Inicio > Actualidad > Concursos > Relatos ganadores del concurso de historias de fútbol

Relatos ganadores del concurso de historias de fútbol

Historias de fútbol, en Zenda

El concurso #historiasdefútbol, patrocinado por Iberdrola, ya tiene ganadores. Son Erminda Pérez Gil, José Miguel Sánchez, «Lo que permanece», «Tin Barton» y Carlos Torres Prieto los autores de las cinco historias futboleras seleccionadas por el jurado de Zenda. Colgadas en blogs y en redes sociales, y difundidas con el hashtag #historiasdefútbol.

Los cinco ganadores de este concurso van a poder asistir, junto con un acompañante, el día 21 de junio al partido de la tercera jornada de la fase de grupos de la Eurocopa entre España y Croacia, en el Estadio Matmut Atlantique de Burdeos. Además de las invitaciones para animar a la selección, van a recibir 300 euros cada uno en concepto de gastos de desplazamiento y alojamiento.

Según las bases, los relatos debían publicarse entre el lunes 13 de junio a las 12:00, al jueves 16 de junio de 2016 a las 23:59. Los textos presentados han sido seleccionado por un jurado que ha valorado la calidad literaria y la originalidad de los relatos, y que ha estado formado por los escritores Juan Gómez-Jurado, Lara Siscar y Luisgé Martín, la agente literaria Palmira Márquez y Juan Mateu de Ros, por parte de Iberdrola.

A continuación reproducimos los relatos ganadores.

Lo importante es ganar, de Erminda Pérez Gil

Soy un gran aficionado al fútbol. Creo que mi madre y yo somos los seguidores más fervorosos de la selección nacional, los que con más ánimo jaleamos al equipo y los que más aplaudimos sus goles y triunfos. No exagero, tenemos nuestros motivos.
Mi padre me inculcó el amor a este deporte desde que nací. Creo que tengo camisetas de la selección española de todas las tallas. Desde que era un bebé me sentaba ante el televisor para que fuera aprendiendo las lides del juego, y a medida que he ido creciendo no ha dejado de instruirme en técnicas y tácticas futbolísticas. Él habla durante los partidos, da instrucciones a los jugadores, insulta a los árbitros o a los que no sudan la camiseta, reclama faltas, fueras de juego o tarjetas del equipo contrario, grita y patalea cuando recibimos un gol en contra, y si pierde la Roja, entonces se monta la de Dios.
No dejo de aprender de su experiencia. Me habla del gol de Marcelino con el que España ganó su primera Eurocopa, del de Zarra en Maracaná, del de Cardeñosa que nunca fue, del gol fantasma de Míchel a Brasil o del que le encajó Platini a Arconada, del inolvidable 12 a 1 contra Malta, de los cinco goles de Butragueño en México… Mi padre repite continuamente que siempre nos eliminaban cuando jugábamos los mejores partidos. Habla en plural, porque él dice que el espectador es el jugador número 12 en el campo.
Mi madre adora a don Luis Aragonés y al señor del Bosque. Los llama así, con respeto. Dice que son unos caballeros a los que les debe mucho. Por algo han sido los que han llevado a la Selección a alcanzar sus mayores triunfos y a que en casa reine la paz.
Tras la victoria en Viena todo empezó a funcionar mejor. ¡Mi padre estaba tan feliz que nos invitó a comer fuera! Al ganar el mundial de Sudáfrica nos llevó de fin de semana a la playa. Yo nunca había visto el mar y fue una experiencia que nunca podré olvidar. La del gol de Iniesta, tampoco, claro. Con la Eurocopa de Polonia conseguí una bicicleta chula. Eso sí, el mundo volvió a ser el mismo tras la debacle de Brasil. Mi padre estaba tan enfadado por la falta de ganas de los jugadores que su furia creció como ya no recordábamos. Quería que echaran al entrenador y a todos esos gandules, que él ya lo veía venir desde la Copa Confederaciones. Y zas, pum, plaf, cataplum.
Acaba de empezar la Eurocopa de Francia y de momento las cosas van bien. Mi padre está entusiasmado porque España venció a Checoslovaquia en el primer partido. Pero no deja de repetir que no nos podemos fiar, que hay que cambiar algunos jugadores y dejar en el banquillo a los que no están en forma.
Por eso, señor del Bosque, le envío esta carta. Me gustaría que revisara la alineación que propone mi padre y que le he copiado en la hoja de atrás. Mi madre reza por usted y por los jugadores y les pide encarecidamente que hagan lo posible para seguir ganando, aunque sea por la mínima. Porque un triunfo es un triunfo. Así mi padre se pondrá contento y nosotros no tendremos que escuchar sus gritos ni soportar los golpes que descarga contra nosotros para desahogarse. Usted no conoce a mi padre, es un hombre con los puños muy duros. Mi madre y yo les estaríamos muy agradecidos.
Se despide atentamente,
Su seguidor más fiel.

