Detalle de Fraudebook, de Vicente Serrano Marín

Fragmento de Fraudebook, ensayo de Vicente Serrano Martín publicado por Plaza y Valdés.

I La máquina de los afectos

Un joven adolescente fracasa en su vida amorosa. La causa de ese fracaso es clásica y tiene que ver con la incapacidad para conectarse y sentir lo que el otro siente, para escucharle o verle realmente, para relacionarse afectivamente. Frente a su pareja, o frente a quien se supone que podría ser su pareja, el joven se muestra concentrado en una obsesión acerca de un objeto o pensamiento que ocupa todo el espacio de su mente y que tiene que ver con él mismo. A primera vista parece una carencia que le inhabilita para la comunicación y, en la medida en que tiene que ver con una ocupación obsesiva consigo mismo, no deja de ser una expresión narcisista. Está enamorado de una idea que ocupa su cerebro o su alma, si podemos usar todavía una expresión como esa, enamorado de una idea que organiza y concentra todos sus intereses, sus percepciones, sus acciones y desde luego también sus afectos y su atención hacia los otros, en este caso a su pareja, o más bien su falta de atención hacia ella.

"El joven narcisista no comprende. Sabe que posee una idea maravillosa de la que parece enamorado y no comprende cómo esa idea maravillosa no ha producido el efecto deseado, por qué no es capaz de enamorar igualmente a su novia"

Debemos suponer que esa situación que describo se viene prolongando en el tiempo, pero nosotros solo vivimos la escena crucial donde se escenifica en toda su intensidad. Sentados uno frente al otro en la mesa de un restaurante, ella intenta una vez más encontrar al joven narcisista, encontrarle en la mirada, en la palabra, en los gestos. Él no se deja y regresa a su obsesión, si es que es una obsesión, pues tendremos que desentrañar de qué se trata. Tras unos minutos de tensión o incluso de violencia contenida entre esas dos personas, ella se levanta y le abandona. El joven narcisista no comprende. Sabe que posee una idea maravillosa de la que parece enamorado y no comprende cómo esa idea maravillosa no ha producido el efecto deseado, por qué no es capaz de enamorar igualmente a su novia. Solo ve que ella tiene la capacidad de levantarse y de salir de la escena, de desaparecer, en cierto modo de abandonarle, algo que el joven vive como un desprecio, que de hecho es un desprecio hacia ese interior, hacia a ese foco desde el que parece organizar toda su vida y que ha provocado su fracaso amoroso. Y a partir de ese momento, tras la perplejidad inicial comienza la constatación del fracaso, tal vez la incomprensión o la incredulidad, luego la rabia y después, y a partir de la rabia, la necesidad de la venganza. Mientras sale del restaurante y de camino a su casa comienza a fraguar el plan mediante el que ejecutará esa venganza. Ese plan tiene en realidad que ver con la causa misma del fracaso. No hay autocrítica, sino todo lo contrario. Será la misma causa que ha provocado el rechazo la que, llevada hasta sus últimas consecuencias, le permitirá ejecutar el plan y tal vez satisfacer su yo herido. Su venganza se llamará Facebook.

Lo que acabo de describir brevemente es el comienzo de una ficción, una película no excesivamente brillante que se estrenó en el año 2010 con el nombre de La red social. Es la historia de la creación de Facebook a partir de esa escena. Parece que el principal protagonista de la película, el creador de Facebook, considera que la escena en la ficción no es muy adecuada y que no da fe de la realidad. Es difícil saber si su repudio al film tiene que ver con esa escena o con los acontecimientos que vinieron después, especialmente con todo lo relativo al pleito que mantuvo con algunos de sus amigos y socios con los que creó Facebook y que constituyen uno de los elementos decisivos de la película. Todos los protagonistas de ese pleito narrado en la cinta están vivos y uno puede encontrar sus nombres simplemente con asomarse a la Wikipedia. Ni siquiera es posible saber, tal vez Zuckerberg pudiera confirmarlo, si esa escena inicial de la película tiene algún elemento de realidad. Lo cierto es que hay que esperar hasta la escena final para ver culminada la venganza. En esa escena se ve al mismo joven creador de Facebook asomado a una pantalla de ordenador frente a la página de la red social que él mismo ha inventado y recibiendo un mensaje de solicitud de amistad de quien fue su novia. Su amor frustrado y su relación han sido finamente reabsorbidos y filtrados por la red. No sabemos si eso colma plenamente su vida afectiva, pero para ningún espectador puede haber duda de la relación profunda entre esta escena final y la que abre la película. Lo que ha triunfado finalmente sobre el afecto roto en aquella primera escena es este otro afecto transfigurado en forma de la amistad de Facebook con la que termina el film, justamente el resultado de esa idea obsesiva que le llevó a la ruptura, que le impedía comunicarse, pues era en ese invento en lo que pensaba cuando ella le abandonó, era ese invento lo que le enamoraba y a la vez le impedía comunicarse con el otro. Pero al final es la obsesión la que triunfa realmente, pues la novia regresa al menos en forma figurada, en forma de amistad de Facebook y es engullida por ese objeto obsesivo que paradójicamente se ha convertido en la gran máquina de comunicación de nuestros días.

