Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Jueves, 19 de marzo de 1936: Debate en la Cámara
¡Esto es inaudito!
La animación, intensificándose a medida que corría la mañana, se apaciguó durante la hora de comer, cuando muchos se quedaban en bares próximos, y volvió a subir de tono al reiniciarse las sesiones por la tarde. Los pasillos y el salón de conferencias rebosaban de diputados y periodistas. En las tribunas, el lleno era completo.
A las cuatro de la tarde, no obstante, el banco azul del Gobierno seguía vacío. Corría el rumor de que el debate se suspendía y algunos espectadores abandonaron las gradas de las tribunas.
—Nos toman el pelo —dijo un periodista.
En ese momento, el presidente de la Cámara, Martínez Barrio, atravesó el salón en busca de José María Gil-Robles. Lo encontró con el monárquico José Calvo Sotelo, en medio de un corro. Le susurró unas palabras al oído y se lo llevó a su despacho.
Unos minutos después reapareció Gil-Robles. Serio y en medio del silencio general, alzó la voz.
—El presidente de la Cámara me acaba de comunicar que el ministro de la Gobernación se encuentra en estos momentos enfermo, en cama, señores. El Gobierno está dispuesto a contestar la proposición que ha presentado mi formación, pese a que la ausencia del señor ministro impida una respuesta detallada, con datos e informes oficiales, a los discursos de la oposición. El señor Martínez Barrio me ha preguntado si no tengo inconveniente en que el debate se aplace hasta que el ministro esté restablecido. Me asegura que, si no es así, el Gobierno ocupará su sitio en el banco azul para responder a nuestras preguntas. Como se pueden imaginar, pese a mi decepción y la de todo mi partido, preferimos esperar a que el ministro de la Gobernación esté en condiciones de acudir a la Cámara. Llegado este punto, es lo más sensato.
Calló el líder de la CEDA y los murmullos se sucedieron, especialmente entre miembros de su partido. Durante los minutos que siguieron, la noticia fue comentadísima en los corrillos, no solo los de derechas. Entre los socialistas causaba extrañeza la suspensión del debate. Ellos habían designado a Largo Caballero —última víctima de los atentados de los falangistas, con quienes los socialistas seguían teniendo encontronazos callejeros— para que interviniese.
En el otro extremo del arco parlamentario, el monárquico Goicoechea se mostraba igualmente disgustado. Cuando los periodistas le rodearon, no tuvo reparos en dar su opinión.
—Me interesa hacer constar, caballeros, respondiendo a afirmaciones de personajes muy ligados al Gobierno en el sentido de que las minorías tenían escaso interés en que se plantease hoy el debate, que muy al contrario mi partido, Renovación Española, lamenta hondamente que se haya aplazado la sesión. Y si no hemos adoptado iniciativa alguna para precipitarlo, se debe a la imposibilidad de reunir para ello las cincuenta firmas reglamentarias.
No muy lejos, Azaña, Besteiro y Miguel Maura también comentaron la situación. La quema de los últimos conventos y los fallidos atentados contra Jiménez de Asúa y Largo Caballero, así como la ilegalización de la Falange y la encarcelación de José Antonio, merecían su reflexión.
Poco a poco, los grupos se fueron disolviendo. No se sabía cuándo se volvería a discutir sobre el orden público, y se dio por hecho que el aplazamiento no iría más allá del tiempo que necesitara el ministro de la Gobernación para reponerse. Pero también que hasta que se constituyera la Cámara definitiva, el tres de abril, no se volvería sobre la mencionada proposición.
—Me temo que esta va a ser la tónica de las nuevas Cortes —dijo Calvo Sotelo, con una sonrisa burlona, a dos miembros importantes de su partido.


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