Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Jueves, 30 de enero de 1936: Más sobre Franco
La más guapa del baile político español. Así se le ha definido en este folletón que seguimos publicando Íñigo Palencia y yo en Zenda, día a día. Pero fuera de eso, que le define digamos que funcionalmente, cuesta penetrar en el personaje de Franco. Y lo peor es que cuanto más se escribe sobre él y más imágenes suyas tenemos, más confusa y lejana aparece la esencia original. ¿Quién era Francisco Franco?
Si uno lo piensa, es muy posible que en algún punto medio entre todos estos retratos. Reconozco que yo mismo oscilo en mi apreciación. Habiendo crecido en un contexto democrático, como toda la gente de mi edad, mi primer recuerdo de Franco es el de un abuelo algo ridículo, con esa vocecilla atiplada que se le escuchaba en el Nodo, que abochorna más que otra cosa, y en el que cuesta ver al dictador que fue: la anécdota según la cual firmaba sentencias de muerte mientras tomaba café es cierta. Las lecturas de historiadores progresistas que marcaron mi educación universitaria no añadieron mucho a esa imagen.
Y luego, en algún momento, me interesé por la idea que pudieran tener los intelectuales de derechas y empecé a leer a autores como Ricardo de la Cierva y a descubrir el pasado militar suyo en África. El retrato que hace Barea, alguien poco sospechoso de simpatizar con Franco, me condicionó bastante. La valentía fría de Franco creo que nadie la pone en duda. Que los militares más experimentados pegaban las narices al suelo mientras él cabalgaba a lomos de un caballo blanco en medio de las balas, y que su mirada le bastaba para imponerse a los legionarios más feroces, son hechos probados. Que era soterrado, astuto, y que gallegueó durante los preparativos de la sublevación hasta el último momento, también.
En ese contexto, cobra singular importancia lo que ocurrió precisamente el día treinta de enero, a su vuelta de Londres, tras haber formado parte de la representación española en los funerales de Jorge V. De regreso al continente, Franco coincidió en el barco con su amigo el agregado militar de la embajada española en París, Antonio Barroso, a quien se confió, cruzando el Canal de la Mancha en plena tormenta.
«Cuento con usted, Barroso —le dijo—. Tiene un importante papel que jugar. Si se entera de que he salido para África, eso significará que hemos considerado el alzamiento como el único y último recurso».
La conspiración, a esas alturas, ya era toda una realidad.


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