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Reseña de Golpes bajos de Gistau

Existe un subgénero literario que lleva bebiendo más de un siglo de muchos otros y revive cuando menos se lo espera, sin dar demasiadas explicaciones ni llamar la atención en exceso, pero haciéndose necesario y siempre legando buenas historias a la posteridad. Las anécdotas que en él se encuadran están llenas de humo, dolor, decepciones y cualquier nómina que incluya la pasión y la lucha por la vida: las sombras del destino siempre buscan acomodo entre las cuerdas de estos relatos y, cuando los argumentos son honestos, el lector avisado no espera que lleguen los milagros. Y todo porque lo que está en juego no es sólo la dignidad, es la bolsa del dinero, la apuesta de tahúr y el amaño del sagaz. En esta ocasión es David Gistau (Madrid, 1970) quien entrega con su tercera novela la peripecia de Alfredo, el propietario de un gimnasio de barrio madrileño del Lucero, en La Latina, en el que trata de preparar a Damián para la posteridad pugilística siempre que el gángster Piñata le dé ocasión. Si a estos ingredientes les añadimos a Magda, una presentadora de televisión venida a menos, y dejamos que entre puños y cócteles pase la vida alternando los escenarios de la alta sociedad con los bajos fondos, ya tenemos dispuesta la aventura que se narra en Golpes bajos.

"Lo mejor de Golpes bajos es sin duda la frescura de sus diálogos, la jerga madrileña y la ausencia de sonrojo a la hora de dejar constancia de los lugares comunes que acompañan a la literatura de sudor y asaltos."

No habrá que desvelar la trama de la novela, pero tampoco nadie se sorprenderá de ciertos tópicos que acompañan al género desde sus comienzos: la oportunidad que no habrá de dejarse pasar, fogonazos de adrenalina, aroma de conflicto y el deseo de riquezas inmediatas soñadas desde los estratos de la humildad. Ingredientes que pueden rastrearse últimamente en las novelas cortas recogidas en Cuarteto de cuerdas, de Javier Ors (Berenice, 2016) o la antología de cuentos de boxeo Besos a la luz de la lona (Demipage, 2016).

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Lo mejor de Golpes bajos es sin duda la frescura de sus diálogos, la jerga madrileña y la ausencia de sonrojo a la hora de dejar constancia de los lugares comunes que acompañan a la literatura de sudor y asaltos. La presencia de personajes reales ayuda a marcar el tiempo del relato (la modelo Adriana Lima, sin ir más lejos), mientras que el sexo, los combates, el lujo y las playstations socorren en redondear el decorado. El narrador en tercera persona se muestra testigo cercano de los hechos y se atreve a soltar guiños al lector de mediana edad con referencias a la moda de trasnochadas series policiacas de televisión que sucedían en Miami o a los apuntes que toman los periodistas de variedades en sus libretillas de piel de topo. Entre el linimento, el golpe franco, el juego de piernas, la mujer fatal, el mafioso de turno, la supervivencia y la gloria, corre esta historia de ilusiones, enmarcada como no podía ser de otro modo en un blanco y negro en el que cabe desplegada la gama de claroscuros que se pueda imaginar. Si Elmore Leonard aprendió el arte de la frase corta de Hemingway, Gistau ha bebido de los mejores para sacar adelante este fresco del boxeo contemporáneo, como antes hiciera en Ruido de fondo (Ediciones B, 2008) al tratar la atmósfera de los hinchas de fútbol. Le ha salido, como dice el narrador, “una cosa como de Scorsese en Leganés, entre olor a bocata de chorizo”. Nada más, pero tampoco nada menos.

Autor: David Gistau. Título: Golpes bajos. Editorial: La esfera de los libros. Venta: Amazon FNAC y Casa del libro

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