Zenda https://www.zendalibros.com Autores, libros & cía Mon, 26 Jun 2017 11:27:32 +0000 es-ES hourly 1 https://wordpress.org/?v=4.7.5 Una historia de España (LXXXVII) https://www.zendalibros.com/una-historia-espana-lxxxvii/ Mon, 26 Jun 2017 05:55:39 +0000 https://www.zendalibros.com/?p=26507 Mientras llegamos a la última etapa de la dictadura franquista, se impone una reflexión retrospectiva y útil: unos afirman que Francisco Franco fue providencial para España, y otros afirman que fue lo peor que pudo pasar. En mi opinión, Franco fue una desgracia; pero también creo que en la España emputecida, violenta e infame de...

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Mientras llegamos a la última etapa de la dictadura franquista, se impone una reflexión retrospectiva y útil: unos afirman que Francisco Franco fue providencial para España, y otros afirman que fue lo peor que pudo pasar. En mi opinión, Franco fue una desgracia; pero también creo que en la España emputecida, violenta e infame de 1936-39 no había ninguna posibilidad de que surgiera una democracia real; y que si hubiera ganado el otro bando –o los más fuertes y disciplinados del otro bando–, probablemente el resultado habría sido también una dictadura, pero comunista o de izquierdas y con idéntica intención de exterminar al adversario y eliminar la democracia liberal, que de hecho estaba contra las cuerdas a tales alturas del desparrame. Para eso, aparte los testimonios de primera mano –mi padre y mi tío Lorenzo lucharon por la República, este último en varias de las batallas más duras, siendo herido de bala en combate– me acojo menos a un historiador profranquista como Stanley Payne (En la España de 1936 no había ninguna posibilidad de que surgiera una democracia utópica), que a un testigo directo honrado, inteligente y de izquierdas como Chaves Nogales (El futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras). Y es que, a la hora de enjuiciar esa parte de nuestro siglo XX, conviene arrimarse a todas las fuentes posibles, libros y testimonios directos; no para ser equidistantes, pues cada uno está donde cree que debe estar, sino para ser ecuánimes a la hora de documentarse y debatir, en lugar de reducirlo todo a etiquetas baratas manejadas por golfos, populistas, simples y analfabetos. Que no siempre son sinónimos, pero a veces sí. Y es en ese plano, en mi opinión, donde debe situarse la aproximación intelectual, no visceral, a las tres etapas del franquismo, del que ya hemos referido las dos primeras –represión criminal sistemática y tímidos comienzos de apertura– para entrar hoy en la tercera y última. Me refiero a la etapa final, caracterizada por un cambio inevitable en el que actuaron muchos y complejos factores. Llegando ya los años 70, el régimen franquista no había podido sustraerse, aunque muy en contra de su voluntad, a una evolución natural hacia formas más civilizadas; y a eso había que añadir algunas leyes y disposiciones importantes. La Ley de Sucesión ya establecía que el futuro de España sería un retorno a la monarquía como forma de gobierno –a Franco y su gente, pero también a otros españoles que eran honrados, la palabra república les daba urticaria–, y para eso se procedió a educar desde niño a Juan Carlos de Borbón, nieto del exiliado Alfonso XIII, a fin de que bajo la cobertura monárquica diera continuidad y normalidad internacional homologable al régimen franquista. Aparte los esfuerzos de desarrollo industrial, logrados a medias y no en todas partes, hubo otras dos leyes cuya importancia debe ser subrayada, pues tendrían un peso notable en el nivel cultural y la calidad de vida de los españoles: la Ley General de Educación de 1970, que –aunque imperfecta, sesgada y miserablemente tardía– amplió la escolarización obligatoria hasta los 14 años, y la Ley de Bases de la Seguridad Social de 1963, que no nos puso por completo donde lo exigía una sociedad moderna, pero garantizó asistencia médica, hospitales y pensiones de jubilación a los españoles, dando pie a una cobertura social, estupenda con el tiempo, de la que todavía nos beneficiamos en 2017 (y que los irresponsables y trincones gobiernos de las últimas décadas, sin distinción de color, hacen todo lo posible por cargarse). Por lo demás, el crecimiento económico y los avatares de esta etapa final –turismo, industria, vivienda, televisión, Seat 600, corrupción, emigración– se vieron muy alterados por la crisis del petróleo de 1973, fecha en la que el aparato franquista estaba ya dividido en dos: de una parte los continuistas duros (el Bunker) y de la otra los partidarios de democratizar algo el régimen y salvar los muebles. Con un mundo agitado por vientos de libertad, cuando las colonias extranjeras ganaban su independencia y caían las dictaduras de Portugal y Grecia, España no podía quedar al margen. La oposición política tomó fuerza, tanto dentro como en el exilio; en el interior se intensificaron las huelgas obreras y estudiantiles, los nacionalismos volvieron a levantar la cabeza, y el Régimen –en manos todavía del Búnker– aumentó la represión, creó el Tribunal de Orden Público y la Brigada Político-Social, y se esforzó en machacar a quienes exigían democracia y libertad. Y así, aunque dando aún bestiales coletazos, la España de Franco se acercaba a su fin.

[Continuará].

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Publicado el 25 de junio de 2017 en XL Semanal.

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Los pecados del padre https://www.zendalibros.com/los-pecados-del-padre/ Mon, 26 Jun 2017 04:16:21 +0000 https://www.zendalibros.com/?p=26473 Generalmente relacionamos género negro con ambientes urbanos donde el asfalto y el hormigón adquieren carta de naturaleza de paisaje para que unos protagonistas deambulen por él buscándose o huyendo unos de otros. Nada más lejos de esa premisa que la primera novela del bombero Brian Panowich (New Jersey, 1972), con la que ha ganado dos...

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Generalmente relacionamos género negro con ambientes urbanos donde el asfalto y el hormigón adquieren carta de naturaleza de paisaje para que unos protagonistas deambulen por él buscándose o huyendo unos de otros. Nada más lejos de esa premisa que la primera novela del bombero Brian Panowich (New Jersey, 1972), con la que ha ganado dos importantes premios de literatura policíaca y ha sido nominado a varios más galardones. Con semejante irrupción no es de extrañar que dos grandes autores como John Connolly y James Ellroy avalen Bull Mountain, una obra que tiene por escenarios las agrestes montañas del estado sureño de Georgia. Enclave de la América profunda, los habitantes son digno reflejo de una tierra dura y embrutecedora.

La familia Burroughs ejerce desde los tiempos de la Ley Seca el dominio sobre el territorio. Un dominio apoyado en un principio en la destilación y venta clandestina de licor. Pero el drama verdadero comienza en 1949 cuando una pugna entre dos hermanos del clan se resuelve de una manera un tanto bíblica. A partir de ese momento, la actividad delictiva de los Burroughs se diversificará. Del contrabando de alcohol se pasará al cultivo de marihuana y, en un crescendo de peligrosidad a la fabricación de drogas químicas.

"Como en toda historia sagrada, al gigante Goliat siempre le sale al paso un David con una insignificante pero amenazadora honda."

Así, mientras el imperio crece, las generaciones se suceden. Sus integrantes viven y mueren y, entre ambos extremos (seguimos con el enfoque bíblico), arrastran el estigma de la violencia y del pecado. Pecados que para ellos son solo minucias cotidianas, pero que supondrán las semillas de futuras tempestades.

Como en toda historia sagrada, al gigante Goliat siempre le sale al paso un David con una insignificante pero amenazadora honda. También, como en toda familia aparece una oveja negra. Aquí el David es un extraño agente del FBI, empeñado en acabar con los narcos de la montaña, mientras que la oveja negra, el más joven de los Burroughs, ha dado la espalda a sus hermanos para convertirse en sheriff, puesto que mantiene en un precario equilibrio entre la Ley y la sangre.

"Casi 70 años de violencia, tiroteos, salvajismo y muertes que tal vez se podrían haber evitado si aquel amanecer de 1949 Cooper Burroughs no hubiera cometido el terrible pecado que transmitió como una maldición a su hijo Gareth."

Bull Mountain es una novela donde abundan los caracteres masculinos pero, como si de una balada country se tratase, también campan por sus páginas mujeres muy distintas entre sí que ilustran, unas el brutal machismo de los hombres con los que se cruzan y, otras el amor por un tipo honesto enfrentado a su propia familia.

