—Algún día iré a Zenda —dije.
—Está usted loco.
Anthony Hope
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Sergio Vila-Sanjuán: “Escribo novelas con propósito”

Sergio Vila–Sanjuán. Foto: Jeosm

Nadie es capaz de saber si Sergio Vila–Sanjuán, como Orson Welles, espera a que la máquina de escribir lo aplauda al terminar un capítulo. Lo que sí salta a la vista es el influjo que el director, actor y guionista estadounidense tuvo sobre él. Un efecto lo suficientemente lento y duradero como para que Vila–Sanjuán decidiera comenzar El informe Casabona (Destino), su tercera novela, con una cita suya que hace las veces de brújula de todo cuanto ocurre en estas páginas: “Si quieres un final feliz, todo depende, por supuesto, de dónde detengas tu historia”. La  frase no es casual y quienes conocen a Vila-Sanjuán saben que la suya —su historia— arranca muy lejos. Eso importa, y mucho.

El informe CasabonaEscrita como un artefacto que mezcla el periodismo y la ficción, El informe Casabona da continuidad a la saga barcelonesa de Vila-Sanjuán. Si la primera novela ocurría en la década de 1920 y la segunda en 1960, en esta oportunidad la acción tiene lugar en el presente, justo en el año 2015. Sergio Vila-Sanjuán presenta así un nuevo personaje: Víctor Balmoral, un trasunto de sí mismo, un veterano periodista cultural que recibe el encargo de reconstruir la vida de Alejandro Casabona, un poderoso empresario y político catalán, que muere durante la tradicional comida que los reyes ofrecen en el Palacio Real de Madrid el día de la entrega del Premio Cervantes.

A lo largo de casi 300 páginas, Sergio Vila-Sanjuán compone —como si de una gran investigación detectivesca se tratara— la biografía fragmentada de Casabona, un hombre de 90 años que le permite moverse a sus anchas por la historia de la Barcelona del último siglo. Alejandro Casabona es alguien que se comporta de distintas formas a lo largo de una misma vida: el hijo de un burgués aliado del bando nacional; el joven emprendedor que retó a todos con sus encantos pero también el prohombre, el político, el mecenas. Alguien en apariencia excepcional que deja a su paso los destrozos que acompañan sus actos: tres matrimonios, dos hijos que apenas se sobreponen de su éxito, una larga cadena de favores así como el retrato torcido de una burguesía catalana encerrada en un fin de ciclo.

De ahí que la frase de Orson Welles parezca una advertencia… o una respuesta. Dependiendo del lugar, el resultado luce distinto. Un mecanismo que entiende la memoria como esa forma problemática de verdad que resulta al reunir en un mismo plano los recuerdos (contradictorios) que distintas personas guardan de un mismo hecho.

El personaje de Alejandro Casabona le permite a usted recorrer todas las generaciones y hacer un barrido de Barcelona.

—Una de las cosas que explicaría al personaje de  Alejandro Casabona es la cita de Orson Welles. Lo tuve muy presente como referencia al momento de escribir, por su película Mr. Arkadin. La vi de adolescente y todavía me impacta. Es una investigación biográfica, que aunque toma la estructura de la novela negra, no es tal. Lo que se debate no es quién hizo qué, sino cuál es la verdad del personaje. Quería que esta novela fuese una investigación con alguien lo suficientemente viejo para que cada etapa de la vida hablara de alguien diferente —explica el escritor.

Sergio Vila-Sanjuán. Foto: JeosmSergio Vila-Sanjuán ni siquiera había nacido cuando Orson Welles viajó a España para filmar Mr. Arkadin (1955), una película que sirve para explicar las obsesiones de quienes saben que la confección de una historia lleva en su interior el germen de la propia. No hay que olvidar que el relato centra; confiere pertenencia; guarece. Como Mr. Arkadin, el viejo magnate dueño de un imperio industrial que ha perdido la memoria y busca a alguien que reconstruya su vida en la película de Welles, a Sergio Vila-Sanjuán le puede la necesidad de relatar a otros a la vez que se ordena —se significa— a sí mismo. Eso que él llama “escribir con propósito”. Por eso, esta vez cuenta la Barcelona que ha vivido en la biografía de alguien más, un hombre que es al mismo tiempo muchas y contradictorias versiones de sí mismo.

