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Selección de relatos del concurso #palabrasalviento

#palabrasalviento en Zenda

Nuestro concurso de historias del viento, patrocinado por Iberdrola,dotado con 2.000 euros para el ganador y 1.000 euros para el finalista, ha contado con una muy amplia participación, con centenares de relatos recibidos en nuestro foro y divulgados en las redes sociales con la etiqueta #palabrasalviento. Presentamos ahora los veinte relatos que optan a los premios. Este jueves, 22 de junio de 2017, anunciaremos los nombres del ganador y del finalista.

Para participar, era necesario escribir un texto en internet en lengua española que incluyera la palabra VIENTO. Dicho texto debía ser publicado en internet mediante una entrada en un blog, una anotación en Facebook o un tuit en Twitter. Una vez los usuarios hubieran publicado el texto en sus blog, Facebook o Twitter, tenían que inscribirse, registrándose en el Foro de Zenda en el apartado https://foro.zendalibros.com/forums/topic/relatos-de-viento-en-zenda/ y difundir allí la dirección (la url) donde han publicado el texto.

El jurado que valorará la calidad literaria y la originalidad de las historias enviadas, y que seleccionará un ganador y un finalista, lo forman los escritores Juan Gómez-Jurado, Juan Eslava Galán, Espido Freire, Lara Siscar y Paula Izquierdo y la agente literaria Palmira Márquez.

El orden de esta selección es aleatorio. Bajo estas líneas reproducimos las veinte #palabrasalviento seleccionadas.

1
Concreto
Pablo Buffagni

Las embarcaciones pasaban rápido por debajo del puente Vincent Thomas. Recordó que en los veleros, los catavientos y veletas indican el viento aparente, que no es real porque se alimenta con la velocidad del movimiento.

Ese viento ahora le pegaba en la cara y le tiraba el pelo hacia atrás. La sal en el aire ardía en la garganta y las gaviotas planeaban cerca. No existía orden de deportación, encierro ni humillación que pudieran detener este viaje veloz del cual él era capitán.

Justo antes de pegar contra el agua, pensó que la dureza de la superficie también sería relativa a la altura de la caída.

***

2
Aspavientos
Alexandra Sosa Gil

Cruzó la carretera a toda velocidad, como un loco, y al llegar al cruce se hizo un lío. A esa hora del mediodía no había nadie en la calle, ningún chiquillo se había atrevido a jugar a la pelota ese día. Otra vez estaban avisados, otra vez no podía jugar a cogerlos desprevenidos, a revolverles el pelo y descolocarles la ropa.


No se dejó abatir por la soledad de las calles y siguió su recorrido hasta llegar a la plaza principal, médula del pueblo, corazón de todos los chismes, de todas las mentiras y de algunas verdades dejadas por accidente. Tampoco allí había nadie; nada de ruido, nada de risas, de gritos de madres agarrando a sus hijos de las orejas para salir corriendo, nada de bochinches que cierran aventaos, nada de contraventanas que golpean ni de puertas que se sellan. Allí se entretuvo en zarandear cada rama que se le cruzó, como queriendo despeinar a los árboles, y juntó toda la basura en las esquinas de la plaza vacía. Dio vueltas y más vueltas jugando como un niño a hacer remolinos que arrastraban cualquier cosa hasta hacerla volar; bolsas de plástico, envoltorios de caramelos y colillas bailaron y revolotearon por el aire hasta que aburrido, decidió subir hasta donde dormía la campana. Tuvo que hacer mucha fuerza para sacarla de su letargo silencioso, empujando con toda la potencia de la que fue capaz, hasta que consiguió despertarla y arrancarle un tañido a deshora, para que todos supieran que él había llegado, para que no pudieran ignorar más su presencia.

   Detestaba esa huida hipócrita, que lo abandonaran a la soledad de las calles, como un apestado, como un paria sin derecho a un roce humano. ¿Es que no soplaban ya vientos de bonanza? A otro viento, otro tiento, solían decir. Él siempre estuvo presente, siempre se sintió aceptado, siempre formó parte de sus vidas insignificantes. Pero ahora no, ahora no tenían tiempo de bailar con él, de correr y jugar a la escondida cuando los pillaba de improviso haciendo su vida. Ahora, prevenidos siempre de su visita, se ocultaban; se encerraban en sus casas intentando silenciarlo, queriendo olvidarlo.

Esos desagradecidos habían decidido utilizarlo en su beneficio y condenarlo al destierro para todo lo demás. Habían olvidado que él siempre había secado la ropa tendida con más diligencia que el sol, negaban con su retirada su leal contribución en el ciclo de la vida, desdeñaban con su ausencia la tierra anegada que él había ayudado a secar, lo mismo que las paredes recién pintadas. Olvidaban que él se ocupaba de limpiar el aire que ellos ensuciaban con su cochina forma de vida, la electricidad que era capaz de producir sin enlodar más el planeta o que les ventilara las casas cuando se colaba, como purificador chirote, por debajo de las puertas o por las rendijas de las ventanas.

Sin hacer más aspavientos, decidió que tenía varias opciones. Podía convertirse en huracán, torbellino, ciclón, tornado, tifón o ventisca, y destruir como Atila todo a su paso; podría también contagiar a millones de personas haciendo planear microbios o bacterias espantosas; o incluso, podría desaparecer.

Al día siguiente la plaza bullía de vida, se revolvía el alboroto en todas las esquinas, donde los chismes volvían a relevar a las verdades. Los árboles habían perdido todas sus hojas y algunas ramas habían sido arrancadas de cuajo. La campana doblaba con plañido de duelo. Un grupo de ancianos, reunidos bajo una pérgola, disfrutaba de la calma chicha mientras conversaban apaciblemente.

-Voy a echarle de menos, pero ya estaba viejo –dijo uno de ellos por lo bajini.

-Más viejo es el viento y aún sopla –contestó otro quedamente.

***

3
En el camino
Lola Sanabria

I

Dímelo otra vez. ¿Qué te cuesta? Pero él hace oídos sordos y sigue con la mirada perdida en el horizonte. Yo también miro para que en mi retina se queden las mismas imágenes que él ve. Y ahí están las aspas de los molinos girando con el viento, mientras se mueven sus sombras chatas, como agujas enloquecidas de un reloj, en la falda de la colina arropada de verde. El tiempo se escurre ligero hacia atrás. Salto a la comba. La cuerda levanta polvo y restalla bajo mis zapatos nuevos, y con cada salto, mi calcetín derecho de hilo blanco baja un poco más hasta acabar besando la hebilla dorada. Uno y dos; uno, dos y tres. Cuento. Vuelo. Y en ese instante de plenitud, alzo los brazos al cielo para tocar cualquier hilacha roja que se desprenda del atardecer en llamas, y mis manos se enredan en la cuerda. Caigo. La piel herida escuece. Soplo, ensalivo y lloro. Un gozo, una caída.  Como pañuelos anudados unos a otros, tiro del recuerdo de un crepúsculo de domingo. Sentada en la cama, arreglada para salir. Tacones, falda ajustada y jersey en pico. Se presentó, de improviso y sin motivo, la sinrazón de un vacío cargado de angustia.  Apenas unos minutos. ¡Pero qué intensos! La soledad y el dolor de vida. Trago amargo que pasó con una cucharada de azúcar moreno cuando escuché el silbido de mi primer novio, al otro lado de la ventana. Después van saliendo los pañuelos rojos, enredados de deseo; los azules, oscuros, casi negros, con su carga de fracturas y llantos; los verdes de nuevos amaneceres de esperanza. Adelante, siempre adelante. Y entonces, él.

