Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Sábado, 14 de marzo de 1936: La detención de Primo de Rivera
El día por fin se levantaba. Habían pasado toda la noche en vela y ahora tocaba irse a casa. Para entrar en la sede de Falange, recién clausurada por orden gubernativa, rompieron el sello oficial. Era el motivo que se haría figurar en la orden de detención de José Antonio: «quebrantamiento de la clausura gubernativa del local de Nicasio Gallego 21».
Era una debacle que ellos achacaban a la negativa de Gil-Robles, el dirigente de la CEDA, a incluirlos en una lista conjunta, en ese Frente Nacional Antirrevolucionario en el que, estaban convencidos, José Antonio habría tenido un rol primordial. Desde entonces se veían obligados a tomar el camino de la acción. El asesinato en la calle de Luis Sagasti, en los lindes del barrio de Salamanca, de dos de sus afiliados no podía quedar sin respuesta. José Antonio recurrió a la llamada Falange de la Sangre para el atentado contra Jiménez de Asúa. Pero hoy los autores estaban detenidos, y se esperaban nuevos arrestos.
—¿Qué miras, José Antonio?
Era el cartel de uno de los últimos mítines en febrero, el que se escuchó simultáneamente en el cine Europa, en Bravo Murillo, y en el Padilla. Los oradores fueron Ruiz de Alda, Sánchez Mazas y el propio José Antonio. El fundador de la Falange recordó, con una mezcla de orgullo y tristeza, la multitud congregada en ambos cines. Aquel ambiente fervoroso le había hecho concebir ingenuas esperanzas electorales.
—No lo pienses más, José Antonio. Ya no hay vuelta atrás.
—Si me hubieran hecho caso, Rafael. Si me hubiesen dejado, ahora mismo no estaríamos donde estamos… aislados, expuestos —murmuró José Antonio.
Rafael Sánchez Mazas comprendió que se refería a la inmunidad parlamentaria. La perdió, por no dejar en la estacada a sus compañeros. Por eso se rechazó la oferta de Gil-Robles de incluirlo únicamente a él en sus listas. «O todos o ninguno», se decidió. Y la Falange había ido sola a las elecciones, excluida de las derechas, a la intemperie.
Los resultados estaban a la vista: tras la escalada de violencia de los últimos días, el Gobierno aprovechaba para ilegalizarlos y detener a varios de sus miembros. Las noticias de las encarcelaciones seguían llegando. Por eso, durante la noche discutieron si era preferible echarse al monte o esperar la llegada de la policía y permitir que los arrestaran.
Al final triunfó esta segunda opción («La Modelo no es mal sitio para estar en estos momentos») y así, una vez decidido, todos se resignaban a la inminente detención que unos pasos apresurados en las escaleras parecían anunciar.
—Es tu hermano Miguel, José Antonio. Dice que la policía te espera en casa. ¿Vas a ir?
—Ya está todo hablado. No nos vamos a esconder como conejos —dijo el hijo mayor del dictador Primo de Rivera.
Y con expresión de héroe romántico, se puso en pie, en el despacho, encarado con el retrato donde se le veía, recién licenciado, con un libro de leyes en la mano.


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