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‘Memorias de África’: Lo romántico y lo posesivo

‘Memorias de África’: Lo romántico y lo posesivo

[Ilustración: Paco Guerrero]

Hay dos tipos de películas basadas en hechos reales. Uno son las que tratan sobre hechos en general desconocidos para el público, y por lo tanto la película es más famosa, e incluso es ella la que convierte a estos hechos en más conocidos. Ejemplos podrían ser Una mente maravillosa o Gorilas en la niebla. El otro tipo es al revés, cuando el tema o personaje del que se habla es muy conocido, por ejemplo JFK o Gandhi, y hay que andar con mucho cuidado con qué se cuenta y cómo, ya que no van a ser los herederos directos los únicos que se cabreen si el guión no gusta (Sydney Pollack expresó cierta preocupación por este tema antes de rodar el film que hoy nos ocupa en concreto). Memorias de África es un poco de ambas, dependiendo de cuánto conociera uno antes la figura real de la escritora Isak Dinesen. Supongo que la película será cada vez más famosa que la historia real, en especial en este mundo cada vez más audiovisual, aunque al menos ha servido para que más gente descubra sus libros.

Ganadora de siete Oscars: Mejor película (Sydney Pollack), guion adaptado (Kurt Luedtke), dirección (Sydney Pollack), dirección artística (Stephen B Grimes, Josie MacAvin), fotografía (David Watkin), sonido (Chris Jenkins, Gary Alexander, Larry Stevensvold, Peter Handford) y música (John Barry). Otras cuatro nominaciones: Actriz (Meryl Streep), actor secundario (Klaus Maria Brandauer), vestuario (Milena Canonero), montaje (Fredric Steinkamp, William Steinkamp, Pembroke J Herring, Sheldon Kahn).

[Aviso de destripes en todo el texto]

Karen Dinesen nació en Dinamarca en 1885, hija de militar y nieta de mercader, de familias de posición bastante acomodada. A diferencia de sus hermanos, ella fue educada en casa por su tía y su abuela materna, con las que desde muy joven trataba en sus conversaciones de asuntos como los derechos de la mujer y las relaciones con los hombres. Pasó un año en Suiza y luego viajó por Francia, Inglaterra, Italia y Suecia, donde conoció a dos primos segundos suyos, los gemelos Hans y Bror Blixen-Finecke. A ella le gustaba el primero, pero como no le hizo caso, “aceptó los favores” del otro, y los dos se prometieron cuando ella tenía 27 años. Un tío común de ambos, Aage Westenholz, que había hecho fortuna colonial en Siam, les sugirió probar con una plantación de café en África, con ayuda de una inversión familiar. En enero de 1913 Bror viajó a Kenia, en diciembre lo siguió ella, y en enero de 1914 ambos se casaron en Mombasa, poco antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial. Bror, más interesado en los safaris y la buena vida que otra cosa, estaba fuera mucho, le fue infiel y le pegó la sífilis (enfermedad que ya había tenido el hermano de ella, y de cuyas complicaciones acabó suicidándose). Esto obligó a Karen a volver a Dinamarca unos meses para tratarse en junio de 1915, a pesar de lo cual sufrió secuelas durante toda su vida. En 1916 compraron su famosa granja de 24 kilómetros cuadrados en pleno ecuador “a los pies de las colinas de Ngong”, donde vivían 800 nativos, en su mayoría kikuyu, dedicados sobre todo a la ganadería, a 1800 metros de altitud. Las diferencias y discusiones entre los cónyuges fueron aumentando. En 1918 ella conoció al viajero y cazador británico Denys Finch Hatton, en 1920 Bror pidió el divorcio contra los deseos de ella, en 1921 se separaron, él fue despedido como encargado de la granja, Karen pasó a encargarse de ella oficialmente, y en 1925 se divorciaron con papeles. A partir de 1926 Denys usó la granja de Karen como base para los safaris de sus clientes, entre ellos el mismísimo príncipe de Gales, hasta que en mayo de 1931 él se mató con su avioneta. Más o menos al mismo tiempo la empresa de Karen quebró, y a pesar de que el comprador de su granja le ofreció una parcela residencial en ella para que se quedara, en agosto Karen, a los 46 años de edad, tras 17 en Kenia, se volvió a Dinamarca a vivir con su madre, para nunca más volver a África.

