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La felicidad de estar descalzo sobre la hierba

La felicidad de estar descalzo sobre la hierba

Esta es la historia de Ángel Gutiérrez, personaje indispensable del teatro en Rusia -en Madrid dirigió el teatro Chéjov-, Catedrático emérito de interpretación en la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD). Heredero y transmisor del método Stanislavsky en España

Cuando tenía seis años, a Ángel Gutiérrez le gustaba subir a la montaña con su amigo Mariano, pastor de ovejas. Era un tiempo en el que la felicidad se parecía a estar descalzo sobre la hierba. En septiembre de 1937 arrancan a Angelín Gutiérrez de su pueblo, Pintueles, en Asturias, y durante un mes vive en un orfanato de Gijón con dos de sus tres hermanas. Él recuerda que enfermó del shock. Fiebre y bombas. En octubre los reúnen en un patio, les dan un número y una bolsita de cacahuetes y por la noche los llevan a todos al muelle en donde les espera un gran barco de carga. Ángel recuerda con nitidez los llantos de las despedidas, pero a ellos ningún familiar los acompaña. La madre de los tres niños trabaja día y noche en un hospital y al padre lo han fusilado. Suben a los niños en grupos al barco. La hermana mayor –solo un año más que Ángel-, pone sus pies en la cubierta, pero la otra, -con solo cinco años- queda retenida en el muelle. Es demasiado pequeña y no puede ir. La arrancan de sus brazos y la llevan a un hospicio en Oviedo, en el edificio que muchos años más tarde sería el Hotel de la Reconquista. El poeta Ángel González contaba que por los ventanales de ese hospicio veía a las matronas amamantar a los pequeños huérfanos.

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Evacuación a Rusia en el puerto de Gijón, 1937

El barco zarpa desde el muelle de Gijón. Ángel oye llantos y gritos de mujeres y también la melodía de un tango cuyas notas se escapan por una ventana: “Silencio en la noche, ya todo está en calma”. Al niño Angelín le sube la fiebre y ya no le abandonará hasta llegar a San Petersburgo, entonces Leningrado. Allí los reciben con banderas, con globos y con flores, y aquel niño febril y hambriento dice descubrir el amor en el calor de las mujeres que le abrazan y que le endulzan con caramelos. Pero la felicidad dura poco; tras dos años de internado llevan a su hermana a Ucrania y nunca más se volverán a ver.

En 1941 Ángel Gutiérrez vive el cerco de Leningrado y trabaja haciendo fortificaciones; de nuevo el hambre y un viaje entre ventiscas a los Urales, un largo mes por la inmensa estepa blanca, a 42º bajo cero. Pero dos años después, comenzará una nueva etapa en la que estudia y termina la escuela. Aunque sus preferencias están más cerca de la pintura y de la música, para continuar su formación elige Dirección Teatral. Ángel tocaba el piano porque en Leningrado le habían llevado a círculos culturales donde descubren su vena musical al verle acariciar tímidamente las teclas de un piano, y ya en Moscú recibe clases de armonía y contrapunto con el director de la orquesta del ballet Bolshoi. Ángel saca matrículas de honor y con 23 años consigue su primer trabajo en Taganrog, la ciudad natal de su admirado Chéjov en donde le invitan a dirigir el teatro que lleva el nombre del gran dramaturgo. Allí pasa tres años y en 1956, muerto ya Stalin, vive la época del deshielo político. Tras el XX Congreso del Partido Comunista Soviético salen a la luz algunos de los horrores del stalinismo y advierte que algunos jóvenes leen más y critican al régimen y, como pueden, se van liberando de tantos años oscuros.

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Ángel Gutiérrez y Andréi Tarkovski se conocen en 1957. Trabajan juntos y Ángel actúa en el filme El espejo. Son tiempos de creación y descubrimientos, y con el filósofo asturiano Dionisio García, otro niño de la guerra que no regresó, se enzarzan en eternas disquisiciones sobre el sentido de la vida, sobre la misión del artista en la sociedad, sobre cómo salvar al mundo de la opresión. Ideales que han seguido vivos en el corazón de Ángel Gutiérrez.

En 1967 viaja a España y en Hendaya conoce a su madre y a su hermana mayor que se había quedado con ella, pero vuelve a Rusia y no será hasta 1974 cuando regresa definitivamente. Hasta entonces su vida transcurre entre el teatro, el cine y la escritura de un guión sobre el destino y la odisea de los niños españoles de la guerra, que nunca pudo librar de la censura rusa. Se titulaba “A la mar fui por naranjas”, que es el primer verso de una canción popular asturiana, y que era el primer obstáculo con que se encontraba la censura al no entender nada. La primera estrofa de la canción dice así: “A la mar fui por naranjas / cosa que la mar no tiene / ¡ay, mi dulce amor!, / ese mar que ves tan bello/es un traidor”. Ángel Gutiérrez cree que la censura no actuaba así llevada solo por su celo a todo lo que no comprendía o que interpretaba que no era bueno para el régimen. Ángel estuvo diez años luchando para conseguirlo y supo mucho más tarde por los propios censores, a los que naturalmente ya conocía y hasta le apreciaban, que quien había estado en la sombra, en contra de que su proyecto viera la luz, había sido la misma Pasionaria, Dolores Ibárruri.

La vida de Ángel Gutiérrez es una oportunidad para que un escritor la novele y alguien la lleve al cine. Su pequeño pueblo, Pintueles, es hoy una tranquila y bucólica localidad de unos 200 habitantes; una Arcadia en la que hace casi 90 años el guaje Angelín correteaba  tras las ovejas, descalzo y feliz sobre la hierba, ajeno a la vida que le aguardaba. Que yo sepa, en Asturias ninguna autoridad le recibió nunca como se merecía.

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