Entre 1949 y 2015, cronología que abarca el argumento, no solo aparecen violentos caciques narcotraficantes, sheriffs tranquilos, agentes del FBI pulcros y metódicamente vengativos, mujeres marcadas por la mala suerte o recias sureñas capaces de todo por amor. También son años de moteros que trafican con armas, crueles proxenetas de poca monta y circunspectos hombres de negocios que no son lo que parecen. Casi 70 años de violencia, tiroteos, salvajismo y muertes que tal vez se podrían haber evitado si aquel amanecer de 1949 Cooper Burroughs no hubiera cometido el terrible pecado que transmitió como una maldición a su hijo Gareth.

Autor:Brian Panovich. Título: Bull Mountain. Editorial: Ediciones Siruela. Venta: Amazon y Fnac 

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Editor, estás despedido https://www.zendalibros.com/editor-estas-despedido/ Mon, 26 Jun 2017 04:15:04 +0000 https://www.zendalibros.com/?p=26409 Ahora que lo pienso —al borde del trampolín del texto—, creo que tengo más amigos editores que amigos escritores, anomalía que quizá hiciera las delicias de un buen psicoanalista. ¿Qué es un editor? ¿Tienen rasgos comunes todos los editores que en el mundo han sido? ¿Por qué publican lo que publican y por qué algunos,...

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Ahora que lo pienso —al borde del trampolín del texto—, creo que tengo más amigos editores que amigos escritores, anomalía que quizá hiciera las delicias de un buen psicoanalista. ¿Qué es un editor? ¿Tienen rasgos comunes todos los editores que en el mundo han sido? ¿Por qué publican lo que publican y por qué algunos, una vez que cesan en su actividad, se quedan tan solos? Son algunas de las preguntas que pretendo hacerme en este artículo.

Quizá el primer editor de la historia fue Aldo Manuzio, deliciosamente retratado —por cierto— hace no mucho por Javier Azpeitia en su novela El impresor de Venecia. En efecto, el origen de esta profesión hoy en día un tanto aristocrática (el editor es el que manda, el que decide, el que crea éxitos; el que te deja entrar en la discoteca, vamos) tiene mucho más que ver con la posesión de una imprenta que con la posesión de un criterio (un marxista podría tirar con gracia de este hilo), aunque Manuzio contara con ambos. El editor, por tanto, siempre fue un empresario y, como puede constatarse en el clásico de Balzac Las ilusiones perdidas, su obsesión no era la inmortalidad del arte literario, encontrar grandes obras o descubrir excelsos escritores, sino vender lo que se iba amontonando en un almacén.

"El editor que conocemos hoy poco tiene que ver con el publicador primitivo. Básicamente hay dos tipos de editor: el que ocupa ese puesto y el que se arroga ese puesto a sus expensas."

El editor que conocemos hoy poco tiene que ver con el publicador primitivo. Básicamente hay dos tipos de editor: el que ocupa ese puesto y el que se arroga ese puesto a sus expensas. Así, uno puede ser nombrado editor de un sello —y, por tanto, también despedido en un momento dado— o puede, si le acompañan las arcas familiares o personales, abrir su propia editorial y ser editor desde el momento mismo de registrar su empresa. O sea, todos somos editores si tenemos un millón de euros.

En realidad, según un estudio que leí hace algunos años, para abrir una editorial bastan algunas decenas de miles de euros.

A partir de ahí —nombramiento, autonombramiento— empieza lo difícil: qué publicar, cómo llegar a las librerías y a los suplementos literarios; cómo conseguir prestigio; y, en el caso de la empresa propia, cómo no hundirse y hasta ganar algún dinero.

"Cuando despiden a un editor vemos realmente lo bueno que era. Hay quien, despedido, deja inmediatamente de ser editor. Nadie le llama."

Si los escritores tienen en los editores a su bestia negra, los editores la encuentran en los libreros. Esto, obviamente, no se lo va a reconocer ningún editor en una entrevista. El escritor necesita que el editor acepte publicar su libro, y el editor necesita que el librero acepte venderlo. Al final todos estamos en manos de alguien, normalmente de una señora que compra o no compra tu libro o el de otro, publicado en tu sello o en el de otro, entrando en tu librería o en la de otro; o en el Carrefour. El único que manda despóticamente en el sector editorial es el lector, y por eso nadie osa nunca meterse con el lector, sujeto colectivo con veinte euros en el bolsillo.

Una verdad como un templo —a veces da hasta gusto rebajarse al cliché— que me dijo alguien sobre los editores es ésta: tienen más ego que todos sus autores juntos. Nunca he conocido a un editor que no se ajuste a este enunciado. Y hacen bien.

Este ego, segregado por la actividad diaria de decir que no o decir que sí a decenas de escritores (amén de a peticiones puramente laborales), se vuelve contra el editor en una situación verdaderamente curiosa: el despido. Cuando despiden a un editor vemos realmente lo bueno que era. Hay quien, despedido, deja inmediatamente de ser editor. Nadie le llama. Nadie le saluda. Nadie le manda ni siquiera una postal por Navidad. A nadie le importa ya una mierda lo que diga. Ése era el mal editor: no dejó nada detrás de sí, ni siquiera cortesía.

"El fin del escritor tiene algo imbatible: en cualquier caso, siempre estarán sus libros en la Biblioteca Nacional. De hecho, casi siempre hay alguien leyendo a cualquier escritor de la Historia."

Esto es así porque el editor, a poco que su sello sea a) de un gran grupo o b) prestigioso (sello independiente), vive en un mundo irreal: todos le tratan bien. Todos le tratan bien porque todos (incluidos los periodistas culturales) guardan en el cajón una novela o el sueño de escribir una novela. Por eso, el caudal de amabilidad, atención y deferencia que se dirige hacia un editor, cuando éste deja de serlo, no sólo se corta de una manera tan abrupta que casi inaugura una nueva textura de silencio, sino que, muchas veces, se tiñe, ese caudal, de desdén, rencor y represalia.

El fin del escritor tiene algo imbatible: en cualquier caso, siempre estarán sus libros en la Biblioteca Nacional. De hecho, casi siempre hay alguien leyendo a cualquier escritor de la Historia, aunque sea una sola persona en un librería de lance durante diez minutos. Ningún escritor es completamente silenciado.

Sin embargo, ¿qué queda del editor que fue? Podría decirse que su catálogo —y puede decirse de Jorge Herralde o de Constantino Bértolo—, pero lo cierto es que casi nadie sabe quién publicó un libro hace veinte años, hace cincuenta.

"Los editores me caen bien justamente ahí: cuando saben que su misma esencia no es otra que resistir."

Esto es injusto y yo creo que dejar de ser editor es mucho más doloroso, en el caso del editor vocacional, que dejar de escribir, porque el editor no está acostumbrado a la soledad. Un catálogo editorial es, en rigor, una pequeña sociedad de amigos, un cóctel de inteligencias, un trabajo en equipo: escritores, traductores, correctores, impresores… Todos hablan con el editor. A diferencia del escritor, el editor está siempre conversando, y el fruto de todas esas conversaciones son los libros que publica, núcleos irradiadores de más conversación. Un editor callado es un editor triste.

Por eso es tan difícil jubilar a un editor de verdad, porque antes tienes que jubilar un ego, jubilar un catálogo. Los editores me caen bien justamente ahí: cuando saben que su misma esencia no es otra que resistir.

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Copi, protagonista en la revista Ñ de Clarín https://www.zendalibros.com/copi-protagonista-la-revista-n-clarin/ Mon, 26 Jun 2017 04:03:14 +0000 https://www.zendalibros.com/?p=26405 Copi, el artista que profanó el imaginario peronista, el gran iconoclasta argentino, es protagonista de este artículo incluido en la Revista Ñ de Clarín. A treinta años de la muerte de Copi, su figura no ha dejado de crecer con el tiempo. En Roma se presentó un volumen que analiza y celebra sus contribuciones a...

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Copi, el artista que profanó el imaginario peronista, el gran iconoclasta argentino, es protagonista de este artículo incluido en la Revista Ñ de Clarín.