Ciertamente, no sabemos tampoco si esa escena final posee una verdad histórica. Pero en todo caso, como siempre ocurre en el arte, estamos ante recursos, estilizaciones, en definitiva ante elementos ficticios que intentan dar cuenta de una acción en torno a la cual gira la historia. Al arte no se le pide que exprese la verdad histórica y si hay en él alguna verdad es de otras características, no una verdad propiamente dicha, sino más bien una reorganización de los hechos para darles un sentido. He elegido esa escena porque, tal vez de manera consciente, o tal vez de forma inadvertida, como suele ocurrir en el ámbito artístico, el autor del guion acertó al centrarse en un elemento que considero decisivo para comprender a qué nos enfrentamos, a qué se enfrentan cientos de millones de personas ante el fenómeno llamado Facebook. No es importante entonces determinar si esas escenas son correctas históricamente, lo importante es que constituyen felizmente una puerta de entrada a uno de los acontecimientos que ha marcado de la manera más notable la vida en nuestro mundo durante la última década, la vida privada de esos cientos de millones de usuarios de la red social, la vida empresarial, la vida política. Como tal, ese fenómeno constituye una revolución más, la penúltima revolución.

En ese invento que todos conocemos, y casi todos usamos, se produce un encuentro entre dos elementos que son determinantes de las relaciones humanas en las sociedades modernas que llegan hasta nuestros días. Uno de ellos es un viejo conocido y como tal posee ya un larguísimo recorrido en cuanto objeto de análisis y definición de lo moderno. La tecnología moderna, la tecnología sin más, que podemos remontar en su importancia a la emergencia misma de lo moderno: la máquina como principio organizador de las cosas, la máquina que empezó por organizar el saber y luego organizó la vida económica y con ella las relaciones políticas y sociales, y sobre la que se han construido las sucesivas revoluciones industriales y la idea de progreso, pero también sus efectos perversos, la miseria y los procesos históricos que han marcado los dos últimos siglos de la historia, procesos revolucionarios y guerras, ideologías y configuraciones de lo social. El otro elemento al que me refiero es aún más antiguo, y de hecho es tan antiguo como la especie humana, o incluso tal vez más antiguo que ella, y tiene que ver con la vida afectiva. Objeto de reflexión de una primera ética madura como la de Aristóteles, ha sido además desde el comienzo el verdadero destinatario de los sistemas simbólicos, de las religiones y de las ideologías. En cierto modo todos los sistemas simbólicos, los que se han llamado cosmovisiones, las religiones y las ideologías, han funcionado como sistemas y como máquinas de sentido, como artefactos articulados simbólicamente, que establecían relaciones reguladoras de la vida afectiva o lo intentaban. Y durante siglos con mucho éxito, sobre todo las religiones, aunque no tanto las ideologías que trataron de sucederlas. Pero la expresión «máquina» en su aplicación a ideologías, religiones y cualquier otro sistema simbólico es una simple metáfora. Las máquinas son otra cosa, son artefactos y dispositivos que construimos para aprovechar energía y realizar un trabajo. Como tales no son sino herramientas inicialmente al servicio de quien las usa y de quien las dispone, también por tanto al servicio de la sumisión de los otros, al servicio de las ideologías o las religiones cuando estas se convierten en elementos de poder.

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Fraudebook, de Vicente Serrano MarínSinopsis: En Fraudebook Vicente Serrano desvela, desde un lenguaje claro y atento a las mejores tradiciones clásicas y modernas del pensamiento, lo que las redes hacen con nuestras vidas, su relación con la religión, con la ideología, con la cultura de masas o con la ética, la política y la estética. Al recorrer el libro el lector encontrará las claves de un dispositivo que el autor no duda en considerar como biopolítico, de una máquina capaz de incidir en nuestra afectividad para convertirla en un factor de producción y de alterar la vida de quien la usa.

Título: Fraudebook. Autor: Vicente Serrano Marín. Editorial: Plaza y Valdés. Precio: 12 €. Páginas: 120. Edición: papel.

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