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30 de enero de 1936: Más sobre Franco

30 de enero de 1936: Más sobre Franco

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Jueves, 30 de enero de 1936: Más sobre Franco

La más guapa del baile político español. Así se le ha definido en este folletón que seguimos publicando Íñigo Palencia y yo en Zenda, día a día. Pero fuera de eso, que le define digamos que funcionalmente, cuesta penetrar en el personaje de Franco. Y lo peor es que cuanto más se escribe sobre él y más imágenes suyas tenemos, más confusa y lejana aparece la esencia original. ¿Quién era Francisco Franco?

¿Un genio, un nuevo Napoleón, como clamaron Millán Astray y sus exégetas? ¿O un guerrillero de cortas miras, como pensaron Hitler y Mussolini? ¿Sencillamente un hombre con sangre fría y el mejor general de la República, como pensaban sus subordinados e incluso Barea o Indalecio Prieto?, ¿o un asesino inmisericorde y sanguinario? ¿El niño bueno de papá, como decían su hermano Ramón y su hermana? ¿O un gran hipócrita? ¿Un general leído, íntegro y comprometido con su patria, como quiere el historiador británico George Hill? ¿El gallego listo pero no demasiado intelectual que desquiciaría a Hitler en Hendaya y sabría mantener sabia y estratégicamente su difícil neutralidad durante la Segunda Guerra Mundial, como pensarían Winston Churchill y otros coetáneos? ¿Un dictador pusilánime y encerrado en sí mismo, en la línea de los dictadores suramericanos, como pretende Vázquez Montalbán? ¿Un mediocre, como piensan Paul Preston y los historiadores progresistas? ¿Dónde está la verdadera personalidad de Franco?

"Mi primer recuerdo de Franco es el de un abuelo algo ridículo, con esa vocecilla atiplada que se le escuchaba en el Nodo, que abochorna más que otra cosa, y en el que cuesta ver al dictador que fue"

Si uno lo piensa, es muy posible que en algún punto medio entre todos estos retratos. Reconozco que yo mismo oscilo en mi apreciación. Habiendo crecido en un contexto democrático, como toda la gente de mi edad, mi primer recuerdo de Franco es el de un abuelo algo ridículo, con esa vocecilla atiplada que se le escuchaba en el Nodo, que abochorna más que otra cosa, y en el que cuesta ver al dictador que fue: la anécdota según la cual firmaba sentencias de muerte mientras tomaba café es cierta. Las lecturas de historiadores progresistas que marcaron mi educación universitaria no añadieron mucho a esa imagen.

Y luego, en algún momento, me interesé por la idea que pudieran tener los intelectuales de derechas y empecé a leer a autores como Ricardo de la Cierva y a descubrir el pasado militar suyo en África. El retrato que hace Barea, alguien poco sospechoso de simpatizar con Franco, me condicionó bastante. La valentía fría de Franco creo que nadie la pone en duda. Que los militares más experimentados pegaban las narices al suelo mientras él cabalgaba a lomos de un caballo blanco en medio de las balas, y que su mirada le bastaba para imponerse a los legionarios más feroces, son hechos probados. Que era soterrado, astuto, y que gallegueó durante los preparativos de la sublevación hasta el último momento, también.

"Si se entera de que he salido para África, eso significará que hemos considerado el alzamiento como el único y último recurso"

En ese contexto, cobra singular importancia lo que ocurrió precisamente el día treinta de enero, a su vuelta de Londres, tras haber formado parte de la representación española en los funerales de Jorge V. De regreso al continente, Franco coincidió en el barco con su amigo el agregado militar de la embajada española en París, Antonio Barroso, a quien se confió, cruzando el Canal de la Mancha en plena tormenta.

«Cuento con usted, Barroso —le dijo—. Tiene un importante papel que jugar. Si se entera de que he salido para África, eso significará que hemos considerado el alzamiento como el único y último recurso».

La conspiración, a esas alturas, ya era toda una realidad.

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