A treinta años de la muerte de Copi, su figura no ha dejado de crecer con el tiempo. En Roma se presentó un volumen que analiza y celebra sus contribuciones a las artes gráficas, el teatro, la literatura; en Barcelona se dedicó una gran muestra retrospectiva a su obra gráfica en el Palacio de la Virreina; en Buenos Aires se estrena (¡47 años después de haber sido escrita!) Eva Perón en el Teatro Nacional Cervantes.

Sería imposible siquiera considerar las líneas fundamentales de la literatura contemporánea sin hacer referencia a la figura de Copi. Fogwill publicó una recopilación de textos periodísticos, que tiene entre otros méritos el de recordarnos cuán tempranamente había presentado a Copi a la sociedad cultural argentina, cuyos miembros más prominentes consideraron poco serio al recién llegado. Salvo César Aira, que le dedicó un seminario y una lectura incompleta pero decisiva para las nuevas generaciones de lectores.

Una de las razones de la grandeza de Copi (y del desdén con el que, hasta ahora, su obra ha sido tratada entre nosotros) tiene que ver seguramente con la violencia con la que irrumpe en la escena mundial para proponer una ética y una estética trans: transexual, transnacional, translingüística.

Cierta leyenda urbana dice que Michel Foucault habría planeado escribir un libro sobre la obra de Copi (o sobre uno de sus dibujos), cuyos borradores (si existen) no pueden ser examinados, de acuerdo con rigurosas disposiciones testamentarias. No importa: Copi ha presentado con extremada claridad su propia filosofía, su radical concepción del mundo (incluido su Dios) como un universo consistente aun cuando toda ley universal (o precisamente por eso) haya sido suspendida, en particular (pero no sólo) la de los géneros y las sexualidades.

En una de sus obras teatrales más ambiciosas, La torre de la defensa (1981), la travesti Micheline pregunta: “¿Me prefieres como hombre o como mujer?”. Ahmed, el muchacho árabe con quien está hablando, le contesta: “Con los anteojos, como hombre; con la peluca, como mujer”. Lo que Micheline y Ahmed saben es que preguntas tan “importantes” no deben contestarse apelando a categorías trascendentales, sino desde una ética trans: hombre y mujer no son identidades, sino soportes de utilería para identidades imposibles (“seremos monstruos monstruosos”, proclama Cachafaz, el sainete de Copi). Es sólo una cuestión de accesorios. Masculino/femenino es un sistema de oposiciones que ya ha pasado de moda, “y aquí yo me río de las modas”, se lee en El uruguayo.

Esa nouvelle culmina después de varias catástrofes antropolíticas imposibles de resumir, en una escena matrimonial entre el narrador (llamado Copi, como casi siempre en sus novelas) y el presidente de Uruguay, que ha conseguido escaparse de la lascivia del papa argentino, quien lo ha secuestrado para entregarlo a la prostitución en burdeles de este lado del Plata, después de haberlo sodomizado a su antojo. Esa reflexión conjunta sobre la categorización de lo viviente (animal/ser humano, hombre/mujer, sodomita/madre, andrógino/extraterrestre) y la soberanía política (amo/esclavo, sagrado/profano) es el rasgo menos comprendido de la obra de Copi, cuya gracia infinita a veces impide ver la seriedad de sus postulados.

Cuando se levanta el telón de Eva Perón, lo primero que dice Evita es: “Mierda. ¿Dónde está mi vestido presidencial?”. Una pregunta semejante, llegado el caso, carece por principio de género asignado, y por eso Copi (sin señalar esa circunstancia en el texto, con lo cual queda como pura contingencia), hizo que el actor Facundo Bo representara a Evita en su estreno parisino en 1970. La decisión (pero ¿era una decisión?) no pasó inadvertida para algunos sectores de la internacional peronista, que mandaron un comando a escribir en las paredes del teatro de l’Epée-de-Bois la graciosa leyenda “Vive le justicialisme”. En Buenos Aires, el diarioCrónica tituló “Inaudito: un actor hará de Eva Perón”. Muchos años después, cuando Copi estrenó El mundial (1978), el mismo diario todavía recordaba: “Copi vuelve a ofender a Argentina”.

Pincha aquí para leer el artículo completo en la revista Ñ de Clarín

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La semana en Zenda, en 10 tuits https://www.zendalibros.com/la-semana-zenda-10-tuits-30/ Sun, 25 Jun 2017 06:41:55 +0000 https://www.zendalibros.com/?p=26401 Terminamos un concurso y nos metemos en otro. A nuestros seguidores de Twitter casi les cuesta seguirnos el ritmo con tanta competición de relatos. Esta semana que dejamos atrás, terminamos #palabrasalviento y comenzamos #historiasconorgullo. ¡No os damos tregua! Queremos que disfrutéis escribiendo y que nos hagáis disfrutar a nosotros leyendo vuestras historias. La semana en Zenda,...

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Terminamos un concurso y nos metemos en otro. A nuestros seguidores de Twitter casi les cuesta seguirnos el ritmo con tanta competición de relatos. Esta semana que dejamos atrás, terminamos #palabrasalviento y comenzamos #historiasconorgullo. ¡No os damos tregua! Queremos que disfrutéis escribiendo y que nos hagáis disfrutar a nosotros leyendo vuestras historias.

La semana en Zenda, en 10 tuits

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Entrevista a Josep Pla (hecha por un madrileño) https://www.zendalibros.com/entrevista-josep-pla-hecha-madrileno/ Sun, 25 Jun 2017 06:23:48 +0000 https://www.zendalibros.com/?p=26306 Para esta entrevista era necesario acercarse al Ritz de los años treinta, y lo he hecho. Mientras el camarero se aleja, Josep Pla se acomoda en su butaca y lanza una ojeada a su alrededor. Con la apertura de las Cortes, el vestíbulo del Ritz —al igual que el del Palace— está animadísimo. La política...

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Para esta entrevista era necesario acercarse al Ritz de los años treinta, y lo he hecho. Mientras el camarero se aleja, Josep Pla se acomoda en su butaca y lanza una ojeada a su alrededor. Con la apertura de las Cortes, el vestíbulo del Ritz —al igual que el del Palace— está animadísimo. La política vuelve a carburar y las mesas están casi todas ocupadas, con los diputados tomando café o licor o fumando.

Por todas partes se ven corrillos discretos de caballeros ataviados de tarde, con trajes elegantes. Reconozco a Santiago Alba, el actual presidente del Congreso, en medio de un grupo de radicales, junto a una de las palmeras de ese jardín de invierno que tanto encandila a las damas de provincias; y más allá al monárquico Goicoechea. También hay algún que otro hombre de la CEDA, la Confederación Española de Derechas Autónomas, y, por supuesto, la plana principal de la Lliga regionalista catalana, que tiene en el Ritz su centro de operaciones.

Pla, que lleva unos años cubriendo la actualidad parlamentaria para La Veu de Catalunya, está más que familiarizado con todos estos caballeros y sus códigos. Cuando el vestíbulo del Ritz se ve medio desierto, con parejitas sentimentales aquí y allá, es que nada excepcional ocurre. Cuando se llena, algo se está cociendo. Se nota la excitación en el ambiente, en los aires conspiratorios de los corros políticos. Aquí está medio Madrid y también media Cataluña, o por lo menos esa parte de banqueros y empresarios asociados a la Lliga, que pulula por los aledaños de las Cortes.

—Aquí tiene, señor Pla.

El camarero le trae un café con leche y media tostada, y Pla se lo agradece. De pronto la señorita de la mesa vecina se vuelve hacia él.

—Perdone, ¿es usted Josep Pla, el cronista de La Veu? Encantada de conocerle. Mi marido está suscrito a su periódico. Soy una sobrina del señor Ventosa —es el parlamentario de la Lliga del que Pla habla mejor—. En fin, solo quería decirle que le leemos con asiduidad. Los catalanes debemos apoyarnos y más en estos tiempos. Estará usted que trina, con el president Companys en la cárcel y los derechos constitucionales suspendidos. Esta no es la república que todos queríamos, no señor. No es esto, como ha dicho el señor Ortega y Gasset con gran criterio…

Pla esboza una media sonrisa (“Su tío es un gran parlamentario, perdone un momento”) y aprovecha que aparece Francesc Cambó por el otro extremo del vestíbulo para ponerse en pie.

