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Primeras páginas de Clítoris, de Germán Sánchez Espeso

clitoris, libro de Germán Sánchez Espeso

Primeras páginas de Clítoris. Juegos para dar placer a la mujer amada, de Germán Sánchez Espeso, premio Nadal en 1979. Un libro provocador, además de un ensayo que es tanto una declaración a la(s) mujer(es) amada(s) como un repertorio sui generis de técnicas sexuales.

 

Prefacio

Cuando mi amiga Alicia me preguntó de qué trataba el libro que estaba escribiendo, le respondí que de prácticas sexuales. Siguiendo adelante en la conversación, tuve que aclararle que se trataba de unas prácticas que intentaban plantear una de esas turbias cuestiones al modo como lo hacen los espiritistas y los ufólogos cuando se preguntan si hay vida después de la vida, o si hay vida más allá de nuestro sistema planetario. Mi pregunta, respecto al sexo, sería si hay sexo más allá del sexo, es decir, más allá del sexo tal como lo entendemos en nuestra temblorosa y apocada sociedad.

No suelo dejar leer los manuscritos de mis libros. Pero ante la insistencia de Alicia, sucumbí a la debilidad de entregárselo, en la creencia de que ella habría pisado alguna vez el otro lado del espejo y que, por lo tanto, sería capaz de entender mis propuestas. Cuál no sería mi asombro cuando, al concluir su lectura, me confesó que no había leído nada parecido en su vida, esto dicho en sentido peyorativo. Y añadió que no le cabía en la cabeza cómo era posible que alguien hubiera escrito algo tan irresponsable que incitara a los lectores a la práctica de tan extravagantes ritos.

Sí, Alicia había pisado el otro lado del espejo después de hacerlo añicos. Y ahora no me queda más remedio que llenar esta especie de pliego de descargos, o de declaración de principios, para salvar mi honor o simplemente para desahogarme. ¿Hay algo más íntimo y generoso que dar a probar la propia sangre y recibirla en el acto supremo del amor? Dijo Alicia que no había leído nada semejante en su vida. ¿Se le ha pasado por alto que se han levantado religiones sobre ritos en los que los dioses reclaman la sangre de sus devotos o son los mismos dioses los que les dan a beber la suya propia?

Los donantes de sangre suministran en cada extracción alrededor de medio litro por amor al prójimo. ¿Por qué me ha de criticar Alicia por proponer dar alrededor de medio mililitro a nuestra amada con ese mismo propósito? ¿Soy un irresponsable por eso? ¿Por qué no piensa ella que el irresponsable es su amante? ¿Acaso cree él que su amada no es capaz de recibir más de lo que él le proporciona? ¿Por qué no es ella la que se siente irresponsable? ¿No se cree capaz de recibir más de lo que él le da?

Además, ¿acaso está obligado alguien a practicar lo que aquí se propone? Astra inclinant, non necessitant. Si las estrellas inclinan pero no obligan, cuánto menos un sencillo epítome sin otra pretensión que ampliar el horizonte de los que se sientan atraídos por unas nuevas expectativas que, en último término, estarán siempre supeditadas al apetito sexual de cada uno. Aquellos a los que su apetito no les lleve tan lejos, pueden leerlo simplemente como un relato de aventuras o una novela de amor.

Primera parte

Preparativos

1

La mesa y la cama

Frenesí copulador

Hasta un colegial sabe que los dos principales mecanismos que han empujado hacia delante la evolución de las especies hasta alcanzar el estado en el que las conocemos, es decir, en el que podemos conocernos a nosotros mismos, son el acto de comer (instinto de la propia conservación) y el de copular (instinto de la conservación de la especie). Y hasta un colegial puede constatar que ambos han mantenido con el tiempo un ritmo de progreso radicalmente distinto.

De una parte, la imaginativa elaboración de los alimentos ha alcanzado cotas tan sublimes como las de convertir una castaña en marron glacé, un puñado de uvas en champán, o el hígado de una oca, a la que hemos provocado una esteatosis severa, en micuit. No llegaré tan lejos a la hora de reivindicar una mayor elaboración del acto del amor en este libro, pero no seré remiso al proponer el uso, en favor de la amada, de algunas especiales atenciones.