Miembro de la tercera generación de una familia de periodistas y escritores, algo en Sergio Vila-Sanjuán parece no sólo emparentarlo sino empujarlo hacia su origen. Es nieto de Pablo Vila-Sanjuán, periodista y escritor en quien inspiró su primera novela Una heredera de Barcelona (2010), e hijo del también escritor Luis Vila-Sanjuán, protagonista de Estaba en el aire, la segunda novela que dedica a la Barcelona del siglo XX y con la que obtuvo el premio Nadal, en 2013.  Adelante y atrás; una cosa y su reverso. Parece que Sergio Vila-Sanjuán se mueve siempre en una bisagra entre el presente y el pasado; la realidad y la ficción; el periodismo y la literatura; él y los otros.

Después de terminar la carrera de Historia en la Universidad Autónoma de Barcelona, con apenas 21 años, Sergio Vila-Sanjuán comenzó a trabajar en El Correo Catalán, pasó luego a El Noticiero Universal y desde 1987 forma parte de La Vanguardia, cabecera donde dirige el suplemento Cultura/s. Discreto y educado en sus formas, no muy efusivas pero cordiales, Vila-Sanjuán se ha dedicado al periodismo de libros, esa disciplina que reúne a la literatura, los autores y las editoriales. Publicó varios volúmenes de no ficción al respecto, entre ellos Pasando página. Autores y editores en la España democrática (2003), un exhaustivo repaso del mundo editorial español, y Código best seller (2011), donde investiga las claves que convierten a un libro en un fenómeno de ventas. Justamente este último puede que sea uno de los datos más a favor de quien acude a entrevistarlo esta mañana. Alguien que se dedica a estudiar la estructura de los relatos de otros nunca es el de todo inocente, ni siquiera para la elección de un final, sea o no feliz.

"Esta novela arranca en el año 2015, en el Palacio Real, con un rey nuevo. Se ha cerrado una etapa de la vida de España encarnada por el reinado de Juan Carlos I."

Su primera novela la dedicó a la Barcelona de 1920, la de su abuelo; la segunda, ambientada en 1960, a la de su padre. Ésta es la suya. ¿Qué tanto de usted hay realmente en Víctor Balmoral?

—Algo hay, pero minimizado. En la primera novela, Una heredera de Barcelona, cerca de un 80% pertenecía a mi abuelo; en la segunda, Estaba en el aire, mi padre puede llegar a ser un 50% y, en este caso, con El informe Casabona, a Balmoral le presté un 20% de mí: algunas anécdotas y vivencias, aunque la verdad es que es muy distinto. Me interesaba mantener la continuidad: una ciudad vista a través de tres generaciones de periodistas, gente que tiene capacidad de acceder a lugares a los que muchos otros no pueden y, al mismo tiempo, con un ambiente familiar —esta es la primera de las cuatro veces en que Sergio Vila-Sanjuán alude a la idea del periodismo como salvoconducto entre lo común y lo excepcional—.

De esas tres generaciones, la de Balmoral transmite una sensación de fin de ciclo. Narra un mundo crepuscular. ¿Le ocurre lo mismo a usted?

—El personaje del periodista lo coloco porque, además de los distintos ambientes —otra vez alude a la bisagra entre un mundo sin atributos y otro redimido de la normalidad—, también quería tocar el tema paterno-filial de una forma metafórica. Resulta evidente que la relación entre el investigador y el investigado es casi de ese tipo. Alejandro Casabona es un padre al que los hijos no le han salido bien, que no ha conseguido tener una relación emotiva con ellos, mientras que Víctor Balmoral tiene un padre que se marchó de casa dejando un gran pufo de dinero y a la madre desesperada. Balmoral ha crecido sin padre, quizá por eso incluso antes de comenzar la investigación, percibe a Casabona como una figura paterna.

La seguridad paterna es una forma de esplendor y bienestar que se extingue. ¿La sociedad catalana ha experimentado lo mismo?

—Es lógico que exista esa sensación crepuscular. Esta novela arranca en el año 2015, en el Palacio Real, con un rey nuevo. Se ha cerrado una etapa de la vida de España encarnada por el reinado Juan Carlos I. En ese tiempo ocurre el ascenso de Podemos, cambia la forma de hacer política y el independentismo se expresa con más fuerza en Cataluña, aunque ese tema no está tratado en la novela. En esa fecha ocurren escándalos financieros que involucraron a hombres importantes. En Cataluña, por ejemplo, ocurrió con Jordi Pujol. Esto crea un clima de fin de ciclo en lo moral, político y económico. Desde el punto de vista periodístico, también ocurre. Mi generación ha visto un cambio muy radical. Resulta evidente que se abre una nueva época de la información cultural. Hoy ya no es como en los años gloriosos de los ochenta. Yo, que he investigado un poco la historia del periodismo cultural en España…

¿Un poco, dice?

