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Sender, un periodista en el país de los soviets

Sender, un periodista en el país de los soviets

¿Aceptar invitaciones a viajes compromete la objetividad del periodista? El eterno debate divide a la profesión desde tiempos inmemoriales. Ramón J. Sender aceptó en 1933 la invitación de la Unión Soviética para conocer, durante seis meses y de primera mano, los logros de la revolución. Cuando uno es invitado, no puede ser descortés con el anfitrión. No digo que Sender hubiera visto otra URSS si se hubiera pagado el viaje, pero fue allí predispuesto a que le gustara lo que iba a ver.

Para entender lo que cuenta el escritor aragonés en Madrid-Moscú. Notas de Viaje, 1933-1934 (Fórcola, 2017) hay que hacer un alarde de imaginación, olvidar lo que sabemos hoy del comunismo y trasladarse a aquella fecha, a aquella España atrasada y mísera. Si uno se esfuerza, acaba  deslumbrado por el fulgor de la revolución que había traído el paraíso a la tierra. Seamos sinceros. ¿Quién no se hubiera rendido a los encantos de la mayor esperanza de la humanidad?

"Las ideas anarquistas de Sender no resistieron el embrujo del comunismo. Se quedó boquiabierto ante la parafernalia del régimen."

Es cierto que Sender  no fue el único que participó en aquellos peregrinajes que Ernesto Giménez Caballero definió como “romerías a Rusia”. Pero  también lo es que fue uno de los más entregados. Como asegura José-Carlos Mainer en el prólogo de esta edición, la complacencia de Sender  contrasta con las objeciones que planteó el liberal Manuel Chaves Nogales (figura secuestrada hoy por la izquierda). En La vuelta a Europa en avión. Un pequeño burgués en la Rusia roja (1929) o El maestro Juan Martínez, que estuvo allí (1934), el periodista de El Heraldo de Madrid  ofrece una imagen mucho más crítica con la revolución.

Las ideas anarquistas de Sender no resistieron el embrujo del comunismo. Se quedó boquiabierto ante la parafernalia del régimen. Cuando leemos su descripción de un desfile de seiscientos mil atletas en las calles de Moscú, sentimos lo mismo que ante una película de Leni Riefenstahl: “Muchachos y muchachas casi desnudos cantando  canciones revolucionarias… Entusiasmo sencillo y severo, sin teatralidad… Banderas, canciones… Un entusiasmo frío y tenaz”.

Está admirado, porque “aquí todo el mundo es al mismo tiempo deportista, soldado y obrero”. Es más, llega a la conclusión de que “la técnica acaba haciendo más feliz al hombre, quiera este o no quiera”. Y la nueva Unión Soviética es un alarde de técnica y organización del trabajo. Le llevan a una gran fábrica para que vea las excelencias de la nueva economía y cae rendido ante la evidencia:

-“He aquí diez mil hombres que trabajan alegres y felices.”

Se queda sorprendido por “este alarde de organización sin violencia, espontáneo, aparentemente perfecto, en el país del mundo por naturaleza más reacio a la organización.”

Incluso cuando le invitan a ver algo tan deprimente como una  prisión, canta las bondades del régimen: “Las cárceles son lugares donde [el preso] trabaja, juega, hace cultura física, reposo obligatorio después de comer”.

Como buen periodista, intenta explicárselo al lector con una referencia familiar: “El aspecto exterior de la población de la Unión Soviética…  viene a ser el de Vallecas o Cuatro Caminos.” Su descripción de las principales capitales europeas en aquel momento decisivo no puede ser más lúcida: París es “un inmenso café”;  Madrid, “un patio de vecindad”; Berlín, “un gimnasio”; y Moscú, “un campamento en pie de guerra”.

Viene de España, donde la mujer apenas se ha liberado del yugo y se encuentra  que “aquí ganan más sueldo que un hombre”, aquí no hay  “sombra de un prejuicio de sexo y mucho menos de un privilegio”, y aquí, incluso,  “la preocupación sexual no existe.”

"El propio Sender está concienciado de la nueva misión del escritor como obrero de la cultura."

Sender se da cuenta de que el régimen fomenta la vida colectiva y penaliza la vida individual. “Hemos visto a grandes poetas —explica con admiración— viviendo en ocho metros de espacio… Si no supiera que es una necesidad, pensaría que era un recurso para obligar al ciudadano a reunirse con otros, acostumbrarle a la sociabilidad y a tratar en común todas las cuestiones.” El omnímodo poder de la bestia negra de entonces, la Iglesia, es considerado una de las causas del retraso secular de España y Sender elogia cómo Moscú ha sabido lidiar con asunto tan espinoso. “Los republicanos clásicos españoles —se lamenta— son nada más anticlericales, no antirreligiosos (…) Hemos visto aquí a una vieja de ochenta años santiguarse al pasar frente a esa iglesia. Debe de ser analfabeta, porque la torre está cubierta de grandes letreros: ‘La religión es el opio del pueblo’”.

Y es que en el paraíso socialista, las nuevas autoridades comunistas “fían en el ejemplo y en la persuasión. Hay libertad de cultos. Los escasísimos fieles que quedan pueden hacer  sus prácticas con toda tranquilidad.”

Los revolucionarios hacen a Sender  avergonzarse de la República española, cuando le preguntan extrañados: “¿por qué no han vuelto a producirse en el último año acciones de masas tan importantes como la quema de los conventos?”

