantalla. Pues porque una película no es un código de vida, no te dice cómo actuar, y quien vea esta en particular como una serie de reglas de comportamiento se equivoca tanto como Charlie Dalton. Por supuesto que los métodos de Keating pueden (y deben) ser criticados, pero eso le pasa a cualquier profesor, sea imaginativo o no. Y el guion, que vuelvo a remarcar que es muy matizado, no lo deja de reflejar así: cuando Keating es expulsado y la clase comienza con otro profesor, nos enteramos de que “hemos saltado de acá para allá, hemos visto los románticos y la posguerra, pero no hemos tocado los realistas”.

Y llegamos a quien es el alma oculta del grupo. Ni su líder, ni su voz cantante, ni el más quejica, ni el más gracioso, pero sí el que más madura, el que se encuentra a sí mismo y el que de verdad recibe una educación para siempre. Se suelen recordar muchas otras escenas como icónicas de esta película, pero una de las más valiosas es en la que, frente a una foto de Walt Whitman, Keating consigue que el tímido Todd (Ethan Hawke) pierda el miedo a expresarse y suelte un poco de la creatividad que lleva dentro con aquella matáfora de los “dientes sudorosos”. A partir de ahí, superada su timidez de ratoncito, no habrá quien lo pare, y será él quien al final provoque el punto culminante, ese “oh capitán, mi capitán” subiéndose al pupitre. Él es quien lo ha entendido todo. Y es ciertamente curioso que en la vida real haya sido Hawke el único de todos los actores jóvenes de esta película en llegar al estrellato, como si este film hubiera sido una premonición de quién iba a madurar en el futuro. Porque de los demás poca cosa se sabe. Robert Sean Leonard, la verdad, se ha quedado por el camino, y para coronar la paradoja, sólo ha brillado haciendo de lo que quería su “padre” en esta película: de doctor, en la teleserie House. Bondad graciosa. Josh Charles encontró un sitio años después en The good wife, pero poco más.

Un par de escenas que comentar para terminar, referentes a los otros chicos. Una que me encanta es cómo Neil convence a los demás para resucitar el club. La respuesta que da cada chico define a cada uno en ese momento de su vida. Charlie acepta por lo que había dicho Keating de que con poesía se conquista a las mujeres. Lo suyo, sin duda, es más lujuria de proto-dandy que otra cosa (recordemos el póster, la boina francesa, el saxo, y las chicas —dos— que trae un día al club). Knox entra también por ese motivo, aunque lo suyo es debido a su amor a primera vista. Richard Cameron (Dylan Kussman), el fututo chivato, se mete por no quedarse fuera de la pandi de los guays, o sea, por presión de grupo. Steven Meeks (Allelon Ruggiero), el pelirrojo de las gafas, entra porque dice que “todo lo pruebo una vez”. Me alegro de que por fin aparezca un empollón enrollado en una película, porque es una figura muy frecuente en la vida real, pero que se explota poco en el cine. Se puede saber latín, llevar gafas, sacar buenas notas y molar a la vez. Gerard Pitts (James Waterston), el alto del pelo a cepillo, entra con ganas pero con miedo a los suspensos. Es el que más necesita el grupo de estudio, por ser quizá el menos dotado intelectualmente, pero también es quien al final consigue hacer funcionar una radio en el tejado. Este va para FP seguro, aunque tiene el buen sentido de no considerar lo de la cueva y la poesía una mariconada. Y por último, el que necesita que lo convenzan es Todd, y esto solo a base de decirle que si quiere puede ir simplemente de oyente, a sentarse y no decir nada. Cuando salga de su caparazón, resultará ser el mejor poeta de todos. ¿Pero quién se encarga de convencerlo? Neil, que necesita público y sentirse como líder desde el principio, y Todd es su compañero de habitación, así que es la primera víctima propiciatoria. Es una pequeña y rápida escena, pero perfectamente formada.

Y la otra observación es sobre otro de los alumnos, que no es ya personaje secundario, sino terciario. Es el que boicotea las clases. Uno con cara de mula parda que cuando Keating manda componer un poema, suelta en plan graciosillo: “El gato / esperó un rato” (en versión original: “The cat / sat / on the mat”, con tres versos y todo), y que cuando se manda leer un verso y dar una patada a un balón, lo hace sin ganas, arruinando el efecto. Todos también conocemos a alguien así. No sé si es fácil de recordar a este personaje. Bueno, pues al final, en la escena de subirse a los pupitres, él es uno de los que se sube (que no todos lo hacen, entre ellos Cameron). Curiosamente, me vende él más el valor de la escena que los demás. De los demás se espera que lo hagan, e incluso les pongo la pega de que tardan demasiado en imitar a su colega Todd (aunque al menos así da más tiempo a oír la épica música de Maurice Jarre). Pero que el mula parda este, aunque sea a regañadientes, se dé cuenta de lo que ha perdido y de lo que le va a venir a cambio tras tanto poner cara de asco, la verdad es que me parece un bonito momento. Y qué demonios, una película que sea capaz de acabar con la escena de los pupitres y que suene a auténtica, por parodiable que quede, es un verdadero logro. Que parodien cuanto quieran mientras aprendan quién era Walt Whitman.

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