II

Lo sabe. En la esfera de su reloj y el mío los segunderos marchan acompasados como un latido único.  ¿No es suficiente? Esas tierras  que bajan de la loma, cortadas como trozos de telas de formas caprichosas,  ¡son tan diferentes! La aridez del marrón sin fecundar es esa parcela de etapas duras como terrones que se desmoronan; la del amarillo oro viejo son los raspones de las múltiples caídas; pero ese trapecio verde e irregular donde ha brotado, fértil, la hierba fresca y espléndida con el brillo del cuidado y el riego diario, es promesa de una nueva vida. Y a mi lado, ella.

III

Él retira la mano del volante, le pasa el brazo por la espalda y acaricia con los dedos  la suavidad del hombro.

—¿Te casarías conmigo?

—Dímelo otra vez.

—¿Te casarías..?

—No es eso.

—Te quiero.

—Me caso.

—¿Cuándo?

—Cuando tú quieras.

***

4

La visita
Macarena Fernández

Subió los ocho pisos que lo separaban de la azotea aprovechando que el abuelo sesteaba en su sillón. Depositó la jaula y la mochila en el rincón donde se escondía el único triángulo de sombra. Allí mismo, escondiéndose él también -no sabía de quién o de qué- se desvistió, se embadurnó de pies a cabeza con la levadura que encontró en la cocina -al fin y al cabo ya nadie la usaba- y se colocó a la espalda las alas del disfraz de ángel que su madre le cosió, hasta bien entrada la noche, para el belén de las últimas Navidades. Luego, abrió la jaula del canario, lo agarró con sus dos manitas para que no se le escapara antes de atarle el cordelillo que uniría su muñeca a la pata del pájaro. Se chupó el dedo y lo alzó buscando la dirección del viento, agarró fuertemente las alas y juntos se lanzaron a buscar la corriente de aire que los llevaría a las nubes, confiado en que allí, su madre, lo estaría esperando.

***

5
De dónde vienen las olas
Raúl  Garduño

Una vez, hace no mucho tiempo, iba cruzando el Atlántico hacia las nuevas tierras descubiertas por un tal Colón. Me soltaron de prisión cuatro meses antes de todo esto, y no fue porque hubiera acabado mi condena. En realidad, ya no había cupo en ninguna celda, y me ofrecieron salir libre a cambio de cruzar el mar hacia el occidente y conquistar la tierra bajo el mando de Juan de Grijalva. Era un gran trato, considerando que iba a pasar toda la vida en la cárcel por matar a 3 gendarmes de la Guardia Real a puño limpio.

Un par de semanas después de zarpar, empecé a conocer el mar. Y me refiero a conocerlo bien. Crecí en la costa, acostumbrado a batallar con las olas y agradecerle al mar la comida de cada día. Pero esta travesía me demostró lo poco que sabía en realidad de este mundo azul, salado y traicionero.
Un buen día, mientras observaba ociosamente el horizonte, un chiquillo huérfano que había en la tripulación se paró junto a mí y preguntó al aire: “¿De dónde vienen las olas?”
Menuda pregunta la de este mozalbete. Todo el mundo sabe de dónde vienen las olas. ¿O no?
Esa noche, me desperté sudando y jadeando. Una confusión terrible se apoderó de mi cabeza. Por alguna razón, mi instinto me llevó al camarote que quedaba al fondo del pasillo, donde dormía el chiquillo. Lo busqué en silencio y a tientas. Su tablón de dormir estaba vacío.
Salí a la cubierta cubierto de sudor y lleno de dudas. El agua estaba agitada, pero el cielo estaba cerrado y la total oscuridad solo dejaba ver fragmentos de la espuma de vez en cuando. Sólo los relámpagos aislados dejaban ver la magnitud de la tormenta y el tamaño de las olas. Pero lo más extraño era el viento. En medio de toda esa tormenta en la que cualquier navegante esperaría vientos ensordecedores, el viento era más bien como un susurro al oído.
Me acerqué al punto exacto donde había visto al niño por última vez. Mi razón me dijo que lo buscara en el agua, cerca del casco del barco. Pero mi instinto dirigió mis ojos hacia el horizonte, de donde la luna estaba apenas asomándose. Las olas cedieron y la lluvia se detuvo de golpe. El barco se balanceaba ya por pura inercia. Pero el viento creció. Sus ráfagas me gritaban al oído, reclamaban mi atención y me hacían recordar aquellas temidas tormentas que paralizaban la pesca en la villa en la que crecí. Ese viento que nos tenía a su merced; un día nos traía el alimento hasta la orilla de la playa, al otro nos tenía aferrados a los postes de nuestras humildes casas.
El barco se detuvo en su lugar, como si hubiera varado, a pesar de estar en medio del Atlántico. En un abrir y cerrar de ojos, una enorme figura eclipsó la luna con un salto que me hizo contener el aliento. Hizo sonar un estrépito de agua y espuma y balanceó suavemente el barco.
No lo veía claramente, pero sabía que se movía lentamente hacia mí. Con ella, el viento se hizo cada vez más fuerte. En él alcanzaba a escuchar la voz del niño. Y adivinaba en su silueta, su tremenda magnitud. De pronto, todo se detuvo. El movimiento, la voz, la sensación. Por un segundo, sentí ser arrancado de la realidad y súbitamente regresar. Entonces asomó sus ojos fuera del agua, me miró fijamente, y sin hablar, me contó todos sus secretos. Secretos que guardaré para siempre. Los secretos que sólo puede revelar el viento, la voz del mar.

***

6
Teoría del caos: el efecto mariposa
Cervantina

El viento levantó los visillos, que tiraron la lámpara de la mesita de noche, que provocó el llanto del niño, que despertó al padre, que fue a consolar al niño, que abrazó al oso, que soltó el chupete, que cayó al suelo, que espantó al gato, que corrió a la cocina, que tropezó con el cuenco del agua, que mojó las baldosas, que hizo resbalar a la madre, que preparaba una tila y que se rompió una pierna. Todo esto consiguió el viento.

***

7

El mago Anselmo
Santiago Casanova

Anselmo, el barrendero de mi pueblo, es un mago. Pero un mago de los de verdad. Mis amigos del colegio dicen que eso me lo he inventado yo, que es otra mentira de las mías. Pero no es así. Yo lo he visto con mis propios ojos y sé que es verdad. Lo que pasa es que Anselmo no quiere que nadie sepa su secreto y por eso hace su magia cuando nadie le ve, antes del amanecer.

