Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Domingo, 15 de marzo de 1936: Mola llega a Pamplona
Aquel era su primer día en Pamplona. El general Mola había llegado la víspera y, al ser recibido por su ayudante, el teniente coronel Emiliano Fernández Cordón, a la salida de la estación, miró a su alrededor. A sabiendas de que se encontraba en el bastión más importante del carlismo, dijo: «No le faltaba a Navarra más que mi destino aquí».
—Ya sabrá usted lo que está sucediendo en Madrid —empezó, tocando con la mano uno de los diarios sobre la mesa.
En el despacho seguían por el suelo tres o cuatro cajas de cartón con sus papeles. Todavía no había tenido tiempo de arreglarlos. Se oyó, por la ventana, bullicio procedente del patio.
—Si se refiere a las últimas quemas de conventos y a los tiroteos entre socialistas y falangistas, estoy al corriente, mi general. Y también del encarcelamiento de José Antonio…
El tiroteo más sonado se había dado en la calle de Viriato, contra el piso de Largo Caballero. Era la respuesta a la detención de José Antonio. Las ventanas quedaron destrozadas. No sucedió nada más grave, porque en ese momento no había nadie dentro, pero la dimensión de las represalias callejeras empezaba a ser preocupante.
El propio Mola se preguntaba si aquello no podría valer como la señal para la sublevación acordada unos días atrás, en casa del diputado José Delgado, con Franco y los restantes generales.
—No hace falta que le diga, Emiliano —continuó—, que hay sectores del Ejército muy preocupados por el actual panorama, que estarían dispuestos a sublevarse si llegara a darse una situación de anarquía incontrolable para el Gobierno.
—Es una circunstancia de la que todos estamos al corriente —repuso Emiliano, muy consciente de la fijeza con la que el general le miraba.
Mola era un militar impaciente, de cierta brusquedad, muy castellana, en la expresión y ademanes. Su fisonomía dura y desagradable, la remataban unas gafas de pasta negra que tenían la virtud o el defecto de esconder sus ojos, sobre todo a contraluz. El otrora director general de Seguridad con la monarquía era un hombre rígido, de ideas contundentes, que desde el primer momento odió la República. Hacía años que planeaba un golpe que la destruyera. Era una idea madurada lentamente y que, a diferencia de la sanjurjada del 31, empezaba a contar con el apoyo de los generales más prestigiosos.
Pero la pieza clave era Franco, el general gallego que tanto ascendente tenía. Franco siempre mostró simpatías monárquicas (su escuela militar de Zaragoza fue la última en arriar la bandera bicolor) pero también era extremadamente prudente. A diferencia de Mola, tan directo y casi germánico de carácter, era un gallego tortuoso, precavido. Durante un tiempo, cada vez que Mola quiso tantearle, se mantuvo en sus ambigüedades. A Sanjurjo le sacaban de quicio sus indecisiones y urgía a actuar sin él. Pero para Mola, el general Franco era una pieza crucial de la conspiración. Y Franco solo en el último mes había dado su visto bueno con claridad, aunque con condiciones, a su participación.
—Bien, Emiliano, haga el favor de sondear el ánimo de la guarnición. Quiero saber, en caso de tal eventualidad, quién estaría a favor de un alzamiento y quién a favor del Gobierno. Y, por supuesto, hágalo con la máxima discreción. Yo mismo no sé —mintió el general, procurando esconder sus cartas—, si llegara el caso a tales extremos, de qué lado estaría.
—Por supuesto, mi general.
Emiliano salió y Mola, ajustándose las gafas, supo que no lo había engañado. Todo el mundo conocía su historial de enfrentamientos con la República.
Ya a solas, cogió el diario Hoy, que publicaba una entrevista con Franco a su llegada a Canarias. Tras hablar de su mal viaje, Franco afirmaba estar encantado con su destino y respondía sobre la posibilidad de un conflicto bélico en Europa:
«Yo en estos días no he sabido nada de los acontecimientos europeos. Pero, aunque estuviera al corriente, sería muy aventurado lanzar una opinión sobre tan delicadísima cuestión…».
—Puñeteros gallegos —exclamó el general Mola, contrariado.


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