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Llorar de rodillas

Reproducimos una historia verídica sobre la vida y el destino de Jorge Fernández Díaz. Publicada en La Nación, fue recogida en 2010 en La hermandad del honor, libro editado por Planeta Argentina.

 

Un tipo calmo y bien vestido se bajó del auto que le habían cruzado a la rubia en la calle, se le acercó educadamente y le mostró la culata del revólver que llevaba en la cintura. Tranquila —le susurró sin emociones—. Tranquila porque si no te mato un hijo. Susana Chaia de Garnil venía del banco con dos de sus chicos y una empleada, y se dio cuenta de que le estaban haciendo una típica “salidera” y que no tenía más alternativa que obedecer. Entregó la plata que había extraído de su cuenta y también las llaves del coche.

El asaltante educado le avisó que arrojaría el llavero en la esquina y se fue por donde había venido. Susana es una médica ginecóloga y una rubia destacada, pero no tiene propiedades ni fortuna.Vivía y vive todavía en una buena casa de la zona norte, en un barrio donde residen familias mucho más pudientes en mansiones mucho más lujosas.

Pero el sino de la violencia la perseguía particularmente a ella. Un mediodía de domingo, algunos años después, Susana frenó su Peugeot 405 en una esquina de San Isidro con la intención de meterse en un Banelco, y otro sujeto se le fue encima.

Esta vez no se trataba de un profesional educado: venía nervioso y la amenazaba con el fondo de una botella rota. La rubia empezó a gritar y a forcejear mientras el asaltante se le metía adentro y le rozaba la cara y el cuello con el vidrio dentado.

Tuvo que hacerse luego tres cirugías para recuperar la fisonomía original. Pero en ese momento no estaba para pensar en cuestiones estéticas: se arrojó del auto sangrando y pegando gritos de auxilio. Y el delincuente hizo veinte metros con el Peugeot, se le apagó el motor y forzó tanto el encendido que lo terminó quemando. Después se apeó y echó a correr, y unos vecinos lo persiguieron, lo atraparon y lo redujeron.

Cristian "Higado" Muñoz, secestrador de Nicolás Garnil y Peñaflor.

Cristian “Higado” Muñoz, secestrador de Nicolás Garnil y Peñaflor.

Fue horrible ir a la Fiscalía de San Isidro a identificarlo a través de una mirilla. Aquel barrio donde sus tres hijos habían crecido jugando en las callecitas y andando libremente en bicicleta, ya no era el mismo. A su marido Carlos, que también es médico y trabaja de ecografista, le quedó muy en claro ese cambio una mañana cuando salió a correr con dos amigos y éstos le iban señalando una por una las casas y los robos y asaltos tremendos que habían sufrido. Era un mapa de pánico y humillaciones.

"El país contenía el aliento. La rubia no pudo hablar demasiado. Sólo dijo: Estoy de rodillas ante ustedes. Se refería a los hombres que habían raptado a Nico."

Con todos estos antecedentes, Susana Chaia se negaba sin embargo a tener miedo. Ella y su marido eran dos médicos duchos en tratar con el sufrimiento y habían criado a sus hijos lejos de la hipocondría y la paranoia. Esa sana despreocupación signó el 25 de julio de 2004, cuando después de celebrar con flores su “aniversario de novios” y de ver todos juntos la final de la Copa América, Susana le propuso a su hijo Nicolás que la acompañara a misa de siete y media. Nico tenía 18 años, y Susana pensó: Si me dice que no tiene ganas, no voy.

Pero Nico, sin sospechar que un simple desgano lo hubiera salvado, aceptó el convite. Salieron juntos de La Horqueta y fueron interceptados a pocas cuadras. Un desconocido vino de atrás, le abrió la puerta a Nicolás, que iba al volante, y le ordenó con voz dura: Bajate. El chico murmuró tranquila, mamá, y obedeció. El auto tenía caja automática y siguió adelante con Susana adentro, que miraba desconcertada la maniobra de los raptores sin saber que lo eran. El auto chocó contra una pared y se detuvo, y entonces la rubia se bajó y comprobó que no era un asalto sino un secuestro y que se habían llevado a su hijo. Fue el momento más triste de toda su vida. Se enroscó llorando y gritando, y miró al cielo y le recriminó a Dios: ¿Cómo permitiste esto? ¡Si encima íbamos a misa, mi Dios!

Llegó el marido y la policía, y tres horas más tarde, recibieron la primera llamada: Si querés volver a verlo tenés que darnos 300 mil pesos. El padre de Nico respondía lo que pensaba: que se habían equivocado, que ellos eran médicos asalariados y no empresarios fuertes, y que no disponían de semejante suma. A los secuestradores les importaban un bledo esos lloriqueantes argumentos económicos.

