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Carreteras solitarias (y III)

Foto: Asis Ayerbe

Un viaje literario por los escenarios de un crimen

Yo conseguí reírme al fin, y conduje de vuelta al mar mientras Rosa contaba más detalles de esa historia de asesinatos, acantilados y fábricas abandonadas. Pensé que debía leer ese libro en cuanto llegase a Madrid.

Aparcamos en el parking de la playa, que estaba absolutamente vacío a excepción de un par de caravanas. Después, tras un par de rodeos, dimos con el camino del acantilado. Había una señal de alarma en la entrada —PELIGRO DE DERRUMBAMIENTO—, a lo que Rosa reaccionó recordando lo que había dicho Alejo, el dueño del bar:

—Caminaremos pegados al pinar.

El cielo estaba empezando a ponerse muy negro y el viento soplaba con cierta furia según subíamos por aquel caminillo de tierra. Cuando llegamos a lo alto del cabo, nos detuvimos a admirar aquello. Era bello y a la vez temible. El horizonte estaba cubierto por un frente de nubes negras, y sus entrañas relampagueaban. Todo aquello me dio un poco de canguelo.

—Oye, Rosa —le dije—. Démonos prisa, ¿vale? Parece que eso viene hacia aquí.

"Seguimos caminando entre los pinos por aquel terreno plagado de raíces y cubierto de espinas rojizas. Entonces, según nos acercábamos al final, percibimos las luces de una casa"

Llegamos a las inmediaciones de un restaurante, el Izarzelaia, donde al parecer sucedieron algunas de las cosas de esta historia. El lugar estaba cerrado y, según Rosa, lo estaba ya cuando ocurrieron los hechos del año pasado. Justo enfrente, cercado con una serie de bandas de plástico, avistamos un gran derrumbe en el borde del acantilado.

Rosa hizo un ademán de acercarse, pero esta vez la cogí del brazo sin mediar palabra.

—No te voy a dejar acercarte. Si quieres una foto, la sacas desde aquí.

Ella gruñó un poco pero finalmente entró en razón. Seguimos caminando entre los pinos por aquel terreno plagado de raíces y cubierto de espinas rojizas. Entonces, según nos acercábamos al final, percibimos las luces de una casa.

—Mira, ¡la casa! —dijo Rosa sin poder contener un temblor en su voz—. ¡Y parece que hay alguien!

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—Es una propiedad privada —le insistí.

Pero Rosa estaba decidida.

—No hay ninguna ley que prohíba acercarse al jardín de una casa.

Y lo hizo, claro que lo hizo. Caminó hacia aquella casa con su teléfono móvil en ristre, mientras retransmitía en directo para las cincuenta colegas de su club de lectura.

—Villa Margúa, esta casa al borde del acantilado dond… ¡Pero mirad! Hay luz en la planta baja… Me parece ver… Creo que hay alguien…

"Ella se quedó un segundo en silencio y después asintió. Creo que, por primera vez en toda aquella “divertida” tarde, había sentido algo parecido al miedo"

Yo también lo vi. Una persona que tiraba de una puerta corrediza y salía al jardín. Se quedó plantado, brazos en jarras, mirándonos en la distancia. Y yo reconozco que, sabiendo lo que sabía, empecé a notar mi corazón latiendo a toda velocidad. Me apresuré a alcanzar a Rosa, que había bajado su móvil y miraba en silencio a ese recién aparecido. Fue un momento eterno. ¿Iban a venir a por nosotros? Nadie decía nada. Nadie se movió. Solo se oían el mar y el ruido de los pinares azuzados por la tormenta.

—Vámonos, Rosa, por favor.

Ella se quedó un segundo en silencio y después asintió. Creo que, por primera vez en toda aquella “divertida” tarde, había sentido algo parecido al miedo. Retrocedimos hasta el pinar y, una vez allí, ella volvió a mirar a la casa, como si siguiera de alguna manera hipnotizada.

—Es alucinante, ¿verdad? Siguen ahí… Siguen viviendo en la casa.

—No sabemos si son ellos. Puede que sea otra gente.

—No —dijo Rosa—. ¿Quién iba a comprarse esa casa después de lo que pasó?

Entonces ella volvió a mirar a la casa. Yo me temía que se le ocurriera alguna otra idea bien loca.

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Pero allí terminó todo. Regresamos al coche y pusimos punto y final a la aventura. Durante los cuarenta minutos que tardamos en regresar a Bilbao, no hablamos demasiado. Rosa estaba triunfando entre las amigas de su club de lectura, que la asaban a preguntas. “¿Has llegado a hablar con ellos?”. “No, claro que no. No me he atrevido”.

Llegamos a Bilbao tiempo de salir a cenar. Bebimos una botella entera de vino. Supongo que la necesitábamos, y esa noche tuve unas cuantas pesadillas. La fábrica abandonada, el hombre del perro y aquel misterioso personaje surgido de la aún más misteriosa casa frente al mar.

"Mientras me tomaba el café, hice lo que media humanidad: mirar mi móvil. Concretamente la cuenta de Instagram de Rosa"

Al día siguiente me desperté muy pronto, demasiado. Rosa aún estaba dormida, así que me duché y bajé a desayunar solo. Mientras me tomaba el café, hice lo que media humanidad: mirar mi móvil. Concretamente la cuenta de Instagram de Rosa. Allí estaban las fotos del día anterior, incluso ese pequeño vídeo que habíamos grabado frente a la casa, justo antes de que apareciera el siniestro y silencioso personaje tras la puerta corredera.

Entonces me di cuenta de algo que se nos había escapado a los dos: había otra persona mirándonos desde la casa, asomada en la ventana de arriba. ¿Quién era? ¿Por qué nos observaba? ¿Qué era ese objeto puntiagudo que llevaba en las manos?

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POST SCRIPTUM:

Si quieres conocer los hechos truculentos sucedidos en Illumbe un año antes del viaje de Juan y Rosa, te invito a que leas El mentiroso, mi próxima novela, que saldrá publicada el 18 de Junio de 2020. Aquí tienes la portada del libro y un fragmento con las primeras páginas. ¡Espero que os guste! ¡Ah! Y os animo a comprarlo en preventa en los siguientes links:

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Autor: Mikel Santiago. Título: El mentiroso. Editorial: Ediciones B. 

Puedes leer las dos primeras entregas en estos links:

Carreteras solitarias Parte I

Carreteras solitarias Parte II

Y también escucharlas:

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