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El guerrero a la sombra del cerezo, o cómo escribir una novela histórica japonesa desde Cádiz

El guerrero a la sombra del cerezo, o cómo escribir una novela histórica japonesa desde Cádiz

Hay una pregunta recurrente a la que debo responder en la mayoría de entrevistas: “¿Cómo es que un autor gaditano termina por escribir una novela histórica ambientada en Japón?”. Comprendo la extrañeza del periodista que la realiza, o la del lector que, sin percatarse del nombre en la cubierta, toma el libro de una estantería y tras leer la sinopsis descubre que el escritor no es de Kioto, Osaka o Kanazawa. Es una pregunta, sin embargo, que yo jamás me planteé; ni siquiera se me pasó por la cabeza que alguien pudiera considerarlo peculiar.

Cuando has crecido leyendo las traducciones de Eiji Yoshikawa que Martínez Roca publicara en los 90, cuando en la película fotosensible de tus primeros recuerdos cinéfilos se han grabado, indelebles, aquellos duelos de samuráis imaginados por Akira Kurosawa. Cuando leíste fotocopias fanzineras de los mangas de Kazuo Koike, o cuando, aún en el instituto, descubriste a Yukio Mishima y vislumbraste su desesperación por un mundo que se desvanecía ante sus ojos, o el fanatismo que esa desesperación imbricó entre sus líneas. Cuando has crecido con todo eso, escribir una novela como El guerrero a la sombra del cerezo es lo más natural del mundo.

"Cuando sientes devoción por una época, un personaje o cualquier otro aspecto de la historia, te acercas a ello con la timidez reverente del que se sabe indigno de manipularlo a través de la ficción, temeroso siempre de fracturarlo con tu torpeza."

Carezco del oficio —o el atrevimiento— de esos autores de novela histórica que pueden ambientar sus relatos en cualquier época o país. Soy un impostor, si se quiere, capaz de escribir desde el prisma de otros géneros (el lector que recele puede echarle un vistazo a Hijos del dios binario), pero que no podría abordar un relato histórico alejado del escenario japonés que tan fascinante y evocador me resulta.

Hay quien pudiera pensar que he optado por trabajar con aquello que conozco bien, por no salir de una cierta zona de confort. Pero lo cierto es que, cuando sientes devoción por una época, un personaje o cualquier otro aspecto de la historia, te acercas a ello con la timidez reverente del que se sabe indigno de manipularlo a través de la ficción, temeroso siempre de fracturarlo con tu torpeza. Eso te hace incurrir en una serie de cautelas y obsesiones que, créanme, no facilitan el trabajo creativo.

El guerrero a la sombra del cerezo es, por tanto, la historia de una devoción, pero también la de una obsesión: la de ofrecer a través de una ficción literaria una visión fidedigna del Japón de comienzos del XVII, un país que comenzaba a embocar una paz militar tras más de dos siglos de guerras civiles. Y no me refiero solo a una fidelidad en el contexto histórico que, si me lo permiten, es lo más fácil de lograr; hablo de recrear el costumbrismo de esa época, las vidas cotidianas y la mentalidad de un pueblo japonés con una tradición y un acervo espiritual muy diferentes a los nuestros.

"La manera de confrontar la vida y la muerte, el sentimiento del deber, la dignidad o la concepción del amor de un japonés de la época eran muy diferentes de la forma de ser occidental."

Durante años me pregunté por qué la literatura occidental insistía en ignorar un escenario narrativo tan potente como el Japón feudal. Tenías en un reducido espacio geográfico todo lo que un escritor podía desear para alimentar sus historias: batallas épicas, conspiraciones palaciegas, amores imposibles, caballeros andantes, duelos a espada, revueltas sociales y religiosas… Me exasperaba ese ensimismamiento occidental en lo propio, el hecho de que, cuando un autor europeo o anglosajón decidía escribir una novela sobre Japón, siempre lo hacía apoyándose en una visión externa, vehiculando el relato a través del protagonista extranjero fascinado por el exotismo del país. Una perspectiva narrativa que coloca al lector como espectador de lo ajeno, de lo ignoto, ofreciendo una visión superficial sustentada, a menudo, en los tópicos.

Mi intención (mi atrevimiento) ha sido querer contar una historia 100% japonesa, sin personajes occidentales que condicionaran la visión del lector, pero utilizando las herramientas narrativas que nos son propias, las de la tradición europea de novelas de aventuras y misterio. Como si de un relato de samuráis escrito por Alejandro Dumas o Salgari se tratara.

Fue al ponerme manos a la obra cuando constaté lo que ya sospechaba: la tarea iba a ser abrumadora. Primero, por la necesidad de documentar elementos cotidianos difíciles de contrastar desde aquí (la enumeración es interminable: desde el método para limpiarse los dientes con sal que usaban los japoneses, hasta el detalle de cuánto cobraba una prostituta de río, qué se servía en una posada de la ruta Tokaido o cuáles eran los nombres de pila habituales según la extracción social). Y segundo, porque debía lograr que mis personajes se expresaran y comportaran de forma consecuente. La manera de confrontar la vida y la muerte, el sentimiento del deber, la dignidad o la concepción del amor de un japonés de la época eran muy diferentes de la forma de ser occidental. Quería recrear esos aspectos con veracidad pero, al mismo tiempo, debía hacerlo de modo que el lector los comprendiera, que lograra empatizar e involucrarse con dichos personajes pese al abismo (no solo temporal y espacial) que nos separa.

"Jamás volveré a tener una relación tan prolongada e intensa como he tenido con mi primera novela."

Echando cuentas —ejercicio peligroso—, invertí dos años en documentarme y planificar la novela antes de sentarme frente al teclado, y tres años largos en el proceso de escritura. Más de cinco años en los que prácticamente solo leí sobre Japón y a autores japoneses. Cuando puse el punto y final, comprobé para mi horror que mi estilo había cambiado tanto desde los primeros capítulos que tuve que reescribir la primera mitad del libro casi por completo. Una primera obra, ya se sabe, son dos historias: la que se cuenta y la del autor que está aprendiendo a contarla.

Cuando di mi labor por concluida, comencé a trabajar en mi segundo libro: Hijos del dios binario (Suma, 2016), una ruptura total en cuanto a género, temática y estilo (¿a alguien le extraña?). Al terminarlo y regresar por curiosidad a mi primera obra, descubrí que El guerrero a la sombra del cerezo se podía contar mejor. A ello debía sumarse que mi reciente viaje a Japón me había permitido descubrir varios errores históricos y de ambientación. No me quedaba más remedio que volver a ponerme manos a la obra, dando comienzo un nuevo proceso de reescritura. Como les digo, una obsesión. Jamás volveré a tener una relación tan prolongada e intensa como he tenido con mi primera novela.

No diré que el largo esfuerzo no ha merecido la pena. La novela fue finalista de un gran premio como el Fernando Lara, se ha convertido en la única obra autopublicada en ganar un Premio Hislibris de Novela Histórica y, merced al boca a oreja, es uno de los diez libros más leídos y mejor valorados de Amazon España. Ahora se cierra el círculo: Suma apuesta por publicar El guerrero a la sombra del cerezo en papel, el formato para el que originalmente fue concebido. Quizás en este momento el mercado español sea más receptivo a todo lo que tenga connotaciones japonesas; o quizás el género, el origen o el trasfondo de una historia nunca han sido lo más determinante a la hora de cautivar al público. Las modas existen, es innegable, pero una historia solo apasionará a sus lectores si previamente apasionó al que la contó.

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Autor: David B. Gil. Título: El guerrero a la sombra del cerezo. Editorial: SUMA. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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