—Algún día iré a Zenda —dije.
—Está usted loco.
Anthony Hope
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Miguel Barrero: “Gijón podrá enterrar a Rambal el día que se descubra al culpable, cosa que dudo que suceda”

Miguel Barrero: “Gijón podrá enterrar a Rambal el día que se descubra al culpable, cosa que dudo que suceda”

Los asesinatos que nos apasionan son aquellos que siguen sin ser resueltos. Ahí está su encanto: la conjetura siempre seguirá viva, maleable, dispuesta para que la utilicemos y retorzamos a nuestro antojo. Por este motivo, el crimen de Rambal sigue hoy presente en la conciencia de la ciudad de Gijón. Por esa razón los playos seguirán recordando al mito: porque nadie sabe o quiere saber quién le mató.

Miguel Barrero retoma este triste suceso de la reciente historia asturiana para brindarnos un estupendo ensayo. En él Barrero nos habla del homicidio, de sus posibles culpables, de las múltiples teorías, pero, sobre todo, el autor de Los últimos días de Michi Panero nos muestra a un personaje soberbio, Rambal. Un paisano que ejemplificaba como nadie el sentimiento popular de una España en cambio: vecino modélico de día y personaje del lumpen gijonés por la noche. Nunca ocultó su condición, pero la mostraba de forma diferente en función de si era guiado por el sol o por la luna.

En La tinta del calamar subyace también uno de los temas —supuestamente superado, pero que  sigue dividiendo y acumulando prejuicios por doquier— más espinosos aún hoy en nuestra sociedad, la homosexualidad. La aceptamos, pero preferimos tenerla lejos. Hablamos de ella, pero seguimos utilizando viejos clichés, eufemismos y horribles chanzas para referirnos a ella. La toleramos hasta que la tenemos a un palmo de nuestras narices.

Barrero rubrica con su fina pluma un texto necesario. Que debería ser un punto final en la historia de Rambal. Pero con “Rambalín” ya se sabe: detrás de él irán siempre los puntos suspensivos, las exclamaciones y las interrogantes.

El mito de Rambal

El mito de Rambal

Ya van 40 años de un crimen sin resolver. ¿Es esa irresolución una forma de penitencia para la ciudad? ¿Una especie de castigo para no olvidar sus pecados? 

En realidad, casi son ya 41. Me está ocurriendo algo curioso con este libro. Cuando lo publiqué, pensé que su alcance sería muy local, que poco iba a interesar no ya fuera de Asturias, sino simplemente fuera de Gijón. Sin embargo, desde que llegó a las librerías le han salido lectores en los lugares más insospechados, algunos casi exóticos, y todos se han sentido interpelados porque de una u otra manera han identificado el crimen de Rambal con otros sucesos similares ocurridos en sus ciudades respectivas. Supongo que en todas partes hay una parte importante del imaginario colectivo que se construye a partir de historias, con minúscula, que sin pasar a los anales terminan fundamentando una manera de definirse. Precisamente el libro surge como un intento de responder a esa pregunta: por qué razón el asesinato de Rambal —a fin de cuentas un crimen sin resolver, como tantos otros que se han dado y se darán a lo largo y ancho de la geografía española— se terminó convirtiendo en una especie de herida abierta en el subconsciente de Gijón. Una penitencia que, como bien dices, la ciudad ha terminado incorporando a su ADN.

Imagino que no es casualidad que el libro comience con una cita de Chesterton. La sombra de la conspiración está presente durante todo el relato. ¿Hubo una trama oscura orquestada para acabar con la vida de Rambal? 

Este libro tiene detrás una vida compleja: el proceso de escritura se dilató durante ocho años, y en todo ese tiempo hubo al menos un par de momentos en los que creí que nunca conseguiría terminarlo. La enésima reescritura, que terminó siendo la definitiva, coincidió con una relectura de las novelas del padre Brown, y en una de ellas me encontré esa cita que venía como anillo al dedo. ¿Hubo una conspiración? Eso aseguran las teorías que comenzaron a abrirse paso después de que la Policía no pudiera o no supiera encontrar al asesino. En realidad, hay tantas razones para creer que la hubo como para opinar lo contrario. El crimen se produjo en abril de 1976, cuando la Transición daba sus primerísimos pasos y el franquismo aún seguía bien presente en las instituciones pero había una mar de fondo que inevitablemente llevaba a presagiar la inminencia de otros tiempos. Era una época tremendamente complicada, y de alguna manera el crimen de Rambal vino a simbolizar esa suerte de ruptura entre dos momentos históricos.