Cambó, que lo busca con la vista, endereza el rumbo. Hombre de poca estatura y seco de carnes, el presidente de la Lliga a sus cincuenta años todavía no ha perdido esa tensión nerviosa que le caracteriza. Un trabajo metódico y serio lo ha llevado a ser uno de los políticos más valorados y a su edad continúa manteniendo una actividad incesante en Madrid y Barcelona, como propagador de las ideas regionalistas. Los años le han agrisado la barba corta; no así la mirada ni la inteligencia. Por el camino saluda a varios conocidos antes de llegar a la mesa donde espera Pla, a quien da un recio apretón de manos.

—Bona tarda, senyor Pla. Siéntese, y perdone que le hable en castellà, pero en los tiempos que corren no pasamos los catalanes por nuestro mejor momento… Es más discreto.

Se instalan cara a cara. Más que su jefe, Cambó es casi su padrino. Hay una gran afinidad de carácter y un tremendo respeto mutuo que ha cuajado en la obra ditirámbica que Pla ha publicado recientemente sobre él. Al ser Cambó elegido diputado, en los últimos comicios, por Barcelona, se ven con frecuencia. Pero es la primera vez en bastante tiempo que el propio Cambó, siempre bien informado de lo que ocurre entre bambalinas en Madrid, lo cita, y Pla tiene curiosidad por saber el motivo.

—Supongo que se habrá imaginado, dada mi insistencia, que acontece algo excepcional—empieza el político—. Ya habrá notado usted la electricidad que hay en el ambiente, con la apertura de las Cortes. Pues esto no es nada comparado con lo que serán los próximos días…Vamos a tener un otoño más que movido. Tengo noticias de que está a punto de estallar un gran escándalo que salpicará a las más altas instancias de esta República… —dice.

Pero se detiene, porque se acaba de dar cuenta de mi presencia. Pla le explica que hemos quedado para una entrevista y Cambó aprovecha para desaparecer, sin más. Las celebridades del pasado son así. Entonces, cansado del contexto, Pla me propone que salgamos al paseo del Prado y mientras lo hacemos se lía un pitillo calmosamente y achina los ojos.

—¿No sería más lógico entrevistar a Baroja?… Seguramente estará en la cuesta de Moyano, ojeando libros.

—No, le estaba buscando a usted. Me interesa.

—¿Yo? Soy un escritor catalán, te recuerdo.

—También publica artículos en castellano y dentro de unos años publicará hasta libros.

—Supongo que porque no habrá más remedio… Pero no me va bien este idioma. Está demasiado hinchado para mi gusto, demasiado barroco.

—Hay de todo. Están los Quevedos y están los Barojas. Están los veleros bergantines que van viento en popa, y está Antonio Machado.

Me doy cuenta de que la conversación va a ser complicada, porque a Pla es difícil sacarle de su hurañía, pero lo intento. Le cito a d’Ors, aprovechando que pasamos cerca de donde estará un día su monumento. Sé que es una de sus debilidades.

—Ah, d’Ors. Ha sido el más culto de todos los periodistas de La Veu, y de todos los escritores de la Barcelona de principios de siglo. Nadie, en Cataluña, tenía las lecturas que acumulaba don Eugeni. Yo leía con fruición cada uno de sus artículos durante casi quince años, hasta que dejó Barcelona en el año 20. Eran todos terriblemente nutritivos, sugerentes. Allí había referencias con las que yo construía mi cultura, que me indicaban en qué dirección dirigir mis lecturas.

—También lo frecuentó personalmente en las tertulias de la peña del Ateneo de Barcelona.

—En los años diez, en efecto. Él, Josep María de Sagarra, Francesc Pujols y Alexandre Plana eran, para mí, las personalidades más brillantes de aquella época.

—Es curioso que le haya gustado tanto d’Ors, cuando es un temperamento totalmente opuesto al suyo. Sus textos están en las antípodas de Pla. Él trabaja con ideas y usted con cosas.

—Yo trabajo con la realidad. Siempre lo digo. Tener opiniones es algo relativamente fácil, pero en cambio una buena descripción… Eso es lo difícil, en literatura. Una descripción de verdad, de una persona, por ejemplo, en la que se vea todo, desde el aspecto físico de los pies a la cabeza, pasando por el efecto que produce, cómo piensa, dónde se posiciona, todo. ¿Cuántas veces se encuentra uno con eso? O un buen paisaje, con todos sus matices. Solo Azorín ha sido capaz de intentarlo, aunque sea de una manera un tanto aritmética.

—Umbral, uno de sus admiradores, dice que Azorín no sabe coordinar…

—Una crítica malintencionada. Azorín busca una prosa voluntariamente aritmética y es de los pocos, junto con Baroja, que hace sonar el castellano de una manera diferente a la carraca esa barroca y burocrática que tanto gusta aquí.

—A usted, los escritores españoles le respetan. Consideran que hasta en castellano escribe usted bien, a diferencia de Baroja, del que siempre dicen…

—No me gusta que me utilicen para atacar a otros escritores.

—Gusta mucho su adjetivación, y se ha repetido mucho eso de que la literatura está en el adjetivo…

—Es que es cierto.

—Supongo que también estará en el ritmo.

—Es otro de los factores. Pero un adjetivo preciso… eso es una joya. El preciosismo de la literatura está en ese adjetivo. Si Valle-Inclán ha pasado a la historia de la literatura en castellano, es por eso.

—Pero usted no es tan etéreo como Valle. Él podría cerrar los ojos y seguir escribiendo sobre cualquier cosa. Usted en cambio necesita la realidad delante. Usted siempre tuvo los pies en la tierra.

—Yo he necesitado siempre escribir sobre las cosas que tenía delante, sobre lo que he vivido, sí.

—Así escribió sus dos diarios sobre Madrid, su Cartas de lejos y sus libros-reportaje como el que publicó sobre Rusia. Casi estoy tentado a decir que todas sus obras. Son textos muy sencillos, pero que funcionan precisamente por esa acumulación de detalles verídicos sacados de la observación. En eso usted siempre ha estado muy cerca de Hemingway.

—Es un gran escritor, ese Hemingway. Es, curiosamente, el único que ha sabido escribir un libro sobre el mundo del toreo como Dios manda. Me ha gustado mucho Muerte en la tarde. Un gran trabajo.

—Cambiemos un poco de tema, ya que estamos aquí. ¿Por qué le gusta tan poco Madrid?

—Porque es una ciudad de tenderos, funcionarios, la villa de recreo de los aristócratas andaluces. Aquí solo tenéis cortesanos. Es una ciudad con muy poca consistencia histórica. No tiene el pasado medieval de Barcelona. Es una construcción artificial y burocrática que nace a raíz de un capricho de Felipe II, cuando en la segunda mitad del siglo dieciséis se decide a construir su monasterio –una cosa horrenda, a mi juicio- y escoge la población más cercana como sede conveniente para su corte. Es una ciudad a la que le falta historia. No se la puede equiparar con Londres o París.

—Hubiera sido más lógico que Toledo fuera la capital de España, ¿no es así?

—Eso habría tenido más sentido. De todas maneras, yo la primera vez que llegué a Madrid venía de París, y aquello no se podía comparar. Todo esto resultaba muy pobre y algo triste en comparación. Se supone que una ciudad es la cristalización de un proceso histórico imperial…

—“Imperio”. Una palabra muy d’orsiana.

—D’Ors está teniendo más influencia de la que parece, sí. En realidad, ha influido más en José Antonio que Ortega. Pero como aquí se le ha leído poco, no se dan cuenta. Decía que una ciudad es la cristalización de un proceso histórico imperial, de un esfuerzo nacional importante, y ahí están las pruebas. Roma, Londrés, París, Viena, son todas la materialización arquitectónica y espiritual de sus respectivos imperios. Pero ¿Madrid? ¿Dónde se siente eso? Parece increíble que esto haya sido la capital de uno de los grandes imperios históricos.

—A lo mejor cuando se la hizo capital, ya empezaba a declinar el imperio… Pero vamos, algo le gustará a usted de esta ciudad. Al menos este paseo del Prado, y Recoletos, sí que le gustan.

