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Primeras páginas de La viuda negra, de Daniel Silva

Primeras páginas de La viuda negra, de Daniel Silva

Comencé a trabajar en esta novela antes de que el grupo terrorista islámico conocido como ISIS llevara a cabo una serie de atentados en París y Bruselas en los que murieron más de 160 personas. Tras considerar brevemente la posibilidad de abandonar el manuscrito, opté por completarlo tal y como lo había concebido en un principio, como si esos trágicos sucesos no hubieran acaecido aún en el mundo imaginario en el que habitan y operan mis personajes. Las similitudes entre los atentados reales y ficticios, incluidos los vínculos con el distrito bruselense de Molenbeek, son totalmente fortuitos. No me enorgullezco de mi vaticinio. Ojalá el terrorismo asesino y milenarista del Estado Islámico existiera únicamente en las páginas de esta historia.

 

PRIMERA PARTE

RUE DES ROSIERS

 

1

LE MARAIS, PARÍS

Fue lo sucedido en Toulouse lo que acabaría desencadenando la perdición de Hannah Weinberg. Esa noche telefoneó a Alain Lambert, su contacto en el Ministerio del Interior, para decirle que esta vez habría que hacer algo. Alain prometió una respuesta rá­ pida. Sería contundente, le aseguró a Hannah. Pero la contundencia era la respuesta automática del funcionario cuando en realidad no pensaba hacer nada en absoluto. A la mañana siguiente, el ministro en persona visitó el lugar del ataque e hizo un vago llamamiento al «diálogo y la reconciliación». A los padres de las tres víctimas solo pudo expresarles su pesar.

—Lo haremos mejor —dijo antes de regresar precipitadamente a París—. Es nuestra obligación.

Las víctimas tenían doce años: eran dos niños y una niña, los tres judíos aunque los medios de comunicación franceses omitieran mencionar su adscripción religiosa en sus primeras informaciones. Tampoco se molestaron en señalar que los seis atacantes eran musulmanes: dijeron únicamente que eran adolescentes residentes en un suburbio o banlieu situado al este de la ciudad. La descripción del ataque era tan difusa que movía a confusión. Según la radio francesa, se trataba de un altercado frente a una patisserie. Había tres heridos, uno de ellos de consideración. La policía estaba investigando. No había detenidos. En realidad, no fue un altercado sino una emboscada bien planificada. Y los agresores no eran adolescentes: eran hombres de veintitantos años que se habían aventurado en el centro de Toulouse en busca de judíos a los que atacar. Que sus víctimas fueran menores de edad no parecía preocuparles. Propinaron patadas a los ni­ ños, les escupieron y les dieron una paliza monumental. A la niña la tiraron al suelo y le rajaron la cara con un cuchillo. Antes de huir, se volvieron a un grupo de viandantes que contemplaba la escena con estupefacción y gritaron:

—¡Khaybar, Khaybar, ya-Yahud!

Aunque los testigos no lo supieran, aquel cántico en árabe era una referencia a la conquista musulmana de un oasis hebreo cerca de la ciudad sagrada de Medina en el siglo vii. Su mensaje era inconfundible: las huestes de Mahoma –decían aquellos hombres– iban a por los judíos de Francia.

Lamentablemente, el atentado de Toulouse había estado precedido por numerosas señales de alarma. Francia se hallaba presa del mayor paroxismo de violencia antijudía desde el Holocausto. Se habían atacado sinagogas con artefactos incendiarios, se habían volcado lápidas, se habían saqueado tiendas y atacado casas señalándolas con pintadas amenazadoras. En total, había habido más de cuatro mil incidentes documentados solo durante el último año, cada uno de ellos cuidadosamente consignado e investigado por Hannah y su equipo del Centro Isaac Weinberg para el Estudio del Antisemitismo en Francia.

El Centro, que llevaba el nombre del abuelo paterno de Hannah, había abierto sus puertas diez años antes bajo estrictas medidas de seguridad. Era ya la institución de su especie más respetada de Francia, y a Hannah Weinberg se la consideraba la principal cronista de la nueva oleada de antisemitismo que vivía el país. Sus partidarios la describían como una «militante de la memoria histórica», una mujer que no se detendría ante nada en su empeño por presionar al Estado francés para que protegiera a su acosada minoría judía.