Ciñéndome a lo que se llama “relación de pareja”, y dejando a un lado el asunto de la prostitución caprichosa, me atreveré a afirmar que, en la práctica del sexo, apenas hemos abandonado, por así decir, la carne cruda. Expresado de una forma antropológica, apenas hemos abandonado las cavernas. Y, en algunos casos, en la pareja de larga duración, hemos retrocedido incluso hasta el lugar que ocupan en la escala evolutiva los platelmintos. Hay quien puntualizará que los platelmintos no practican el sexo. A eso precisamente me estoy refiriendo.

Lo cual resulta mucho más insólito si advertimos que estamos hablando de una especie en la que el instinto sexual es tan acuciante que la ha convertido en la única del reino animal que no reduce sus apetencias a un periodo determinado de celo, sino que es apremiada por el ardor durante toda su vida sin interrupción. De modo que el ser humano ha sacado permanentemente fuera de la cavidad bucal las mucosas, mostrándolas en forma de dos repliegues carnosos que son los labios y que sirven de poderoso reclamo sexual.

No somos inocentes respecto al modo de afrontar la sexualidad. Al menos, la existencia nos tratará como si no lo fuéramos. Muchas veces, ese modo es un reflejo del modo de afrontar la vida y, en consecuencia, de recibir de ella una u otra retribución. Por eso, no me limitaré a mostrar la pura mecánica de una serie de actividades más o menos novedosas, sino que dedicaré algunas reflexiones a la forma de entender ciertas facetas de la vida que, por fuerza, han de condicionar la manera de entender la sexualidad de un modo libre e imaginativo.

Considero un error despreciar esta extraordinaria fuente de placer que no se agota en el universo físico, sino que incluye también una admirable dosis de placer psíquico, que otros llaman “espiritual” o “místico”. En correspondencia, tampoco los místicos excluyen, en sus consolaciones de altos vuelos, el placer sexual, aunque lo exresen a su modo con su peculiar nomenclatura, pues los placeres, físicos y psíquicos, no ocupan departamentos estancos.

No debemos restar importancia a la impresionante pulsión genital que nos ofrece la perentoria e inquebrantable sexualidad, en especial la masculina. Para darle una cabal trascendencia no es necesario que nos hagamos feligreses de la religión del psicoanálisis, en la que se enseña que la represión sexual es causa de complejos y neurosis; nos bastaría con admitir que la prostitución no sólo es el oficio, y por lo tanto el negocio, más viejo del mundo, sino el único valor que, si hubiera cotizado en bolsa, jamás habría sufrido un desplome.

De hecho, esta incansable y poderosa máquina de gozar, autodenominada, acaso exageradamente, Homo sapiens, está llevando su enloquecido frenesí copulador-reproductor a tal extremo que, en un brevísimo periodo de tiempo evolutivo, ha multiplicado su número de individuos en una escalofriante progresión que está acabando con el resto de las demás especies.

 

La responsabilidad del útero

Intentaré esbozar uno de los motivos, acaso el principal, que ha originado semejantes diferencias entre la elaboración del placer de la mesa y el de la cama. No resulta difícil entrever que el placer de la cama está relacionado, en primer lugar, con las consecuencias que acarrea. Podemos vislumbrarlo en las especies animales. Todos hemos tenido oportunidad de contemplar el comportamiento de algunas hembras de los mamíferos superiores; pongamos por caso, el de una joven cierva que ha presenciado atentamente cómo dos machos peleaban entre sí hasta la extenuación, e incluso la muerte, con la intención de poder poseerla en exclusiva. (Amplío este comentario en el anexo 2, titulado “Del macho dominante”).

Pero cuando el vencedor se ha acercado por fin a la hembra para cobrar su trofeo, ella ha dado media vuelta y ha huido. ¿Para eso ha prestado tanta atención a las sonoras embestidas de sus pretendientes? ¿No parecía aguardar a que el vencedor terminara su faena para entregarse a él? ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué ha salido corriendo? No se me ocurre sino insinuar que ella, en cierto modo, sabía lo que iba a acarrearle el hecho de que el macho la poseyera; mejor dicho, ella no lo sabía, pero algo dentro de ella sí lo sabía.