Colgado en su blog.

La camiseta del soldado, de José Miguel Sánchez

La guardia se le estaba haciendo interminable. Abdi permanecía inmóvil, de pie y apoyado en su fusil AK-47, frente a la extensa pradera que se encontraba entre el poblado y los primeros árboles que anunciaban la frondosa selva. Tras él, varios guerrilleros de su tribu se repartían el botín de los últimos saqueos. Los de mayor rango solían decidir qué hacer con los enseres personales de aquellos que anteriormente habían masacrado. Tras los enfrentamientos, cualquier cosa que pudiese tener algún valor se llevaba al campamento y allí se repartía. Casi todo solía aprovecharse, bien para reutilizarlo personalmente o para el mercado de contrabando. Había de todo: relojes, zapatos, ropa, joyas, comida…Todo aquello de lo que pudiese sacarse provecho era saqueado. El resto solía quemarse junto a los cuerpos desnudos de los antiguos propietarios.
Abdi estaba deseando finalizar su turno. Huérfano de padre y madre, no había conocido otra vida que la guerrilla y la violencia. Para él no existía esperanza ni futuro alguno más allá de disparos cruzados y muertes diarias. Su vida y sus manos, al igual que la de la mayoría de los niños del poblado estaban bañadas en sangre. Los jefes tribales utilizaban a los niños soldados para todo. Los mantenían a sus órdenes enganchándolos a la droga desde muy temprana edad y luego les hacían sentirse “hombres” a base de matanzas y violaciones. Eran una parte importante del cruel engranaje militar y no tardaban mucho en entrar en combate. Abdi con tan sólo diez años ya había participado en alguno, aunque sus funciones principales eran las de vigilancia y saqueo. La única certeza para Abdi era que si obedecía las órdenes tendría al menos comida, protección, un techo bajo el que dormir y unas monedas aseguradas que le permitían disfrutar de la única ilusión que tenía en la vida: el fútbol. El chico sentía verdadera pasión por el Real Madrid. Le parecía un mundo y una vida tan diferente a la suya que veneraba a sus jugadores como si fuesen dioses. Cuando podía jugar un rato con su pelota hecha a base de trapos, descalzo sobre tierra y piedras, fantaseaba con estar haciéndolo sobre el césped del Santiago Bernabéu. Cualquier momento del día que tuviese libre lo dedicaba al fútbol. Para Abdi, ver un partido de su equipo era lo máximo. El problema era que el televisor más cercano se encontraba en Lexoto, un pueblo a unos veinte kilómetros. Se trataba de un pequeño local que contaba con la televisión como único atractivo. Aunque la señal no siempre era buena, cada vez que su equipo jugaba Abdi se las ingeniaba para estar libre. La mayoría de las veces conseguía librarse de las guardias comprándolas con las escasas monedas que le pagaban. En otras ocasiones, tenía que ofrecer su cuerpo y servicios bastante más desagradables por disfrutar aunque fuesen noventa minutos de los diez mil ochenta que la semana tenía. No era demasiado, pero aquello le llenaba de vida y le animaba a aguantar en aquel infierno.
Los días de partido, Abdi recorría ilusionado y a pie los veinte kilómetros que le separaban de Lexoto. Cuando el partido era por la noche, volvía de madrugada y al amanecer cumplía con sus obligaciones como soldado. Sabía que nadie se metería en su vida mientras cumpliese las órdenes, y lo hacía a la perfección con tal de poder seguir viendo aquellos partidos de fútbol.
En el local de Lexoto casi nunca se cabía. Una marea de gente de los pueblos colindantes se acercaba a ver los partidos compartiendo la misma ilusión y colores. Allí no se distinguían etnias ni tribus. Todos eran “blancos” a pesar del color de su piel. Abdi nunca faltaba y ya era conocido por todos. Otro chico llamado Atuba también era un asiduo. Muy pronto entablaron una bonita amistad vinculada a su afición por el fútbol y, en concreto, por el Real Madrid. No se veían más que los días de partido, noventa minutos a la semana, pero eran los únicos felices en sus respectivas vidas. Reían y se abrazaban con los goles, pero también lloraban juntos las amargas derrotas. Eran compañeros de alegrías y tristezas, amigos efímeros en lo bueno y lo malo, pero a pesar de la brevedad de sus encuentros, el aprecio y cariño que se guardaban era inmenso.
Un día de partido, Atuba se presentó en Lexoto más blanco que nunca. Todos querían acercarse a él. Ninguno quería perder la oportunidad de tocarla y mirarla de cerca. Atuba apareció aquella tarde luciendo orgulloso la camiseta del Real Madrid con el número siete y el nombre de Raúl a la espalda. Era impensable que un chico, fuese de la tribu que fuese, pudiese comprar una. Esos lujos estaban reservados para otra gente. Tanto Abdi como los demás alucinaron. Era la primera vez que veían una, podían tocarla y mirar cada detalle con detenimiento. El revuelo fue tremendo aquel día. Todos querían ponérsela aunque fuese un rato, pero Atuba no se la quitó ni prestó a nadie en ningún momento.
Tras el partido, cuando Abdi y Atuba se despidieron, éste le preguntó si le apetecía probársela. Abdi aceptó encantado y, por primera vez, se sintió algo más cerca de aquellos dioses blancos a los que tanto admiraba. Comprendió entonces que aquella camiseta no había sido comprada. Tampoco había sido un regalo. Unas manchas de sangre cerca del escudo y en una de las mangas delataban su triste procedencia.
Una semana más tarde, Abdi volvía a estar de guardia apoyado en su fusil. A su espalda escuchaba cómo los guerrilleros de mayor jerarquía discutían airadamente sobre el reparto del último saqueo. Siempre se repetía la misma escena. Uno de ellos, Ayibe, el único que parecía tenerle cierto cariño, se acercó con las manos en la espalda. Algo ocultaba tras de sí. Una camiseta blanca del Real Madrid. El número siete. El nombre de Raúl en la espalda, y alguna que otra mancha de sangre más…