—Estos dos paseos son realmente maravillosos. Es lo único que se salva. El Madrid de los Austrias, pase, pero para Galdós. Los barrios bajos, bueno, tienen su personalidad, pero como todos los barrios bajos de cualquier ciudad. Y los barrios modernos son tan anodinos como cualquier barrio moderno. La Gran Vía aspira a ser de un funcionalismo norteamericano sin ningún interés. Pero este ensanche…, esta gran arteria que se abre desde Atocha y que llega hacia el norte, buscando el Guadarrama. El conjunto que forman el paseo del Prado, Recoletos y la Castellana, con su arbolado, sus fuentes y bancos, es sencillamente una maravilla.

—Y está el Prado. La pinacoteca.

—El Prado es un museo que no se merecen los madrileños, ni los españoles. Es, en mi opinión, la mejor pinacoteca del mundo. Ninguna otra, ni siquiera el Louvre, alcanza su categoría. Es el mayor tesoro artístico del país, y solo por el Prado merece Madrid que la visitemos una y otra vez. Esta mañana estuve en él, paseando.

—Como d’Ors.

—¿Le ha visto?

—No, todavía no porque está ahora mismo en París. Pero lo tengo pendiente. Siempre he pensado que usted y él son como Ortega y Baroja, dos temperamentos opuestos y complementarios. Son ustedes las dos mayores figuras de la cultura catalana de principios de siglo.

—Cataluña es un país pequeño.

—¿Quiere usted hablar del problema catalán, en estos momentos? Lo digo porque es una cuestión que va a traer mucha cola… Usted escribió un buen libro sobre el asunto, el que le dedicó a Cambó, muy ditirámbico, por cierto, en el que trazó la genealogía del pensamiento nacionalista catalán…

—El catalanismo, la existencia de Cataluña, no es un problema, como pensáis los castellanos; es una realidad. Aquí, tenéis tendencia a actuar como los ateneístas de nuestro amigo Azaña. Esa gente se reúne, debate los problemas del país, votan una solución, y piensan que el problema, así, estaba resuelto. Y resultaba, claro, que la realidad va por su cuenta y ni se ha enterado. Aquí, en Madrid, lo discutís todo en vuestro Congreso y en vuestros periódicos y vuestras tertulias, y pensáis que así quedan resueltos los problemas… Pero la realidad es muy tozuda.

—De siempre, los catalanes han querido ser muy ingleses a nivel de mentalidad política, muy pragmáticos.

—Es normal. Francia, en cuestión de centralismo, ha sido peor que ningún otro país. Y los catalanes franceses pueden atestiguarlo. En muchos sentidos, están peor que nosotros. Al final, fuerza es reconocerlo, no nos ha ido tan mal con España.

Es una bonita frase de cierre y como veo que Josep está nervioso por volver al hotel, decido despedirme y lo dejo alejándose por entre los plátanos crecidos de Recoletos. Es el autor catalán más importante del siglo XX y, según se aleja, me pregunto qué puede pensar alguien como Artur Mas de su obra. ¿Y de Cambó? ¿Cuánto ha cambiado el catalanismo desde sus tiempos a hoy? Yo diría que poco en lo esencial, pero todo en lo circunstancial. Se diría que han perdido el seny, y sin embargo están más cerca que nunca de su independencia efectiva. Lo que acontezca en los próximos meses nos dirá si todo ha sido un espejismo más o si el proyecto soberanista es una realidad viable, y veremos también si, al igual que en los años treinta, no se ve obligado el Gobierno español a suspender la autonomía. En los tiempos que corren, a mí, por lo menos, ya no me extraña nada.

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Sabina en Madrid: al lugar donde has sido feliz, vuelve https://www.zendalibros.com/joaquin-sabina-en-madrid/ Sun, 25 Jun 2017 06:00:32 +0000 https://www.zendalibros.com/?p=26417 Pese al tópico infestado de huellas, Joaquín Sabina demostró este jueves, ante un Palacio de los Deportes lleno, que es un poeta del copón. Cuántas veces he querido matar a Joaquín Sabina (Úbeda, 1949) –desde un punto de vista metafórico, ojo: no se asusten ni llamen al comisario Villarejo-. Y todas han sido en vano. El...

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Pese al tópico infestado de huellas, Joaquín Sabina demostró este jueves, ante un Palacio de los Deportes lleno, que es un poeta del copón.

Cuántas veces he querido matar a Joaquín Sabina (Úbeda, 1949) –desde un punto de vista metafórico, ojo: no se asusten ni llamen al comisario Villarejo-. Y todas han sido en vano. El bardo jienense me desmonta, me hipnotiza, me puede. Por ejemplo: cuando, en su anterior gira, “500 noches para una crisis”, recortó un concierto porque, utilizando sus palabras, sufrió un pastorasolerazo, quise –primero, confuso; después, enrabietado- escribir mi artículo con napalm, apalearlo –insisto con lo de las metáforas- con 500 palabras. Sin embargo, cuando me dispuse a abordar la faena, recordé el magnífico regalo que su obra ha brindado, y aún brinda, a mi vida –y a la de tantos- y no pasé de un, más o menos, “bueno: fue bonito mientras duró”. Me faltan huevos para ser Edipo.

"El espectáculo musical –con altísimas dosis de literatura, pero musical; como señala su mejor biógrafo, Julio Valdeón, Sabina es mucho más que un letrista– ofrecido por el artista ubetense fue magnífico, pleno, emocionante, enérgico, divertido"

Entrevistado para Zenda, un par de horas antes de que arrancara el show de Sabina de este jueves en el Palacio de los Deportes de Madrid, Benjamín Prado me decía con rotundidad: “Joaquín está de puta madre”. Yo temía que, habiendo dado otro concierto sólo un día antes, en el mismo recinto, las esquinas de la voz del cantautor estuvieran, ay, más frágiles y/o agrietadas. Sin llegar a desconfiar de la profesionalidad del creador de canciones como “El joven aprendiz de pintor”, “Cerrado por derribo” o “Yo también sé jugarme la boca”, sí que rondaba por mi cabeza la siguiente idea: “Hará algo apañado, salvará los muebles y, si te he visto, no me acuerdo”.

Sabina desmontó mi infausto prejuicio maravillando con un concierto que empezó a eso de las diez menos veinte, con “Lo niego todo”, y que terminó a las doce menos unos minutos, con “Pastillas para no soñar”. Antes de que se me acuse de “sabinazi”, o como se diga, critico dos asuntos. Primero: las butacas eran grilletes para un público que, no sólo con los clásicos, como ha apuntado algún crítico, sino con piezas de su último trabajo –valgan los ejemplos de “Postdata”, “Lágrimas de mármol” o “Las noches de domingo acaban mal”–, quería ponerse de pie, saltar y bailar, y no podía. El encorsetamiento fue excesivo. Y segundo: bien porque, a diferencia de lo que ocurre en el disco, Carlos Raya no tocaba el pedal steel ni Antonio García de Diego en la guitarra acústica –sino los teclados, haciendo de César Pop-, “No tan deprisa” sonó mucho más sombría y plomiza que en el álbum.

Joaquín Sabina. Foto: jsabina.comApuntado esto, me quito con urgencia el mandil de carnicero y digo que el espectáculo musical –con altísimas dosis de literatura, pero musical; como señala su mejor biógrafo, Julio Valdeón, Sabina es mucho más que un letrista– ofrecido por el artista ubetense fue magnífico, pleno, emocionante, enérgico, divertido. El poeta Félix Grande escribió: “Donde fuiste feliz alguna vez / no debieras volver jamás: el tiempo / habrá hecho sus destrozos, levantando / su muro fronterizo / contra el que la ilusión chocará estupefacta”. En la hermosa “Peces de ciudad”, el músico modifica estos versos una miaja: “Al lugar donde has sido feliz / no debieras tratar de volver”. Menos tremendismo: este jueves, Sabina volvió a demostrar que a sus conciertos se puede/debe volver, y volver y volver, como cantan los mariachis, para cargar las pilas, experimentar una catarsis, celebrar una liturgia rebosante de arte popular y sabio. Para ser feliz, qué narices.