Al día siguiente se instalaron en la casa dos policías, dos psicólogas y un negociador de la brigada antisecuestros. Y cuatro matrimonios amigos armaron un esquema de rotación horaria para acompañar siempre a la familia. Susana tomaba todo el tiempo Alplax. Cuando se le iba el efecto del tranquilizante comenzaba a temblar como una hoja. Pensaba día y noche, obsesivamente, en la suerte de su hijo, que a varios kilómetros de su casa yacía acostado, esposado a una cama y en compañía de dos parcos “cuidadores”.

Susana Garnil, celebrando la liberación de Nicolás.

Susana Garnil, la madre de Nicolás.

Cuando la prensa se dio cuenta de lo que ocurría montó guardia en la calle, y cientos de personas comunes comenzaron a llegar a la calle Julián Navarro para dejar cartas de apoyo y consuelo, estampitas e imágenes. Al principio, Susana pensaba que esas adhesiones espontáneas no servían de mucho, pero con el tiempo se fue dando cuenta de su importancia.

Personas de todas las clases sociales le ofrecían sus ahorros y armaban cadenas de rezos, y le escribían con un amor desbordado buscando alguna clase de alivio en la vigilia. La sociedad entera se estaba moviendo: la indiferencia hubiera sido mucho más devastadora para los Garnil y para cualquiera.

En la tormenta, Susana se aferró a esos gestos y también a la imagen de una Virgen. Formaron con esa imagen, con una foto de Nico y con las cartas una especie de santuario en el living, donde ocurrió la mayor parte de este drama y donde ahora estamos conversando.

Nunca más pude reclamarle a Dios —me dice—. Dios no violenta la libertad. En aquellos días rezamos mucho y todos juntos. Venían sacerdotes y se hacían misas en muchas iglesias de la zona.

Me está a punto de contar algo increíble. Después de varias negociaciones dramáticas, mientras los Garnil vendían el auto y armaban con sus amigos una vaca para el rescate, a lo largo de aquellos días interminables de encierro e incertidumbres, la idea de que ya habían asesinado a Nico taladraba la estoica racionalidad de sus padres.

Un día Susana sintió que desfallecía. Yo estaba sentada en este mismo sofá hablando con un amigo, y recuerdo que le dije: Basta, me muero, basta. Necesito dormir hasta que aparezca. En ese preciso momento se abrió la puerta y el negociador irrumpió con un papel en la mano: ¿Ésta es la letra de Nico?, le preguntó de modo apremiante. Sí, era efectivamente su letra. Los secuestradores habían dejado una prueba de vida en la iglesia de Santa Rita. ¡Ésta es la Virgen!, dijo Susana y se arrodilló. Un rayito de sol pegó en un espejo y el reflejo rebotó en un vidrio interno y alrededor de la Virgen se formó un aura de luz. Susana le sacó una foto al extraño fenómeno lumínico. Todavía la tiene y me la muestra. Intuye que desde mi escepticismo no puedo pensar en algo más que en una impresionante casualidad.

Pero no nos decimos nada. En su cautiverio, Nicolás trataba de recordar cosas graciosas, anécdotas o viajes, e intentaba alejar de su mente los primeros miedos: A ver si entran y me cortan un dedo, se alarmaba recordando un caso reciente que había visto en televisión.

Ya en la segunda semana empezó a confiar: No van a matarme, se decía. Le dejaban escuchar música en la FM de la 98.3, y le traían diarios. Saber que su madre estaba tan angustiada lo angustiaba terriblemente.

"Pero Susana no olvida. Cada vez que se entera de un secuestro, siente un escalofrío, llama a la madre de la víctima y trata de confortarla con su experiencia."

Susana se levantó una mañana, escribió una carta y después de algunos cabildeos con el negociador, que eligió la oportunidad mediática, ella salió a la vereda. Todas las cámaras y los micrófonos la apuntaban. El país contenía el aliento. La rubia no pudo hablar demasiado. Sólo dijo: Estoy de rodillas ante ustedes. Se refería a los hombres que habían raptado a Nico. La carta era conmovedora, y al escucharla, uno de los carceleros de Nicolás se le acercó: Cuando vuelvas decile a tu vieja que nos perdone.

Había banderas blancas en todo el barrio y un desfile de personajes preocupados. Por ejemplo, el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel, que se acercó a solidarizarse rompiendo el viejo axioma según el cual una víctima de un secuestro no entra en el radar de los derechos humanos. Dos semanas y media después de la captura, comenzó el proceso del pago. Tras algunos amagos, le indicaron a Carlos que pusiera la plata en un bolso y se tomara un tren en el horario

pico. Los vagones iban abarrotados y el padre de Nicolás viajaba colgado y hablando a los gritos por teléfono: con tanto ruido apenas podía escuchar las instrucciones y muchos pasajeros se iban pasando la voz. Al rato todo el mundo sabía en ese vagón que se estaba pagando un rescate. Si arrojaba en un descampado el bolso, Carlos se arriesgaba a que varios desesperados se tiraran detrás a buscarlo. Tres veces se frustró la entrega porque los secuestradores eran incapaces de organizarla bien. Asustadísimos, los Garnil se arrodillaron y rezaron un rosario para que la Virgen iluminara las mentes de los raptores y les permitiera encontrar un modo cabal. Finalmente, la última llamada llegó: tenían que ir en auto hasta una calle oscura de Boulogne. Carlos condujo con el corazón en la boca hasta esa coordenada y en un momento oyó desde la penumbra una voz imperativa: Tirala. Carlos arrojó el bolso, siguió de largo y regresó a casa. Pasó un día entero desde ese instante hasta que en la medianoche del sábado sonó el teléfono.