Fue entonces cuando retomó una afición por la escritura que había comenzado de niña, inventando historias de miedo para sus hermanas, basadas en cuentos folklóricos daneses. Luego había estado demasiado ocupada viviendo como para poder escribir con continuidad, hasta que puedo volver a hacerlo al borde de los 50. Los títulos de sus dos primeros libros tras volverse fueron Siete cuentos góticos y Memorias de África, lo cual revela dos influencias completamente diferentes, las principales de su vida. El que nos ocupa, publicado en 1937, se ha calificado de “meditación lírica”, elegiaca y melancólica, llena de nostalgia, sobre sus años en Kenia. No sigue una línea cronológica, y está dividido en cinco partes, dos sobre los africanos que conoció debido a la granja, una tercera sobre los visitantes que pasaban por allí, una cuarta sobre sus reflexiones como colono blanco, y una quinta, Adiós a la granja, que habla sobre el fracaso de la empresa y las muertes de hasta cinco personas muy queridas para ella. También se nota en el libro la pena por la evolución del lugar desde un paraíso terrenal muy poco poblado, de grandes extensiones vacías, y cruel pero naturalmente justo, a convertirse en una colonia de agricultura agresivamente desarrollada, con la moda de los safaris completamente fuera de control (Denys los había denunciado muchas veces, en especial el uso de automóviles para facilitarlos en un artículo en el Times, y fue pionero de la idea del safari puramente fotográfico en lugar de cinegético). Karen murió en 1962, justo un año antes de la independencia keniana, a los 77 años de edad, extremadamente delgada, víctima de las complicaciones digestivas que le habían producido diversos tratamientos con arsénico y mercurio desde su sífilis.

Los libros de Karen sobre África llevaban años siendo objetivo para Hollywood (llegó a haber cinco guiones diferentes circulando en el mismo estudio), pero nadie consiguió hincarles el diente hasta los 80, cuando Sydney Pollack se atrevió, con la ayuda inestimable de Judith Thurman, la biógrafa de Karen, que estuvo en el rodaje todo el tiempo, a modo de “enciclopedia andante”. Pollack llega incluso a decir que Karen “no escribió toda la verdad en su propio libro, y para ello tuvimos que confiar en Judith”. Fue ella además quien tuvo la idea de la famosa escena del lavado de cabello cuando Pollack le consultó buscando ideas. De hecho, en los créditos de la película se dice “guion basado en Memorias de África y otras obras de Isak Dinesen, en Isak Dinesen: The Life of a Story Teller, de Judith Thurman, y en Silence Will Speak, de Errol Trzebinski”. Además, solo uno de los siete monólogos en la película, hechos por Karen hablándonos de mayor como si estuviera escribiendo la historia en su vejez, proviene del libro tal cual. El guion tardó mucho tiempo en estar terminado, desde diciembre de 1982 hasta que se comenzó a rodar en enero de 1985, e incluso se siguió modificando durante los siete meses de rodaje. La pareja protagonista está espléndida, aunque hubo quien torció el morro por la elección del novio de América, Robert Redford, para hacer del intrínsecamente británico Finch Hatton. Redford se mostró dispuesto a intentar cambiar su acento, pero se consideró que esto resultaría una distracción constante para un público que ya lo conocía demasiado. Por su parte, Meryl Streep, que siempre ha sido muy conocida por su gusto por los acentos, hace su papel hablando un inglés con un deje extranjero bastante convincente (obviamente, todo esto se pierde en las versiones dobladas).

Si se le pregunta a alguien a quien le guste este film las razones para ello, muy probablemente diga que es una película “de sabor clásico”, o que es “muy romántica”. No estoy muy de acuerdo con ninguna de las dos cosas, la verdad, aunque entiendo por qué se dicen. Para empezar, lo del “sabor clásico” supongo que viene por recordar títulos como Mogambo o La Reina de África, pero salvo el continente que comparten no veo que tengan tanto en común. Quizá sea la emoción de ver a dos grandes figuras como Redford y Streep al frente de una historia sin persecuciones ni explosiones ni asesinatos, hablando de temas humanos como el amor, la pérdida, la búsqueda, la soledad, el fracaso, el individualismo, la aventura, etc. En este caso lo que se echa de menos es este tipo de cine, sea cual sea la época, más que porque fuera dominante “antaño”, cosa que nunca fue. Es curioso cómo la gente puede llegar a añorar algo que en realidad nunca ocurrió.