Me atrevo a suponer que todas las hembras llevan en su interior lo que yo llamaría la responsabilidad del útero. No olvidemos que el macho es el que monta alegremente, y la hembra la que carga con las consecuencias de esa monta. En la especie humana, esta reticencia de la hembra suele ser una constante con raras excepciones. Pero, una vez liberada de esa rémora, ella es capaz de desarrollar unas posibilidades que exceden con creces las de él, pues la fuente de su placer es continua, creciente y casi ilimitada. En cambio, el macho se vacía en cada embate y es preciso aguardar a que se reponga, con el agravante de que esta operación conlleva, con el paso de los años, cada vez más demoras y menos alcances.

 

Sometimiento y uniformidad

En las sociedades humanas, a esa responsabilidad “particular” de la hembra hay que añadir una hábil maniobra “social”. Los poderes materiales y espirituales se han aliado para mantener una eterna campaña de desprestigio del placer sexual y del acto que lo proporciona, amparándose tanto en su “sacralidad” como en su “responsabilidad social”.

El remilgo de las religiones bíblicas respecto al acto sexual no ha servido ni siquiera para invitarnos a ahondar en su “sacralidad”. Simplemente ha logrado que sus fieles lo ignoren. Por el contrario, algunos cultos orientales, como los tántricos o los hindúes, lo han elevado efectivamente a la categoría de sagrado. Acaso por eso han podido tratarlo con naturalidad en sus escritos, lo han incorporado sin paliativos a su filosofía e incluso lo han representado en los bajorrelieves de sus templos con lo que a nosotros nos puede parecer una impúdica profusión.

No cabe duda de que ambos poderes, los materiales y los espirituales, cuando se han aliado para silenciarlo o sencillamente para vetarlo por donde más gozan y por donde más les duele: por sus órganos genitales, de modo que placer, generación y prole han quedado hábilmente sometidos a sus intereses.

Esa especie de castración colectiva resulta mucho más paradójica si tenemos en cuenta el ansia infatigable de superación que alienta al ser humano en el resto de sus actividades. Lo cual nos da derecho a suponer que los poderes políticos y religiosos no han sido la única causa de esa capitulación o, si lo han sido, se han apoyado en dos factores que residen en nuestro propio interior y que conforman dos tendencias innatas e irresistibles que nos han configurado psicológicamente como especie social. Estas dos tendencias son el sometimiento y la uniformidad.

Por lo tanto, es muy entendible que nos resistamos a cultivar unas prácticas sociales (en el caso de este libro, unas prácticas sexuales) que tengan un carácter novedoso, y que tendamos a evitar, e incluso a denostar, todo aquello que nos saque fuera del refugio protector de lo establecido y nos aleje de los cauces, más bien férreos, marcados por la sociedad. Oscar Wilde se quejaba de que vivir dentro de la sociedad era un fastidio, pero vivir fuera de ella era una tragedia. Él tuvo sobrados motivos para afirmarlo. (Amplío estos conceptos en el anexo 3, titulado “Del sometimiento y la uniformidad”).

La represión se ha cebado sobre todo en el género físicamente más débil: la mujer. Entre los muchos ejemplos de la barbarie ejercida contra ella a la largo de la historia, citaré algunos de los más populares, como el cinturón de castidad cristiano, el burka musulmán, los pies vendados chinos y la infibulación africana.

Cabría afirmar que estas crueldades han sido posibles por el simple hecho de que el macho es físicamente más fuerte que la hembra, aunque mentalmente (como macho, no como ser humano) es más elemental. Además, en nuestro caso, pertenecemos a una especie de animales carniceros, hechos para la pelea y la caza y poco inclinados a la tolerancia y la piedad. De veras que me gustaría contemplar al orgulloso macho humano si la hembra de nuestra especie le superara en pujanza y crueldad. Más de uno llevaría bozal y permanecería atado a la pata de la cama.

Prueba de que lo que estoy insinuando no va muy descaminado es que, en algunas especies animales en las que el macho es más débil que la hembra, suele salir bastante malparado de sus encuentros con esta. Es conocido el comportamiento de la viuda negra y la mantis religiosa, que una vez terminado el coito, y puesto que la recién fecundada necesita un aporte extra de proteínas, lo primero que hace es comerse al novio.

