La undécima edición de Letras en Sevilla reunió en la Fundación Cajasol a historiadores, escritores, periodistas, cineastas y representantes de distintas sensibilidades políticas para recorrer, noventa años después, el camino que condujo a España desde el fracaso de la Segunda República hasta la victoria de Franco. Cuatro jornadas, cuatro capítulos y una pregunta que sigue sin encontrar una respuesta unánime: ¿qué hemos aprendido de aquella tragedia?
La interpretación de Buale convirtió aquella sucesión de citas en una suerte de prólogo coral, un recorrido por noventa años de memoria, literatura e historia. Y también en una respuesta, construida con palabras ajenas, a la polémica que había rodeado el título de las jornadas: 1936: La guerra que todos perdimos. Porque antes de comenzar a discutir sobre vencedores y vencidos, la Fundación Cajasol quiso que hablaran quienes, desde posiciones muy distintas, habían reflexionado sobre el precio humano y moral de aquella tragedia. Una manera de recordar que la historia puede y debe discutirse, pero que para hacerlo conviene empezar por escuchar.
La guerra había empezado mucho antes de que se abrieran las puertas del patio de la Fundación Cajasol. No la de 1936, naturalmente, sino esa otra guerra española, incruenta por fortuna, que se libra en las redes sociales y las tribunas políticas. Las jornadas de Letras en Sevilla, inicialmente previstas para febrero y aplazadas después de una controversia sobre su título y algunos participantes, llegaban a octubre con la polémica todavía adherida al cartel.
Y sin embargo, durante cuatro días ocurrió algo bastante menos frecuente de lo que cabría esperar en una sociedad democrática: personas que no estaban de acuerdo hablaron, discutieron, se escucharon y, en ocasiones, discreparon abiertamente. No era poco.
Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra, coordinadores del ciclo, habían propuesto recorrer la Guerra Civil siguiendo una secuencia histórica tan sencilla como implacable: la República, el golpe, la batalla y el final. Un viaje desde la quiebra de la convivencia hasta la imposición de la victoria, al que se sumaron las miradas del cine, la literatura y la memoria. La historia con sus documentos, la política con sus urgencias, la literatura con sus fantasmas. Y al fondo, una España que todavía se mira en aquel espejo.
I. LA REPÚBLICA
Lunes, 5 de octubre. El fracaso de una esperanza
La primera jornada comenzó, como correspondía, por el principio. O al menos, por uno de los principios posibles: la Segunda República y las razones por las que un proyecto político nacido con grandes expectativas democráticas terminó destruido por una sublevación militar.
Juan Pablo Fusi, uno de los grandes nombres de la historiografía española contemporánea, tuvo a su cargo la conferencia inaugural. Y dejó planteada una distinción esencial: la República fracasó, pero su destrucción no fue una fatalidad histórica. Fusi examinó las tensiones que fueron debilitando el régimen republicano: la conflictividad social, la radicalización ideológica, la fragilidad de los consensos y la incapacidad de las fuerzas políticas para sostener un proyecto común. Una historia que exige abandonar las explicaciones cómodas, porque ni la República fue un paraíso democrático sin contradicciones ni su fracaso convierte en inevitable o legítima la rebelión militar.
La historia dio paso a la literatura y, con ella, a las mujeres, bajo el título Mujeres en guerra, con Susana Fortes, Ana Romero Galán y Azahara Palomeque, moderadas por Jesús Vigorra (Ana Pastor finalmente no puso asistir por tener que acudir a la llamada de la actualidad: el Gobierno acababa de anunciar el adelanto de elecciones para este mes de noviembre). La propuesta de la mesa tenía un interés particular. Frente a la historia de los grandes acontecimientos, la literatura permite recuperar otras dimensiones del conflicto: la vida doméstica alterada, la supervivencia cotidiana, las relaciones familiares, las mujeres que tuvieron que sostener una existencia hecha pedazos. No se trataba simplemente de añadir nombres femeninos a una historia escrita por hombres, sino de modificar el punto de vista desde el que esa historia ha sido contada.
Cerró la primera jornada la charla del expresidente José María Aznar y el periodista Juanma Lamet.