Sólo yo le he visto hacerlo. Fue hace una semana, justo el día en que nos iban a dar las vacaciones de Navidad. Me había despertado antes de la hora habitual para ir al colegio y toda la casa estaba aún en silencio. Me dio por mirar por la ventana de mi habitación. A través del cristal empañado, por encima de los tejados de los corrales, podía ver un trozo de cielo que ya empezaba a clarear. Debía hacer un frío de mil demonios. En la calleja de la iglesia aún no había ni un alma. La furgoneta del carnicero tenía los cristales blancos de hielo. La farola de la placilla temblaba azuzada por el viento. Zumbaba tan fuerte que parecía música. Entonces, por la esquina de la panadería, apareció Anselmo con el carrito de los cubos de basura, la pala y el escobón. Él iba empujando el carrito, como si tal cosa, silbando algo que yo no podía escuchar. Justo delante del carrito, le precedía un revoltijo de hojas secas y papeles que avanzaba mecido por el viento. El revoltijo hacía redondeles que, a veces, se separaban un poco del suelo antes de volver a caer al ras de los adoquines. El revoltijo subía y bajaba sin parar de dar vueltas, como una peonza incansable, y luego se arrastraba por el suelo haciéndose cada vez más grande porque se le iban juntando otras hojas secas y otros papeles que encontraba a su paso.
De repente, Anselmo se detuvo, soltó el manillar del carrito y dio un silbido muy fuerte. Eso sí que pude oírlo. De inmediato, el revoltijo de hojas y papeles cogió velocidad y correteó por el suelo a lo largo de la placilla, girando sin parar, arrastrando otras hojas, dando una vuelta alrededor de la farola que no dejaba de temblar, correteando por los pies de los bancos, recorriendo las esquinas de las casas, hasta que el revoltijo se hizo tan alto y tan grande como si fuera un gigante. Anselmo palmeó sus manos un par de veces y el revoltijo se detuvo, erguido en vertical. Tras el palmeo, Anselmo silbó un par de veces y el revoltijo bajó a ras de suelo y serpenteó hasta el carrito de los cubos. Allí se alzó igual que si fuera un caballo levantando las patas delanteras y todas las hojas y papeles, una detrás de otra, se colaron dentro del cubo. Anselmo agarró la tapadera del cubo y lo tapó. Luego miró la placilla, limpia de hojarasca y papeles, sonrió ladeando la cabeza y, con un ligero gesto, encogió los hombros, se dio la vuelta empujando el carrito y desapareció por la esquina de la carnicería. El viento seguía zumbando bien fuerte.
Se lo conté a todos en el colegio, pero nadie me creyó. Dicen que me lo he inventado igual que todo lo que les cuento. Dicen que sólo digo mentiras. Qué sabrán ellos. Yo sé que es verdad. Yo lo he visto. Llevo varios días intentando despertarme temprano, pero no lo consigo. Así que, he roto la carta que ya tenía hecha para los Reyes Magos y ahora les voy a pedir un reloj despertador y una cámara de fotos. Se van a enterar los del colegio de quién soy yo.

***

8

Pájaro, pájaro
Marta Diéguez

Fue la mañana en que se marchaba. Rasgó el sobre. Era mi regalo de despedida. Escuché el ruido de las cucharillas y los murmullos de los clientes de la cafetería. Había aprovechado sus instantes de ausencia en el baño para dejarle el pequeño paquete encima de la mesa. Apartó la taza, cuyos posos de café flotaban en una capa mínima de líquido marrón, y me miró, como pidiéndome permiso para sacar lo que hubiera dentro. Era nuestro último encuentro antes de su periplo de seis meses por Sudamérica, su viaje soñado. Antes de que empezáramos a salir, yo ya sabía que se iría. Nada le iba a retener a mi lado, ni siquiera yo misma. Nuestra relación se convertiría en una jaula si se quedaba. Sus manos temblorosas sujetaban el CD del último directo de Mikel Laboa. Pensé que le gustaría el detalle. Muchas veces me recordó que habría dado lo que fuera por poder asistir a ese concierto. Pegado a la portada, yo había escrito una nota, que leyó susurrando: “Si le hubiera cortado las alas habría sido mío, no habría escapado. Pero así, habría dejado de ser un pájaro. Y yo, yo lo que quería era un pájaro”. Un pájaro que volaba con el viento. Le acompañé en su susurro. Después, se quedó largo rato sin levantar la vista del trozo de papel, como si estuviera sopesando su decisión.

***

9

Y no pasó nada
Manuel Guisande

Su mujer siempre le decía: «¡Ay, cuando te falte!, ¡ay cuando te falte!», y faltó y no pasó nada, absolutamente nada, tan absolutamente nada que pensó que por qué no podría haber faltado antes. Y es que ella siempre estaba con la misma cantinela: «Quién hará de comer…, quién te hará de comer…», «quién te cuidará…, quién te cuidará…».

Pues ni que lo hubiera preparado todo durante años para cuando ella no estuviera, porque cinco minutos después del entierro fue directamente a una tienda, compró 30 tupperwares, uno por cada día del mes, entró en un mesón, los llenó con treinta medias raciones de otros tantos platos, llegó a casa, los metió en la nevera y se dijo: «Comida solucionada; el día que te falte, el día que te falte…».

Tras sentarse notó aún el perfume que ella solía echarse todas las mañanas y que inundaba todo el piso. Llamó a un centro de desinfección para que no dejara rastro alguno de aquel olor; mientras los operarios limpiaban la vivienda, otros de una empresa de mudanzas se llevaban todos los muebles y objetos, incluso la cama, porque, antes que recordarla, prefería dormir ese día en una banqueta, como así hizo, y fue una de las noches en las que descansó más cómoda y plácidamente pese al atronador viento que golpeaba en los cristales.

A la mañana siguiente llamó por teléfono a un centro de multiservicios y contrató a una empleada de hogar, le entregó las llaves del piso, se sirvió una copita de rioja, fumó un cigarrillo, y después se metió en la cama, a la vez que le decía que no lo despertarse en tres días mientras se tapaba con una manta, se acurrucaba y murmuraba: «A tomar viento, María Piliña, a tomar viento». Y ya antes de cerrar los ojos, para no perder tiempo, con su tablet contactó en la sección de anuncios por palabras con una joven cuya misión era estar en casa y, siempre que lo viera, decirle frases como «es usted magnífico» o «increíblemente guapo, elegante, maravilloso…», todo lo que se le ocurriera y siempre con una sonrisa en los labios.

Se levantó al cabo de 72 horas, se sentó en una butaca, encendió el televisor, y cuando estaba viendo una película, sonó el timbre de la puerta. La abrió y dos hombres perfectamente trajeados le dijeron que deseaban hablar con él. Ambos pasaron a su despacho, tomaron asiento y le comunicaron que María del Pilar Sotogrande de la Cámara y Herrero, que así se llamaba su mujer, había contratado hacía unos años un seguro de vida y que en su cuenta bancaria le habían ingresado casi cinco millones de euros y que podía retirarlos cuando quisiera. Los miró extrañado al oír esas palabras, leyó el documento, lo firmó, los despidió e inmediatamente telefoneó a una inmobiliaria con la que pactó la compra de siete apartamentos iguales, todos en el mismo edificio, en distintas plantas seguidas, pero con la condición de que fueran totalmente iguales, y si se cumplía lo que pedía, los pagaría en efectivo.

La persona que lo atendió se sorprendió por la peculiar petición, pero él le repitió e insistió en que tenían que ser siete, los siete iguales y que no admitiría que alguno tuviera ni una ventana de más o de menos, ni techos más altos ni más bajos, ni una habitación más grande o más pequeña. Tenían que ser total, pero totalmente iguales. Le explicó que uno de los apartamentos era para utilizar el lunes; el segundo, el martes; el tercero, el miércoles, y así sucesivamente los siete días de la semana, ya que su idea era que la asistenta fuera limpiando cada uno que iba dejando para trasladarse al siguiente y encontrárselo perfectamente ordenado.

