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Un relato del desierto

Ilustración: Augusto Ferrer-Dalmau

De momento, como pueden imaginar nuestros zendaventureros, la salida de El misterio del Agua Azul (Beau Geste) se retrasa inevitablemente. Sin embargo, llevo tantos meses de felicidad editora y correcciones del texto que los fortines africanos, los soldados, las dunas y el peligro no abandonan mi imaginación. Les dejo un pequeño relato aventurero y desértico para, al menos, hacer un poco más llevadera la espera. Un sorbo de MJ Solano mientras llega el gran festín de P.C. Wren.

“El forastero que yo he sido bajo otros astros”
El Forastero (El otro, el mismo), Jorge Luis Borges.

Un forastero bajo otros astros. Así es como recuerdo a aquel joven. Jirones violáceos en el cielo del desierto anunciaban el frío de la noche. El jeep tardaba en llegar y los soldados, aparentando tranquilidad, fumaban en silencio en torno al fuego. Me acerqué a uno de ellos, mi compañero de tantas noches al raso. Olía a sudor, aceite de armas, a té con yerbabuena. Formaban un grupo singular; jóvenes duros entrenados para sobrevivir en un desierto en llamas, donde la guerra, como en el principio de los tiempos, era la manera de unir a los hombres. Me acogieron primero con desconfianza; un periodista inexperto, un sahafi español entre guerreros, no les daba buena espina. Pero tras varias campañas en las que me admitieron a regañadientes pudieron comprobar que las Leicas no me estorbaban en el campo de batalla; que era capaz de compartir con ellos arrojo, cansancio y valor, igual que compartía los pocos cigarrillos que me quedaban.

"La hermandad que une a los hombres que se preparan para morir es singular"

La hermandad que une a los hombres que se preparan para morir es singular. Ellos son tu vida, y tú la de ellos; y durante semanas, duermes, luchas, ríes, comes, temes, a su lado. Luego el tiempo o la muerte nos separa y te das cuenta de que apenas sabías nada de esos jóvenes; si tenían familia, si añoraban algo, si temían a la muerte. Me gustaba su compañía; sus silencios, su valentía resignada y dura. Me sentía orgulloso de que hombres así me mirasen, finalmente, como a uno más.

El día antes de la última misión nos sentamos ante el fuego, silenciosos. Habíamos elegido una noche sin luna para el ataque, pues su luz sobre la arena roja del desierto suele ser tan brillante, que incluso uno puede, en las jornadas tranquilas, leer sin necesidad de linterna. Me ofrecieron el té que bebí a sorbos, como cada tarde, para mantener caliente el ánimo. “El té saharaui se toma de tres formas, joven sahafi”, me explicaba el soldado, «amargo como la vida, caliente como el amor y cuando las hojas se han humedecido, se le añade, si hay, el azúcar. Es así como más nos gusta ¿eh compañeros? Dulce, como la muerte.” Reíamos con la fiereza de la juventud desafiando a los dioses y a su inexorable partida de ajedrez.

"Parecía conocer el camino de las tinieblas"

El jeep parecía volar sobre las dunas negras. Los cinco hombres, tocados con las kufiyas y en silencio, agarraban con fuerza los AK47 evitando en lo posible el ruido metálico. De vez en cuando el conductor frenaba bruscamente, entrecerraba los ojos y observaba las sombras. Al poco, volvía a arrancar manteniendo el rumbo con pequeñas variaciones en la dirección. Parecía conocer el camino de las tinieblas. Todos aguardábamos intentando protegernos del frio. La negrura azulada nos envolvía como una bóveda tachonada de pequeños destellos de luz. Entonces sentí que algo no iba bien. En aquella parte del planeta, en aquel mes, la constelación de Orión tendría que señalar el Norte. Deberíamos perseguir el cinturón brillante del Guerrero, pero por alguna razón, sólo alcanzaba a verlo cuando giraba la cabeza. ¡Para, para, para! Grité. ¡Orión ha quedado atrás, hemos errado el camino!

"En aquella parte del planeta, en aquel mes, la constelación de Orión tendría que señalar el Norte"

El conductor frenó levantando olas de arena. Bajé y me puse a su lado, pero él me detuvo. “Un momento, sahafi”, me ordenó mirando fijamente el suelo abultado y negro, frente a nosotros. Luego, sin mediar palabra se hincó de rodillas y levantando los brazos al cielo se puso a orar en un susurro: Allahu Akbar Ashadu an Ashadu Anna.

—¿Qué pasa? Pregunté.

—Que el suelo, ahí enfrente está minado, sahafi. Erré el camino, sahafi. Esas minas las puse yo mismo hace meses. Siempre en el pie del Guerrero, para yo recordar, sahafi, pero lo olvidé.

Me miró como si me viese por primera vez. Tú tienes baraka, joven forastero. Tu dios te respeta. O te teme. Vivirás muchos años.

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