La jornada había comenzado por la mañana con la proyección de Dragón Rapide, la película de Jaime Camino estrenada en 1986 que reconstruye los preparativos de la sublevación militar y el traslado de Franco desde Canarias al norte de África. Una elección cinematográfica que permitía recordar algo fundamental que parece que hemos olvidado: los golpes de Estado no ocurren espontáneamente; se organizan, se financian, se preparan con protagonistas que tienen nombres y apellidos.
Así concluyó el primer capítulo de las jornadas: entre el análisis de las instituciones que fracasaron, la recuperación literaria de quienes padecieron sus consecuencias y la reconstrucción cinematográfica de quienes decidieron acabar con ellas.
Vídeo completo de la primera sesión de tarde
II. EL GOLPE
Martes, 6 de octubre. España ante el mundo y ante sus muertos
En el segundo día se abrió el foco. La Guerra Civil española nunca fue un asunto exclusivamente español. Muy pronto se convirtió en un laboratorio político, ideológico y militar donde las grandes potencias europeas ensayaron algunas de las confrontaciones que estallarían en el 39.
Enrique Moradiellos abordó esa dimensión internacional de la contienda. La intervención alemana e italiana en favor de los sublevados, la ayuda soviética a la República, la política de no intervención de las democracias occidentales y el papel de las Brigadas Internacionales forman parte de una historia que resulta imposible comprender sin mirar más allá de los Pirineos.
La guerra española fue también una guerra observada. Y de ahí el interés del coloquio “¿Cómo nos vieron, cómo nos ven?”, que reunió a tres periodistas extranjeros: el británico Giles Tremlett, el francés Mathieu de Taillac y el alemán Martin Dahms, moderados por Sergio Vila-Sanjuán.
La mirada exterior introduce siempre una saludable distancia. Allí donde los españoles tendemos a reconocer una identidad o una herida familiar, el corresponsal extranjero debe reconstruir el contexto y explicar sus contradicciones a lectores que no necesariamente comparten nuestras pasiones. La conversación planteaba así una cuestión que iba más allá del conflicto de 1936: hasta qué punto la imagen internacional de España continúa condicionada por aquella guerra y por las décadas de dictadura que la siguieron.
Pero uno de los debates centrales de la jornada llegó con una pregunta incómoda, formulada sin rodeos: “¿Todas las cunetas son iguales?”. Fernando Martínez, secretario de Estado de Memoria Democrática, la magistrada y exalcaldesa de Madrid Manuela Carmena y el exministro Alberto Ruiz-Gallardón se sentaron a discutir sobre las víctimas, las fosas y el deber de memoria, bajo la moderación de Ignacio Camacho. Era una mesa que obligaba a distinguir entre dos cuestiones que con frecuencia se mezclan: el reconocimiento de todas las víctimas de la violencia y las diferentes responsabilidades históricas de quienes participaron en la guerra y la posterior represión.
La reconciliación política y el derecho a recuperar a los desaparecidos no tienen por qué ser principios incompatibles. La discusión sobre las cunetas adquirió así un significado más profundo. Porque una fosa común no es únicamente un problema de interpretación histórica. Es también una cuestión familiar, jurídica y humana. Y porque el debate sobre el pasado se vuelve particularmente áspero cuando quienes discuten confunden la dignidad de las víctimas con la legitimidad de las causas políticas por las que combatieron y murieron.
La jornada terminó desplazando el debate histórico hacia la política contemporánea. Moderados por Edu Galán, Borja Sémper, Iván Espinosa de los Monteros, Tania Sánchez y Nativel Preciado representaron sensibilidades muy diferentes en una conversación sobre la posibilidad de dialogar acerca de la Guerra Civil sin reproducir las trincheras ideológicas actuales. No deja de resultar paradójico que una de las mayores dificultades para hablar de una guerra terminada hace casi nueve décadas consista precisamente en sentar a conversar a personas que no comparten la misma interpretación de ella.
Por la mañana, el cine había ofrecido un documento de naturaleza muy distinta al de la jornada anterior: Sin novedad en el Alcázar, la película de Augusto Genina estrenada en 1940. Una obra de propaganda que convirtió el asedio del Alcázar de Toledo en uno de los grandes relatos heroicos del primer franquismo. Su presencia en el programa permitía observar no solo cómo se hizo la guerra, sino cómo los vencedores comenzaron a construir cinematográficamente su propia leyenda.