—Digamos que un poquito — Vila-Sanjuán acusa la inmodestia y ríe como quien sabe que puede permitírselo—. En el recorrido histórico es posible ver cómo el periodismo cultural pasa de no existir, porque con Franco no existía algo parecido a la información cultural, a su estallido. El Estado español nacido a raíz de la constitución de 1977 entiende la Cultura como un elemento de identidad; de la misma forma en que lo considera el gobierno socialista de Mitterrand y que concibe que debe de ser el Estado quien se ocupe de la cultura. Por eso tanto en España como en Francia la cultura importa. Esa dinámica hace que la información cultural se amplíe. En aquellos años estaba todavía muy dispersa dentro de los periódicos españoles, a veces perdida en artículos de opinión, hasta que se crean propiamente las secciones de Cultura; también la televisión y las radios comienzan a difundir contenido e información cultural. En una década el periodismo cultural se multiplica por veinte. Es entonces cuando surge la etapa dorada del periodismo cultural, desde 1980 hasta 2006. Hace 15 años no había televisión autonómica que no tuviera un programa de libros y eso no pasaba en otros países con más tradición cultural que la nuestra. Con la crisis y el cierre de medios, se redujo el espacio.

El proceso que describe alude a la cultura como un relato colectivo, o la aspiración a tal cosa. ¿España ha perdido la capacidad de generar discurso sobre sí misma?

—Depende de la posición vital y cronológica, también intelectual. Yo formo parte de la generación posmoderna, que es la que entra en escena a finales de los setenta y los ochenta. Es la generación que cree en el retorno de la narrativa, pero incorporando elementos meta-literarios y meta-culturales. Yo estaba a favor de la novela con argumento, de la pintura figurativa. He pensado toda mi vida como periodista pero también como comisario de exposiciones de pintura moderna. Yo hice el primer libro sobre Miquel Barceló, que es uno de los artistas característicos de esa generación. Es mi mundo.

—Coinciden en usted distintas áreas del conocimiento: la historia, el arte, la literatura. Tiene usted un espíritu humanista, casi a contrarreloj.

Modestamente.

"A mí no me interesa ponerme hacer novela negra de consumo, sino libros interesantes que lleguen a un lector sin excesivo sacrificio, pero de forma amena."

—Me refiero a que algo delata en usted al escritor del tipo Henry James o Wharton. Autores que hablan de un mundo sofisticado, a la vez que procuran dar cuenta de sí mismos y de un tiempo.

Hablas de escritores que para mí han sido muy importantes: Henry James, Andrew Wharton o Evelyn Waugh. Toda esta narrativa melancólica de una clase social desaparecida, que tanto me atrajo y tan bien me ha funcionado. No soy una persona nostálgica, creo en el futuro. Pero al mismo tiempo son ambientes que he conocido. Vengo de una familia burguesa de cierto nivel que con los años fue perdiendo capacidad económica. A mí no me ha llegado la parte más sustanciosa, pero sí he podido ver su expresión social y por ende, su extinción. Me refiero al mundo burgués o alto burgués catalán. Por eso conecto con Wharton o con James, pero no me interesa quedarme como cantor de un mundo que desaparece, porque como periodista he tenido la suerte de conocer a muchas personas —la tercera mención, otra vez. Así que intento compensar un poco.

—No hablo de melancolía, sino de hasta qué punto reivindica al escritor capaz de articular las novelas como artefacto del tiempo al que pertenece.

Mi capacidad literaria es restringida. Me puse a escribir tarde, a los 50. Lo había hecho de joven, pero dejé de hacerlo y lo retomé. No tengo una gran capacidad, pero sí algunas capacidades y recursos restringidos: un horario limitado, que me permite embarcarme en proyectos concretos. Tengo una trayectoria de 40 años en el mundo cultural español —cuarta vez— y lo que me interesa es reflexionar y recapitular todo eso que he visto y vivido. A mí no me interesa ponerme hacer novela negra de consumo, sino libros interesantes que lleguen a un lector sin excesivo sacrificio, pero de forma amena.

—¿Cuál es la Barcelona que a usted le interesa … literaria y personalmente hablando?

