El Problema final comienza en Italia (“Fui a Génova a comprarme un sombrero”) pero tiene piel griega y alma londinense. Reverte vuelve al mundo cosmopolita e inteligente del jugador que mueve la pieza, que enreda lo hilos misteriosos de una trama que nos lleva a aquellas magníficas novelas-juego de este escritor, esas que cambiaron la mirada de los lectores del mundo entero en más de cincuenta idiomas.
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