A Sabina se le vio/escuchó feliz, satisfecho y fuerte. Transmitió su energía con una viralidad fotoeléctrica pese, insisto, a los grilletes. El concierto empezó con un vídeo que, con un toque “Retrospecter” de La hora chanante, mostró titulares de prensa ficticios –“No vive en la calle Melancolía”, “Caza aves de paso sin licencia”– y reales –“Nacido para triunfar”, “El adorador de la noche”–. Sabina rechazó los tópicos con “Lo niego todo”, canción que ya se sabe himno, condimentó la velada con aromas mexicanos interpretando la bonita “Postdata” y revolucionó a las masas con “Lágrimas de mármol” y “Las noches de domingo acaban mal”. Tras presentar a sus músicos –“No son una banda de acompañamiento, de los que se alquilan los veranos; son mi familia”-, explicó cómo, durante una visita a Gabriel García Márquez, estando el novelista colombiano bastante enfermo, le dijo: “Hace tiempo que no me hago caso”. “Pensé –contó el músico–: ¡Vaya pedazo de verso que me has dado para una canción!”. La pieza saliente la interpretó Mara Barros.

Los grilletes y los corsés se aflojaron con Pancho Varona resucitando “La del pirata cojo”; Sabina los reventó encadenando joyas: “Una canción para La Magdalena”, “Yo me bajo en Atocha” –himno extraoficial de la capital del Reino–, “Por el bulevar de los sueños rotos”, etcétera. También sonó la ya citada “Peces de ciudad”, donde, amén de Grande, se cuelan la Comala de Juan Rulfo o la “Desolation Row” de Bob Dylan –último Nobel de Literatura, por si alguien lo ha olvidado–. Junto a Leiva cantó “Por delicadeza” y “Princesa”. El amago de cierre se produjo con el típico medley ranchero de “Noches de boda / Y nos dieron las diez”. Tras un prolongado y popular “eh, Sabina, así no se termina”, el ubetense cerró la velada con “Contigo” y “Pastillas para no soñar”.

Pese al tópico infestado de huellas, el autor de “Es mentira” o “De purísima y oro” demostró este jueves, ante un Palacio de los Deportes lleno, que es un poeta del copón. Las canciones de Joaquín Sabina son un Dorado poético, un campo minado de Literatura –con mayúscula– y, esto es importantísimo, accesible para el profano. ¡Qué difícil es no entender a Sabina! Arturo Pérez-Reverte lo quiere hacer académico. Le sobran los motivos para ello.

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Qué pena https://www.zendalibros.com/que-pena/ Sat, 24 Jun 2017 19:08:58 +0000 https://www.zendalibros.com/?p=26428 Chaves Nogales era redactor jefe cuando cogió el avión para contarnos el viaje de "un pequeño burgués en la Rusia roja". Ahora un redactor jefe rara vez coge un avión si no es para dar una conferencia,

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Para ponerse a escribir en los periódicos hay que disculparse previamente por la petulancia que esto supone, y la única disculpa válida es la de contar, relatar, reseñar. Contar y andar es la función del periodista.

La vuelta a Europa en avión, de Manuel Chaves Nogales (Libros del Asteroide, 2012)

Las líneas anteriores las escribía el periodista Manuel Chaves Nogales en 1928. Pensaba el sevillano que la superioridad moral con respecto a la audiencia que se desprendía de las páginas de los periódicos era cosa del pasado y que, por fin, se estaba asentando el periodismo como un oficio dedicado simplemente a contar historias. La petulancia a la que hace referencia le parecía cosa del siglo anterior, el XIX.

En esto, como en otras cosas, se equivocaba Chaves Nogales. Su modo de hacer periodismo, sin ánimo de pontificar, dando testimonio de lo que sucede, es, al menos en España, algo que tiene más que ver con la ficción que con la realidad en 2017. Él mismo ha acabado convirtiéndose con los años en un personaje, un ideal al que recurrimos algunos para seguir creyendo que es posible el periodismo puro y duro.

En algún momento se asentó la idea de que la misión de un cargo medio o alto de un medio de comunicación es influir, no limitarse a contar historias. Así surgió, probablemente, la eterna crisis del periodismo. Chaves Nogales era redactor jefe cuando cogió el avión para contarnos el viaje de “un pequeño burgués en la Rusia roja”. Ahora un redactor jefe rara vez coge un avión si no es para dar una conferencia, y eso que los aviones no son, como en 1928, un invento aún por explotar de un modo masivo.

De la prosa de Chaves Nogales, en la misma semana, he saltado a la vorágine aventurera de los periodistas de ficción de la última novela de Javier Bernal, Por un puñado de letras (SUMA, 2017). Se trata de una historia de acción pura y dura enmarcada en un escenario que se presenta utópico: Un periodista español crea junto a un compañero estadounidense un medio de comunicación independiente, digital y económicamente sostenible, dedicado al 100% a las noticias generadas por la propia redacción a través de la investigación y la colaboración de los lectores.

Dan ganas de que exista un medio así, a Chaves Nogales le parecería lo normal si le hubiera tocado vivir en 2017, pero es un hecho que al menos por ahora sólo forma parte de la ficción. Qué pena.

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‘American Gods’: Que nos protejan de los dioses https://www.zendalibros.com/american-gods-nos-protejan-los-dioses/ Sat, 24 Jun 2017 15:58:22 +0000 https://www.zendalibros.com/?p=26450 Quien no sepa nada de la novela del británico Neil Gaiman en la que se basa esta serie de televisión puede encontrarse con una primera temporada que le presenta muchas preguntas, pocas respuestas hasta prácticamente la última escena, una espléndida imaginería y muchas dudas sobre de qué va todo esto en realidad. En principio, la...

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Quien no sepa nada de la novela del británico Neil Gaiman en la que se basa esta serie de televisión puede encontrarse con una primera temporada que le presenta muchas preguntas, pocas respuestas hasta prácticamente la última escena, una espléndida imaginería y muchas dudas sobre de qué va todo esto en realidad. En principio, la historia trata sobre un ladrón, llamado Shadow Moon (su madre era hippy), que sale de la cárcel tras tres años preso. Justo el día antes, su novia y su mejor amigo se han matado en un accidente de coche, y Shadow se encuentra sin dinero ni gente que le importe a su alrededor. En estas, conoce a un peculiar y carismático septuagenario, aficionado al parloteo y los timos, interpretado por Ian McShane, que no le dice su nombre, pero sí que “el miércoles es mi día”, y que quiere darle un empleo que aparentemente consiste en hacerle de matón y/o guardaespaldas. Hasta aquí todo tiene pinta de un noir de los de toda la vida, más o menos puesto al día, pero a partir de entonces empiezan a pasar cosas raras que tienen que ver con trucos de magia con monedas, oníricas visiones sobre árboles majestuosos, una bella mujer negra que parece engullir a sus ligues por la vagina (como suena) y un extraño casco de realidad virtual, acabando con lo que parece un cadáver resucitado. Eso por no hablar del fascinante prólogo en el que un drakkar llega con sus vikingos a Norteamérica y encuentra algo tan espeluznante que, combinado con sus propias supersticiones y con un baño de sangre muy al estilo de la cadena de pago Starz, provoca su huida de vuelta a casa en el Viejo Mundo, para jamás volver.

Quien continúe viéndola irá averiguando (aviso de destripes desde aquí) que los dioses del título son reales, que el hombrecillo del miércoles es el dios escandinavo Odín (Wodin – Wodin’s Day – Wednesday – Miércoles), y que en este universo de ficción en el que nos encontramos va a haber una guerra entre los dioses viejos, en los que creían todos los viajeros que han ido poblando y repoblando América desde hace siglos, y los nuevos de la tecnología, la globalización y los medios de comunicación, que han venido sustituyendo a los antiguos en las costumbres humanas. Una vez que esto se aclara, cobran sentido los vikingos, las monedas, el liante de Miércoles, la voraz negra Bilquis y el pendenciero Mad Sweeney, que al presentarse a Shadow como un leprechaun irlandés no está haciendo una coña, sino diciendo la verdad. A partir de ahí sigue una historia con mucha imaginación, mucha violencia y mucha plasticidad en la cinematografía (Bryan Fuller, ex de la teleserie Hannibal, es uno de los responsables, lo cual une a dos grandes de la inventiva literaria y cinematográfica en el mismo proyecto). También hay una galería de personajes a cuál más pintoresco y peculiar, y es que los dioses antiguos no llevaban unas vidas aburridas en absoluto.