 

2

Puntualizaciones previas

Confidencias

Quizás haya algunos lectores que piensen que hallarán aquí profundos conocimientos. Les diré que están equivocados. No encontrarán erudición alguna sobre los sorprendentes dispositivos que ponen en movimiento el alado carro del placer. Tampoco los anexos les proporcionarán visiones panorámicas de los temas enunciados, sino simples aclaraciones, o reflexiones, y, en la mayoría de los casos, sencillas excursiones con puntos de vista personales, puestos exclusivamente al servicio de la práctica.

Es cierto que en ocasiones me demoraré en los significados secretos de algunos de los mecanismos que vamos a activar o en el espíritu con el que debemos emprender su activación, pero sólo las necesarias para poder ahondar en la materialidad y el significado de nuestro elenco de ejercicios y con el único designio de extraer de ellos el máximo partido. Esto supondrá que acometeré consideraciones que podrán parecer caprichosas o superfluas, pero que de ninguna manera lo son. Digo “nuestro elenco” en plural, puesto que, desde este momento, pasan de mi jurisdicción a la vuestra con todas sus consecuencias. Y digo “consideraciones que podrán parecer superfluas”, ya que el hecho de que muestre aquí unas experiencias poco convencionales me obliga a intentar comunicarlas con extrema exactitud, y, por supuesto, también obliga a los lectores a ponerlas en práctica del mismo modo.

Espero que, cuando terminéis la lectura de este vademécum, si antes no lo habéis arrojado lejos de vosotros, lo hayáis encontrado tan llano como pueden serlo unas confidencias de sobremesa; y podáis convenir en que su propósito es, o quiere ser, algo parecido a un amigable intercambio de experiencias, como el que podrían mantener dos ingenieros de la NASA acerca de las bondades de ciertas mezclas propulsoras para atmósferas enrarecidas.

Lo cual no significa que, a pesar de todo lo dicho, vaya a quedar excluido ningún lector aficionado a los sólidos pensamientos, pues tanto para exponer debidamente estos ejercicios como para practicarlos apelaremos a un no pequeño grado de excelencia tanto mental como sexual. Es preciso saber desde el principio que nos incumbe un trabajo que no se atiene a ese género de manuales de técnicas sicalípticas que pueblan los anaqueles de las librerías, puesto que aquí se proponen algunas recetas exclusivas que se alejan de todas las minutas. Dicho de otra forma, el lector debe estar dispuesto a emprender un viaje en solitario, con el clítoris de nuestra amante como única aguja de bitácora.

 

El itinerario

En este trayecto descubriremos terrenos que están mucho más allá de los masajes, dejaremos atrás los artilugios al uso y los unguëntos, y en los únicos perfumes en los que nos sumergiremos serán los que exhalan los últimos rincones del cuerpo de nuestra amada, por no decir que, traspasando todas las barreras, encararemos aquello a lo que los místicos se referían cuando hablaban del suave olor del misterio de lo inalcanzable. Con eso será precisamente, con lo inalcanzable, con lo que competiremos.

Tampoco apelaré a respiraciones yóguicas ni a mantras tántricos ni a estrambóticas posturas. No es que me incline por evitarlos. Pero no es un área que ataña a este libro. Dejaremos también a un lado los mediocres fantasmas del pudor y del miedo, huéspedes innecesarios que han terminado por parecernos compañeros afables, e incluso honestos, tras habernos habituado a compartir con ellos techo y almohada.

Tampoco habrá sartas de bolas, ridículas mordazas o intrincadas anillas de castigo. Sólo contaremos con los sencillos instrumentos que nos proporciona nuestro organismo, y con media docena de los más puros elementos primarios de la naturaleza. Tampoco habrá inhalaciones psicotrópicas ni bolsas asfixiantes ni ceras derretidas, y cuando hagamos referencia al fuego, utilizaremos la palabra en su sentido místico, tal como la emplean los santos.

 

Aquí y ahora

Para ser completamente sincero confesaré que no me gustaría que, en un tema como este, los adeptos a los juegos que propongo se lanzasen a dar puntadas sin hilo, como se dice, y fuera a mí al que se le pidieran luego cuentas por culpa de su torpeza. Quiero dejar también claro que tales juegos están pensados fundamentalmente para dar placer a la mujer. Lo siento, amigos, pero esto es lo que hay. Respecto al hombre, obtendrá su cupo de placer en la medida en la que él, si le es posible desembarazarse de su tosquedad, goce administrándoselo a ella.