Vídeo completo de la segunda sesión de tarde
III. LA BATALLA
Miércoles, 7 de octubre. Los hombres, los archivos y las imágenes
Después de los grandes discursos políticos y las responsabilidades históricas, llegó el momento de mirar a quienes habían combatido. No a los generales que movían las fichas sobre los mapas, sino a los hombres que terminaron ocupando las trincheras.
La mesa “Las dos trincheras: La fiel infantería” reunió al general Félix Sanz Roldán, antiguo jefe del Estado Mayor de la Defensa y director del CNI, con el periodista Jesús García Calero y el escritor Víctor Amela, autor de Nos robaron la juventud, dedicado a los supervivientes de la Quinta del Biberón.
Sanz Roldán recordó una verdad elemental que suele perderse entre la épica militar y los discursos patrióticos: la guerra consiste, antes que nada, en sacrificio, miedo, hambre, sed y sufrimiento. Y aportó una reflexión familiar que explicaba mejor que muchas teorías la arbitrariedad del destino de tantos combatientes españoles. Su padre había luchado en el ejército franquista porque vivía en Valladolid; de haber residido en otro lugar, podría haber terminado combatiendo en el ejército republicano. Una circunstancia geográfica podía decidir una biografía. El lugar donde sorprendió el golpe, el uniforme disponible, la unidad a la que uno era destinado. Para muchos jóvenes, elegir bando no fue una decisión ideológica, sino una imposición de las circunstancias.
La siguiente mesa devolvió el protagonismo a los historiadores. Bajo el título Aires de sangre, Manuel Álvarez Tardío, Fernando del Rey y Gutmaro Gómez Bravo conversaron con Rubén Amón sobre la investigación histórica de la Guerra Civil y los problemas que plantea todavía su interpretación.
Los tres defendieron la necesidad de regresar a los archivos, consultar documentos y evitar las explicaciones construidas a partir de prejuicios contemporáneos. Una reivindicación particularmente oportuna en una época en la que la historia circula con frecuencia reducida a unos pocos caracteres y una fotografía descontextualizada.
La Guerra Civil sigue siendo un territorio de investigación abierto. Los archivos conservan documentación por estudiar y los historiadores continúan revisando episodios locales, mecanismos de violencia, responsabilidades individuales y estructuras de poder. El pasado no cambia, pero nuestro conocimiento de él sí puede hacerlo. Y precisamente por eso la investigación exige distinguir entre la memoria, inevitablemente personal, y la historia, sometida al contraste de las fuentes.
La tarde incorporó después la perspectiva institucional de la memoria democrática. El ministro Ángel Víctor Torres conversó con Ignacio Escolar sobre las políticas de reconocimiento y reparación de las víctimas. Torres reivindicó la recuperación de los restos de quienes permanecen en fosas, pozos y cunetas. El debate trasladó la discusión desde los acontecimientos de 1936 hasta las obligaciones que corresponden a un Estado democrático en el presente.
El cine cerró la jornada con Alejandro Amenábar, que conversó con Antonio Lucas sobre la representación de la Guerra Civil en la pantalla. Por la mañana se había proyectado Mientras dure la guerra, su película de 2019 centrada en Miguel de Unamuno y en los primeros meses de la sublevación.
Unamuno representa uno de los grandes dramas intelectuales de aquel tiempo: el de quienes descubrieron que la realidad desmentía sus expectativas y que las palabras podían dejar de ser suficientes frente a la violencia. Su figura permitió abordar la responsabilidad de los intelectuales, el miedo, las contradicciones personales y las posibilidades del cine para reconstruir una época.
Porque el cine, como la literatura, no se limita a reproducir el pasado. Selecciona, interpreta, ilumina unos hechos y deja otros en la sombra. También construye memoria. Y a veces una escena cinematográfica termina instalándose en la imaginación colectiva con más fuerza que muchas páginas de historiografía.
