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El que más vale no vale tanto como vale Valle

Valle-Inclán, por Fernando Vicente. Detalle de la ilustración

Ortega decía que escribir bien consistía en hacer continuamente pequeñas erosiones a la gramática. No lo decía precisamente por Valle-Inclán, que era un maestro en esos menesteres, porque Ortega nunca entendió el modernismo y mucho menos la poesía modernista. Pero afortunadamente Valle estaba ya, desde muy joven, en los lindes del dandismo, había pulido un estilo y quedarse en Madrid o exiliarse en México nunca fue para él un problema. En el mismo sentido de Ortega, manifiesta Umbral: “Hay que desgarrar el pentagrama, como Beethoven” (Valle-Inclán. Los botines blancos de piqué. Planeta, 1997). Eso es lo que hace el autor de La pipa de kif, que la edición facsimilar que comentamos afortudamente recuerda. Que vuelva Valle a la calle y a los cafés, que es en donde él se encontraba a gusto, porque hace tiempo que ya nadie necesita leer a sus contertulios las invenciones poéticas de una noche en vela.

“En La pipa de Kif es muy frecuente la metaforización en grito de muchas cosas: el grito azul del humo de la pipa y otras varias sinestesias que van a parar a la palabra grito, muy relacionada con el griterío vanguardista” (Umbral. ibídem).

La sinestesia es una figura retórica con la que se elaboran correspondencias entre sonidos y colores, una tonalidad de música y un color, por ejemplo, o gustos, sentimientos, etc.: “Tu luz es la esencia del canto que invoca / la Aurora vestida de rosado tul,/ el divino canto que no tiene boca / Y el amor provoca con su voz azul”. Esta es una de las estrofas del primer poema, que da título al libro; o este verso: “Y el amarillo olor del yodoformo”, que escribe Valle en “Rosa del sanatorio”, último poema del libro.

Valle Inclan

Valle, dibujado expresamente para Zenda por Fernando Vicente

Al empezar a escribir estas líneas he recordado los encuentros anuales con los que celebramos “a este gran don Ramón, el de las barbas de chivo”, que describiera Rubén en su soneto, con Ernesto Pérez Zúñiga, o el último encuentro del año pasado, en el que también estaba Fernando Royuela. A ambos escritores acudí para que me ayudaran a seguir homenajeando a Valle, como hacemos cada año dando buena cuenta de un cocido madrileño, y a los postres recitando algún poema, leyendo alguna maldad del ciclo esperpéntico o rescatando lo que mejor pueda sorprender del vate galaico. Cuando les pedí a estos dos artistas de la palabra que me ayudaran en este bendito trance estoy seguro de que por un momento se les iluminó el rostro, por no abandonar del todo al gran Rubén Darío: “El cobre de sus ojos por instantes fulgura”.
Fernando Royuela me dijo: “Al hablar de La pipa de Kif hay que hablar de sinestesia. Si Alexander Scriabin concibe su música como una creación sinestésica, Valle entiende del mismo modo su poesía.  Él mismo lo señalaba en 1902: Esta analogía y equivalencia de las sensaciones es lo que constituye el modernismo en literatura. Su origen debe buscarse en el desenvolvimiento progresivo de los sentidos, que tienden a multiplicar sus diferentes percepciones y corresponderlas entre sí formando un solo sentido.”
Y añadió Royuela: “Sólo hay que leer la “Rosa de sanatorio” para darse cuenta de las dimensiones del asunto. Para ello, para la conjunción de los sentidos, las emociones, las notas musicales y los colores, el Kif era el vehículo de moda en el modernismo. Valle salta la realidad, escapa de ella y muestra una visión diferente de la misma, mitad mística, mitad estética, tal vez más clasista  pero sin duda muchísimo más rica, misteriosa y compleja”.