Una vez adquiridos les dio a todos el mismo toque personal; y hasta en cada uno de ellos el ajuar era el mismo e incluso toda su ropa: zapatos, calcetines, pantalones, chaquetas… Para no confundirse a cuál tenía que ir cada día, un experto en informática le había ideado un sistema que, al pulsar una tecla del móvil, le indicaba qué día de la semana era y qué vivienda tenía que utilizar. El artilugio era tan perfecto que no tenía que presionar ningún otro botón; el teléfono, a través de un programa interconectado con el del ascensor, lo llevaba de manera automática a la planta que le correspondía.

Después de cuatro meses viviendo así, ya no se acordaba de los 25 años casado con María Piliña, y tanto la olvidó que a veces tenía que hacer un esfuerzo para saber si solía llamarla María Piliña o María Pilariña; sin embargo, lo que no podía evitar era recordar aquella machacona frase: «¡Ay, cuando te falte!, ¡ay, cuando te falte!».

Así estaba en algunas ocasiones, con aquellos tristes y amargos pensamientos hasta que de repente oía una voz alegre que le decía: «¡Hola, querido!». Era la chica contratada para que siempre que lo viera le piropeara, y que tras varias semanas, con el trato y el roce, había traspasado alguna frontera, una que era de placer y excitación.

La miró, la agarró del brazo, salió de casa y al cerrar la puerta el letrero que tenía colgado en el exterior se balanceó ligeramente. Lo sujetó para que no se cayera y, como siempre hacía, lo centró y lo leyó esbozando una sonrisa: «Dios bendiga esta casa».

***

10

Sin embargo, al sur
Fjangulo

Con el alborozo de los niños al avistar el remolcador enfilando La Punta los paisanos abandonaron sus quehaceres y en una marea de cientos invadieron el muelle de la vieja factoría. Amarrada a la popa del barco oscilaba inerte la fabulosa aleta caudal de un enorme rorcual azul. Los poderosos motores de los cabestrantes arrastraron el gigantesco animal hasta la plataforma de despiece y su resplandor de cobalto, roto solo por las heridas de los arpones, congeló las miradas de los vecinos mientras un tropel de operarios armados de garfios, machetes y alabardas acudía a destazar al monstruo.

La sangre corría en un torrente bermellón hacia la dársena y los carniceros empapaban con ella sus mandiles en una coreografía perfecta. Las tajadas de carne se apilaban en los tableros de los carretones y en el cobre de los calderos hervía el tocino, anegando el aire de la tarde de un aroma pelágico.

La sección de los tendones de la cabeza descolgó la mandíbula de la bestia y ésta se deslizó hasta el empedrado con un sonido viscoso. Entre las ballenas, sobre la colosal lengua, yacía el cuerpo macilento, desnudo y azul, de un anciano. Ante el espanto de los presentes, el capataz de la cuadrilla se encaramó hasta la boca del animal e izó la carga de piel y huesos para posarla en el piso mojado.

Al entrar en contacto con la piedra fría, un estremecimiento recorrió la espalda descarnada del viejo. Retrocedieron los curiosos, presos de espanto, mientras aquella figura espectral se incorporaba con los ademanes de un camaleón y dirigía sus pasos descalzos hacia el extremo del puerto.

Hasta allí se acercó una pequeña comitiva para encontrar a aquel Jonás sentado en el noray, inclinado sobre sus rodillas, y con los dedos crispados sobre un cráneo salpicado de guedejas de cabello gris. Observaban en silencio al profeta cuando éste, súbitamente, elevó los ojos de plata fundida hacia el grupo, y con una voz siseante, que sonó como la lluvia sobre las brasas, sentenció que en cuarenta días la ciudad sería destruida. “Guardaos del fuego, guardaos del viento. Rasgad vuestras vestiduras, sentaos sobre ceniza y conviértase cada uno de la rapiña que hay en sus manos”, les dijo con aquel acento imposible, se levantó y desapareció entre los bloques de hormigón de la escollera para no volver a ser visto.

Transcurrieron cuarenta jornadas sin penitencia, ni más ceniza que la de los cigarros. No tañeron las campanas ni se ofrecieron sacrificios, nadie vistió arpillera, ni quemó los jergones, nadie consultó los Textos, no se apagaron los neones de los clubes, ninguna puerta fue marcada. El cuadragésimo primer día amaneció otro martes de lonja en el puerto. Los barcos se mecían plácidos y trajinaban los comerciantes entre las cajas de los subasteros; acudían las mujeres al mercado, los niños a la escuela y remendaban los hombres los aparejos. La aparición del profeta se convirtió en un vago recuerdo, las reseñas en la prensa local se extinguieron.

A varios centenares de millas al sur de aquella ciudad, pocos días después de aquel luminoso martes de lonja, se aliaban el violento despertar de un volcán y la furia devastadora del huracán para asolar un importante enclave costero, borrándolo de la faz del planeta y con él, a la mayoría de sus habitantes.

Se habló de infraestructuras deficientes, de escasez de medios de detección, de un terreno inapropiado, de una tierra torturada. Solamente un viejo arponero, sentado frente al televisor, creyó reconocer en el acento sibilante de un superviviente la cadencia de la voz del profeta, y pensó en un viaje interrumpido.

***

11

Se la llevó el viento
Carmen Grau

En el pueblo fúnebre al que llegaron por los años cincuenta, no soplaba la tramontana como en el Ampurdanés de mi infancia. Aun así, cuando la furia fría que hace enloquecer a los que hablan de ella tiñe el cielo de ese azul tan intenso, son los recuerdos de ese pueblo de Tarragona los primeros que evoca mi mente. Allí conocimos al Teo y la Hortensia.


No éramos tan pequeños el día que él se puso a gritar que nos echáramos al suelo. Estábamos ya tumbados en L’Estany, donde tomábamos el sol y saltábamos al mar desde las rocas, y pensé: qué irónico. A pesar de su advertencia, nos incorporamos. Lo miré sorprendida, incapaz de asimilar su alarma; nunca lo había visto tan agitado. Seguí con la mirada su brazo extendido. «¡Que viene un tornado!», gritó de nuevo. En efecto, en lo alto de la colina un torbellino de hojas se precipitaba hacia abajo ganando fuerza y tamaño a medida que descendía. Recogimos las toallas y corrimos a toda prisa hacia la casa. El pelo me azotaba la cara.

Al día siguiente nos acercamos a su casa, esa tan fea, aunque blanca. Ella leía frente a la ventana abierta, sobre unos cojines en posición de loto, como dirían ahora, fumando su purito de siempre como si nada. Antes habría desayunado lo habitual: pa i cosa; es decir, tostadas con sobrasada y queso de Mahón. Nos saludó también como siempre: «Hola, Carasguapas», y volvió la vista al libro. Él, para variar, no estaba con sus barcas y redes. Para entonces pasaba menos tiempo en esos enseres y ya empezábamos a pensar que estaba perdiendo la chaveta. El pelo totalmente blanco y abundantísimo lo había tenido así desde que los conociéramos años atrás, cuando éramos tan catetos y no respondíamos a sus intentos de abrirnos la mente. Pero ahora estaba todo él arrugado, con la piel curtida después de tantos años expuesta al sol. Había sido guapísimo, tan alto y dotado de esos genes de dandi inglés que todavía circulan por Menorca. Era parco en palabras, pero esa mañana nos contó que la Hortensia, por su menudencia —no medía ni metro y medio—, era la víctima perfecta del viento y que desde una vez que la levantara dos metros, él no se fiaba: sabía que un día se la arrebataría. Ella rio a carcajadas y desmintió la historia. Él salió del comedor, despotricando por lo bajo, ahora sí, hacia el cobijo de sus redes.