Me interesan todas: la Barcelona que yo he vivido pero también la historia barcelonesa, que se ha convertido en uno de mis temas literarios de forma inevitable. He escrito e investigado mucho sobre ella. Hice un librito —Vila-Sanjuán dice así: librito, como si la importancia fuera un hilo que afea el hombro de una americana— con Sergi Doria que se llama Paseos por la Barcelona literaria (Planeta), con lo cual puedo decir que conozco un poquito la tradición literaria de la ciudad. Me interesa plasmar Barcelona en los niveles que manejo: la historia de mi familia, que al ser periodistas han visto muchas cosas. Ellos además eran activistas monárquicos, que eso en Cataluña era una rareza, pero que tiene connotaciones simbólicas y literarias que a mí me interesan. Quería contar además la Barcelona que yo he visto como cronista cultural y cronista social. Hace dos o tres años me hicieron miembro de la Real Academia de las Buenas Letras de Barcelona, que es como el centro nuclear del humanismo catalán de los tres últimos siglos. Allí hay mucha información de la historia cultural de la ciudad y no descarto algún día hacer ese abordaje como el que hizo Manuel Mujica Láinez con Misteriosa Buenos Aires, o salvando todas las distancias, el de Leo Perutz con Praga. El tema de la Bibliofilia también me interesa. Barcelona es una ciudad de libros y no de ahora, de los siglos XIII, XIV o XV. Eso conecta mucho con mis intereses, ¿no?

Sergio Vila-Sanjuán, entrevistado por Karina Sainz Borgo. Foto: Jeosm

Vestido con una americana de pana, Sergio Vila-Sanjuán lleva consigo un maletín negro. El objeto luce pesado y tiene el aspecto compacto de los estuches para ordenadores portátiles. Acaso lo trajo consigo para trabajar en el vagón del tren AVE que viaja de Barcelona a Madrid y en el que Vila-Sanjuán ha llegado muy pronto en la mañana. El periodista está en la ciudad para presentar la novela y cumplir con algunos compromisos de promoción del que forma parte esta conversación, la segunda que sostiene durante la mañana.

Así como Vila-Sanjuán sabe que nadie escribe una novela inocentemente de la misma forma en que nadie pregunta sin intención, el tono de sus primeras respuestas tiene esa propiedad de las cosas que se desmayan. No es por falta de entusiasmo, mucho menos de cortesía. El saber estar de Sergio Vila-Sanjuán es tan natural como ese rizo del acento barcelonés con el que ensortija las palabras. Así que no se trata de modales, sino de algo casi reflejo, eso que saben reconocer los que llevan años ejerciendo un oficio. En su caso 40 años de entrevistas se notan.

Víctor Balmoral, el protagonista de El informe Casabona, y Sergio Vila-Sanjuán comparten generación, oficio y gusto por la literatura. También una larga trayectoria, una cierta posición de poder, ambición intelectual y el sello de su árbol familiar, cuyas ramas están bien enraizadas en la burguesía catalana. De ahí que los personajes de esta novela compongan una especie de fotografía con cicatrices, un retrato astillado de la Barcelona donde Sergio Vila-Sanjuán creció. Algo suyo hay en Víctor Balmoral, pero es mucho menos de lo que realmente puedan llegar a pensar los lectores, dice él.

A sus casi 50, Víctor Balmoral está a punto de ser desalojado de la casa de infancia, un señorial piso donde pasó sus mejores años junto a su madre y que debe abandonar tras la muerte de ésta, porque el nuevo alquiler le resulta prohibitivo. Balmoral, que creció en un hogar donde el padre ausente dilapidó la fortuna materna pero no el abolengo, no posee los caudales del hombre cuya vida debe investigar y rastrear, pero lo conoce y bastante bien. Se trata de Alejandro Casabona, de quien debe aclarar si es en verdad el prohombre catalán que todos dicen.

"Unas memorias escritas por el propio Casabona aparecen justo en el medio de la trama. A través de un juego de voces y testimonios, el lector se topa con una especie de novela independiente protagonizada por una mujer."

Aunque todo brille como un hilo de oro, hay cabos sueltos. Tras la muerte de Alejandro Casabona se esparce un vapor de rumores —la hipótesis del envenenamiento nunca queda del todo resuelta—. Por eso, una misteriosa académica responsable de una institución contacta a Víctor Balmoral. Quiere tener plena certeza del origen de la riqueza de su benefactor, quien les ha asignado una jugosa cantidad de su herencia en su testamento. Esa es la misión de Balmoral: averiguar las luces y sombras de este hombre por el que siente una lejana simpatía y que muere de forma súbita en un momento en el que el fisco le pisa los talones.

Balmoral emprende así un perfil biográfico que lo obliga a hablar con dos de las tres mujeres de Alejandro Casabona —falta, claro, la que murió asesinada de un disparo en su bufete de abogados—; sus dos hijos, supervivientes desiguales al brillo y energía del padre; así como con sus colaboradores más cercanos. Unas memorias escritas por el propio Casabona aparecen justo en el medio de la trama. A través de un juego de voces y testimonios, el lector se topa con una especie de novela independiente protagonizada por una mujer que marcó a Casabona. Se trata de la tía Mery, la piedra más brillante de un mundo que Sergio Vila-Sanjuán levanta en muy pocas páginas y con los recursos justos. Los necesarios.

