—Algún día iré a Zenda —dije.
—Está usted loco.
Anthony Hope
Vincent Cassel en El Odio (1995)

El odio, al igual que el resto de subespecies que habitan en los seres humanos, se desarrolla siguiendo el mismo ciclo vital: nace, crece, se reproduce y nunca muere. El germen del odio nace con la participación necesaria de otro congénere previamente infectado, crece alimentándose del miedo –nutriente principal de la ignorancia–, y se reproduce en actos violentos como el de esta semana en Bruselas: al menos treinta y un muertos y casi trescientos heridos de distinta consideración. O los de París, acuérdese de la masacre de Bataclan y la del Charlie Hebdo. Terribles. No lo parecen tanto, sin embargo, otros actos terroristas ocurridos fuera de la Unión Europea, a pesar de que han ocasionado tantos muertos o más; pero claro, Burkina Faso, Costa de Marfil, Libia, Nigeria, Túnez, Kenia, Turquía, Afganistán, Kubait, Mali, Somalia, o Yemen son lugares que quedan muy fuera del rango de alcance de nuestro dolor. Y ya, si esos atentados se producen en Afganistán, Irak o Siria, ni nos inmutamos, porque ante esos, nuestros occidentales corazones son totalmente inmunes.

Un claro ejemplo de nuestro dolor selectivo es la matanza perpetrada por Boko Haram en Dalori, Nigeria, donde el grupo yihadista masacró 86 personas incluyendo decenas de niños a los que quemó vivos. Ocurrió el pasado 1 de febrero y la noticia ni siquiera fue eso: noticia. Solo en el año 2015, Boko Haram ha asesinado a más de 3.000 compatriotas en el norte del país, que se suman a las casi 20.000 víctimas desde que empezara hace seis años su sangrienta depuración religiosa.

"Un claro ejemplo de nuestro dolor selectivo es la matanza perpetrada por Boko Haram en Dalori, Nigeria, donde el grupo yihadista masacró 86 personas incluyendo decenas de niños a los que quemó vivos."

«Que se maten entre ellos», «Así están cerca de Alá», «Moro bueno, moro muerto» son algunas de las frases que se podían leer en las redes sociales bajo la etiqueta #StopIslam, Trending Topic durante muchas horas después de que tres terroristas suicidas decidieran sembrar el pánico en el corazón de Europa. Facebook también se unió a la fiesta del odio cibernético con miles de comentarios en los que quedó patente la ignorancia supina que produce el exitoso lavado de cerebro al que nos están sometiendo dentro y fuera de las redes sociales. Estas reacciones tienen mucho que ver con la tendencia xenófoba que vuelve a apoderarse de la vieja Europa.

Odio in vitro.

Odio que crece alimentándose del miedo que genera la ignorancia y, visto lo visto, hay muchos ignorantes dispuestos a cocinarlo. Porque hay que ser muy necio para pensar que los que profesan el islam defienden la yihad y apoyan el terrorismo; hay que ser muy poco leído para no saber que quienes más sufren el terrorismo son los propios musulmanes. Y hay que ser malnacido para dar la espalda a esas miles de familias que huyen de un conflicto armado que les ha dejado sin nada. Pero en esto se está convirtiendo Europa: en un ente marchito y sin alma, en una caduca agrupación de bonitas banderas hilvanadas con hilo francés y aguja alemana. En una débil moneda única; únicamente. Tan débil como nuestra memoria, que no es capaz de recordar que antes de ayer, fuimos nosotros, los privilegiados europeos, quienes vagábamos por el mundo en busca de un futuro mejor. Los refugiados sirios lo único que pretenden es tener un futuro. Futuro que la insolidaria Europa les niega. A los españoles, italianos, portugueses, británicos, polacos, griegos y alemanes se nos deberían revolver las tripas ante las miserables determinaciones de nuestros gobiernos. Bruselas se ha olvidado de que, desde el siglo XVIII hasta mediados del siglo XX, más de cuarenta y cinco millones de europeos emigraron de sus casas para establecerse al lado del Atlántico y en Australia, fundamentalmente. Ocho millones, ocho, eran alemanes. El último dato que se maneja de peticiones de asilo por parte de los refugiados sirios no llega a las cuatrocientas mil, menos de un uno por mil de la población de la Unión Europea.

Las cifras son odiosas, pero más odioso resulta aún la puesta en marcha de la resolución bajo la que se están deportando a estas familias de nuestro suelo sagrado.

"Donald Trump –ese hombre del medievo deshecho a sí mismo– se postula a la Casa Blanca esgrimiendo ideas que harían salivar a los grandes señores feudales."

Pero no es fruto de la casualidad. Casi nada lo es. El crecimiento de partidos europeos con trazas xenófobas es francamente desolador. En Francia, El Frente Nacional de Le Pen gana miles de votantes cada vez que se atenta dentro de sus fronteras; en Polonia, el partido Ley y Justicia ya gobierna el país con sus propuestas ultraconservadoras y excluyentes; en Holanda la extrema derecha está subiendo más rápido que la espuma de sus cervezas; en Grecia, los filonazis de Amanecer Dorado ya ha dado muestras de su peligrosidad; en Hungría hablan de recuperar las raíces cristianas europeas y de evitar el mestizaje entre razas, y en Alemania, los grupos de extrema derecha presionan a Angela Merkel para cerrar las fronteras del país a los refugiados y proponen restringir los permisos de trabajo a los no alemanes, como ya hace Suiza. Al mismo tiempo, en los Estados Unidos, Donald Trump –ese hombre del medievo deshecho a sí mismo–, se postula como el principal candidato republicano a la Casa Blanca esgrimiendo ideas que harían salivar a los grandes señores feudales. Planteamientos que incluyen levantar un muro en su frontera con México, activar un plan de deportaciones masivas de musulmanes, o la tortura como forma de obtención de información en la lucha contra los antiamericanos. Argumentos inquisitoriales que han conseguido calar en buena parte de la población norteamericana.

El país de las libertades.

Por supuesto que hay que combatir el terrorismo, y además, de forma mucho más contundente de como lo venimos haciendo, pero es un hecho probado que nuestras bombas cargadas de odio nos están estallando en la cara.

Y nos van a seguir estallando en la cara.

En la cantina no somos de los que ponen la otra mejilla, pero sí queremos proponer un brindis a quienes rehusen alimentar el odio y prefieran dar de comer al amor, que también es perjudicial, claro que sí, pero deja menos muertos en las calles.

¡Salud!

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Texto publicado el 28 de marzo de 2016 en El Norte de Castilla.

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