Efectivamente, dice Ernesto Pérez Zúñiga: “El que más vale no vale tanto como vale Valle. Pero Valle vale más aún en La pipa de Kif. Valle, que no es valorado como poeta, es más que un poeta: es un mago, pero, como todo buen mago, un mago irónico. En este libro consigue unir los balbuceos de las vanguardias con las normas pitagóricas. Dicho de otro modo: el caos con la armonía. En este fragmento del poema “Aleluya” lo dice a lo Toulouse Lautrec”:

“Pálida flor de locura
con normas de literatura.

¿Acaso esta musa grotesca
-ya no digo funambulesca-,

que con sus gritos espasmódicos
irrita a los viejos retóricos,

y salta luciendo la pierna,
¿no será la musa moderna?”

“Desde luego que sí”, continúa Zúñiga. “Y lo sigue siendo, aunque el mundo quiera volvernos más convencionales. Valle hace en este libro de su poesía un circo, un circo muy serio en la forma y muy golfo en el contenido, como deben ser los circos: travesura, audacia, invención, rigor. En los circos clásicos, los enanos eran enanos, y las mujeres barbudas se afeitaban si querían recibir un beso”.

¡Cuántas veces hemos brindado por el Valle poeta! Ahora que Ernesto ha recordado estos versos de “Aleluya”, recuerdo yo su final:
Y a compás de un ritmo trocaico,
de viejo gaitero galaico,

llevo mi verso a la Farándula:
Anímula, Vágula, Blándula.

Estas tres últimas palabras son los versos fúnebres de Adriano: “Anímula, vágula, blándula, o lo que es lo mismo: “Mínima alma mía, tierna y flotante”.

Valle en la cama. Foto de Alfonso

Pérez Zúñiga dice que, “además este libro culmina en el mejor soneto de la lengua española en el siglo XX (y lo que llevamos del XXI): un soneto perfecto que conjuga estridencia y perfección, nuestro mundo urbano y la naturaleza a la que pertenecemos, el misticismo y la trivialidad, el arte más contemporáneo y la más extrema cotidianidad: la de un hospital;  la sensación de la mente narcotizada y la sensación duradera de un alma conectada a algo misterioso. Todo eso sucede “Bajo la sensación del cloroformo”, en el último poema del libro, “Rosa del Sanatorio”.

 

Y con este poema los tres hemos hecho pleno. “Sí”, dice Ernesto: “Y en esta rosa me parece a mí que nuestro Valle Inclán ha descubierto una clave de la vida y también de la muerte; pero sobre todo, algo intermedio y que se parece a lo único parecido a la eternidad que puede lograr el ser humano: una belleza esponjosa, que va floreciendo en el tiempo dejando en el aire nuevos significados”.

Debemos felicitarnos por tener entre manos este facsímil de La pipa de Kif, que con tanta delicadeza y buen gusto ha recuperado uno de nuestros mejores editores, el poeta Jesús Munárriz, mon semblable, mon frère!, que acaba de publicar en su ya mítica editorial Hiperión, como hace casi cien años lo hicieran la Sociedad Española de Librería, con sede en Ferraz, 21, y lo imprimiera la Imprenta Clásica Española, en la Glorieta de Chamberí, en el Madrid de 1919.

La vida de Valle fue un cúmulo de situaciones extremas desde su nacimiento, del que dos poblaciones gallegas no acaban de ponerse de acuerdo: Vilanova de Arousa y Pobra do Caramiñal. Don Ramón decía que había nacido en un barco que hacía la travesía entre ambas por la ría. Dejaremos unidos, pues, nacimiento y muerte de Valle y del emperador Adriano con sus respectivos sueños para que en la posteridad se puedan dar la mano:

“Mínima alma mía, tierna y flotante / huésped y compañera de mi cuerpo / descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, / donde habrás de renunciar a los juegos de antaño.”

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Autor: Ramón del Valle-Inclán. Título: La pipa de Kif. Reproducción facsímil de la primera edición. Madrid, 1919. Editorial: Hiperión. Edición: Papel.

Fernando Vicente inaugura su exposición “Clásicos ilustrados” el 2 de marzo en la Biblioteca regional ¨Complejo el Águila¨, de Madrid. La exposición se clausurará el de 20 abril.

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