Para aquellos que conozcan el libro, decir que la primera temporada de esta serie cubre solamente menos de su primer tercio, y que algunos personajes están expandidos con respecto a una novela original de unas 460 páginas. Gaiman lo publicó en 2001, una fecha en la que las conversaciones sobre el fin de esto y el principio de lo otro estaban a la orden del día. Este inglés es uno de los renovadores de la narrativa de fantasía, habiendo encontrado un estilo muy personal y exitoso, bebiendo de los maestros Tolkien y Lewis y añadiéndole la oscuridad de Shelley y Poe, junto con las influencias de otros escritores mas tardíos como Roger Zelazny o RA Lafferty. American Gods es un multipremiado tour de force donde las ideas de América como tierra de eternas oportunidades, y también de sueños destrozados, se lleva a su máxima expresión, encontrando en sus páginas a deidades africanas vagando como pedigüeños sin hogar por las calles o malviviendo en empleos indignos de ellos. Quien se ha adaptado, o se ha mantenido relevante, o se le ha dado bien el márketing, ha sobrevivido ante el empuje de la ciencia, y quien no, ha sido olvidado o ha quedado consignado a los museos etnográficos, porque un dios sin creyentes pierde toda su fuerza. Por ejemplo, el eslavo Czernobog (el “dios negro”) se pasa el día en su piso de barrio bajo, con sus pitillos de liar, su barba de leñador, su mugrienta camiseta de tirantes, su tablero de damas y su inquietante maza siempre a mano, junto a sus parientes las hermanas Zorya, las Luces de la Mañana, la Tarde y la Medianoche. También sobresale Anansi, la araña africana reconvertida en cuentacuentos de larga memoria y atildado gusto en el vestir. Hay además un djinn (o genio) mediooriental de fluida sexualidad, y salen Anubis y Thoth como empleados de funeraria, obviamente, porque la gente se sigue muriendo, y Vulcano el herrero recibe encargos de armas de destrucción masiva. En general todo esto resulta una idea inspirada, pero que requiere su esfuerzo, su concentración y quizá también cierta familiaridad con mitologías, religiones y supersticiones varias, ya que cuanto más se sepa de ello se podrá acceder a más niveles de significado.

Como se ha mencionado, la serie procede de manera bastante lenta. En los primeros ocho episodios, de entre 50 y 62 minutos de duración, Shadow (y en realidad también el espectador) no descubre definitivamente el tomate hasta el final, acabándose la cosa con un “se va a armar la marimorena” que deja las cosas en cliffhanger para la segunda temporada. Hasta entonces, Shadow, Miércoles, Sweeney y Laura han estado viajando de un sitio a otro por la América profunda, en coche, durante días (lo cual también tiene su propia mística típicamente norteamericana), visitando a unos y otros, y trampeando como pueden de una manera en general bastante poco “divina”. Esto en el libro no ocurre, y simplemente hay una gran reunión en la amenazante House on the Rock. En cambio en la serie estas visitas de uno en uno permiten alargar la trama y dar espacio a cada nuevo dios o diosa para causarnos la impresión deseada. Afortunadamente, la serie cuenta con una parte, que suele ser al principio de cada episodio, donde se nos habla de cómo los varios “dioses viejos” de cada nuevo pueblo fueron llegando a América. Un barco vikingo en 813, un buque de esclavos en 1697, una tribu procedente de Asia en la última glaciación, una criada irlandesa condenada a “transportation” a las colonias en el siglo XIX, una diosa (de la música disco) en 1979, procedente de nada menos que la revolución iraní, un grupo de inmigrantes ilegales mexicanos ayer por la tarde (qué oportunidad perdida para haber hablado del santo Jesús Malverde, en lugar del Cristo de siempre)… Estas escenas son una especie de cortometrajes casi autoconclusivos que resultan fascinantes y, al menos hasta que se desaten los truenos y centellas de la guerra futura, son más interesantes casi siempre que la historia principal.

Mención merecen también los “nuevos dioses” de la globalización, la tecnología y los medios de comunicación, que aparecen retratados como unos verdaderos capullos resabiados que se merecen que alguien les meta un rayo por el puerto USB. Technical Boy es un adolescente repelente, malcriado y narcisista, Mister World es un jefezuelo sibilino y untuoso (perfecta la elección de Crispin Glover para interpretarlo, y sí, es el padre de Marty McFly en Regreso al futuro), y Media es glamurosa, fotogénica, con mucha mano izquierda, y siempre se presenta como el icono perfecto para cada momento. Gillian Anderson lleva muchos años siendo algo más que la estreñida agente Scully de Expediente X, y a quien la haya visto codearse con lo más granado de la ficción decimonónica en la televisión inglesa no le sorprenderá verla funcionar aquí disfrazándose de Lucille Ball, David Bowie o Marilyn Monroe, por ejemplo. Y lo curioso es que desde que se escribió la novela, con Odín en nuestro mundo ha ocurrido algo como lo que preconizan estos nuevos dioses: su nombre ha vuelto a la imaginería popular no debido a un interés erudito por la cultura escandinava, sino vía entretenimiento popular, debido a las películas basadas en los cómics de Thor. Si quieres que te adoren, métete en el rollo friki.

Hasta ahora, esta era una de esas famosas “novelas inadaptables” escritas a cabello de dos milenios, como por ejemplo también Canción de Hielo y Fuego, que últimamente, con las continuas mejoras técnicas y el auge de la ficción serializada, están consiguiendo que se las traduzca por fin a imagen en movimiento, con dinero en abundancia, el tiempo necesario para desarrollar complejas narrativas y los últimos adelantos tecnológicos a su disposición. American Gods es una novela del siglo XXI, justo, pero en 17 años ya hay cosas que se han quedado anticuadas o que resultan mejorables en cuanto a la representación tecnológica de nuestro mundo, y así por ejemplo en el libro Bilquis es una prostituta, sin más, pero en la serie usa al nuevo ídolo de las aplicaciones en el móvil para acceder a un mayor número de presas. Technical Boy, que en la novela es un gordo inadaptado y con anorak, en la serie es un niñato desdeñoso, pendenciero, ególatra y con demasiada porquería en el pelo que le da al vaping en vez de fumar como Dios manda. Eostre, la diosa de Pascua / Semana Santa / Primavera, también ha sido modificada desde el libro, y su última reencarnación es una Barbie de colorines más conocida por los infantiles huevos de pascua que por cualquier otro elemento más profundo basado en el fin de la oscuridad y la penuria invernal y la promesa de la nueva vida que florece de nuevo cada doce meses. Por su parte, Jesucristo, que en el libro no aparece y de quien solo se dice que alguien lo ha visto de autoestopista por Afganistán, aquí es principalmente un melenudo relajado y buenrollero, aunque otros Jesuses que aparecen a su lado tienen matices un tanto diferentes, reflejando el hecho de que hasta en cuestión de cristos los gustos varían.

Pero quien sufre los mayores cambios en la transición es el personaje de Laura, la esposa de Shadow. La novela sigue a Shadow solamente y está contada desde su punto de vista, así que el desarrollo de Laura como personaje queda limitado a lo que Shadow la vea hacer. En la serie ella resulta mucho más fría, descreída y nihilista, quizá para sentar las bases de una confrontación futura con alguno de los dioses, y no comienza como empleada de una agencia de viajes, sino de un casino de ambientación egipcia que intenta robar junto a Shadow. Luego, junto a Sweeney, cuyo personaje también ha crecido en tamaño y espacio, hace su propio “viaje iniciático” por las carreteras americanas, recibiendo la ayuda de Thoth y Anubis, por aquello del casino donde trabajó, además de tener una escena extra de reconciliación con Audrey, con cuyo marido se acostaba. Pero el principal cambio, tanto en ella como en toda la serie (spoiler a la una), es el hecho (spoiler a las dos) de que (y spoiler a las tres) Laura no murió por accidente, sino que Odín encargó a Sweeney que averiara su coche para que se accidentara. ¿Odín y Sweeney compinchados para matar a Laura, la esposa de Shadow, el actual protegido de Odín contra los nuevos dioses? Esto no va quedar así, desde luego.