Vídeo completo de la tercera sesión de tarde
IV. EL FINAL
Jueves, 8 de octubre. La victoria, la derrota y las palabras
La última jornada planteó una cuestión que parecía sencilla y no lo era: ¿terminó la Guerra Civil en abril de 1939?
Julián Casanova, autor de una reciente biografía de Franco, abordó el final de la contienda distinguiendo entre la victoria militar y la paz civil. El triunfo del ejército sublevado puso fin a las operaciones militares, pero no a la violencia política. La represión, las ejecuciones, las prisiones, los campos de concentración y los trabajos forzados formaron parte de la construcción del nuevo régimen. Casanova recordó además la transformación simbólica de la victoria en uno de los fundamentos de la dictadura. El 18 de julio pasó a convertirse en una gran celebración oficial, consagrando como origen del nuevo Estado el aniversario del golpe militar.
El historiador explicó la transición desde las primeras violencias del verano de 1936 hacia mecanismos represivos progresivamente organizados y documentados. La cuestión central era, por tanto, qué significa hablar de paz cuando una parte de la población permanece sometida a la persecución, el encarcelamiento, el exilio o el silencio. La guerra había terminado en los campos de batalla, pero sus consecuencias continuarían determinando la vida española durante décadas.
La literatura ofreció una última mirada, quizá la más apropiada para cerrar unas jornadas que llevan precisamente el nombre de Letras en Sevilla.
Andrés Trapiello y Sergio del Molino conversaron con Pablo Guimón bajo un título deliberadamente provocador: “Literatura y Guerra Civil: ¿Matan más las armas o las letras?”.
Trapiello defendió la necesidad de aplicar un mismo criterio moral al analizar las violencias de ambos bandos y recordó el coste cultural de las divisiones políticas que durante décadas condicionaron la lectura y la valoración de numerosos escritores. En ese contexto apareció el nombre de Manuel Chaves Nogales, cuya obra A sangre y fuego se ha convertido en una referencia fundamental para comprender la complejidad moral de la contienda. El periodista sevillano, republicano y demócrata, denunció las atrocidades cometidas desde posiciones enfrentadas sin renunciar por ello a sus propias convicciones.
Trapiello recordó que Chaves Nogales no era un escritor equidistante, sino un observador capaz de contemplar el conjunto de la tragedia. Una distinción fundamental en tiempos en los que cualquier intento de complejidad corre el riesgo de ser confundido con una falta de compromiso.
Sergio del Molino defendió el papel de la literatura como uno de los espacios donde más se ha avanzado hacia una comprensión global de la Guerra Civil. La ficción permite entrar en las contradicciones de los personajes, comprender los mecanismos del miedo y descubrir las zonas grises de una experiencia que las consignas políticas suelen reducir a blanco y negro.
La conversación dejó planteada una idea que bien podría servir como conclusión de las jornadas: los libros no sustituyen a la historia, pero pueden devolverle los rostros, las dudas y las voces de quienes la vivieron.
Las jornadas se cerraron con la charla entre el periodista Juanma Lamet y el ministro Félix Bolaños.
El programa cinematográfico concluyó con Rojo y negro, la singular película falangista de Carlos Arévalo estrenada en 1942 y retirada poco después de las salas. Una obra que, junto a las otras tres proyecciones del ciclo, permitía recorrer diferentes formas de construir y revisar el relato audiovisual de la guerra.
Vídeo completo de la cuarta sesión de tarde
Y así terminó el recorrido. Cuatro días para transitar desde la República hasta la victoria franquista; desde los documentos hasta los recuerdos familiares; desde las trincheras hasta los libros. No hubo, naturalmente, una interpretación única. Ni era ese el propósito.
Quizá la lección más valiosa de Letras en Sevilla sea que la historia no necesita unanimidades, sino conocimiento; que escuchar no significa conceder la razón, y que el verdadero respeto a los muertos consiste en estudiarlos, recordarlos y comprender el mundo que los condujo hasta su destino, sin convertirlos una vez más en soldados de nuestras batallas contemporáneas.
Noventa años después, los españoles seguimos discutiendo aquella guerra. Al menos, durante cuatro días en Sevilla, lo hicimos con palabras.








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