—Entre los testimonios de esta especie de novela-perfil, usa la novela de la tía Mery para tratar la violencia anarquista del 36, al mismo tiempo que para contar, en la voz de un personaje del bando nacional, una paz sin reconciliación.

—En Cataluña la insurrección franquista fracasa —Vila-Sanjuán usa el tiempo verbal del reporterismo, el presente—. La izquierda y los anarquistas declaran una revolución del tipo leninista que pretende eliminar las clases dirigentes. Desde finales del siglo XIX, en Barcelona, los anarquistas y otros grupos habían desarrollado una literatura muy virulenta, que se resuelve a lo bestia con la dictadura de Primo de Rivera. Pero tanto la burguesía como los anarquistas son incapaces de llegar a acuerdos y eso se expresa en la Guerra Civil, donde participan los mismos que estuvieron en conflicto antes. Según los anarquistas había que eliminar a la iglesia porque era cómplice de los explotadores, la burguesía, el gobierno y los militares. Es cierto que una parte de la iglesia había pactado con las clases dirigentes, pero otra parte más sensata apostó por centros escolares para las clases trabajadoras, en función de la epístola de León XIII. Sabían que eran necesarias las reformas sociales o, de lo contrario, todo se iría al desastre.

Y el desastre llegó.

—Cuando estalla la Guerra Civil se ejecutan matanzas muy salvajes de curas, monjas y creyentes. Sólo en Barcelona asesinaron a 3.000 capellanes. En toda España llegaron a ser 6.000. A mí me parece un tema olvidado e interesante y me servía para configurar este personaje, la tía Mery: una mujer fuerte y valiente. Lo mejor que tiene Alejandro Casabona lo ha sacado de ella. He conocido mujeres de estas, algunas en mi ámbito familiar. Son mujeres echadas para adelante, pero en el caso de esta novela quería y necesitaba que estuviese moralmente limpia. El problema es que hay muy poca gente moralmente limpia en la Guerra Civil.

—Ya que habla de moral, ¿en qué se parece Mery a la Tona de Estaba en el aire? Además de la fortaleza, ¿qué comparten? ¿En qué se parece Víctor Balmoral a su ‘abuelo’ Pablo Vilar de su primera novela?

—Como personajes masculinos hay que decir que el Pablo Vilar de Una heredera de Barcelona es un hombre con convicciones claras, ideas por las que eran capaces de morir y vivir en aquel entonces. Balmoral es un personaje más posmoderno, que tiene más dudas sobre lo que es la verdad y sus códigos de actuación se limitan a no fastidiar a los demás y ver cómo se van configurando las distintas situaciones para él hacer sus proyectos. Él no tiene el rasero del bien y del mal que Pablo Vilar, su supuesto abuelo, que no es tal. El personaje de Estaba en el aire, Tona Viladomiu, es una mujer de alta sociedad destruida por todas las convenciones de su época y que para conseguir un objetivo traza una estrategia que no es ética: aprovecharse de un hombre de poder para recuperar a su hija. Tona es distinta. Es una resiliente. La machacan, pero busca una estrategia y no tiene ninguna cortapisa al momento de hacerlo.

¿Por qué los hijos de Casabona no se sobreponen a su padre y él sí al suyo?

—Porque lo reta y le gana. Si te llevas mal con un padre poderoso, hay tres opciones: que te entiendas con él; que lo superes o que te queme. Hay gente magnética que hace cosas estupendas para su entorno y la sociedad, pero arrasa a los suyos. Alejandro Casabona, como mínimo, quema a dos de sus mujeres, a sus colaboradores y sus hijos.

La académica que encarga la investigación a Casabona… Hay algo oscuro en ella, quizá porque alude a una versión ‘renovada’ del mecenas, el eterno poder de las élites.

"Si te llevas mal con un padre poderoso, hay tres opciones: que te entiendas con él; que lo superes o que te queme."

—De forma muy deliberada quise hacer un personaje misterioso, que perteneciera a una institución elitista, porque creo que nuestra sociedad en parte está movida por centros que estudian las cosas y desarrollan estrategias. Si hago más novelas de esta serie, me gustaría seguir este personaje que a lo largo de los siglos no ha parado de funcionar.

Y que en la sociedad barcelonesa han tenido mucho peso …

—Y en la suramericana también. Casi todas las sociedades formaron círculos: de masones, sociedades del conocimiento. En cada época hay pequeños grupos que intentan encontrar una manera de planificar el futuro.