El pueblo había sido fúnebre porque pintaban las casas y las barcas de negro. Ellos habían recorrido toda la costa catalana en busca de un lugar que se pareciera a la cala donde habían vivido en la isla. Si por ella fuera, se habrían quedado en Barcelona, donde podía satisfacer su afición por las cartas y las apuestas. Durante años, o quizá toda la vida desde que llegaron, se iba al frontón cada día, un lugar que solo frecuentaban hombres. A él lo tuvo siempre engañado, aduciendo que iba a visitar a su hermana. Era un secreto a voces, aunque ella hablaba libremente de cuánto había ganado o perdido, hasta que aparecía él y nos chistaba: «Silencio, que viene el Teo». Habían llegado a un acuerdo conveniente para los dos: entre semana vivían en la ciudad y los fines de semana, empezando en jueves, se trasladaban al pueblo. Era el que más se asemejaba a lo que habían dejado atrás, por la pesca, excepto en lo del color negro. Él pintaba sus barcas de blanco, y eran de fibra de vidrio, no de madera. La primera vez que encargó una e insistió en que fuera blanca, se topó con la incomprensión y resistencia de los que hacen las cosas por tradición, sin cuestionarse el porqué. «¿Pero no sabéis que el negro atrae y absorbe el calor?», les increpaba indignado. Esto nos lo contó ella, concluyendo: «El Teo, mucho criticar al caudillo, pero es muy absoluto», que quería decir mandón. La cuestión es que gracias a él empezaron a pintarse las barcas de blanco y pronto las casas, y el pueblo dejó de ser fúnebre.

Eso fue anterior a nosotros, pero no mucho antes, pues éramos aún muy jóvenes cuando íbamos a su casa a hacer la sobremesa, jugar a cartas y aprender de ellos. Nos encantaba, aunque yo me escandalizaba. El día que murió el papa Pío XII ella quiso abrir una botella de champán para celebrarlo. Yo estaba horrorizada; en mi casa me habían inculcado que la muerte de alguien era siempre motivo de tristeza y más aún si se trataba de un religioso: mi madre era muy devota. Ellos, en cambio, eran ateos convencidos y consecuentes. Nos hablaban de los tiempos de la República. Nosotros no habíamos votado nunca ni habíamos visto a nuestros padres hacerlo, pero vivíamos muy bien, no nos faltaba de nada. Ellos nos decían que España estaba anclada en el atraso, a años luz de Alemania, que se había recuperado del nazismo y de la guerra gracias a la democracia. Contestábamos con los ojos abiertos de incredulidad que qué va, que ahora con Franco había paz, no nos faltaba de nada, íbamos al colegio, teníamos nevera y pagábamos el Seiscientos a plazos. «Estáis equivocados», nos decían, pero no mencionaban su nombre, solo «el cabrón ese». En mi casa hablábamos catalán, pero mis padres eran de derechas. No se mencionaba la guerra, aunque yo recordaba el tiempo de las raciones. No sabíamos nada, éramos unos catetos.

Ahora que lo pienso, después de más de sesenta años, siento vergüenza de la joven ignorante que fui. Un día nos enteramos, tarde, de que ella había muerto y no hubo funeral ni misa ni hostias, como habría dicho ella misma. Cuando se acabó, se acabó y no hay más. Fuimos a verlo a él y volví a pensar que se le había ido la chaveta cuando dijo: «Se la llevó el viento».

***

12

Viento

Ignacio Cortina

Viento: es una brisa pizpireta jugando a ser mayor, justo antes de que la situación se le vaya de las manos y se convierta en huracán.

***

13
Día a día
Miguel Sepúlveda

Un siniestro blanco de cal forma las paredes que guardan unas escaleras de más astillas que madera adornadas de macetas con gitanillas, buganvillas y puertas abiertas hacia un gracioso patio de vecinos, desde cada puerta se escuchan fandangos y alegrías de vecinos que están llegando a casa y  solucionan así sus problemas, la unión de flores y cantes  dan color  a unas cálidas mañanas en las que no hacen falta negros despertadores con estridentes luces rojas que nos anuncie la hora porque a través de una montera de vidrios llegan alegres colores y nos inunda una inmensa luz de quien nos recuerda constante que lo de levantarnos corre de su cuenta , pero el resto del día es cosa nuestra. Nada más levantarme, sin todavía despertarme abro el balcón de la habitación para que la brisa de la mañana levante las sábanas y descubra su cuerpo desnudo, para empezar el día acercándome a la candela y preparar café, noto al abrir la ventana de la cocina como  pasa  dentro sin dar los buenos días siquiera, y hacer su camino por el corredor para atacar de manera virulenta desde dos frentes junto con el balcón del dormitorio para ser tres y crear  corriente entre ella y yo desde el dormitorio al corredor, centro y orden de la casa, y dejar de ser brisa para convertirse en viento, sin fuerza pero malintencionado que viendo la escena se queda para resfriarnos.

Los eternos corredores luminosos con miles de habitaciones pegadas, cal y techos altos de vigas de madera se llenan de vida y en nuestro reino nos vestimos yo y ella, yo me pongo mi traje cada mañana, ella preciosa. Nos bebemos juntos el café, todavía caliente, mirándonos y sin hablarnos salimos a nuestra labor, ella al banco y al campo yo, para hacer tiempo mientras llega la noche y volver a vernos.

Cuando el sol se pierde en el camino de vuelta a casa y con la luna ya de fiel centinela nocturna,  cenamos al fresquito bajo el lento abanico de los celosos visillos guardianes de nuestra vida y nuestro corredor, con los balcones  abiertos de par en par y  a sabiendas que la curiosa luna entrará a través de los cristales junto con  el travieso aire para volver a unirse al del otro lado del corredor como es su costumbre e intentar dormir con nosotros, pero  con la  luz  ya perdida no se atreven a entrar y mucho menos cuando nos escuchan estar  en el salón es cuando se alertan y prefieren no entrar como en la mañana y se quedan uno en la ventana y el otro en el balcón. A la hora que pierden los colores las flores y los cantes se callan, bajo la luz blanca, sólo a esa hora, es cuando nos quitamos la ropa, el resfriado, las ideas, los problemas y lo que queda. Cómo cada noche volvemos a volar entre  sábanas baratas en un piso caro, esperando al día siguiente rodeados de nuestra inmensa hermosura de día y de noche  viviendo a nuestra manera, pausada, sin ver el futuro, sólo la vida, la luz, lo que nos rodea y así no sentirnos parte de este implacable mundo como un pequeño párrafo entre dos más grande dentro de un largo texto que sólo destaca por su tamaño cuando está rodeado de los más grandes y aún con todo no queda atrás puesto que lucha por destacar y que lo lean.

