—Algún día iré a Zenda —dije.
—Está usted loco.
Anthony Hope
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Tratado teológico político de Spinoza

Hay editoriales de muchos tipos: las centradas en bestsellers, las que se dedican a la poesía, las que ocupan su tiempo con los libros de bolsillo, las que se entrampan en publicar cómics. Y las hay también que nacen para hacernos mejores. Este es el caso de Laetoli: una editorial que ha publicado libros que me han hecho pensar más y mejor, que me han hecho más ateo y más racionalista (¿será esto cuantitativo?). Conozco todas sus colecciones: los didácticos ¡Vaya timo!, Las dos culturas, Biblioteca Darwin o la estupenda Biblioteca Bunge. Todas sirven para reivindicar a la ciencia y el racionalismo, tan maltratados entre religiones, creencias, identidades o esas nuevas tonterías que se llaman “new age”: decía Chesterton que “la gente deja el catolicismo y cree en cosas peores”.

Todo lo que rodea a los libros de Laetoli es como para darse por vencido: viven atrapados entre mensajes emocionales, ficticios, identitarios, es decir, viven atrapados por el tipo de mensajes que, según la(s) psicología(s) humana(s), ganan las batallas y las guerras. Además, estos mensajes se desarrollan hoy en día en el medio perfecto para alcanzar masivamente al personal de la sociedad de consumo. Lo audiovisual, instantáneo y cómodo, campa a sus anchas y el ‘click’ ante el aburrimiento, cada vez más rápido, cada vez más impenitente, es lo que nos valora como individuos “especialísimos” y “delicadísimos”. Si te visitan/ven mucho en tu web o red social, es que vas a triunfar: que clicken, que no piensen. Por eso, aunque tengamos las de perder, hay que estar de lado de editoriales como Laetoli: las que apuestan por un mensaje racional ¡y, encima, impreso en un libro!

"Supongo que me llamarán positivista o algo peor pero es que cuando oigo hablar de metafísica(s), echo mano a la pistola, que diría Goebbels (¿o fue Millán-Astray?)."

Una de las últimas locuras de Laetoli fue crear una colección que convierte su doble salto mortal, racional y en papel, en triple salto mortal. Nada le es más extraño a la sociedad de consumo que el pasado, asumiendo que sepa que existe. Todo, en su constante canibalismo, en su burbuja occidental, debe de ser nuevo o, al menos, parecerlo. Debemos tratar de sorprender a los incautos ciudadanos/consumidores: cuando no se tienen referentes, nuestros anteriores, si son maquillados convenientemente, aparecerán como grandes descubrimientos. Ahí aparece la sigilosa labor de Laetoli con su colección Los ilustrados, un lugar dedicado “a publicar a los autores ilustrados más radicales”, escribe la editorial. Y cuando pienso en radical, siempre se me va la mano a la etimología. “Radical” resulta de “raíz”: se trata en estos libros a filósofos que se enfrentaron de raíz y en su tiempo (s. XVII y XVIII) a la irracionalidad (religiosa, en este caso) que les rodeaba. Hace unos años estos humanos de Laetolia me hicieron conocer a Helvétius y su maravillosa Del espíritu (1758), que demuestra cuántos discípulos tiene sin que supiésemos que lo somos; o El cosmopolita (1750) de Fougeret de Monbron, que ayuda a sobrellevar al ser humano y sus miserias; o Memoria contra religión (1729) de Jean Meslier, que afianzó mi desconfianza de ese ente baboso al que llaman “tolerancia”.

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Recientemente he dedicado un tiempo a varios que no había leído: confirman la idea de que leer lo que publica Laetoli te hace mejor. Son cuatro pequeñas bombas contra la religión que deberían bastar para arrasarla de nuestra cotidianeidad. No antropológicamente, no sociológicamente, no históricamente… sino como base moral o de explicación del ser humano. Supongo que me llamarán positivista o algo peor pero es que cuando oigo hablar de metafísica(s), echo mano a la pistola, que diría Goebbels (¿o fue Millán-Astray?).

Aquí está el Tratado teológico político (1670) de Spinoza, publicado anónimamente, donde se desmontan los mitos del catolicismo uno a uno, sin piedad y con elegancia: en varios capítulos se dan las claves de su moralidad, que proviene del control y la represión social. Capítulo 13: “Se muestra que las enseñanzas de la Escritura son sencillísimas, que su único objetivo es la obediencia”. Capítulo 19: “En él se muestra que el poder soberano tiene el derecho absoluto sobre los asuntos sagrados, y que, para obedecer a Dios con rectitud, la práctica externa de la religión debe de adaptarse a la paz de la república”.

"Frente a tanta religión, tantos como Maréchal que pelearon por echarla de nuestras vidas. Y aún seguimos en ello."

Aquí tengo El cristianismo al descubierto (1761) de Holbach, publicado bajo pseudónimo, donde ataca las ficciones del catolicismo y las motivaciones para creer (aunque se le olvide la identitaria, quizá la más importante): “decir que se cree lo que no se concibe es mentir de manera evidente; creer sin darse cuenta de lo que se cree constituye un absurdo. Hay que sopesar los motivos de la creencia (…) [Los argumentos en favor de la fe de los cristianos] se reducen a decir: para creer en la religión hay que tener fe y para tener fe hay que creer en la religión. (…) La fe desaparece en el momento que se razona” (pag. 97).

diccionario-de-ateosAquí veo El paseo del escéptico de Diderot, escrito en 1747 pero requisado por un teniente de policía durante años, que resulta del camino del filósofo francés hacia el ateísmo/Ilustración: un discurrir que iría en paralelo al de su país y que, como muy bien recuerda Mario Bunge en el epílogo (titulado también muy acertadamente “Bienvenida a la Ilustración con tres siglos de retraso”) casi ni se olió en España. “La Península Ibérica fue una de las pocas regiones de Europa Occidental que escapó en gran medida de los tres grandes movimientos de ideas, sentimientos e instituciones que forjaron la modernidad: el Renacimiento, la Reforma Religiosa, la Revolución científica y la Ilustración”. Haced el camino de Diderot aunque solo sea con tres siglos de retraso y mucha Iglesia nacionalcatólica de por medio. Os sentará bien.

Por último, un descubrimiento: Sylvain Marechal (1750-1803) y su imponente Diccionario de ateos. Aquí, casi un glosario de Los ilustrados: una especie de Vidas de santo con la que se equilibra el Universo. Frente a tanta religión, tantos como Maréchal que pelearon por echarla de nuestras vidas. Y aún seguimos en ello.

Pero no os creáis que la colección “Los ilustrados” de Laetoli, y la propia Laetoli, se queda en estos títulos. Haceos un favor: leedlos y sed mejores sin religión.

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