—En sus libros Los abajo firmantes, Santos Juliá asegura que Barcelona siempre fue por delante de Madrid en una conciencia de incidencia de sus élites. Anticiparse es una forma de poder.

—Barcelona (y Cataluña claro) es la primera sociedad que hace la revolución industrial. Tuvo una clase dirigente fuerte y con bastante sensibilidad cultural. Por eso al final del XIX, Barcelona es una ciudad europea y cuando vienen Emilia Pardo Bazán o Unamuno dicen que se sienten como en París. Barcelona es una sociedad de grandes conflictos sociales derivados de esto: cuando se industrializa, vienen muchos anarquistas y se convierte en un laboratorio de lo que pasará en el resto de España.

El asunto es para preocuparse. A juzgar por el espíritu secesionista de estos tiempos.

—Yo no soy independentista (lo sabe todo el mundo), pero es verdad que en Barcelona hay una discusión sobre cómo organizar el sistema político que incide en el resto de España.

A su manera es un signo de fin…

—Sí, de fin de ciclo, exactamente. Los siglos siempre comienzan algo más tarde. El XX comenzó en 1914, con la Primera Guerra Mundial. Probablemente ahora estamos comenzando el siglo XXI.

—La novela tiene una construcción coral, que se comporta como un reportaje. También recupera el mecanismo del manuscrito hallado que usó en su primera novela. ¿Qué pretendía con esta estructura?

—La estructura es el gran tema. Es el tema de Henry James, de Vargas Llosa, de los que saben cómo construir una novela. De si lo haces bien o no, depende que se te pueda ver como un escritor profesionalmente solvente. En mi primera novela usé el recurso del manuscrito encontrado, que es un clásico. La segunda novela empezaba en los años 1960, un tiempo en el que se usaba mucho la novela objetivista: plasmar el día a día, tal cual, en parte como consecuencia de la influencia del nouveau roman. En esta última novela he mezclado dos puntos de vista: uno es del tipo Mr. Arkadin, que proviene de la investigación en bruto y en el que las voces te van dando el ritmo, es entonces cuando introduzco un retorno al pasado a través de la voz de Alejandro Casabona, que son los recuerdos de la tía Mery recogidos por su sobrino y un editor, pero en la que hay un envoltorio, en tercera persona, que es la presentación del personaje. A eso se añade la corrección de la investigación. La primera y la última parte son cojines para acolchar la investigación en bruto, que funciona como un juego de espejos.

Esto va a ser una serie. Lo insinúa la cita de Welles que abre el libro: “Si quieres un final feliz, todo depende, por supuesto, de dónde detengas tu historia” y lo confirma al cerrar.

—Quiero seguir con el personaje. Esto no es una serie de enigmas, sino de investigaciones biográficas de la que quisiera hacer unas entregas más. Deseo mantener un personaje, como el que tiene Richard Ford con su protagonista de El Periodista deportivo, Frank Bascombe, o Agatha Christie con Miss Marple. Dicho muy pretenciosamente: lo que he intentado con estos tres libros, aunque sean realistas, es que tengan un espíritu de fábula. Los tres, hasta ahora, explican una cosa simbólica que tiene importancia, al menos para mí. En la primera novela lo que me interesaba contar era el tema del intercambio de favores: un conservador salva la vida a un anarquista y luego este anarquista salva la del conservador, con lo cual, por encima de las diferencias políticas, aludía al hecho de que dos personas civilizadas y racionales podían hacer esto. En mi segunda novela, en la que la sociedad y la legislación condenan a una mujer a perder a sus hijos, ésta se organiza para recuperarlos a través de una trama que éticamente es discutible pero que cualquiera perdonaría. Ahora, el tema de Balmoral se refiere simbólicamente a cómo un hombre de negocios tiene varias vidas, cómo algunas de ellas son estupendas y otras no. Y con esto podemos explicar ciertos temas de la España y la Barcelona contemporánea. A mí me gusta hacer fábulas, escribir novelas con moraleja.

—Es decir, ¿usted escribe con propósito?

"La estructura es el gran tema. De si lo haces bien o no, depende que se te pueda ver como un escritor profesionalmente solvente."

—Sí. Escribo con propósito. Hago novelas con propósito.

—No se le caen los anillos al decirlo. Muchos no lo dicen tan abiertamente hoy día.

—A mí no. Me gustaría encontrar dos o tres historias que tuvieran un simbolismo fuerte y que a la vez pudieran servir para contar cosas que yo he vivido.