Colgado en Facebook.

Saber ganar, de Loquepermanece

—¿Sánchez Sánchez, María de la O?

—Sí, soy yo.

—Adelante, pase y siéntese.

—Buenos días.

—Buenos días, María de la O.

—Bueno, prefiero que me llamen María, es que…

El entrevistador carraspea, levanta la vista de los papeles de su mesa, se masajea el cuello para liberar la tensión; la observa un instante y prosigue, sin dejar que María termine su frase.

—Sí, ya… Veamos… Le voy a ser sincero y claro, María de la O; son las 12:37 y llevo desde las 08:15 haciendo entrevistas para este puesto de trabajo. Estoy un poco cansado de oír historias similares y tengo ganas de irme a tomar un café. Sé que esto no es lo que esperaba oír, pero es lo que hay. ¿Me comprende? He leído a fondo su CV y no quiero que me hable de su formación ni de su experiencia laboral.

Hace una pequeña pausa para comprobar que ella le está entendiendo.

—Quiero que me diga por qué debo contratarla a usted y no a uno de los anteriores candidatos, o a uno de los que me queda por entrevistar.

María le mira. Tenía bien preparado su discurso… Duda, no sabe qué decir.

—Verá… Yo… bueno… en fin; hice un máster en…

El entrevistador la vuelve a interrumpir:

—Sí, María de la O, igual que seis de los candidatos anteriores. No es eso lo que le he preguntado.

Ella se toma un momento. Quiere serenarse y lo hace intentando que esa persona, de la que dependen tantas cosas para su vida, al menos la llame por su nombre. Por el que usa, no por el que tiene en el DNI.

—María… si no le importa —murmura…

—Conteste, por favor.

—Bien… Trabajé durante tres años para implementar un sistema de…

—El próximo al que tengo que entrevistar hizo lo mismo en una multinacional. Contésteme, si es tan amable, a la sencilla pregunta que le he formulado.

El tono cortante paraliza a María.

—Es que…

—¿Sí? ¿No tiene usted nada especial que aportar a esta empresa, María… de la O?

María se pregunta si es una técnica más para saber si sabe gestionar el estrés; si el retintín con el que dice “de la O” es para provocarla. Toma aire, mira al entrevistador y aún algo dubitativa contesta:

—Bueno… en realidad, sí; me gusta el futbol.

—¿Perdón? ¿Qué le gusta el futbol, dice?

—Sí. Me gusta y juego al futbol desde niña.

—¡Esto sí que es bueno! Señorita María de la O, creo que hasta aquí ha llegado la entrevista… ¡Qué le gusta al fútbol, dice! ¿Y a quién no?…

María por primera vez le habla con voz firme y serena.

—Verá, Sr. Entrevistador Hastiado, disculpe que le llame así, pero no me ha dicho su nombre…

El entrevistador intenta replicar, pero María le frena con un gesto y continúa.

—El fútbol me hace especial para este puesto de tanta responsabilidad, no porque me guste… le gusta a millones de personas, algo tendrá, ¿verdad?