El Centro Weinberg tenía su sede en la rue des Rosiers, la principal arteria del barrio más ostensiblemente judío de la ciudad. El piso de Hannah estaba al otro lado de la esquina, en la rue Pavée. En la placa del portero automático se leía mme bertrand, una de las pocas medidas que tomaba para salvaguardar su seguridad. Vivía sola en el piso, rodeada por las posesiones de tres generaciones de su familia, entre ellas una modesta colección de cuadros y varios centenares de anteojos antiguos, su pasión secreta. A sus cincuenta y cinco años, era soltera y no tenía hijos. Muy de tarde en tarde, cuando el trabajo se lo permitía, se daba el lujo de tener un amante. Alain Lambert, su contacto en el Ministerio del Interior, había sido una grata distracción durante un periodo especialmente tenso de agresiones antisemitas. Lambert llamó a Hannah a casa esa noche, tras la visita de su superior a París.

—Adiós a la contundencia —dijo ella con acritud—. Debería darle vergüenza.

—Hemos hecho lo que hemos podido.

—Pues no es suficiente.

—En momentos como este conviene no echar leña al fuego.

—Eso mismo dijisteis en el verano del cuarenta y dos.

—No nos pongamos dramáticos.

—No me dejas elección: tengo que emitir un comunicado, Alain.

—Escoge tus palabras con cuidado. Somos los únicos que nos interponemos entre tú y ellos.

Hannah colgó el teléfono. Luego abrió el cajón de arriba del escritorio y sacó una llave que abría la puerta del final del pasillo. Al otro lado había una habitación de niña: el cuarto de Hannah, congelado en el tiempo. Una cama de cuatro postes con dosel de encaje. Estantes repletos de peluches y juguetes. El póster descolorido de un célebre actor americano. Y, colgado encima de una có­ moda provenzal, invisible en la oscuridad, un cuadro de Vincent van Gogh. Marguerite Gachet en su tocador. Hannah pasó suavemente la yema del dedo por las pinceladas, pensando en el hombre que había llevado a cabo la única restauración del cuadro. ¿Cómo reaccionaría en un momento así? «No», pensó con una sonrisa. «Eso no puede ser».

Se metió en la cama de su infancia y, para su sorpresa, cayó en un sopor sin sueños. Y cuando despertó tenía decidido un plan.

 

Durante la mayor parte de la semana siguiente, Hannah y su equipo de colaboradores trabajaron en condiciones de estricta seguridad operativa. Contactaron discretamente con posibles cooperantes, retorcieron ciertos brazos y apelaron a sus benefactores. Dos de sus fuentes de financiación más fiables le dieron largas, porque, al igual que el ministro del Interior, pensaban que era preferible no jeter de l´huile sur le feu: no echar más leña al fuego. Para compensar aquel revés, Hannah no tuvo más remedio que recurrir a su fortuna personal, que era considerable. Cosa que, naturalmente, le reprochaban sus detractores.

Quedaba, por último, la cuestión menor de cómo llamar a la iniciativa de Hannah. Rachel Lévy, jefa del departamento de publicidad del Centro, opinaba que lo mejor sería darle un toque de blandura y de ambigüedad, pero fue Hannah quien impuso su criterio: cuando estaban ardiendo sinagogas, afirmó, la mesura era un lujo que no podían permitirse. Su deseo era dar la voz de alarma, hacer un llamamiento a la acción. Garabateó unas palabras en una hoja de papel de cuaderno y la puso sobre la atiborrada mesa de Rachel.

—Esto atraerá su atención.

Hasta entonces, nadie de importancia había aceptado su invitación: nadie, excepto un bloguero americano tocapelotas y un comentarista de la televisión por cable que habría aceptado asistir a su propio funeral. Luego, sin embargo, Arthur Goldman, el eminente profesor de Cambridge especializado en Historia del Antisemitismo, respondió que estaba dispuesto a viajar a París siempre y cuando –desde luego– Hannah le costeara una estancia de dos noches en su suite favorita del hotel Crillon. Tras el compromiso de Goldman, Hannah consiguió también a Maxwell Strauss, de Yale, que nunca perdía la ocasión de salir a escena con su rival. El resto de los partticipantes no tardó en aceptar. El director del Museo Conmemorativo del Holocausto de los Estados Unidos confirmó su asistencia, al igual que dos importantes cronistas y supervivientes y un estudioso del Yad Vashem especializado en el Holocausto francés. Se agregó a la convocatoria a una novelista (más por su inmensa popularidad que por sus conocimientos históricos) y a un político de la extrema derecha francesa que rara vez tenía una palabra amable para nadie. Y se invitó a varios líderes religiosos y civiles de la comunidad musulmana que declinaron la invitación, al igual que el ministro del Interior. Alain Lambert se lo comunicó personalmente a Hannah.

—¿De verdad creías que iba a asistir a un congreso con un tí­ tulo tan provocador?

—No quiera Dios que tu jefe haga nunca nada provocador, Alain.