Le interesa especialmente el florecimiento de la cultura tras la revolución. Lo primero que llama su atención es que “los escritores no hablan apenas de literatura, sino de política”. Y se encuentra con casos tan curiosos como el de Dostoievski. El autor de Crimen y castigo, “a quien tanto admiran en Europa, está ‘liquidado’.  Es un escritor ultra burgués, cuyo talento no es útil a la revolución y que, por tanto, no interesa.”

Claro, porque las nuevas normas imponen una nueva manera de entender el arte y ya no tiene sentido el relato derrotista, porque “toda la miseria que conocemos por la literatura, la tristeza fatalista y resignada, ha desaparecido”.

No es de extrañar  que se quede fascinado con los escritos vigorizantes de Gorki, en especial los reportajes sobre la construcción de un faraónico canal para unir el Mar Blanco con el Báltico: “Presentan —explica Sender sobre los artículos— a varios tipos de criminales redimidos por el trabajo, orgullosos de haber dado a su vida un punto de referencia elevado. Se consideran autores de una gran obra”.

El propio Sender está concienciado de la nueva misión del escritor como obrero de la cultura, y así se lo explica a los rusos: “Yo os aseguro que no soy un literato, que escribo libros y artículos porque no sé amasar cal y arena, ni curtir cuero, ni conducir un tranvía, ni siquiera multiplicar ágilmente en una oficina. Porque es lo único que sé hacer para vivir”.

Las conclusiones no pueden ser más alentadoras. Se va apenado porque será difícil aplicar estas enseñanzas en la república burguesa española. “Me compadecen porque vuelvo al mundo de las contradicciones y de la falta de sentido”. Y les lanza a los camaradas una arenga para que perseveren en la lucha: “Cada vez que claváis el azadón en la estepa, tiembla el campo andaluz, se agitan las espigas en Egipto y la vibración llega al cogollo  financiero de Nueva York.”

"La forma en la que Sender describe un grupo que viaja en su mismo tren es muy reveladora de la idea que se tenía entonces del pueblo hebreo."

Para llegar a Moscú desde Madrid, Sender debe pasar por Alemania. Es el año 33 y su testimonio es extraordinariamente valioso, aunque su percepción es muy diferente a la mostrada sobre la URSS.  Reflexiona sobre cómo “los socialdemócratas se han hecho todos nazis” y parecen “autómatas corriendo hacia su propia destrucción”. Concluye que ”la invasión de literatura erótica y decadente ha hecho estragos aquí y en todas partes.”

Entonces, “Hitler es el mayor espectáculo que tiene Alemania”, así que el reportero no pierde la ocasión de asistir a un mitin para ver al führer en acción: “No es una individualidad. Es un millón de germanos uniformados. No ha dicho en su vida Hitler una frase original, una idea verdaderamente propia. Desde el año 1919 viene repitiendo las mismas toscas generalidades sobre la patria, la producción industrial y la raza.”

La forma en la que Sender describe un grupo que viaja en su mismo tren es muy reveladora de la idea que se tenía entonces del pueblo hebreo: “Los viajeros son en su mayoría judíos (…) Hablan entre sí a voces, con grandes gestos. Desde luego, se hacen los dueños del tren. Si quieren avanzar por el pasillo, meten una maleta contra el costado a los que están delante, nos pisan sin disculparse, escupen y discuten con los empleados. Se explica el odio del germano…” Estremece leerlo, aunque ya hayan pasado setenta años después del Holocausto.

Sender  acabaría abandonando la lucha comunista, víctima del desencanto como Orwell, Dos Passos o Camus. En plena guerra, se exilió en México y de allí pasó a los Estados Unidos. Las circunstancias de su ruptura con el PCE no llegaron a aclararse. No debieron de ser muy amistosas porque el mismísimo Enrique Líster llegó a llamarle “desertor”.

"Su otro trabajo cumbre fue la cobertura de los sucesos de1933 en Casas Viejas, en los que murieron 26 personas entre anarquistas sublevados, fuerzas del orden y vecinos que nada tenían que ver. "

Pasiones políticas aparte, propias de la época que le tocó vivir, Sender es un referente como periodista. Antes de este viaje a Rusia, ya se había convertido en un reportero notable. Había contado para El Sol en 1925 el desenlace del  conocido como Crimen de Cuenca. Los hechos tuvieron lugar en 1910. Dos campesinos, sometidos a terribles torturas, confesaron el asesinato que no habían cometido. Quince años después, la vuelta  de un vecino desaparecido, el asesino, dejó al descubierto el tremento error judicial. Sender  lo contó en la prensa y luego lo convirtió en novela bajo el título El lugar de un hombre. Este caso le convirtió en periodista prestigioso.

Su otro trabajo cumbre fue la cobertura de los sucesos de1933 en Casas Viejas, en los que murieron 26 personas entre anarquistas sublevados, fuerzas del orden y vecinos que nada tenían que ver. Escribió sus crónicas para La Libertad y luego las convirtió en libro: Viaje a la aldea del crimen. Documental de Casas Viejas (1934), rescatado por Libros del Asteroide el año pasado.

Como bien explica José-Carlos Mainer en el prólogo de Madrid-Moscú, “la crónica se afianzó, a finales del siglo XIX, como la percepción más personal de la incertidumbre entre lo duradero y lo mutable. El posterior reportaje nació del culto de la noticia y de aquella otra ansia inagotable de mutaciones históricas. Y de la posibilidad de verlas y contarlas…”

Los reportajes sobre la joven revolución soviética, de apenas 15 años, son un buen ejemplo de esa necesidad de ser testigo de la Historia. Como le dice en Moscú un anarquista converso al escritor explicando las bondades del comunismo: “Hay que venir a verlo”. Y Sender fue.

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