***

14

Lucha por mí
Blas Ruiz Grau

—Lucha por mí.
Su voz, apenas audible, ya no mostraba ni un atisbo de lo que no hacía mucho fue. Ella recordaba la fuerza que un día tuvo, no sólo su voz sino todo el conjunto de lo que ahora casi vegetaba sobre la cama de aquel viejo hospital.
Necesitaba llorar, necesitaba hacerlo con fuerza, pero pensó que no era justo para él. No entendía como en un momento así éste todavía era capaz de tratar de dibujar una sonrisa en su consumido rostro.
Ella cerró los ojos por unos instantes. Pensaba que él no se daba cuenta pero éste hasta llevaba una cuenta de las veces que lo había hecho en las últimas horas. Sus últimas horas.
Conocía de sobra el motivo. Sabía que recordaba un pasado no demasiado lejano en el que su día a día consistía en planificar un futuro que nunca llegaría. Cuando, juntos, pasaban tirados varias horas sobre el césped dejando sólo que el viento meciera sus sueños. Ahora sí sonrió aunque ella no lo vio. Pensó en lo irónico de todo aquello. Pensó en la de veces que no habían disfrutado el hoy por pensar en el mañana. Y en el mañana una visita al médico lo cambió todo.
Treinta primaveras no habían sido suficientes. Su reloj se pararía pronto, quizá demasiado pronto. No sería tan idiota como para arrepentirse de lo hecho, al contrario, sería de lo que le quedaba por hacer.
La miró una vez más. ¿Cómo hasta en esos momentos en los que su cara mostraba un sufrimiento sin igual podría seguir siendo aquel ángel? No había sentido nunca la necesidad de tener que creer en él, pero inevitablemente ahora anhelaba de su existencia. Necesitaba pensar que algo o alguien le dejaría seguir junto a ella aunque su cuerpo estuviera inerte. Cuidarla, mimarla.
—¿Por qué sonríes? —Quiso saber ella.
—Me voy feliz, ¿sabes?
La muchacha no pudo evitarlo y rompió a llorar.
—¿Cómo puedes decir eso? Nadie se marcha feliz.
Él sonrió, cada palabra le suponía un esfuerzo titánico. Ya casi no quedaba llama en la vela.
—Te quiero —dijo con dificultad aunque manteniendo la sonrisa.
Ella miró el monitor. Su corazón cada vez latía más débil y más espaciado. Le tomó la mano, la levantó y la llevó a su pecho. Necesitaba sentir ese último rastrojo de vida cerca de ella. Cerró los ojos y deseó que todo aquello nunca hubiera pasado.
Cuando los abrió no estaba ahí. No había hospital, no había lágrimas, no había nada.
Desorientada, trató de entender qué estaba pasando. Tardó unos segundos en asimilarlo, buscó con torpeza el interruptor y encendió la luz.
—¿Una pesadilla? —Preguntó él nada más darse la vuelta en la cama, colocándose de cara hacia ella.
La respiración de la muchacha se aceleró, a la par que su ritmo cardíaco.
Todo había sido una horrible pesadilla. No había enfermedad, no había nada, sólo ella y él.
Sin decir una palabra se abalanzó sobre él y lo abrazó. Éste, sorprendido, se dejó abrazar.
No sabía que mosca le había picado, pero no iba a ser tan idiota de rechazar ese gesto.

—Lucharé —comentó ella mientras olía su camiseta.

***

15
El banco de madera
Susana Rizo

Ya no quedaba nadie paseando por el parque cuando he pasado, de nuevo, junto al viejo banco de madera. El recuerdo me asalta a bocajarro, a traición. Ahí le encontré, frente a la fuente, aquella vez en que brillaba el sol. Durante un fugaz instante sentí la esperanza de que pudiera haber un comenzar, pero ésta se desvaneció en cuanto me topé con su mirada y su silencio. La certeza de que la vida se le escapaba estaba en su conciencia. Ya no cantan los mirlos, ya no zarandean sus alas las alondras, ni se escuchan las risas de los niños. Ya no hay un mañana banal y feliz.

Corre la brisa y observo cómo la hojarasca se desliza bajo las inertes tablas de madera del banco hoy vacío. La visión que se ha instalado en mí pesa, como si estuviera regida por leyes físicas. Un profundo zarpazo en el alma acaso tamizada por capas de tiempo.

Camino junto al viento y su susurro, dejando atrás aquel banco, y el recuerdo. Quiero hoy, más que nunca, que el aire implacable y etéreo me limpie, seque mis lágrimas, y me imprima un paso firme, haciendo frente a su caos que, sin embargo, hoy reconforta.

Lentamente la quietud se abre paso. Hoy he comprendido que los vientos en contra también permiten, misteriosamente, seguir avanzando.

A veces, incluso, hacia una atalaya desde donde mirar sin desmoronarse.

***

16
La vida no debería ser cuestión de huevos
Victoria Iglesias

Adela ha recogido hoy sólo dos huevos de su gallinero. La Lola ha movido sus timoneras y se ha plantado muy digna a otear el horizonte, con esa gracia articulada que poseen todas las gallinas.
Mientras observa los picotazos que tiran de lado, como puntadas en el suelo salpicado ahora de grano fresco, Adela se ha enroscado el mandil en su cinturilla, con los huevos dentro, y ha salido a cielo abierto. Unas nubarronas oscuras rompen el gris pálido, que intensifica el verde de la montaña. Un viento repentino ahonda el olor y la humedad. Ha mirado al cielo, y antes de entrar en la puerta de su caserío, se ha puesto a hablar con alguien al otro lado de la cancela.

