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La grandeza de un estilo

La grandeza de un estilo

A veces tengo la impresión de que esas corrientes tan variadas por las que ha discurrido lo que damos en llamar literatura, en especial desde el último cuarto del siglo XIX, han dejado su influencia en todos los autores de todas las lenguas occidentales excepto en dos grandes grupos: los franceses y los malos escritores. En realidad, los malos escritores siguen escribiendo como lo han hecho los malos escritores de cualquier siglo: en su propio lineal B, libres de pequeñas bagatelas de estilo como son la pausa, el ritmo, la modulación o el uso del silencio, pero esclavos en general de aquellas palabras que es fácil encontrar en la superficie de la experiencia, allí donde no tiene lugar mayor misterio que la descripción de un vestuario o de un gesto como elemento de transición entre un párrafo embotado de verbos de acción y lo que dice un necio hablando con otro necio. Con todos mis respetos —la verdad es que no—, un escritor así no deja de ser un simple paseador de perros. Y, por otra parte, me parece que esta desdeñosa actitud hacia la palabra es llevar demasiado lejos ese deseo de “escribir a la manera en que habla el hombre de la calle” que para Wordsworth debía verse culminado en la aparición de un nuevo tipo de poesía, alejado del maravilloso lenguaje de los poetas augustos e isabelinos (cuya influencia todavía se dejaría notar en el Endimión de Keats), que dio lugar a obras tan bellas como Preludio o Simon Lee, el viejo cazador y no a nada parecido a lo que suele escribirse hoy día porque el hombre de la calle con quien Wordsworth podía cruzarse tanto en Londres como en Grasmere o Langdale era bastante más culto que el hombre de la calle con el que se hubiera cruzado hoy mismo. Incluso un siglo después el hombre de la calle todavía era un individuo culto, y gracias a eso un joven Raymond Radiguet pudo escribir dos obras de puro encantamiento, El diablo en el cuerpo y El baile del conde Orgaz, alentado por un maduro Jean Cocteau que le animaba a escribir “como escribe todo el mundo”. Ese “todo el mundo” del que hablaba Cocteau era, naturalmente, la parte del mundo que a fin de cuentas le importa a un francés, una cifra indeterminada y esotérica que aglutina, unidad arriba o abajo, la suma de todos los franceses. Personalmente, no deja de sorprenderme que el mismo país donde nació la más bella y profunda revolución del lenguaje —romanticismo, parnasianismo, simbolismo, y todos los posteriores ismos con epicentro en Hugo— limitara a la poesía las invenciones plásticas y mantuviera a la prosa resguardada de toda pirotecnia. Me gustaría pensar, por ejemplo, que existe una rama de la literatura francesa derivada de Proust —de la misma manera en que Proust puede tener su origen, más allá de Ruskin, en Saint-Simon— y otra ramita derivada de todos los demás, pero resulta que Proust ha sido una figura mucho más influyente en la literatura anglosajona que en la de su propio país, y si alguna influencia hubiera podido obtener de rebote a través del posmodernismo venido de ultramar (con Nabokov a la cabeza, y luego Pynchon, Updike, y todos los demás, influidos directa o indirectamente por él) le fue denegada con el insólito crédito otorgado a los existencialistas y su narrativa a pinceladas de sujeto/predicado. Dejando de lado las cuestiones de teoría, mensaje e intención, se diría que desde el siglo XVIII los escritores franceses se han dedicado a apuntalar por medio de la literatura una especie de dogma de fe que atribuye a la sencillez en la forma una capacidad mucho mayor de profundización en la verdad trascendente que se esconde por detrás de la experiencia, y que, mientras la literatura en lengua española o inglesa abrazaba todo tipo de influencias, una inmensa mayoría de argelinos naturalizados o esbeltos parisinos decidían renunciar a cualquier cosa que no fuera escribir, simplemente, como franceses. Se me ocurren ahora mismo pocos ejemplos de narradores más o menos contemporáneos que no se parezcan al mismo francés escribiendo su larga comedia humana a lo largo de los siglos. Entre ellos el más conocido es sin lugar a dudas Houellebecq, que ha servido a su propia receta novelística de tonos bastante especiales, muchos de los cuales yo diría que provienen de Huysmans (una rareza que, como Nerval, retuerce y abigarra sus espléndidas hojas siguiendo el mismo encantador fenotipo de Proust), y el más desconocido Baudrillard, quien, siendo básicamente un filósofo, narra la compleja aventura del pensamiento humano y de sus relaciones con el misterio del presente mucho mejor de lo que el más capacitado de los paseadores de perros describe algo tan sencillo como una plaza vacía o un tipo saliendo de un taxi, y lo hace incluso en esos extraños momentos de pensamiento puro, de fabulosa enajenación conceptual, en que encierra las palabras en sólidos bloques de forma ensimismada, como sumergiéndose en los arquetipos privados de esa otra rareza en la historia de un estilo que es Robbe-Grillet.

"Canción dulce trata sobre una pareja con un par de hijos, cuidados por una mujer que un buen día decide ahorrar a los niños los pesares y desgracias de este valle de lágrimas y los mata."

