Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Lunes, 27 de enero de 1936: Sanjurjo en aguas gallegas
El transatlántico había atracado por la noche en el puerto de Vigo. Solo permanecería allí tres horas. Procedente de Lisboa, su destino final era el mar del Norte, y nada de esto se salía de la normalidad. El trajín de pasajeros que terminaban allí su periplo, junto a los pocos que embarcaban para dirigirse al norte de Europa, llenaba las tres horas de espera. El barco cubría una línea regular con Suramérica, que además conectaba Portugal y España con los puertos franceses e ingleses del canal de la Mancha y los puertos holandeses y alemanes en el mar del Norte. Lo único fuera de lo normal era una figura que desde la cubierta superior lanzaba una mirada de añoranza a la ciudad cuya entrada tenía vedada.
«La República es una aberración», pensó desde la cubierta del transatlántico.
Miró las luces de la ría. Todos los males que aquejaban a España provenían de ese régimen bastardo que había expulsado a su rey y envenenado con odio el corazón de los españoles. Él parecía ser el único en darse cuenta. Por eso había puesto su vida en manos del destino. Si su sacrificio hubiera servido al menos para acabar con la República…
Pero su fracaso había afianzado a las izquierdas en el poder. Y la democracia no servía para combatir a los revolucionarios. Ni siquiera para aplacarlos. La revolución de Asturias no fue más que un aviso de lo por venir. Y mano firme era lo que se necesitaba para combatir a esa caterva.
Mano firme como la tuvo Franquito con ellos. Sí, había que convencer a Franco. Había que convencer al mayor número posible de militares, para no volver a encontrarse solos frente a los republicanos. Por eso esta vez iba a ser distinto. El nuevo alzamiento debía contar con el apoyo de todo el ejército, sin fisuras. Con los políticos, no. Solo cuando se dieran cuenta de que en las urnas no iban a ganar ninguna batalla, buscarían a los militares para pedirles ayuda.
Y ese día no estaba ya lejos.
Las elecciones de febrero iban a abrir los ojos a mucha gente. Pero corrían un peligro: que las hordas marxistas se les adelantaran y trajeran antes su revolución a España. Sanjurjo había fracasado en su levantamiento, en Asturias los revolucionarios habían fracasado. Aquel que se levantara en primer lugar no tendría margen para fracasar. Y había que prever un conflicto largo y sangriento.
Por eso se dirigía él a Alemania.
Tocaba recabar el mayor número de apoyos, incluso más allá de las fronteras españolas. Sí, la excusa era asistir a los Juegos Olímpicos de invierno que el régimen nazi organizaba en Garmisch-Partenkirchen, pero lo cierto es que allí le esperaba Wilhelm Canaris, nuevo jefe del espionaje alemán y perfecto conocedor de España. Hablar el mismo idioma iba a facilitar su labor. Ahora tenía que convencer a Canaris y, con un poco de suerte, la próxima vez que volviera a España no sería secuestrado a bordo de un transatlántico, sino para ponerse al frente de un ejército libertador…


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