(Mis ojos de niña)
La mano de mi madre es cálida, y su sensación me cubre por entera como un manto protector, suelo agarrarme a ella cuando ocurre algo distinto. Llevo puesto unos pantalones nuevos, las katiuskas rojas y un chubasquero azul marino con unas anclas rojas cosidas en las mangas.
Adela viene hacia nosotras vestida de negro intenso, es lo que siempre veo (entonces aprieto más la mano de mi madre) un negro profundo. Es  muy alargada y flaca. Tiene las uñas rojas.
Su cara está llena de manchas, su pómulo está oscuro. Tiene un lunar al lado de la boca y una herida. Sin embargo, cuando sus ojos se han puesto casi a la altura de los míos he dejado de asustarme; estaban tristes, brillantes y arrugados; pero me mira de una forma tan bonita…, que  enseguida sé que puedo salir corriendo para tirarme encima de un enorme perrazo, el perro de los domingos sin colegio.
La casa de Adela huele a pimientos fritos y a manzanas verdes que recogen unos cestos de mimbre a un lado y a otro de las escaleras. Mi madre siempre arranca unas ramas de perejil de unos grandes maceteros de piedra y se los guarda en el bolsillo. Al entrar, el suelo suena. En la cocina hierven unas patatas rojas, y al fondo hay ropa colgada encima de una estufa de carbón: unos calzoncillos blancos y camisetas.
Todo está recogido y limpio. Un gato ha venido a liarse entre mis piernas. Cuando llegó al salón hay un hombre sentado delante de una mesa redonda. Tiene un cigarro encendido en el plato y está comiendo. Me sonríe. Su cara está muy arrugada y roja.
Luego Adela nos ha puesto los huevos en nuestra cesta, entre papeles. Nos ha dado pimientos, manzanas y ha llenado una botella de leche. Mi madre le ha pagado y nos hemos ido. En la puerta, se ha levantado un viento raro y me han entrado ganas de hablar sin parar, mientras el pelo me tapaba los ojos. El señor, antes, me había dado una moneda de chocolate que, haciendo magia, ha sacado detrás de mi oreja. Le quito el papel dorado. Está buena.
(Los ojos de Adela)
Me deslizo de la cama sin que se dé cuenta. Al otro lado de la ventana ya está amaneciendo. Debo haber dormido, al final, porque he tardado unos segundos en recordar. La realidad cae sobre mí en esos instantes como una guillotina sin afilar que prolonga el dolor del reo. Veo mi silueta desnuda entre los brillos del espejo. Paso mis dedos por el dolor de mis costillas. Me agacho debajo de la cama buscando las zapatillas; encima él está roncando y huele a alcohol. Me concentro para enviarle una mirada de desprecio.
Vomito en el baño debajo de un labio partido. El agua caliente se abre entre mis muslos delgados. Pongo mucho jabón en mi sexo dolorido.
Y me visto de negro con el deseo que cuando llegue la noche desaparezca entre su oscuridad, para habitar invisible una casa que escucha el crujir de los peldaños; que abre la puerta y me hace temblar; que escucha el ruido de sus pisadas que arrastran las botas por el suelo limpio de la cocina; y que tira del mantel tirándolo todo antes de que estalle en mi cara la primera bofetada.
Me recojo el pelo, delante del espejo no me reconozco, aunque llevo viéndome más de sesenta años; tampoco sé cómo he llegado hasta aquí.
La mañana transcurre para él como si todo lo mío hubiera sido una mala pesadilla. Se arregla la barba blanca y me coge de la cintura para darme un beso. Pero yo le rechazo con amargura. Se arrodilla y me pide perdón y por unos segundos mi mente duda.
Mi amiga Begoña me pintó ayer las uñas después de misa. Estoy intentado dejarlas largas para que, cuando me defiendo, le hagan más daño en la espalda.
Begoña también me arregló el pelo. Me está animando para que salga de la casa y no vuelva. Tengo escondida una maleta y voy metiendo en ella alguna ropa; pero para cuando llega el verano los jerseys ya no me sirven, y la vacío de nuevo.
Abro la puerta y respiro la humedad. El suelo está muy mojado. Me doy un paseo entre los manzanos y recojo la lechera que me deja mi vecino en la puerta del huerto. Las gallinas están revueltas. Hoy sólo recojo dos huevos. Me gustaría ser la Lola, que parece tan independiente y gritar palabras, aunque sé que siempre se las lleva el viento; hace tiempo que me deshice del gallo. Sombra se ha puesto a ladrar, pero no veo a nadie según me acerco a la casa.
Hay unas nubes grises que se aproximan por el oeste, el viento traerá la lluvia; pero si llueve demasiado él se quedará en casa todo el día y no podré soportarlo. Ahora oigo unas voces, son de la madre y la niña que vienen a visitarme algunos domingos. No saben como al verlas me alegro tanto la vida.
“El pájaro rompe el cascarón. El cascarón es el mundo. Quien quiera nacer tiene que destruir un mundo…” (Demian, Hermann Hesse)

***

17
Dejemos que hable el viento
Mob Tomas

Dejemos que hable el viento… total, siempre se lleva las palabras.

Dejemos que hable, porque yo no tengo nada que agregar a lo nuestro.

Dejemos que hable el viento porque con tanto vocabulario robado debe tener mucho que decir, y porque de nosotros ya lo he escuchado todo.

Dejemos que hable porque seguramente ha visto bastante, ya que ha estado incluso en los confines del mundo, mientras que nosotros nos hemos encerrado en las cuatro paredes de una rutina.

Así que vivamos un minuto eterno guardando tú y yo silencio, y dejemos que hable el viento.

***

18

Agenda oculta
José Gabriel Real

Las agendas deben ser  respetadas, por eso no hay que usarlas nunca. Entre sus hojas se solapan los días de un año entero, con sus temidos lunes y sus ansiados puentes. Es mejor dejarlas en blanco, abandonadas en el bolsillo pequeño de la mochila o en el cajón de la mesita de noche. En mi etapa de estudiante universitario, solía descargarme el calendario de exámenes en PDF con tal de preservar la virginidad de esa pobre agenda que algún allegado menesteroso me había regalado con su buena fe. Los planes surgen solos, al calor de las casualidades y las incidencias cotidianas. No debemos forzarlos. Corremos el riesgo de verlos cumplidos: una boda, una hipoteca, un trabajo en Ryanair… Ayer empecé el día leyendo las cartas de Faulkner y terminé bebiendo tequila con P, ex compañera de trabajo y referente moral. De hecho, Faulkner y su esposa están enterrados en el cementerio de Saint Peter, y algunos admiradores le rinden homenaje derramando güisqui sobre su tumba. Todo empezó a torcerse deliciosamente con un mensaje de J a las ocho de la tarde. Había salido del trabajo y le apetecía tomarse unas cervezas antes de volver a casa. Esas proposiciones son peligrosas, conllevan unos riesgos desconocidos que terminas asumiendo con gusto. Como esas chicas que son invitadas a ver una película en casa de Fulanito cuando los padres de este están pasando unos días de asueto en la Manga del Mar Menor.

Llegamos al mismo tiempo y nos fundimos en un efusivo abrazo, rememorando las contadas ocasiones en las que coincidimos a pesar de vivir en la misma casa. J pagó la primera ronda y yo salí a la terraza, en busca de una mesa libre. La tarde había mejorado paulatinamente. Las nubes se habían batido en retirada, cediéndole el sitio a un sol saliente y anaranjado bajo un cielo de tonos violetas y azules . Hacía una temperatura agradable, suave y animosa. Y soplaba un viento animoso y juguetón, que rondaba las calles despeinando a las chicas y zarandeando los farolillos de los veladores.