El asesinato de Rambal me recuerda al de Pasolini: homosexualidad, una dudosa actuación policial, teorías conspirativas… ¿La homosexualidad de Rambal condicionó la investigacón? ¿Qué secretos conocía él que no podían salir a la luz? 

De hecho, esa comparación entre Rambal y Pasolini la puso de manifiesto en su día un columnista local, Ladislao de Arriba, y lo hizo con gran clarividencia, puesto que los hechos aún no permitían adivinar todo lo que el caso iba a terminar dando de sí. Rambal sabía cosas, eso es innegable: frecuentaba ambientes muy restringidos en los que se movían personas que no siempre estaban dispuestas a que se supiera que los frecuentaban, y él mismo reconocía que sólo guardando silencio podría garantizar su integridad física. La homosexualidad estuvo muy presente en su asesinato desde el primer momento. Primero, porque los agentes que llegaron al escenario de los hechos interpretaron, dado todo lo que allí encontraron, que aquello no podía ser otra cosa que un crimen pasional. Después, porque en el imaginario popular se instaló la convicción de que, si el asesino no aparecía, era porque había alguien muy arriba interesado en que no se conocieran las orientaciones sexuales de determinados prebostes de la época.

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Dentro de esa investigación policial hay muchos vacíos. También pistas falsas. Y vías que acaban en punto muerto como ocurre con el misterioso Pepsicola que a mí me ha resultado el personaje más interesante e inquietante de toda esta historia. ¿Existió realmente? 

Existió, y probablemente exista todavía, aunque no sé si antes de la publicación del libro fue consciente de que le llamaban así. El Pepsicola fue la última persona que vio a Rambal con vida, un joven anónimo al que nadie supo identificar y en el que la Policía siempre ha visto al responsable del asesinato. Pude hablar con algunos de los agentes que investigaron la muerte de Rambal, y todos me aseguraron que hicieron lo posible pero que, al final, el rastro del culpable se perdió en el vacío. ¿Les creo? Francamente, sí. No tenían por qué mentirme, no tuve la impresión de que lo hiciesen y además se trata de gente que tuvo una trayectoria profesional amplia y en muchos casos meritoria ya en democracia, así que habrían tenido oportunidades para hablar si realmente hubiesen sabido algo que no pudieron desvelar en su momento. ¿Significa eso que desecho la idea de una conspiración hipotética? No, porque tampoco se puede despreciar del todo. Lo que sí creo es que, si existió esa conspiración, fue una conspiración urdida arriba y no contó con la implicación de los agentes de a pie, que se limitaron a cumplir unas órdenes que leídas hoy pueden parecer contradictorias, pero que en aquellos momentos también revestían una cierta coherencia.

¿Por qué un ensayo y no una novela? La historia de Rambal tiene todos los ingredientes para una gran obra de ficción. 

Cuando conocí el caso de Rambal, cuando traté a gente que lo había vivido de primera mano y empecé a buscar por archivos y hemerotecas, tuve en mente escribir una novela. De hecho, con esa intención empecé lo que fue el primer borrador, que sólo alcanzó unos pocos párrafos. Hubo un motivo fundamental para optar por el ensayo: me costaba creerme lo que escribía si lo camuflaba bajo los ropajes de la ficción. Con el tiempo descubrí que esa dificultad para abordar en este caso concreto la realidad desde la ficción tenía que ver con el propósito que inspiraba el libro. Al principio yo pensaba que simplemente quería contar la historia de Rambal. Me costó años descubrir que en realidad lo que pretendía era indagar en las razones de que la historia siga viva en el subconsciente colectivo. Es decir, escribir acerca del motivo por el cual yo quería escribir sobre Rambal.

Rambal es Cimadevilla. ¿Cómo ha evolucionado el barrio desde entonces? ¿Sería posible hoy en día una historia como la suya? ¿Sigue existiendo ese concepto de comunidad que tanto favorecía Rambal? 