En esto consistirá nuestro primer acercamiento: en venerar ese recóndito recipiente tras el que van nuestros suspiros (pues de él hemos salido) y, por extensión, venerar la totalidad del templo vivo que lo contiene y protege. Y lo proclamo con entera llaneza. Soy de los que opinan que, puesto que nací entre las piernas de una mujer, me gustaría entregar la vida en el lugar donde la recibí.

Añadiré que no pretendo ser ambicioso ni erigirme en gurú de nada ni de nadie. Mis propuestas parecerán peregrinas a algunos, cuando no escandalosas; unos las juzgarán demasiado primitivas y otros demasiado evolucionadas. Quizá sólo sirvan de puntos de referencia para intentar intuir qué es en lo que estamos metidos cuando hacemos el amor, o qué es lo que puede haber detrás de algo de lo que realmente no entendemos o no nos hemos propuesto nunca entender; o quizá sólo sirvan para mostrarnos cuál debe ser nuestra disposición respecto a las atenciones que debemos dispensar a nuestra amada y reflexionar sobre este extremo.

Pero de lo que sí estoy completamente seguro es de que estas recetas no van a dejar a nadie indiferente, y de que todos, a lo largo de su lectura, se sentirán seriamente interpelados. Tanto los mecanismos que contienen, como los registros que tocan, hacen que sus significados profundos entronquen con las raíces de nuestro inconsciente colectivo, del que surgieron, hace decenas de milenios, los temores universales, los mitos, los ritos, los cultos y toda esa generosa parafernalia de supersticiones institucionalizadas que nos envuelven y aletargan.

De todos modos, me conformaría con que este libro no tuviera otro sentido que el de hacernos entrever lo que nuestros oscuros augures no nos han permitido admitir: la bondad de todos los gozos, incluidos los denostados placeres del sexo; de manera que pueda obrarse en nuestra mente la ruptura de la falsa línea divisoria establecida entre lo decente y lo indecente, lo bueno y lo malo, el alma y el cuerpo, el cielo y la tierra. (Especulo sobre algunas de estas vicisitudes en el anexo 7, titulado “De las terapias ocupacionales”).

Cualquiera que sea el grado de aprovechamiento, daré por bien empleado mi empeño. Porque entonces podrá suceder que destronemos de las profundidades de nuestra mente a algunos falsos dioses revestidos de una lejana e ilusoria luz de la verdad. (Sobre este concepto trata el anexo 8, titulado “De los falsos dioses”). De este modo, volveremos el rostro hacia la vida tal como es, con su gozosa abundancia, cuya aceptación estoy seguro de que complacerá a algunos otros dioses que se prestarán también a colmarnos de la única dicha constatable: la delos bienes que la vida nos ofrece aquí y ahora, y que aún estamos a tiempo de que no sigan escapándosenos entre los dedos, y de la que es lógico que nuestro maltrecho espíritu esté ávido.

Bienvenidos sean esos lectores a este reino.

 

3

El recipiente de los deseos

 

El infatigable ciclo

Puede parecer que estoy inclinando demasiado mi admiración por la hembra en disfavor del macho. Y así es. Los mecanismos fisiológicos del macho, y por lo tanto los psicológicos, comparados con los de la hembra, resultan de una elementalidad que asombra. Es posible que ellas tengan “envidia del pene”, en opinión de un médico vienés de principios del siglo pasado, pero de poco más. (Reflexiono acerca de la teorización sobre el sexo en el anexo 9, titulado “De la teoría y la práctica”).

El principal cometido que la genética ha asignado al macho, como ya he apuntado, es el de salir victorioso de la pelea con otros machos para poder surtir de un semen de campeón al mayor número posible de hembras. Para ello sólo ha requerido fuerza bruta y una adecuada cánula de inyección. Por eso, la pasión masculina no ofrece demasiadas garantías. Los hombres, la mayoría de las veces, no son sino prostitutas que trabajan gratis.

