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Letras clandestinas

A tres metros sobre el cielo, la primera novela del escritor italiano Federico Moccia, que había sido rechazada por todas las editoriales italianas, se distribuyó durante ocho años por medio de fotocopias entre estudiantes, hasta que el padre de una de esas estudiantes, director de cine, vio el potencial del texto para la gran pantalla y decidió convertirlo en película. En ese momento fueron varias las casas editoriales que dieron el sí quiero a uno de los últimos bestsellers de la literatura romántica (más de un millón de ejemplares vendidos en Italia).

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Esta reflexión sobre libros que se han difundido en la clandestinidad viene a colación de la exposición Letras clandestinas que el Ayuntamiento de Madrid ha organizado en la Imprenta Municipal Artes del Libro (c/Concepción Jerónima, 15) y que podrá visitarse hasta el próximo 30 de octubre.

Repasando algunas de las obras literarias y humanísticas que han sido difundidas por cauces no oficiales, uno de los ejemplos más claros lo encontramos en Francia. Arturo Pérez-Reverte rinde homenaje en su novela Hombres Buenos a una de las grandes obras que se difundieron en la clandestinidad debido a la oposición ideológica de la clase política y eclesiástica, L’Encyclopédie (1751).

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Títulos muy conocidos como El Buscón de Quevedo se movió durante un tiempo en clandestinidad y otras obras de carácter más político, filosófico o ideológico como El capital y algunos títulos de Rousseau tuvieron que difundirse con este método por razones obvias (pueden conocer el listado de libros prohibidos por la Iglesia católica si visitan el Index librorum prohibitorum, que continuaba editándose a finales del siglo XIX). Textos de Lutero o de Erasmo de Rotterdam llegaban a España procedentes de imprentas clandestinas de Flandes.

Manuel Orteu Berrocal publicó hace tiempo un excelente trabajo sobre obras literarias que se difundieron durante el periodo de Carlos IV. Desde los papeles sediciosos, las obras satíricas contra el poder imperante (casi todas ellas anónimas), los libelos, pasquines, hasta los comités que se crearon en Bayona y Perpiñán para difundir las ideas de la Revolución Francesa tras el triunfo de la Gironda. Gracias a estos comités que estaban compuestos por imprentas propias, servicios de correos y colaboradores profesionales – editores, traductores, correctores de textos…- llegaron a difundirse muchas de las ideas revolucionarias que comenzaban a dar los últimos puntapiés al Antiguo Régimen en Europa. Destaca Orteu Berrocal en su trabajo los principales autores franceses cuyas obras habían sido prohibidas por la Inquisición: Voltaire, Rousseau y Montesquieu. En aquella época se llamaban “obras filosóficas” a todo tipo de texto que se movía en secreto (desde textos filosóficos de los autores antes citados, hasta novelas pornográficas, utópicas o de crítica política).

Dibujo del Marques de SadeMención aparte merecen los textos eróticos. El autor inglés Henry Miller también utilizó la clandestinidad para dar a conocer sus títulos (gracias a la imprenta parisina Olympia).Otros títulos eróticos que se movieron en secreto con el tiempo se han convertido en auténticos clásicos del género: Fanny Hill de John Cleland, Delta de Venus de Anaïs Nin (que se publicó oficialmente en 1970, treinta años después de la muerte de su autora), Justine o los infortunios de la virtud del Marqués de Sade (cuyo primer borrador fue escrito en la cárcel),etc.

Portada de Teresa la filosofa de Jean Baptiste Boyer

Se data en 1812 la primera publicación pornográfica en España, Teresa la filósofa de Jean-Baptiste Boyer; el único ejemplar existente de este clásico erótico francés se vendió en 1919 perdiéndole la pista en ese momento. También Diderot publicó en clandestinidad literatura erótica (La religiosa) y hay rumores de un apócrifo erótico de Moratín. Con el reinado de Isabel II se fueron permitiendo poco a poco las obras eróticas y sus ilustraciones que posibilitaron la difusión de obras “legales”. A finales del siglo XIX encontramos una obra que destaca sobre las demás, Los Borbones en pelota, de Valeriano Bécquer (hay quien dice que cuenta con la colaboración de su hermano Gustavo Adolfo, aunque no hay constancia de ello). Hoy día quizá publicarían esta obra (que se puede ver en la Biblioteca Nacional) Mongolia o El Jueves. Si le interesa al lector este tipo de publicaciones le recomiendo investigue la obra de Eusebi Planas, uno de los principales ilustradores del género en esos momentos.

 

En las circunstancias más adversas los libros secretos, además de ser una ventana al mundo, aportan consuelo y esperanza. En el campo de concentración de Mauthausen llegó a formarse una auténtica biblioteca clandestina con más de 200 obras clásicas de autores como Zola, Víctor Hugo, Gorki o Stendhal.

Durante la Guerra Fría se popularizaron los Samizdat (copia y distribución clandestina de literatura prohibida por el régimen soviético y por el Bloque del Este) que contribuyeron, por citar alguna, a la difusión de la novela clásica Un día en la vida de Iván Denísovich, de Aleksandr Solzhenitsyn (Premio Nobel de Literatura en 1970). Esta obra narraba la dura vida dentro de los campos siberianos de trabajo forzado del sistema Gulag en los 50.

Publicacion clandestina polaca  samiszdatpolaco

Los sermones de Jomeini en Irán (que provocaron su expulsión del país) y la publicación de Los versos satánicos del escritor Salman Rushdie (que fue por ello condenado a muerte y obligado a un exilio forzoso) son algunas otras obras que se han movido en la clandestinidad (en el caso de Jomeini incluso en formato cassette).

Todos estos libros al servicio de la información, del conocimiento, de la libertad de expresión, de la difusión de ideas, del placer y el entretenimiento, del consuelo del alma,… ¿qué sería de nosotros sin la lectura de estos libros?

Si el lector desea adentrarse más en este tema, recomiendo (además de la visita a la citada exposición) la lectura de El hereje de Miguel Delibes. Una delicia literaria que fue Premio Nacional de Narrativa en 1999.

 

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