Todo esto —lo que viene siendo ya la longitud de una reseña media— para decir dos cosas: en primer lugar, que adoro a los franceses. Ya se vistan de largo o de corto, con barroco manto o con cendal de seda, adoro a los franceses. Los adoro como se adora a todo cuanto es fiel a una visión y a un espíritu, y porque sin esa fidelidad no habrían podido darse rebeldes tan contrarios a las convenciones de una forma como Baudelaire, Rimbaud o Lautréamont. Porque sin el asma de las avenidas entregadas a la depravación de la modernidad nunca se habría dado el hombre que respiraba agónicamente en la vida pero que en la intimidad de su dormitorio, rodeado de corcho y apuntalado en su cama, diseñaba nuevos y enrevesados recorridos para la respiración del alma. Y en segundo lugar, porque haciendo este breve repaso a las peculiaridades de una literatura entenderemos mejor qué secretos esconde esta obra de Leila Slimani para que tengamos la sensación de estar leyendo a alguien que es clásico y moderno al mismo tiempo, maravillosamente francés e intemporal. Canción dulce trata sobre una pareja con un par de hijos, cuidados por una mujer que un buen día decide ahorrar a los niños los pesares y desgracias de este valle de lágrimas y los mata, si no he reconstruido mal la escena final, asestándoles unas cuantas cuchilladas en la bañera: como suele decirse en estos casos, bien está lo que bien acaba. Pero, como en toda buena novela, la trama es lo de menos. Los hechos tienen lugar en algún momento de la Quinta República, bajo el poder (es un decir) de François Hollande, y la gente coge el metro y recibe y envía mensajes a través del móvil y ve la televisión y oye hablar de atentados terroristas en un estado de bovina naturalidad, como si esto no fuera París sino el Beirut de los ochenta (la vida misma, vamos). Pero podríamos leer la misma historia, con los personajes vestidos a la manera de Emma y Charles Bovary y rodeados de quinqués y carruajes con cortinillas, y seguiríamos sintiendo que estamos ante una obra clásica y moderna al mismo tiempo, maravillosamente francesa e intemporal. Estos son los logros de la fidelidad a un estilo, pero también los de una manera única de tallar las frases. El lector familiarizado con la música que ha producido la mejor literatura francesa a lo largo de tres siglos —y aquí quiero señalar la excelente labor de traducción de Malika Embarek, que se atiene a los silencios y las pausas propios de la gramática francesa y los reproduce en su texto sin preocuparse (por suerte) de si responden o no a los usos de la gramática española— seguramente creerá reconocer ciertos ecos de Gide, de Françoise Sagan o de Colette en esta obra, por citar a algunos de los más translúcidos talladores de este estilo a la francesa. Otros percibirán a Anatole France o al propio Cocteau de Los niños terribles, o —he aquí mi caso— a una escritora lamentablemente poco conocida como es Violette Leduc, sobre todo cuando Slimani deja caer acentos de lúgubre poesía en sus páginas, inesperados giros al final de una frase que tanto me recuerdan a ese siniestro memorial de una infancia que lleva por título La asfixia. No diré, sin embargo, que estas resonancias deban ser consideradas influencias, en el sentido de modelos estructurales con que nos hemos acostumbrado a aplicar ese término, sino rastros audibles y visibles de una modulación y una afinación compartidas con tres o cuatro siglos de tañedores de una misma arpa. De quien sí veo una influencia, aunque no sé si asumida o adquirida involuntariamente por pura consanguinidad, es del Georges Simenon de las novelas psicológicas —llamadas así, supongo, para distinguirlas de las novelas protagonizadas por el comisario Maigret—, y en particular de títulos como Los fantasmas del sombrerero, La gente de enfrente o El entierro del señor Bouvet, obras mayores de quien seguramente fue el más prolífico y depurado de todos los translúcidos. Esto, no obstante, tendría un valor puramente anecdótico si Slimani no fuera más que la perpetuadora de un estilo: si, en pocas palabras, se limitase a acompañar el cabotaje de unos modelos excelsos para sacar el mejor provecho de los beneficios de su estela. Pero insisto, por si no lo he dejado lo bastante claro, en que este estilo está compuesto fundamentalmente de música; el resto, aquello que no se aprende tan sólo por medio del oído, lo constituye esa capacidad que posee todo gran escritor para arrancar a la realidad destellos de una magia ignorada, alguna verdad pasada por alto en las rutinas de una vida. Por más cosas en común que puedan tener Gide, Sagan o Colette, o un escritor (francés) de este siglo y otro de hace tres siglos, en términos de prosodia, si algo los diferencia es la intención, su posicionamiento como observadores, las palabras que definen una sensibilidad y un punto de vista. En ese sentido, Slimani puede ser tan precisa como para hacer confundir exactitud con minimalismo; pero sus perlas de delicada poesía, sus bien calculados silencios, la crudeza con que descerraja la monotonía de unas convenciones, son concentrados de una onda expansiva que crece y crece, ingeniosas maquinaciones del estilo a la altura de sus mejores modelos. Habrá lectores que se sientan incómodos ante esta voz que, con toda su elegancia formal, parece brotar entre unos dientes que rechinan; pero la verdad es que yo me lo he pasado en grande paseando de su mano por las ruinas de una civilización que todavía se cree en pie, el sueño cumplido y destruido de una especie, todos estos ensangrentados cascotes de realidad descuartizada.

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Autor: Leila Slimani. Título: Canción dulce. Premio Goncourt, 2016. Editorial: Cabaret Voltaire. Venta: AmazonFnac

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