En cuanto a lo de que es muy romántica, depende de cómo se defina esta palabra. En el sentido amoroso, sensitivo (que no sensiblero) del término, Memorias de África contiene dos o tres de los momentos más románticos de la historia del cine. Uno es Robert Redford lavándole el pelo a Meryl Streep. A la orilla de un río. En medio de hipopótamos y leones. De safari. En África. En 1920. Mientras él le recita la Canción del viejo marinero de Samuel Coleridge. ¿Quién puede resistirse a algo así? La otra es cuando él aparece a la puerta de la casa de ella en una avioneta que aprendió a pilotar el día antes, la sube a bordo y se la lleva a dar un paseo por cráteres, sabanas y cataratas. Y esa experiencia no resulta como montar a caballito, no. Es como “ver el mundo desde los ojos de Dios”. Aparte, esta escena contiene uno de los usos de la música más efectivos que se pueden encontrar en el cine. Yo casi nunca presto mucha atención a la música de las películas, pero entre los 10-15 momentos que puedo recordar en que resulta sublime es en este paseo aéreo. Tras haber introducido el famoso tema principal ya anteriormente, el vuelo empieza con una música parecida, pero que no llega a arrancarse con ese tema en concreto, mostrando el avión como algo diminuto en el vasto cielo africano, sobre todo cuando sobrevuela el cráter de Ngorongoro. Pero luego, al llegar al lago con los flamencos, el plano se acorta hasta casi poder ver lo mismo que ven los pasajeros del avión, la melodía principal entra con fuerza y, como uno ya se la sabe, incluso la tararea dentro de su cabeza, compartiendo el goce de la experiencia. Otro momento romántico más puede ser cuando Karen les inventa a Denys y a un amigo una historia tras una cena en su casa, partiendo del comienzo que le da él: “Había un chino errante llamado Cheng Huan, que vivía en Limehouse, y una chica llamada Shirley…”. Una vela entera más tarde, la historia termina bebiendo coñac en copas de verdad, sobre las alfombras de delante de la chimenea de una mansión africana. Son tres escenas “románticas” de las buenas, fetén, de las de verdad, de las que hasta a los cínicos se lo parecen.

Sin embargo, la historia completa es muy poco romántica, en este sentido de “qué bonito”. Sí puede serlo en el sentido original, decimonónico, del término, ligado a la desgracia, al sufrimiento y a los sinsabores, sin momentos de cuento de hadas. Y no es sólo por la manera en que acaba la historia, con un amor que nunca pudo ser, sino que comienza a volverse de ese modo mucho antes. Denys Finch Hatton y la baronesa Karen Blixen sintieron una gran fascinación el uno por el otro, debido a que compartían destino como blancos en África (él, hijo de un conde, educado en Eton y Oxford), educación con gusto por los libros y la cultura (“nunca hablábamos de nada ordinario”, dice ella), y arrestos para vivir una vida difícil, dentro de sus privilegios. Él era cazador, soldado y guía, y ella estaba intentando sacar adelante una imposible plantación de café (su granja está demasiado alta para que fructifique) y organizar la vida de los kikuyu que allí viven, tanto trayéndoles cosas europeas que probablemente no necesiten como defendiéndolos ante los que quieren colonizarlos sin miramientos.

Sin embargo, esto sólo funciona a ratos. Denys va y viene porque no quiere atarse a ninguna mujer. Frecuenta a Karen porque le fascina, pero no desea que lo domestiquen, mientras que en ella este deseo crece cada vez más. Y este es el verdadero punto central de la historia. El propio director, Sydney Pollack, lo dice: “El tema de la película es el de la libertad contra la posesión”. Karen tiene SU casa, SU plantación, SUS copas de cristal y porcelana, SUS kikuyu, y también quiere tener a SU hombre, y las cosas empiezan a torcerse entre ambos cuando este conflicto empieza a hacerse evidente. “Cuando alguien dice que te ama, ¿a qué está renunciando a cambio de tenerte?”, continúa Pollack. Tanto Karen como Denys han llegado a África buscando libertad, pero mientras que Denys lleva eso a sus últimas consecuencias, renunciando a un posible amor a cambio de disponer del cien por cien de su tiempo, Karen parece haber huido de sus ataduras danesas para buscarse otras africanas, aunque sea por voluntad propia. Denys no quiere ser rey ni vasallo de nadie, pero Karen sí que parece querer su propio reino, creado por ella; su propio dominio, por benigno que sea. Meryl Streep, que es una cachonda mental, lo resume diciendo, menos dramáticamente: “De lo que trata esta historia en realidad es de que él es más guapo que ella”. Y al fin, cuando Denys dice: “Me lo has arruinado” “¿El qué?” “El gusto por estar solo”, ya es demasiado tarde. Y si no lo fuera por decisión de los dos, ya viene el destino a encargarse de que no se pueda: Denys se matará al poco tiempo en un accidente con esa avioneta de pionero. Sin embargo, lo que no se cuenta en la película es que es muy probable que ese último viaje de Denys a Mombasa fuera para ver a Beryl Markham, otra de sus amantes de la alta sociedad blanca en Kenia. Tampoco se menciona en el film que según muchos indicios, Karen tuvo un aborto de un embarazo con Denys. Así que bueno, “romántico” según como se mire. Pero no cabe duda de que es una película inspirada, hecha para durar, y que algún día será citada como un “clásico de esos que antes se hacían tanto” (aunque no sea verdad) y ahora no.

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