El cometido de la hembra, en cambio, es otro. Su admirable vientre elabora un óvulo, lo madura y lo adorna con una compleja dote de nutrimentos. Luego, el ufano óvulo aguarda a la puerta de su palacio un par de días. De no recibir en ese tiempo la esperada visita, el desdichado se precipitará marchito para venir a convertirse en una triste mancha de sangre en un paño sucio. Y el útero volverá a iniciar pacientemente el infatigable ciclo.

Esos recursos femeninos están provocados por una serie ininterrumpida de diferentes clases de descargas (¿sería exagerado llamarlas choques?) hormonales, lo cual supone que su útero está sometido a esa procelosa actividad de los diversos elementos que gobiernan nuestros destinos fisiológicos. Y puesto que la psicología está, lógica y naturalmente, al servicio de la fisiología, podemos inferir la inagotable riqueza de anhelos, sensaciones, novedades, proyectos, inquietudes y vivencias que visitan su ánimo durante todo el sofisticado proceso.

 

El aroma sexual

No terminan aquí los motivos de mi pleitesía. ¿No es la hembra la portadora del “aroma sexual” que orienta los deseos y, por tanto, los movimientos del macho, y que, en consecuencia, rige el curso de la evolución de las especies? ¿No es la hembra la reina de la vida, puesto que ella la gestiona y la gobierna? ¿No está todo sometido a la vida, y la vida sometida a ella? ¿No es la hembra el recipiente de los deseos y el nido de los logros? ¿Y qué es el macho, en ese juego de fuerzas, sino una limadura de hierro en presencia de un potente imán? ¿Qué es toda esa riqueza de matices que ella posee, en comparación con la chata fisiología asignada a ese ser que no es más que un sembrador de espermatozoides? ¿O acaso estoy demasiado influido por mi débito a la madre? ¿O por mi propia dependencia de ese “aroma sexual”?

 

4

El místico promontorio

 

Cautelas

Antes de abordar las prácticas de las que trata este vademécum, me parece oportuno insistir en las cautelas con las que debemos actuar. Resulta innecesario advertir que no todas las mujeres tienen la misma sensibilidad para estas cosas, o puede que su sensibilidad varíe en el tiempo. Tratándose de ellas, o, mejor dicho, de sus hormonas, las cosas pueden cambiar de signo con relativa facilidad. Por exceso o por defecto, ellas a veces cabalgan desnudas sobre sus pasiones como lo hizo Lady Godiva sobre su corcel. Hablaremos de esto con más detenimiento cuando nos apliquemos al excelente uso de los bombones en el capítulo 8, titulado precisamente “El galope de Lady Godiva”.

Por eso, si nos atreviéramos a llevar a cabo algunos de los ejercicios que vienen a continuación, deberíamos regirnos no por nuestra intuición masculina para estas cosas, de la que a menudo carecemos, sino por la observación directa del comportamiento de nuestra compañera. Incluso podríamos sonsacarle sus preferencias mediante un hábil y discreto diálogo que no destruyera la mágica intimidad del momento. Digo muy conscientemente “discreto” porque la sutileza erótica tampoco es una habilidad frecuente en el macho.

Para que nadie se lleve a engaño, insistiré en que voy a circunscribirme fundamentalmente a juegos relacionados con el clítoris, dejando a un lado el estudio de ejercicios no poco provechosos relacionados con otras zonas, como son la oreja, el cuello o el perineo.

Conocer el verdadero sentido de la palabra clítoris, de origen griego, que significa “montículo”, nos ayudará a entender la intención con la que utilizo en ocasiones algunas palabras y conceptos. La raíz cli hace referencia a la idea de ascenso o subida. De ahí los términos inclinación y clímax. Este último significa “llegar a la cumbre”, y se utiliza, agotando el símil, para designar el hecho de alcanzar el orgasmo.

Los seres humanos hemos otorgado un carácter extraordinario a los montes y altozanos. Quizá se deba a que desde su altura podemos otear un horizonte que resulta, al mismo tiempo, placentero y amenazador, pues a veces se carga de huestes enemigas. Por otra parte, hemos conferido con asiduidad a sus cumbres un valor sagrado, en la creencia de que están más cerca del ansiado cielo. El caso es que las cumbres nos han parecido unos lugares excelentes para albergar sucesos espirituales, o las hemos elegido para desarrollar experiencias místicas, o incluso les hemos asignado el inalcanzable cometido de ser la morada de los mismos dioses.