El entrevistador asiente, va a decirle que él mismo acaba de hacer esa observación, pero la determinación que empieza a ver en María le detiene.

—Me hace especial porque gracias al fútbol he desarrollado una serie de competencias y habilidades que me han ayudado en mi trayectoria laboral.

—Disculpe —interviene el entrevistador—, pero sigo sin verlo claro.

—Yo le explico. Si tiene la amabilidad de escucharme.

Como el entrevistador calla, María prosigue.

—Sé que debo entrenar a diario para mantener mi nivel de juego y que no debo confiarme. Sé tomar decisiones rápidamente; eso lo he aprendido del fútbol cuando tengo que decidir si tiro a puerta o paso el balón. Sé trabajar en equipo, porque en el campo debo estar atenta y si una compañera pierde la posición, yo debo ir a ayudarla sin perder la mía. Sé asumir responsabilidades, porque juego bien y soy la capitana de mi equipo. Sé respetar a los demás, porque debo tratar al árbitro y al equipo contrario como me gusta que me traten a mí. Sé de la importancia de la honestidad y que ganar un partido a cualquier precio sólo es efectivo a corto plazo, pero que a la larga no sirve. Sé que debo atenerme a un reglamento, y que si no lo respeto, habrá consecuencias. Aprendí a gestionar la frustración, porque en el fútbol, por muy bueno que seas, vas a perder partidos, así que me esfuerzo al máximo, porque no puedo asegurar que mi trabajo nos lleve a ganar el partido. Sin embargo, podré irme a casa tranquila sabiendo que he hecho todo lo posible. Y quizá lo más importante: sé que disfrutar del juego es lo primero y que si lo que hago me apasiona, lo haré bien. Eso es todo.

—Bien… María… de… en fin. Sólo María, ¿podría explicarme qué medidas tomaría para aumentar la productividad de esta empresa?

María reprime una sonrisa. Porque en la vida, igual que en el fútbol, también hay que saber ganar.

Colgado en su blog.

#historiasdefútbol, de Tin Barton

El tiempo añadido no es más que el complemento del tiempo de descuento.
Es pasar a limpio los minutos empleados en patear y correr, en desmarcarnos para marcar, en pedirla y regatear aun sabiendo que así hacemos más largo e infinitamente más atractivo, el camino trazado entre nosotros y nuestro destino.

El cartel luminoso es nuestra sentencia de vida. El instante numérico que resta para mantener el resultado, remontar el partido o lucirnos perdiendo el tiempo que cansado, corre a nuestro favor. Y de pronto, duele. Caemos al suelo victoriosos, completamente derrotados. Pidiendo a gritos agua milagrosa recién salida del vaticano, o un exorcismo al uso, a pie de campo.

El míster se tapa la boca para hablar, como quien cierra los ojos para interiorizar.
Fugitivo del área técnica trazada en el suelo. El cuarto árbitro zumba en su oído. El público corea, del norte. Los de la grada sur son el enemigo.
Batallas de bufandas en pleno verano. El fútbol regatea toda lógica con un estilo insultante.

El córner de pensar, si la pongo al primer palo o la dejo en corto. El remate en escorzo que da en el palo y besa la línea a rebasar, como quien comienza con los preliminares sin querer profundizar.
Uno se tira, otro muere, los del otro bando le incriminan susurrándole versos en la cara. Qué precioso es todo cuando se nos va de las manos. El orden establecido del caos en el área chica es una obra de arte sincronizada.

El señor de negro que viste de amarillo traza una línea en el césped, cual Banksy del balompié, acompañado por los jueces de la delgada línea. Y pita. Repartiendo tarjetas sin dirección en el dorso, directas al dorsal.

La red se besa con el esférico, cualquier otro gesto de amor será incomprendido.

El sonido de la madera es metálico, pero nos hacemos los locos, por aquello del romanticismo.

Eurocopa, copa América, partido de solteros contra sentenciados, el encuentro improvisado en el salón con el pequeño y esa pelota de peluche que golpea en el marco de la puerta y uuuuuuuuy, sale despejada.
El fútbol está en todas partes, incluso cuando no está.

El tiempo añadido no es más que el complemento del tiempo de descuento.
Lo que resta, son tan sólo momentos. Inolvidables, injustos, épicos, emotivos…
Así en el fútbol como en la vida, aun siendo ambas lo mismo.

Colgado en su blog.

#historiasdefútbol, de Carlos Torres Prieto

Hay una tele que tiembla escondida junto al fregadero de la cocina de un restaurante de Brick Lane. Durante noventa minutos, ese temblor será un hogar.

Colgado en Facebook.

5/5 (1 Puntuación. Valora este artículo, por favor)