—¿Usted es un novelista que ejerció de periodista? ¿Un periodista? ¿O un historiador que se piensa aprovechar de los otros dos?

—(Sergio Vila-Sanjuán se detiene, duda como quien quiere ir al mismo tiempo hacia arriba y hacia abajo, dentro y fuera) A mí el periodismo cultural me ha permitido llevar una vida significativa y satisfactoria. Ha sido mi hilo conductor. A partir de ahí lo he ampliado hacia otros territorios. Si hasta ahora había sido 90% periodista cultural y un 10% de novelista, ahora soy un 70% y 30%. Y dentro de quince años, probablemente, será distinto. Las cosas son dinámicas.

—Javier Gomá tiene una expresión: beatería cultural. Usted, que tiene 40 años en esto, ¿hasta qué punto el periodismo cultural ha contribuido con esa beatería?

—Puede que exista, pero es merecida. Yo, a los 20 años conocí a Borges. Hice la primera entrevista que se publicó en España a Milan Kundera. Conocí a Mujica Láinez, a Octavio Paz. Eso me bloqueó durante un tiempo. Me dije: estás haciendo periodismo cultural. Si quieres escribir no tienes ni la vigésima parte de lo que tienen estos. Quizá no me tocaba, porque a cada uno le toca en un momento distinto. Yo tuve la suerte de tratar, entrevistar y profundizar a los pesos pesadísimos de la época. Esto te da un bagaje. A los 20 dejé de escribir ficción pensando que era una broma, tuve que esperar a los 50 para, a mi nivel, hacer mis cositas, ¿no?

No es posible saber si aquel día Sergio Vila-Sanjuán vestía el traje marinero de los que reciben la primera comunión. Él sólo recuerda la edad que tenía y el suceso que convirtió el sacramento en la iniciación en otra fe distinta a la católica. Porque así fue: la literatura pasó de ser un entretenimiento a ser una religión. Entre los regalos de aquella fecha, el pequeño Vila-Sanjuán recibió una edición de Las mil y una noches que una tía suya tuvo la amabilidad —o la maldad— de hacerle llegar sin la poda que evita al lector infantil las páginas y páginas de decapitados, ultrajados y torturados personajes que anteceden a las historias de Sherezade, esa mujer que lee para ganar tiempo y salvarse de la muerte que le tiene deparada su marido.

“Sí, el libro que me convirtió en lector fue Las mil y una noches”, cuenta. “Debía de tener unos ocho o diez años. Una tía abuela mía, que nunca he sabido si lo hizo por inocencia o deliberadamente, me dio una edición para adultos. Al abrirla comencé a ver a gente decapitada, eunucos, adulterios, y luego unos cuentos maravillosos. Me tiré un año leyendo una edición que sí, era abreviada, pero no infantil. Así descubrí mi mundo lector: con algo de shock. Porque toda la historia inicial hasta que Scheherazade se pone a contar historias, no es nada infantil. Al contrario, es muy bestia. Pero bueno, fue mi primer libro”.

Escuchar semejante inducción a la lectura sin estallar en risas es imposible, mucho más cuando Vila-Sanjuán procura, todavía a estas alturas, mostrar corrección con quien lo agasajó de forma tan… ¿extraña? Suposiciones a un lado, Vila-Sanjuán está convencido de que ese fue el inicio de una estructura que le fascina: la de quien encadena relatos. “La usan los escritores ingleses a finales del XIX: la usa Conrad; James Hilton, que comienza diciendo: ‘Voy a contar la historia que le ocurrió a un amigo’, y por ahí se va al quinto pino… Eso me gusta. En mis años de adolescencia hubo autores que me marcaron mucho: Marcel Proust; Lawrence Durrell, leí El cuarteto de Alejandría durante mi adolescencia; después Borges y Nabokov. Los leías y decías: ¡Lo moderno es esto!”

¿Qué espacios lectores recuerda? ¿Su casa? ¿La de su abuelo?

—En mi infancia hay libros por todos lados. Mi padre era escritor e historiador. Él trabajaba mucho el tema de la Guerra Civil, yo le hice de documentalista desde muy joven, con 14 o 15 años. Mi casa en sí misma era una biblioteca. En casa de mis abuelos había una buena biblioteca del siglo XIX : Balzac, Pérez-Galdós. Creo que por eso me gustan tanto los folletines. Leí mucho a Nick Carter, Sherlock Holmes, Dumas. El buen folletín del siglo XIX lo leí en casa de mis abuelos. Y luego, mi abuelo paterno, el periodista, se pasaba el día entero en la biblioteca del Ateneo de Barcelona, un lugar muy misterioso. Son espacios de libros muy fuertes. Mi paisaje de infancia está lleno de libros.