—¿Qué me dices de la seguridad?

—Siempre hemos sabido cuidarnos.

—Nada de israelíes, Hannah. Le daría cierto tufo al asunto.

Rachel Lévy emitió la nota de prensa al día siguiente. Se invitó a los medios a cubrir el congreso y se reservó cierto número de asientos para el público en general. Unas horas después, en una ajetreada calle del Distrito XX, un judío practicante fue atacado por un hombre armado con un hacha y resultó herido de gravedad. Antes de escapar, el agresor blandió el arma ensangrentada y gritó:

—¡Khaybar, Khaybar, ya-Yahud!

La policía –dijeron– estaba investigando el suceso.

 

Por razones de seguridad (y porque el tiempo apremiaba), pasaron apenas cinco días entre la publicación de la nota de prensa y la apertura del congreso. De ahí que Hannah esperara hasta el último momento para preparar su discurso inaugural. La víspera de la reunión, se sentó a solas en su biblioteca y se puso a escribir con ahínco, arañando con la pluma el papel amarillo de una libreta.

Aquel era –se dijo– un lugar apropiado para redactar tal documento, puesto que la biblioteca había pertenecido a su abuelo. Nacido en el distrito polaco de Lublin, huyó a París en 1936, cuatro años antes de la llegada de la Wehrmacht hitleriana. La mañana del 16 de julio de 1942 (el día conocido como Jeudi Noir o Jueves Negro), agentes de la policía francesa provistos de tarjetas de deportación azules detuvieron a Isaac Weinberg y a su esposa, junto con otros trece mil judíos, aproximadamente, nacidos en el extranjero. Isaac Weinberg logró ocultar dos cosas antes de la temida llamada a la puerta: a su único hijo, un niño llamado Marc, y el Van Gogh. Marc Weinberg sobrevivió a la guerra escondido y en 1952 logró recuperar el piso de la rue Pavée que desde el Jeudi Noir ocupaba una familia francesa. Milagrosamente, el cuadro seguía donde lo había dejado su padre: escondido debajo de la tarima de la biblioteca, bajo el escritorio donde ahora se sentaba Hannah.

Tres semanas después de su detención, Isaac Weinberg y su esposa fueron deportados a Auschwitz y gaseados a su llegada. Fueron solo dos de los más de 75000 judíos procedentes de Francia que perecieron en los campos de exterminio de la Alemania nazi: una mancha indeleble en la historia de Francia. Pero ¿podía suceder algo así de nuevo? ¿Iba siendo hora de que los 475000 judíos franceses –la tercera comunidad judía del mundo– recogieran sus bártulos y se marcharan del país? Ese era el interrogante que había planteado Hannah en el título del congreso. Muchos judíos ya habían abandonado Francia. Durante el año anterior habían emigrado quince mil a Israel, y la cifra aumentaba de día en día. Hannah, sin embargo, no tenía previsto unirse a ellos. Al margen de lo que dijeran sus enemigos, se consideraba francesa en primer lugar y después judía. Le horrorizaba la idea de vivir en cualquier lugar que no fuera el IV Arrondissement de París. Pero se sentía obligada a advertir a sus conciudadanos judíos de que se preparaba una tormenta. El peligro no era aún inminente. Pero, cuando un edificio está en llamas –escribió Hannah–, la prudencia aconseja buscar la salida más cercana.

Acabó un primer borrador poco antes de la medianoche. Era demasiado estridente, se dijo, y quizás un pelín airado. Limó las asperezas y añadió varias estadísticas deprimentes para apuntalar sus argumentos. Luego lo pasó a limpio en el ordenador, imprimió una copia y consiguió acostarse a las dos de la mañana. El despertador sonó a las siete. Camino de la ducha, se bebió un tazón de café au lait. Después, todavía en albornoz, se sentó delante del tocador y estudió su cara en el espejo. Una vez, en un momento de honestidad brutal, su padre había dicho que Dios había sido generoso con su única hija en cuestión de intelecto y cicatero con su apariencia. Tenía el cabello ondulado y oscuro, veteado de canas que había dejado proliferar sin resistencia; la nariz prominente y aguileña, y los ojos grandes y castaños. La suya nunca había sido una cara especialmente bonita, pero jamás nadie la había tomado por tonta. En un momento como aquel –pensó– su físico era una ventaja.

Se puso un poco de maquillaje para ocultar las ojeras y se peinó con más esmero que de costumbre. Luego se vistió rápidamente (falda de lana oscura y jersey, medias oscuras, zapatos de tacón bajo) y bajó las escaleras. Tras cruzar el patio interior, abrió el portal del edificio unos centímetros y se asomó a la calle. Pasaban pocos minutos de las ocho. Parisinos y turistas caminaban velozmente por la acera bajo el cielo gris de comienzos de la primavera. Nadie parecía estar esperando a que una mujer de cincuenta y tantos años con aspecto de intelectual saliera del edificio de pisos del número 24.