Una de las razones que, a mi juicio, explican la pervivencia del crimen de Rambal en el imaginario de la ciudad tiene que ver precisamente con la idiosincrasia de Cimadevilla. Para quien no conozca Gijón, hay que decir que se trata del barrio más antiguo de la ciudad, aquél en el que ésta tuvo su origen ya en época romana. Se asienta sobre un tómbolo que se levanta como un mascarón de proa orientado hacia el Cantábrico. Si se observa un mapa de Gijón, se verá que Cimadevilla, más que un barrio, parece una isla unida a la ciudad por puro azar. Durante varios siglos, el barrio se mantuvo fiel a unas determinadas señas de identidad: era un lugar habitado por pescadores, por cigarreras, por gente menesterosa que, a partir del siglo XVIII, comenzó a sentirse un tanto aislada del devenir de la ciudad, que empezó a expandirse hacia el sur siguiendo el criterio de uno de sus hijos más ilustres, Gaspar Melchor de Jovellanos. Esa condición de lugar aislado, de barrio que gozaba de un estatus particular en la ciudad y que en muchos casos llevaba una vida totalmente independiente, aún pervivía en los tiempos de Rambal, cuando Cimadevilla era una especie de pequeño barrio chino. Todo eso empezó a cambiar con la muerte de Franco y la llegada de la democracia. La ciudad se miró en su propio espejo, se reinventó, se modernizó en muchos aspectos, y uno de los primeros síntomas de esa modernización tuvo que ver con el redescubrimiento de Cimadevilla, que pasó de ser un barrio viejo y deprimido a convertirse, al menos parcialmente, en una zona residencial para clases medias. Eso hizo que la forma de ser del barrio cambiara drásticamente, y también que muchos, inconscientemente, vieran en el crimen de Rambal un punto de inflexión, una marca simbólica a la hora de separar una y otra época.

No hay duda, Rambal era un personaje muy querido en el barrio. Cimadevilla pidió durante muchos años justicia, pero ¿habría podido aceptar la autoría de los asesinos? 

Es una pregunta compleja. Buena parte del barrio asumió que el asesino tenía que ser alguien ajeno al barrio porque nadie en Cimadevilla habría podido cometer una tropelía semejante. Al cumplirse cuarenta años del crimen, en abril de 2016, un periódico publicó una entrevista con uno de los agentes que investigaron el caso en el que éste aseguraba que se había llegado a identificar a los responsables, pero sin pruebas para inculparles. Según esa noticia, que fue muy discutida por los compañeros del agente entrevistado, los criminales habrían sido dos hermanos de Cimadevilla, y eso generó una ola de estupor en el barrio. Nadie se creía que hubiesen podido ser ellos porque durante mucho tiempo se rechazó implícitamente la posibilidad de que el asesino pudiera ser alguien de dentro. De hecho, la razón fundamental por la que nunca se detuvo al Pepsicola fue ésa: nadie logró identificarlo, y en Cimadevilla, que era un coto muy cerrado, por fuerza habrían tenido que reconocerle si se hubiese tratado de alguien habitual en la zona. Hay una frase de una vecina de Cimadevilla que define bien la relación que existía en el barrio con Rambal. Decía: «A Rambal el único que no le quería fue el que lo mató».

¿Enterrará algún día Gijón a Rambal? 

Podrán empezar a enterrarle si algún día se descubre al culpable, cosa que dudo que suceda. Ahora bien, tampoco creo que deba sepultarse su memoria. Rambal fue un pionero, en un doble sentido. De un lado, era una persona que se desvivía por echar una mano a sus vecinos, en especial a quienes más necesitados andaban, y eso ha hecho que muchos en el barrio le vean como un precursor de los asistentes sociales. Del otro, su faceta noctámbula, en la que se travestía y actuaba por varios locales de reputación dudosa o en plena calle, y gracias a la cual asumía una condición de la que él no se avergonzaba y que en muchas ocasiones destacaba («Soy el maricón del barrio», decía a veces al presentarse en público), le convirtió, seguramente sin que él se diera cuenta, en un abanderado de la reivindicación de los derechos de los homosexuales, un colectivo fuertemente castigado por el franquismo y cuya rehabilitación no estuvo entre los objetivos inmediatos de la democracia. Sólo por eso, que es bastante, merece Rambal que se honre su memoria, más allá de las circunstancias en las que le obligaron a despedirse de este mundo. Y desde luego, es imperdonable que más de cuarenta años después de su muerte no haya en toda Cimadevilla una sola placa que le recuerde.

Autor: Miguel Barrero. Título: La tinta del calamar. Editorial: Trea. Edición: Amazon

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