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Edición especial de El prisionero de Zenda, el gran clásico de la novela de aventuras

El prisionero de Zenda

La editorial Debolsillo, en colaboración con Zenda, publica una cuidada edición especial del gran clásico de la novela de aventuras El prisionero de Zenda, de Anthony Hope. A la venta desde el 10 de noviembre de 2016, esta nueva edición, en tapa dura y con una traducción actual e inédita, cuenta con una introducción de Arturo Pérez-Reverte, que reproducimos a continuación.

Prólogo de El prisionero de Zenda, por Arturo Pérez-Reverte

Hay novelas que contienen un doble misterio. Uno de esos misterios es el de la historia que su autor cuenta en ellas: un peculiar atractivo que, gracias al talento y al oficio de quien las escribe, puede mantener a un lector —incluso a millones de lectores— atrapado entre sus páginas, viviendo las peripecias que allí se narran, olvidado por completo del mundo real. Aunque hay un segundo misterio más sutil cuyo secreto nadie ha podido desentrañar aún, pero que es causa del torrente de luz que deslumbra la historia misma, la in­dependiza de su tiempo, de sus lectores e incluso del propio escritor, y pasa a convertirla en algo especial. A integrarla en el muy selecto club de los libros que nunca envejecen.

El prisionero de Zenda es una de esas novelas privilegia­das. Surgió en 1894 de la pluma del escritor inglés Anthony Hope, y enseguida se convirtió en indiscutible bestseller. Sus ingredientes eran —y lo siguen siendo— infalibles: amores imposibles, héroes galantes, villanos inteligentes, princesas hermosas, coronas en peligro, fieles servidores… Todo ello, situado en el corazón de la Europa elegante de finales del siglo XIX: ese territorio mítico donde se cruzaban viajeros dandis realizando el Grand Tour, condesas misteriosas que tomaban las aguas en balnearios enclavados en mágicas mon­tañas, investigadores privados tras la huella del mal en ciu­dades envueltas en niebla, infieles esposas fugitivas con jóve­nes apuestos en el Orient Express, ladrones de guante blanco al acecho de las perlas de adineradas jovencitas que paseaban por Niza o leían a mister Barnabooth en la terraza de un hotel de Sorrento… Un mundo que ya sólo es posible en la imaginación, en las bibliotecas y en la memoria.

Aventuras, amor, espadachines. Fórmula imbatible cuan­do la guían la oportunidad y el talento. El prisionero de Zenda nació tocada por los dioses, y abriéndose paso entre grandes del género se convirtió en una de las novelas más leídas, erigiéndose además como pionera en la creación de historias ambientadas en países imaginarios. No busque­mos Ruritania en guías de turismo, porque no existe en los mapas del mundo conocido; pero las aventuras ruritánicas suscitaron una moda que tuvo su continuidad en una se­gunda parte a la que Hope tituló Ruperto de Hentzau. Con ellas, el éxito literario se trocó en fenómeno social y el cine se encargó del resto. Distintas adaptaciones cinematográfi­cas, desde el cine mudo al tecnicolor, perpetuaron estas aventuras en el tiempo, convirtiendo en leyenda a sus pro­tagonistas, y el castillo de Zenda, con permiso del castillo de If de El conde de Montecristo, en uno de los más famo­sos de la literatura.

"Hay jovencitos que no deberían hacerse mayores sin ha­ber leído El prisionero de Zenda, y adultos que dejan de serlo, mágicamente, cuando vuelven a sus páginas."