Salió y se encaminó hacia la rue des Rosiers pasando frente a una hilera de elegantes boutiques. Durante un trecho, la calle parecía una calle parisina cualquiera de un arrondissement de clase alta. Después, se encontró con una pizzería kosher y con varios puestos de falafel con carteles escritos en hebreo que evidenciaban el verdadero carácter del barrio. Se imaginó cómo debía de haber sido la mañana del Jeudi Noir: los detenidos indefensos hacinándose en camiones descubiertos, cada uno de ellos aferrado a la única maleta que se le permitía llevar; los vecinos mirando por las ventanas abiertas, algunos en silencio, avergonzados, otros refrenando a duras penas su alegría ante la desgracia de una minoría pisoteada. Hannah se aferró a aquella imagen (la imagen de los parisinos diciendo adiós con la mano a los desgraciados judíos) mientras avanzaba entre la luz mortecina, tamborileando rítmicamente con sus tacones sobre el empedrado.

El Centro Weinberg se hallaba en el extremo más tranquilo de la calle, en un edificio de tres plantas que antes de la guerra había albergado el periódico en lengua yidis y una fábrica de abrigos. Una fila de varias decenas de personas comenzaba en el portal, donde dos guardias de seguridad vestidos con traje oscuro –jóvenes de veintitantos años– cacheaban cuidadosamente a todo aquel que deseaba entrar. Hannah pasó a su lado y subió a la sala VIP. Arthur Goldman y Max Strauss se miraban con desconfianza desde lugares enfrentados de la sala, por encima de sendas tazas de café américain aguado. La famosa novelista hablaba muy seriamente con uno de los supervivientes. El jefe del Museo del Holocausto intercambiaba opiniones con el experto del Yad Vashem, viejo amigo suyo. El insidioso comentarista americano, en cambio, no parecía tener a nadie con quien hablar. Estaba amontonando cruasanes y brioches en su plato como si hiciera varios días que no comía.

—Descuide —le dijo Hannah con una sonrisa—, haremos un descanso para almorzar.

Pasó unos instantes con cada participante en la conferencia antes de dirigirse a su oficina, al fondo del pasillo. Estuvo releyendo a solas su discurso de apertura hasta que Rachel Lévy asomó la cabeza por la puerta y señaló su reloj.

—¿Cuánta gente hay? —preguntó Hannah.

—Más de la cuenta.

—¿Y los medios?

—Han venido todos, incluidos The New York Times y la BBC. Justo en ese momento sonó el móvil de Hannah. Era un mensaje de Alain Lambert, del Ministerio del Interior. Arrugó el entrecejo al leerlo.

—¿Qué dice? —preguntó Rachel.

—Cosas de Alain.

Hannah dejó el móvil sobre la mesa, recogió sus papeles y salió. Rachel Lévy esperó a que se marchara para coger el teléfono e introducir la clave, no tan secreta, de su jefa. El mensaje de Alain Lambert apareció en la pantalla. Cuatro palabras en total.

TEN CUIDADO, QUERIDA MÍA…

 

El Centro Weinberg no tenía espacio suficiente para albergar un auténtico auditorio, pero el salón de su última planta era el mejor de todo el Marais. La hilera de ventanales, semejantes a los de un invernadero, ofrecía unas vistas magníficas de los tejados y azoteas en dirección al Sena, y de sus paredes colgaban grandes fotografías en blanco y negro con escenas de la vida en el barrio antes de la mañana del Jeudi Noir. Todos los que aparecían en ellas habían muerto en el Holocausto, incluido Isaac Weinberg, fotografiado en su biblioteca tres meses antes de que sobreviniera el desastre. Al pasar junto al retrato de su abuelo, Hannah deslizó un dedo por su superficie, como lo había deslizado por las pinceladas del Van Gogh. Solo ella conocía el vínculo secreto que unía a aquel cuadro con su abuelo y con el centro que llevaba su nombre. No, pensó de repente. Eso no era del todo cierto. El restaurador también estaba al corriente.

