Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.
Viernes, 31 de enero de 1936: Dos líderes del Partido Radical
Portela lo va a tener difícil, don Alejandro. La unión de las izquierdas que se ha sacado de la manga Azaña augura unos resultados nada desdeñables. Eso lo sabe hasta nuestro común amigo Alcalá-Zamora.
Así hablaban dos de los políticos más experimentados de España, Alejandro Lerroux y Santiago Alba. Ambos militaban en el Partido Radical y los dos habían iniciado su andadura parlamentaria a comienzos de siglo. No solo fueron varias veces ministros con la monarquía, sino que también ocuparon durante la República las más altas magistraturas. A pesar de pertenecer al Partido Radical, ambos representaban una cierta aristocracia política. Y sin embargo, Lerroux, desgastado por los escándalos, no atravesaba su mejor momento. No encajaba bien el verse forzado a abandonar la cabecera del banco azul y se negaba a verse relegado y aislado en su casa, sin contacto con la política y apartado del poder. Cada día estaba más irascible. Todo le parecía una afrenta personal.
—Pero entonces los socialistas y los republicanos de izquierdas se presentaron por separado, don Alejandro. Es terrible el panorama que se nos presenta —dijo el todavía presidente de las Cortes. Alba había pasado a visitar a Lerroux en su domicilio. Desde que estaban clausuradas las Cortes, la política ya no se hacía en la carrera de San Jerónimo—. O el Gobierno acaba en manos de Azaña y sus aliados bolcheviques, que solo esperan el momento indicado por Moscú para asaltar el poder, o en manos de derechistas que ni siquiera se declaran leales a la República… Un republicano tan emblemático como usted no puede ir nunca en coalición con Calvo Sotelo. Sus bases no se lo perdonarían.
—O sí, si lo exigen las circunstancias. Por eso le he convocado, don Santiago. Usted es mi segundo de a bordo. No podemos quedarnos al margen de las coaliciones que se están formando. Si al menos estuviéramos en el Gobierno…
—Usted tuvo su oportunidad, don Alejandro —le interrumpió Alba, resquemado por no haber sido llamado nunca a formar Gobierno—. Ahora son otros los que pilotan la nave.
—Podrán pilotar la nave, pero nos conducen al desastre. Es necesario alejar del poder a los bolcheviques, y para eso es imprescindible que el Gobierno se una al frente electoral común de las derechas. Como el Frente Popular gane las elecciones, los socialistas traerán su revolución.
—El problema de las derechas es que los unos desconfían de los otros y que los acuerdos electorales que se van forjando son meramente coyunturales. Nuestro propio partido, seamos sinceros, está anulado por los escándalos. Nadie espera nada de los radicales, nos cuesta entrar en coalición, y allá donde nos presentemos solos fracasaremos irremediablemente. Renovación Española y los tradicionalistas de Alfonso Carlos siguen obstinados en la monarquía y dificultan el pacto con republicanos de derechas. La Falange de José Antonio no quiere aliados. