—Algún día iré a Zenda —dije.
—Está usted loco.
Anthony Hope
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Patente de corso de Arturo Pérez-Reverte

Cada día transcurrido, cada página leída, cada frase cazada al paso, es una lección interesante, incluso cuando llevas 65 tacos de almanaque deshojados en la mochila. Y más si no perteneces al grupo de los recolectores, sino de los cazadores, y caminas por la vida con los ojos y el zurrón abiertos y la escopeta lista, en esa tensión especial que permite apropiarse de todo cuanto se pone a tiro, para luego sacarle punta. Incluso nimiedades aparentes dan buen juego, si las destripas bien. Pensaba hoy en eso, después de leer algo en internet, en uno de esos blogs modestos, casi personales, poco seguidos, pero que a menudo contienen material interesante, impresiones, ideas que hacen reflexionar. Y éste es el caso, porque el bloguero -joven, sin duda-, mencionando de pasada y en tono afectuoso una novela mía, la última, apuntaba a modo de elogio: «En el trabajo de documentación, se nota que Pérez-Reverte sabe moverse muy bien por Wikipedia».La frase es simpática, y no puedes menos que agradecer la buena intención. La amistosa ingenuidad. Luego echas un vistazo a las otras entradas del blog, consultas la escueta biografía del autor, confirmas su juventud y atas cabos, lo que te lleva a una conclusión inevitable y en cierto modo triste, no sobre ese bloguero en particular, sino sobre cierta manera cada vez más frecuente de abordar el asunto; sobre la idea que poco a poco se va asentando en las nuevas generaciones de lo que es documentar algo; sobre cómo y por dónde acceder a los conocimientos que actuarán como mecanismos de comprensión y análisis a la hora de plantearse un artefacto narrativo, una mirada histórica, un hecho cultural o intelectual. Lo estremecedoramente fácil que resulta, hoy, contentarse con una mirada superficial, con un resumen apresurado hecho por desconocidos, con simples referencias no siempre contrastadas, no siempre rigurosas, no siempre minuciosas, no siempre fiables. Carentes de la autoridad que el tiempo y el rigor, los autores de prestigio y el aplauso de lectores cualificados, dan a las grandes e imprescindibles obras.

Bien pensado, el asunto inquieta. Yo mismo, cuando trabajo en una novela, recurro con frecuencia a internet. Por supuesto. Pero ésa es sólo una pequeña parte del conjunto, y sé que hay cosas que debo hallar en otra parte. Sin embargo, para muchos jóvenes con inquietudes, con buena voluntad, documentar una novela o un libro cualquiera, acudir a la Historia o a la Ciencia como material de trabajo, significa exclusivamente acudir a Wikipedia. A internet, y punto. Esa fuente documental parece lo más natural del mundo. Y eso se ve fomentado por un sistema educativo que cada vez depende más del teléfono móvil, de la tableta o la enseñanza digital, y desprecia las fuentes clásicas y tradicionales, negando a los jóvenes el hábito de moverse con soltura en fuentes más serias; de familiarizarse con textos solventes, anotar, marcar, comparar, completar. Cada vez queda más lejos, no sólo de la intención, sino de la imaginación, adquirir o consultar libros, trabajar en hemerotecas y bibliotecas, visitar escenarios reales. Ni pasa por la cabeza otra cosa que ir a lo fácil. Para qué consultar el Espasa, la Encyclopaedia Britannica, el Summa Artis, la colección completa de Blanco y Negro o el Diccionario Biográfico de la Academia de la Historia; para qué leer a Galdós, Valle-Inclán, Baroja o Clarín, si con un teclazo lo tienes todo resumido en medio folio. Para qué visitar un museo, para qué viajar a una ciudad con un antiguo mapa y un bloc de notas, pudiendo teclear en el buscador de internet y hasta pasear virtualmente por las calles de Osaka o San Petersburgo.

La consecuencia de todo esto es que, cada vez más, quienes de esta forma limitan su propio conocimiento aplicarán esos límites a cuanto se les ponga delante. Juzgarán el mundo no por lo que éste tiene y ofrece, sino por la reducida visión que de él tendrán ellos. Y aquí no puedo menos que recordar al querido José Luis Sampedro, economista y escritor, que una tarde en la Real Academia Española, mientras charlábamos con Antonio Mingote y Gregorio Salvador, lamentó, con bondadosa e irónica resignación, que cierto crítico literario hubiera encontrado en su novela La vieja sirena presuntas influencias del best-seller de Mika Waltari Sinuhé el egipcio: «Te pasas la vida leyendo a Homero, Herodoto, Jenofonte o Plutarco, y luego empleas dos o tres años de tu vida en trabajar con todos esos libros abiertos alrededor, para que al final juzgue tu obra un pobre hombre que sólo ha leído Sinuhé el egipcio».

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Publicado en XL Semanal el 25 de diciembre de 2016.

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