Habían colocado una larga mesa rectangular sobre una tarima, delante de las ventanas, y se habían dispuesto dos centenares de sillas en la sala diáfana, como soldados en formación. Todas las sillas estaban ocupadas, y otro centenar de espectadores permanecía de pie junto a la pared del fondo. Hannah ocupó el lugar que le correspondía (se había ofrecido voluntaria para servir como barrera de separación entre Goldman y Strauss) y escuchó mientras Rachel Lévy pedía al público que silenciara sus teléfonos móviles. Por fin le llegó el turno de hablar. Encendió su micrófono y leyó el primer renglón de su discurso de apertura. Es una tragedia nacional que tenga que celebrarse una conferencia como esta… Oyó entonces un ruido abajo, en la calle: un tableteo, como el estallido de unos petardos seguido por una voz de hombre que gritaba en árabe:

—¡Khaybar, Khaybar, ya-Yahud!

Hannah se bajó de la tarima y se acercó rápidamente a los grandes ventanales.

—Santo Dios —murmuró.

Dándose la vuelta, gritó a los ponentes que se apartaran de las ventanas, pero el fragor de la detonación ahogó su voz. Un instante después, la sala se convirtió en un ciclón de cristales, sillas, cascotes, prendas de ropa y miembros humanos que volaban por los aires. Hannah sintió que se inclinaba hacia delante, aunque no supo si estaba elevándose o cayendo. En cierto momento le pareció ver fugazmente a Rachel Lévy girando como una bailarina. Luego desapareció, como todo lo demás.

Por fin se detuvo, tal vez de espaldas, tal vez de lado, quizás en la calle, o en una tumba de ladrillo o cemento. El silencio era opresivo. Y también el humo y el polvo. Trató de limpiarse la suciedad de los ojos, pero su brazo derecho no respondía. Entonces se dio cuenta de que no tenía brazo derecho. Ni tampoco, al parecer, pierna derecha. Giró la cabeza ligeramente y vio a un hombre tendido a su lado.

—Profesor Strauss, ¿es usted?

Pero el hombre no dijo nada. Estaba muerto. «Pronto yo también estaré muerta», pensó Hannah.

De pronto sintió un frío atroz. Dedujo que era por la pérdida de sangre. O quizá fuera por la racha de viento que aclaró un instante el humo negro, ante su cara. Comprendió entonces que ella y aquel hombre que quizá fuera el profesor Strauss yacían entre los cascotes de la rue des Rosiers. Y cerniéndose sobre ellos, mirando hacia abajo por encima del cañón de un fusil automático, había una figura vestida completamente de negro. Un pasamontañas le cubría la cara, pero sus ojos quedaban a la vista. Eran increíblemente hermosos: dos caleidoscopios de color avellana y cobre.

—Por favor —dijo Hannah con un hilo de voz, pero los ojos de detrás del pasamontañas brillaron frenéticamente.

Después, hubo un destello de luz blanca y Hannah se descubrió caminando por un pasillo, sus miembros de nuevo intactos. Cruzó la puerta de la habitación de su infancia y, a oscuras, buscó a tientas el Van Gogh. Pero el cuadro había desaparecido. Y un momento después ella también desapareció.


Autor: Daniel Silva. Título:  La viuda negra. Editorial: Harper Collins. Venta: Amazon y Fnac

 

Sinopsis de La viuda negra

Gabriel Allon está a punto de convertirse en jefe del servicio secreto israelí, pero en vísperas de su ascenso los acontecimientos se confabulan para que el legendario espía y restaurador de arte acepte una última misión. El ISIS ha hecho estallar una devastadora bomba en el distrito parisino de Le Marais y el gobierno francés, desesperado, quiere que Gabriel elimine al responsable antes de que ataque de nuevo.

Le apodan Saladino, y es una mente criminal de ambiciones tan grandiosas como su sobrenombre: un individuo tan esquivo que incluso su nacionalidad se desconoce. Oculta tras un sofisticado software de encriptación, su red terrorista se comunica en total secreto, dejando a Occidente a ciegas respecto a sus planes y a Gabriel sin otra alternativa que introducir a un agente en el grupo terrorista más peligroso que haya conocido el mundo. Natalie Mizrahi es una joven doctora tan valiente como hermosa. A petición de Gabriel, se hará pasar por miembro del ISIS a la espera de que llegue el momento de actuar, convirtiéndose así en una bomba de relojería con el cronómetro en marcha, en una viuda negra sedienta de sangre.

Su peligrosa misión la llevará desde los apacibles barrios residenciales de París a la isla de Santorini, y del mundo brutal del califato del Estado Islámico a Washington, donde el implacable Saladino prepara una apocalíptica noche de terror que alterará el curso de la historia. La viuda negra es un thriller apasionante y de absoluta actualidad, pero también es un viaje de descubrimiento hacia el nuevo corazón de las tinieblas, que permanecerá en la memoria de los lectores mucho después de que hayan pasado la última página.

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