¿Cuál es, desde su punto de vista, la Barcelona más bibliófila?

—Una zona del barrio antiguo, donde hay dos o tres bibliotecas importantes. Una de ellas es la de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona. Está situada en un palacio gótico. Si sigues, tienes muy cerca un par de librerías de viejo, donde yo he comprado muchos libros. Son como criptas de la Fe bibliófila. Está también la biblioteca del Ateneo y la Biblioteca de Cataluña, que es potente. Pero, para decir la verdad, yo no me considero bibliófilo. Lo interesante de la Barcelona literaria es la red de nuevas bibliotecas, porque en los últimos 20 años se ha montado una red como de 30 bibliotecas, de arquitectura moderna y con muchas facilidades, con espacios diáfanos que son maravillosos. Intento bascular entre esos dos amores. El pasado me puede, pero el futuro me gusta mucho. No se trata sólo de libros amarillos encuadernados en piel, sino de espacios arquitectónicos.

En Barcelona, por donde uno camina, consigue un lugar fundacional. Del tipo ‘oh, pero si aquí tuvo la Balcells su primera agencia’ …

—Yo hice para La Vanguardia un trabajo sobre el Kilómetro de Oro de la edición de Barcelona. Ahí estaban todos los centros de decisión más importantes del mundo del libro de Hispanoamérica. Entre el Grupo Planeta y el Penguin Random House, estaba la agencia Balcells, la agencia Kerrigan y como seis o siete editoriales pequeñas importantes. Podías hacerlo andando ida y vuelta en 20 minutos.

En su libro Aquellos años del Boom, la Barcelona que describe Xavi Ayén es mítica. No sólo por las editoriales, sino por todo cuanto era literario: los restaurantes, las discotecas… ¡Bocaccio!

"El pasado me puede, pero el futuro me gusta mucho."

—Yo pesqué los coletazos de todo eso. Iba a Bocaccio. Los conocí a casi todos, pero quizá algo más a José Donoso. Con él hice el primer taller de escritura. Bueno, que yo sepa. Donoso vivía en Sitges. Un lugar que en verano es hermoso pero en invierno es húmero y frío. Él se fue allí, con su mujer y su niña. Como se aburría, decide montar un taller literario gratuito siguiendo las normas de Iowa, aquel famoso taller literario de Kurt Vonnegut, que fue el taller literario americano de referencia en los años 30. Pues Donoso montó uno en Sitges en el año 1976 o así, y una vez a la semana recibía a gente para que leyera sus manuscritos. Un amigo mío de la universidad conocía a Donoso y me llevó. Durante dos años estuve llevando mis textos y corrigiéndolos.

—¿Ya eran las arenas romanas de hoy?

—Se discutía, claro. El propio Donoso traía los capítulos de la novela que estaba escribiendo y los leía. Fue interesante toda aquella época del Boom en Barcelona. Estaba Carlos Barral, que era un gran personaje; Vargas Llosa, que por suerte sigue entre nosotros; Carmen Balcells, que era un personaje fascinante, con un carisma y una forma de pensar distinta al resto de la humanidad. También Gil de Biedma. Toda aquella era gente muy brillante.

¿Cómo influyó su tiempo en Estados Unidos?

—Cuando era adolescente estaba fascinado por la cultura americana, especialmente por el cine. Un verano me fui a Estados Unidos, fue el verano del impeachment de Nixon, en 1974. Aprendí muchas cosas. Fui varias veces, en varias ocasiones, para hacer entrevistas: a Paul Auster y los de su generación. Estuve un año en Boston University. Eso me ha influido mucho y creo que hay escritores americanos, como Paul Auster, que para mí han sido parte del top de lo que considero la literatura contemporánea.

Sergio Vila-Sanjuán. Foto: Jeosm

La hora de conversación pactada se ha evaporado. En el lobby del hotel donde esta entrevista ocurre, deambulan periodistas, autores en promoción, jefas de prensa, editores y agentes literarios; todos juntos, como si el sector entero se hubiese puesto de acuerdo para dirimir sus asuntos en el número 11 de la Gran Vía madrileña. Esta mañana, Sergio Vila-Sanjuán es el más antiguo en esta selva de muebles de diseño en la que todos parecen, al mismo tiempo, presa y depredador. El barcelonés se mueve a sus anchas. Lleva mucho tiempo entrando y saliendo de ese lugar donde ninguna pregunta, como ninguna historia, es el de todo inocente. Tenga, o no, un final feliz.

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