Susana vio que Carlos atendía y que gritaba: ¡Nico! ¡Nico! Y entonces ella literalmente se derrumbó en la alfombra. Lo habían liberado en Ingeniero Maschwitz. Después de estar atado a una cama durante 21 días, el chico caminaba con dificultad. Estaba sucio y desgreñado, y asustó a unos vecinos humildes de Garín que al verlo siguieron de largo creyendo que era un sujeto peligroso. Nico se puso a llorar, y entonces el vecino se condolió. No se asusten, soy Nicolás Garnil, el chico que secuestraron en San Isidro —balbuceó el fantasma—. Necesito que me presten un teléfono. No podían creerlo. La mujer llamó a La Horqueta y le dijo a Carlos: Nicolás está sanito, no tiene golpes ni está lastimado. Quédense tranquilos: nosotros somos gente de bien.

Cristián "Hígado" Muñoz, muerto en un enfrentamiento con la policía

Cristián “Hígado” Muñoz, muerto en un enfrentamiento con la policía

Nico se fumó un cigarrillo y luego se dejó llevar en patrullero a la casa de Julián Navarro. Susana lo abrazó interminablemente; había clima de algarabía en todos lados. Los canales y las radios transmitían en directo desde afuera la noticia sensacional, y los diarios preparaban febrilmente la segunda edición. Los Garnil salieron al jardín trasero y estuvieron juntos y abrazados hablando un largo rato. Una psicóloga de la policía le había dicho a Susana una verdad que resonaba en su cabeza: Ojo, traten ahora de no secuestrarlo ustedes. Era un consejo certero. Sobreprotegerlo y mantenerlo confinado a una vida de vigilancias y cuidados era un riesgo enorme. Nico se quedó esa noche despierto, comentando a solas con su hermana lo que le había tocado, y anduvo serio unos cuantos días, pero los Garnil le permitieron que fuera al viaje de egresados a Bariloche, y cuando regresó de esa fiesta Susana notó que su hijo era la misma persona de siempre. Son gente peculiar: aseguran que el asunto ni siquiera les dejó secuelas. Ni paranoias ni resentimiento ni cosa parecida. Lo único que cambió fue el activismo inmediato que, por solidaridad y convicción, abrazó Susana Chaia, quien despertó las iras del gobierno nacional al enviarle una durísima carta abierta al entonces presidente Néstor Kirchner donde le reclamaba políticas concretas de seguridad.

Las usinas políticas del oficialismo salieron a estigmatizarla como una mujer de derecha y hasta hubo una operación sucia para revelar “sus contactos militares”. Esta operación se basaba en que su padre había sido mayor del Ejército. Pero resulta que lo habían despedido en 1962, durante la asonada de Azules y Colorados, y que había muerto hacía más de veinte años. Tengo algunas cosas de derecha y algunas de izquierda, me dice Susana, asombrada todavía con que el tema de la seguridad sea cruzado en este país por esas añejas categorías y prejuicios. También la vincularon con la individualista y poco compasiva alta burguesía que reclamaba mano dura contra los pobres. Pero Susana se metió en tarea social y ayudó a crear la Mesa de Integración para trabajar en las villas con planes de urbanización y programas educativos. Conoció gente muy valiosa en La Cava y se sorprendió al escuchar cómo algunos vecinos de esa villa querían castigar a la delincuencia con mucho mayor dureza que ella. Es que los pobres no tienenalarmas ni cercos ni dinero para psicólogos ni atención de la opinión pública. Los pobres están mucho más indefensos que nadie frente a la violencia armada.

Cada 15 de agosto, Susana organiza una cena en su casa. Ésa fue la fecha, hace cinco años, en la que Nico recuperó la libertad y comenzó su segunda vida. Lo celebran con alegría, como si fuera un cumpleaños. Asisten el eficaz negociador y los cuatro matrimonios que tanto los apoyaron en aquellas tres semanas penosas. No tienen marcas, traumas ni rencores. Brindan siempre por eso. Pero Susana no olvida. Cada vez que se entera de un secuestro, siente un escalofrío, llama a la madre de la víctima y trata de confortarla con su experiencia. Recuerda íntimamente aquel rayito de luz que aquel día pegó en un espejo, rebotó en un vidrio y produjo un aura. Un aura de esperanza.

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