¿Qué grupo filosófico, ritualista u ocultista no ha concedido un carácter espiritual a una o varias de sus cumbres preferidas? ¿Qué región, qué pueblo, que horda no tienen una protuberancia en la que habitan algunos de sus anhelos invisibles? El Sinaí judío, el Olimpo griego, el Ararat musulmán, el Kailas budista, el Huashan taoísta, el Calvario cristiano, el Carmelo místico, encabezarían una inacabable lista de montes sagrados.

 

Hacia la cumbre

Lo cual me autoriza a declarar sagrado, desde este instante, el promontorio que nos ocupa, y mística nuestra ascensión a su cumbre. Por cierto, que es una cumbre muy particular. Al contrario de las otras cimas, no opone dificultad a quien la escala, sino que sale al encuentro del visitante y goza al ser hollada y sometida. Sólo conozco otro pináculo, el pene, parejo a esa pequeña cumbre, excelso también y más arrogante aún, que te busca cuando le buscas, y está pronto, en todo momento, a entregarse hasta la total extenuación, al que no puedo menos de rendir un homenaje, que será el primero y el último en este libro.

En nuestro camino ascendente nos guiarán unas reflexiones y prácticas situadas más allá de la experiencia cotidiana de nuestros sentidos. Traspasando los lindes del mero actuar, contemplaremos el interior de nuestra carne con ojos que no son de la carne, y miraremos directamente a la divinidad prohibida. En nuestras nuevas experiencias se sumará el abismo del conocimiento inmediato al del gozo deseado largamente, fecundándolo y dilatándolo según nuestra propia habilidad y la medida de nuestra compañera.

Este camino, como todo camino místico, es ascendente. Para recorrerlo con provecho, utilizaremos los conceptos contrapuestos de fuego y hielo, dolor y placer, húmedo y seco, suave y áspero, duro y blando, y practicaremos con los materiales primarios con los que ha contado el ser humano desde los comienzos para sus ritos: el agua, la madera, la seda, el licor y la sangre. Como ya habréis intuido, es una senda que se origina en la tierra y se va purificando en su progresión. Comenzaremos el viaje con el hielo, ascenderemos con el gusano de seda por el tallo, alcanzaremos el fruto que nos proporciona licor y, a través de la sangre, ingresaremos en lo más profundo del ser humano, que es su corazón, que son sus sueños.

Recomendaría efectuar este peregrinaje con la misma compañera. Sin embargo, es posible que ella no reúna las condiciones necesarias para completar el recorrido tal como lo propongo. Pero estoy seguro de que, si ponemos un mínimo de atención a sus apetencias, se dará el momento oportuno en el que podamos obsequiarla al menos con alguno de los ejercicios. Habrá también quien sienta cierto rechazo no sólo de ponerlos en práctica, sino incluso de que los pongan en práctica los demás. Esto sería una muestra de que no estoy demasiado equivocado respecto al desprestigio en el que ha caído la sofisticación de los placeres de la cama respecto a los de la mesa.

De todos modos, concedo que es necesario que tengamos conciencia en cada momento de los aventurados juegos que vamos a iniciar y de las delicadas zonas a las que van dirigidos, que van a ser objeto de nuestras devotas atenciones, y de los peligros que puede entrañar cualquier imprudencia al respecto. Lo advierto de una forma categórica. El que no esté completamente seguro de lo que se trae entre manos es preferible que se una al ejército de los pusilánimes, sonría ante lo que va a descubrir en este libro y no emprenda otra aventura que la de leerlo.

Cada uno debe saber también que, a partir de este momento, queda abandonado a su suerte. Pero antes quiero dejar apuntado que hay dos experiencias que ensanchan los caminos de la felicidad: una es dar plena satisfacción a nuestro instinto de curiosidad; la otra, derivada de esta, es entender que todas las cosas, hasta las que parecen más intrincadas, tienen su lado afable, que no debemos desperdiciar. Nada existe en este mundo que no sea poliédrico, es decir, que no posea distintas facetas que mostrarnos. Es precisamente el giro de la joya lo que la hace brillar y, por tanto, ser joya.

Autor: Germán Sánchez Espeso. Título: Clítoris. Editorial: Laetoli. Venta: Amazon y Casa del libro

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