En cuanto a las interpretaciones, McShane está señorial, aunque se nota que le sale un tanto demasiado fácil debido a su veteranía. Con su gran dicción y su Al Swearengen de Deadwood en la mente de los serieadictos, nos tiene a todos rápidamente comiendo de la palma de su mano. Además de él, yo en particular destacaría a Orlando Jones, el Anansi africano, cuya afición por las historietas pronto deja de ser un defecto para convertirse a menudo en lo mejor del episodio. “Angry gets shit done” es la camiseta que regalar a quien ya las tiene todas, y no es raro que este personaje tenga su propia novela spin-off, Anansi Boys. Seguramente esta propuesta no será para todo el mundo, pero quien abra la mente a este crisol americanizado hecho de brutal mitología y fantasía para adultos puede encontrarse con algo ciertamente fascinante.

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Raccontare l’Italia. Presentación de los finalistas de los premios Strega de narrativa https://www.zendalibros.com/raccontare-litalia-presentacion-los-finalistas-los-premios-strega-narrativa/ Sat, 24 Jun 2017 07:21:45 +0000 https://www.zendalibros.com/?p=26332 En los años de la dopoguerra italiana la mayor parte de su población sufría de analfabetismo. Desde mediados de los 50 hasta casi los años 70 la sociedad italiana sufrió las consecuencias de un periodo de olvido internacional y sobre todo institucional. Fue la literatura la que permitió que miles de ciudadanos salieran de las...

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En los años de la dopoguerra italiana la mayor parte de su población sufría de analfabetismo. Desde mediados de los 50 hasta casi los años 70 la sociedad italiana sufrió las consecuencias de un periodo de olvido internacional y sobre todo institucional.

Fue la literatura la que permitió que miles de ciudadanos salieran de las sombras que habían dejado tras su paso la Segunda Guerra mundial y la guerra civil que soportó a su vez el país.

Desde 1947 se concede en Italia el premio Strega, un premio literario democrático (el jurado lo conforman 400 personas del sector cultural) convocado por la Fundación Bellonci.

En él concurren libros ya publicados y la obtención de esta presea consigue que el ganador se posicione entre los diez libros más vendidos del país. Todo un empujón promocional para novelas que ven en este reconocimiento un segundo trampolín, una nueva vía de acercamiento a sus lectores.

Desde sus inicios son muchos los autores que han ganado el Strega: Paolo Giordano (con su novela La soledad de los números primos); Niccolò Ammaniti (Como Dios manda) y Sandro Veronesi (Caos calmo), Margaret Mazzantini (No te muevas), Umberto Eco (El nombre de la rosa) estos cinco últimos llevados afortunadamente al cine; también Domenico Starnone, Melania G. Mazzucco, Primo Levi,…

Grandes clásicos de la literatura del país han conseguido también este premio: Natalia Ginzburg con su Léxico familiar, Lampedusa y El Gatopardo, los Sesenta relatos de Dino Buzzati, La isla de Arturo de Elsa Morante, los Relatos de Moravia, El bello verano de Cesare Pavese,…

Este mes de junio se realizó la primera votación de los finalistas al premio y quedaron cinco concurrentes como los más votados del año: Paolo Cognetti (Le otto montagne, Einaudi), Teresa Ciabatti (La più amata, Mondadori), Wanda Marasco (La compagnia delle anime finte, Neri Pozza), Alberto Rollo (Un’educazione milanese, Manni), Matteo Nucci (È giusto obbedire alla notte, Ponte alle Grazie).

El primer jueves de julio se reunirán en Roma en una segunda votación -también anónima- de la que saldrá uno de los nombres que resonará con fuerza en las librerías del país vecino.

Hace sólo unos días se presentaron en Madrid los cinco títulos finalistas del Premio. Lo hicieron en un acto organizado por el Instituto Italiano de Cultura (c/Mayor, 86) que combatió el calor asfixiante de la capital con las mejores letras contemporáneas italianas. Grazie!

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Los finalistas

Alberto Rollo es editor, crítico y traductor de Faulkner. Rollo, que no estuvo presente en el acto de presentación, comentó a través de videoconferencia: «Con este libro –«Un’ educazione milanese»– he tratado de dar un poco de razón a mi obsesión, la de pertenecer a una gran ciudad. Esta novela es la historia de mi ciudad, de mi vida en definitiva –sobre todo mi infancia y juventud- , una época en la que sientes que formas parte de algo. Los 70 eran años decisivos en que el futuro de Italia estaba en juego».

Paolo Cognetti ha publicado varios libros de cuentos. Es hijo de inmigrantes y nació en Milán. En su obra se cuestiona el significado de pertenencia, preguntas que él mismo se hizo según se hizo adulto. En su novela tienen mucha importancia las Matemáticas (carrera que estudió y que le ayuda en su trabajo literario) y el relato breve (género del que se confiesa gran lector).

«Le otto montagne» es la historia de una educación. Una historia que tiene mucho que ver con la propia biografía del autor. Un niño, Pedro, cuyo padre se transforma sólo unos pocos días al año, cuando van juntos a la montaña. En esos momentos se vuelve locuaz y afectuoso, muy alejado de la imagen fría habitual que transmite en casa.

Teresa Ciabatti colabora con el Corriere della Sera. En su novela el tema principal es la fuga. Una fuga del presente, de la edad real, de las responsabilidades propias de la madurez… Ella se refugia de todo esto en el pasado y aunque confiesa que su novela no es una autobiografía, afirma que sí es una toma de responsabilidad, de consciencia, de saber quiénes somos y dónde estamos.

«La più amata» es la búsqueda de la propia identidad a partir de un personaje distorsionado, una mujer egocéntrica que toma el nombre de la propia autora, Teresa Ciabatti.

Wanda Marasco ha publicado varias novelas y antologías de poesía. Sus textos han sido llevados a escena en varias ocasiones en Nápoles. Comenzó su intervención con un encendida declaración de amor al Quijote, «la aventura del hombre que ama la literatura», para luego comentar que en su novela –que no tiene mucho que ver con su vida- estudia las razones de la pobreza material y cultural de su ciudad; y las analiza a través de las experiencias directas que ha vivido como profesora. Esta profesora encuentra en el teatro su segunda naturaleza después de la escritura.

«La compagnia delle anime finte» es la novela por la que Wanda es finalista del Strega. Una novela que narra el enfrentamiento social, cultural y económico de dos estirpes familiares, que pone sobre la mesa la desgracia de la pobreza  y que saca a relucir al auténtico protagonista de su obra, el miedo, que domina a todos los personajes.

Matteo Nucci ha publicado varios ensayos sobre Sócrates y Empédocles y se confiesa enamorado de España (entre sus obras publicadas figura el ensayo «Il toro non sbaglia mai»/«El toro no se equivoca nunca»). Defiende con ímpetu a Italia, Grecia y España y dice que cree en el Mediterráneo como origen de la civilización occidental. «La única y verdadera riqueza es el tiempo, no el dinero. Ésa es la auténtica conquista de los países del Mediterráneo».

«É giusto obbedire alla notte» es la novela de Nucci, cuyo título fue tomado prestado de un verso homérico. Por la noche entramos en contacto con nuestros demonios, nuestra parte más oscura. El autor defiende que es necesario entrar en contacto con esa parte oscura para provocar un renacimiento personal. Se conoce solamente a través del dolor.

Durante la presentación de las obras finalistas se habló mucho de Italia. De cómo los libros narran Italia, la Italia de hoy. A este respecto Marasco defiende que –además de estas obras- son los clásicos los que nos hablan del presente. El punto de vista de Nucci sobre el idioma, del que dan fe sus textos, es mucho más literario y apasionado: la lengua es el modo de ver y retener el mundo.

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Afortunados son estos cinco autores que tienen estos días la oportunidad de mostrar sus obras mucho más allá del país que las vio nacer en papel. Y lo hacen gracias a la gentileza de Institutos Culturales situados en diferentes ciudades europeas que les permiten, de esta manera, acercarse a potenciales lectores saltando el puente de las redes sociales. Una pequeña gira que quizá no hubieran imaginado Goffredo y Maria Bellonci, creadores del Strega, cuando se reunían cada domingo en un pequeño salón literario.

Hoy día el salón literario lo forman 400 personalidades del mundo cultural (que mantienen el anonimato, aunque algunas de ellas se encontraban el jueves en el Instituto Italiano de Cultura de Madrid).

Quedan pocos días para la votación final. In bocca al lupo!

Queremos expresar nuestro agradecimiento por las fotografías y el excelente trato a Laura Pugno, directora del Instituto Italiano de Cultura (y a todo el equipo del Instituto Italiano de Cultura de Madrid)

 

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