Leí por primera vez El prisionero de Zenda a finales de los años cincuenta, en una edición popular de aventuras —aquellas leidísimas novelas de quiosco, en ediciones ba­ratas de gran tirada, quizá la de Editorial Molino— que en­contré casualmente en la biblioteca de una de mis abuelas. Desde el primer momento me fascinaron la aventura y sus ingredientes, los personajes, el ambiente, los códigos de leal­tad, la atractiva figura del malvado Ruperto de Hentzau, el amor imposible del valeroso Rudolf Rassendyll por la prin­cesa Flavia. Al día siguiente ya estaba jugando con mis ami­gos a duelos a vida o muerte junto al imaginario foso del castillo de Zenda, espada en mano, o me sentía galopar por los bosques ruritanos para salvar a mi primo el rey, cautivo del siniestro Miguel El Negro. Vinieron pronto las pelícu­las, pocos años después: primero la versión protagonizada por Ronald Colman, con Douglas Fairbanks Jr. como magnífico Ruperto de Hentzau (1937), y luego la de Stewart Granger (1952), en la que el peligroso, elegante, malvado y sonriente espadachín Hentzau era encarnado por James Mason. No fue hasta muchos años más tarde cuando co­nocí, gracias al DVD, la versión muda en blanco y negro (1922), con Lewis Stone como protagonista y, en el papel de Hentzau, a un extraordinario Ramón Novarro. Y cada vez, cada película, cada recuerdo, me llevó de nuevo a la novela, que volví a releer y disfrutar enriquecida en mi ima­ginación y mi memoria.

Hay jovencitos que no deberían hacerse mayores sin ha­ber leído El prisionero de Zenda, y adultos que dejan de serlo, mágicamente, cuando vuelven a sus páginas. Eso sue­le ocurrir. Todos los que alguna vez, o varias, hemos pasea­do por ellas, cargamos con el sello de Ruritania en nuestro pasaporte y un pétalo de rosa entre las hojas de un libro, junto a una nota garabateada con tinta azul: «Fui rey, no lo soy. Soy el que fui y no soy. Pero siempre he sido aquel a quien amó y ama Flavia» .

Un gentleman en Ruritania

Sir Anthony Hope Hawkins nació en 1863 en la rectoría an­glicana del barrio de Hackney. Hijo del reverendo E. C. Hawkins, creció en el ambiente humilde del Londres brumo­so e industrial de mediados de siglo XIX. Se formó como abogado y procurador en la Universidad de Cambridge colegián­dose para el ejercicio profesional en Middle Temple. Estudió además en Marlborough y en el Balliol College de Oxford, donde en 1885 se graduó en letras clásicas. Ejerció como abo­gado durante algunos años, aunque su ambición era la políti­ca. De hecho, y aunque ya tenía publicados numerosos ar­tículos y tres novelas, en 1892 se presentó como candidato por el Partido Liberal en las elecciones de South Buc­kinghamshire, famoso feudo conservador, sin salir elegido.

"Sir Anthony Hope pasó a pertenecer a la brillante nómina de escritores victorianos en pleno apogeo de la novela romántica y de aventuras."

Sin embargo, dos años después de esa derrota política lo esperaba una grata victoria literaria: el éxito casi inmediato de El prisionero de Zenda. Se cumplió de ese modo una es­pecie de dulce venganza simbólica, pues Rudolf Rassen­dyll, protagonista de la novela, gentleman de vacaciones por Europa Central, se ve inmerso en una intriga palacie­ga que lo coloca, por azar, en lo más alto de la jerarquía social que un hombre pueda soñar. Circunstancia que éste acepta con lealtad y sangre fría, como haría cualquier buen caballero victoriano inglés: sin cuestionar la autoridad de la monarquía, independientemente de la persona investida de dicha autoridad.

A pesar de todo, la frustrada ambición política de Anthony Hope permaneció intacta, y durante la Primera Guerra Mundial tendría ocasión de satisfacerla en parte, ingresando en el departamento ministerial de Ediciones e Información Pública, antecesor del Ministerio de Información, siéndole otorgado al término de la contienda el título de caballero por sus servicios distinguidos a la nación. Eso no sólo no desalentó su faceta de escritor, sino que la estimuló, por for­tuna para sus lectores. El éxito de El prisionero de Zenda y su posterior continuación en Ruperto de Hentzau conven­cieron a Hope de la conveniencia de abandonar el ejercicio de la abogacía, convirtiéndose en novelista profesional y escribiendo hasta su muerte, en 1933, un total de treinta y dos volúmenes, aunque ninguno tan famoso como la in­mortal saga ruritana.