J, empeñado en honrar la memoria de Gonzalo Fernández de Córdoba, me propuso cenar en una pizzería para conquistar el corazón de una camarera italiana, guapa y risueña, de ojos almendrados y labios carnosos. Me acordé de La Malinche, concubina, consejera e intérprete de Hernán Cortés, clave en la conquista de México por su papel de mediadora entre los españoles y los indígenas. Las mujeres, como siempre, fundamentales en los momentos estelares de la humanidad, desde la expansión de un imperio hasta la cena de dos inmigrantes ociosos. Al llegar a nuestro destino, descubrimos que la chica tenía el día libre. Pero J no desperdició la oportunidad y, tras una ardua labor de investigación que consistió en un par de preguntas al camarero de turno, se enteró cuándo volvería al trabajo su particular Beatriz Portinari. A la salida, caminamos por la avenida y nos refugiamos en un pub. Detrás de la barra estaba P, nos dimos un abrazo y charlamos sobre nuestras vivencias en la cafetería. Nos invitó a un chupito que acababa de inventar y nos sirvió un par de botellines. El local estaba relativamente animado para ser un martes cualquiera. Nos sentamos en la esquina de un sofá y nos dejamos llevar por el transcurso de la noche, entre estrofas de Carlos Vives, tragos de cerveza y chicas rumbosas. Cuando me disponía a pedir la penúltima, me palpé los bolsillos y advertí que me había dejado la cartera en el bolsillo de la chaqueta. Volví al sofá y me encontré a J conversando con un grupo de cuatro españolas, todas ellas enfermeras de unos veintitantos años. En ese momento dudé entre salir del pub o seguir bebiendo chupitos con P, acosado en la barra como Homer Simpson en el bar de Moe. Una de las chicas, una gallega morena, delgada y locuaz, empezó a tocar las palmas, y J le reprochó que no sabía hacerlo. Que eso debería dejárselo a los andaluces. Ella le respondió que los andaluces no saben hablar. En ese instante, decidí romper mi voto de silencio y le dije que a Vicente Aleixandre y a Juan Ramón Jiménez les dieron el Nobel de Literatura por esa razón. Y le pedí que me enseñara a hablar y a distribuir cocaína. Sus amigas se rieron, y una aplaudió tímidamente. Ella encajó el golpe con dignidad y conservó el sentido del humor. Al final, enterramos el hacha de guerra, apostando por un exilio centralizado, basado en la cooperación y el entendimiento entre nacionalidades y comunidades autónomas. Nada de esto habría ocurrido si hubiera plasmado mis planes en una agenda.

***

19
Ida y vuelta
Juan Márquez Núñez

Cuando al fin volvió y estuvo de nuevo frente a ellos, encarándolos o enfrentándose con la intención de recuperarlos, notó que estaban cansandos, que no eran los mismos que dejó al irse hace tanto tiempo.
¿Cuánto? Ana lo sabía, no estaba segura. Varios años. Quizá demasiados, pensaba ahora que los volvía a tener delante y los miraba y advertía aquel cansancio acumulado, la suma o la erosión tras el paso de tantos días que fueron arrancados uno a uno de los calendarios abotargados de fases lunares, días festivos y frases inútiles como encabezamientos absurdos de cada mes.
Sí recordaba, sin embargo, la mañana en la que se marchó. Lo hizo sin despedirse, sin alguna razón firme que le sirviera como asidero, excusa o defensa, dejando una carta en blanco sobre la mesa de la cocina porque no encontró otras palabras que decir y varios yogures de fresa a punto de caducar en el interior fúnebre del frigorífico. Un viento suave, de cara, parecía que era el único impedimento que encontraba en su huida. ¿Era eso? ¿Estaba huyendo? Puede ser. En algún libro había leído que hay huidas que se parecen a una búsqueda. O que lo son. ¿Su huida lo era? ¿Y qué buscaba? ¿Qué quería encontrar? ¿Quien sale a buscar también lo hace a encontrar?
Ahora, hoy que ha vuelto y los vuelve a tener de frente, piensa que todas aquella preguntas fueron inevitables, que emergieron del miedo o de la rabia o de todo lo que dejaba detrás o de la nada que advertía frente a ella y que, al igual que aquel viento que la despeinaba con levedad, parecía aconsejarle que diera media vuelta y volviera tras los primeros pasos que estaba dando y buscara refugio en aquellos que hoy encontró cansados, pero entonces eran fuertes y vivaces y colmados de ternura hacia ella. Un estremecimiento como una pequeña descarga recorre su cuerpo, su piel aún a salvo del ajamiento o el descuido, cuando recrea cómo la miraban.
Se marchó. Los dejó. ¿Los abandonó? Prefiere no verlo así. Ni siquiera ellos, queriéndolos tanto, que tanto la querían, iban a ser una atadura. Subió a un autobús sin importarle su destino, tampoco el del autobús, y se dejó mecer por un vaivén como de mecedora al que decidió poner nombre y llamó azar. Han pasado varios años, no sabe cuántos, ni siquiera si han sido demasiados o si llegó muy lejos, si ha encontrado algo, si estuvo buscando o varó su huida con textura de busca, de selva o enredadera. Hubo mañanas en las que sonrió al amanecer y noches en equilibrio sobre un duermevela siempre maniqueo, ha follado con hombres que le gustaron y tomado vino con vagabundos desdentados, ha padecido trabajos infelices y encontró amistad en algunas manos que se ofrecieron abiertas, ha recorrido calles inundadas y dormido en hostales donde convivían divos menguados junto a comadrejas afiladas, ha sido y ha dejado de ser, ha estado y no recuerda dónde, ha encontrado un ritmo acorde al respirar y ha pasado por alguna que otra gripe, ha ido porque necesitaba ir y ha vuelto.
Lo primero que hizo cuando pisó tierra fue preguntar dónde estaban, huir hacia ellos siendo consciente, ahora sí, de que los estaba buscando.
Y aquí los tiene, de frente como tantas veces, casi como siempre. Eran distintos. ¿Cuándo? Antes eran distintos y, por lo tanto, ahora también. Ana no supo qué decir. A lo mejor no había nada, quizá no eran necesarias las palabras. Los miró. Sí, habían cambiado, perdido agudeza o ilusión, brillo o quién sabe si lealtad, ¿amor?, denotaban dudas o descreimiento, caducidad o vacío.
Los enfrentó, los encaró.
Cuando Carlos la vio allí, frente a él, esbozó una sonrisa que impregnó de vida aquellos ojos suyos que tanto la quisieron y miraron, tan otros a los que Ana recordaba, tan cansados.

***

20

De pie (sigo en movimiento)
Sebastián Repetto Lynch

Ponerse de pie, lograrlo al fin. Si hay viento o tormenta, mover el suelo, lavar las viejas ropas y dejar las lágrimas seguir su cauce, lejos de vos. Y de mí.
Los charcos inventan un nuevo ritmo si los pisan, las baldosas tiemblan con los cambios y el mismo movimiento trae otros colores, un viejo y siempre nuevo resplandor. Y seguimos de pie.
Reanudar la marcha, continuar los procesos, mirar el horizonte o imaginarlo si la ciudad se opone. Querer todo lo que sucede, porque siempre hay más, y los recuerdos son aprendizajes el día que menos esperás.
Saber todas las cosas, vislumbrar unas cuantas más. No temerle al invierno que está por llegar, las estaciones se suceden con clemencia y piedad. Son oportunidades para aprender a esperar.
Reivindicar nuestras búsquedas, asumir nuestros fracasos, gozar con lo ganado. Aplaudir nuestras valentías, aunque labren heridas de guerra, las que nos hicieron más fuertes de tanto luchar.
Permitirse la húmeda calma, la paz entre tanto ruido, la belleza de lo que todavía no es y que tal vez no sea nunca. Todo, alguna vez, se va y vos siempre te quedás, ¡amar esta cierta soledad!
No correr atrás de las ansiedades, de los plazos que marcan los demás, de los supuestos ideales y tantas miserias más. Descubrir el pulso propio, latir donde se oiga el vibrar, tiritar de risa y con tantos abrazos que curan la piel de tanta falsedad.
Atesorar los días, para cuando no estén más; las tardes, para cuando se hagan fuertes las ausencias, y las noches de tanto querer descansar. Hoy es todo lo que se nos da; mañana, solo Dios sabe cuánto habrá.
Y en un intento de ser humano, asumo la victoria de haber transitado una jornada, con algunos golpes y aciertos por demás. Sigo en movimiento.

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