Por mérito propio, sir Anthony Hope pasó a pertenecer a la brillante nómina de escritores victorianos en pleno apogeo de la novela romántica y de aventuras. A la cabeza de este formidable grupo figura, sin duda, Robert Luis Stevenson, el escocés Tusitala, que por esa época ya había publicado La isla del tesoro, El extraño caso del doctor Jeckyll y mister Hyde y El Príncipe Otto, novela esta última en la que parecen haber­se inspirado ciertas partes de El prisionero de Zenda. Otro nombre contemporáneo ilustre es el de sir Arthur Conan Doyle, al que nunca ningún lector digno de ese nombre de­jará de agradecer que crease a Sherlock Holmes y al doctor Watson. A ellos se suman otros autores británicos destacados como sir Henry Rider Haggard —autor de Las minas del rey Salomón—, H .G . Wells, precursor junto a Julio Verne de la novela de ciencia ficción con obras notables como La máquina del tiempo, La isla del doctor Moreau o La guerra de los mundos, y Rudyard Kipling, el cantor y poeta del impe­rio, que tanta felicidad infantil y tanta melancolía adulta hace todavía posibles cuando releemos en silencio, o en voz alta sentados al borde de la cama de nuestros hijos, el relato de las aventuras de Kim y Mowgli, o el largo poema dedicado a su hijo muerto, titulado «Si…», una de las obras cumbre de la literatura de todos los tiempos y todas las lenguas.

Zenda: Autores, libros & cía.

Publicar El prisionero de Zenda en esta edición popular, que ha sido posible gracias a la colaboración entusiasta de la editorial Penguin Random House, era casi una obliga­ción moral. Esa novela espléndida es el mascarón de proa, el territorio mítico ideal, la novela­-símbolo bajo la que na­ció una revista digital que de ella tomó el nombre, y que hoy es una atractiva realidad en las redes sociales bajo el título Zenda: Autores, libros & cía.

"Amigos lectores, sean bienvenidos a este formidable país y a esta apasionante novela"

La idea de Zenda surgió a lo largo de diversas charlas entre escritores amigos: Javier Marías, Luis Mateo Díez, Antonio Lucas, José María Merino, el argentino Jorge Fernández Díaz, la puertorriqueña Mayra Santos­Febres, los mexicanos Élmer Mendoza y Xavier Velasco… En un tiempo como este, nos dijimos, en el que la cultura y los libros atraviesan momentos difíciles, ¿por qué no crear un lugar nuestro, libre, independiente, donde reunirnos como si se tratara de un espacio público, cada cual con sus libros, sus comentarios o lo que estuviera en condiciones de aportar?

Como respuesta a esa pregunta, algunos de nosotros creímos que tal vez fuera posible establecer un lugar o plaza común hecho de libros y literatura, sin buenos ni malos, sin prejuicios, sin etiquetas ni ideologías. Un territorio independiente, generoso y abierto, donde lectores, periodistas, editores, escritores, agentes literarios, autores noveles, libreros y todos los interesados en el mundo de la literatura hispanoamericana, y de los libros en general, se encontrasen cómodos y se relacionaran con naturalidad entre sí: desde el libro científico al bestseller vocacional, desde la poesía a la historia, desde el libro infantil o juvenil a los grandes clásicos de todos los tiempos. Una especie de legión extranjera, en fin, territorio de libre tránsito, donde a nadie se le preguntara sino por libros y literatura. Donde todo escritor honesto y todo libro atractivo fuesen bien recibidos.

Para nuestra sorpresa, el experimento fue un éxito inmediato, que casi desbordó las modestas previsiones. Numerosos escritores, periodistas culturales, editores, lectores españoles e hispanoamericanos, se sumaron con entusiasmo a la iniciativa. Todos ellos, más los que se van incorporando y aún vendrán en el futuro, han hecho posible que hoy ese lugar literario sea una interesante y activa realidad. Zenda: Autores, libros & cía. es el nombre de ese territorio de libros y amigos, cuyas fronteras están abiertas para todos. Así que, amigos lectores, sean bienvenidos a este formidable país y a esta apasionante novela. Feliz estancia en Zenda y en Ruritania. Y felices libros.

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Zenda sortea diez ejemplares de la nueva y cuidada edición especial de El prisionero de Zenda entre todos los suscritos a nuestro boletín de novedades hasta el día 30 de noviembre.

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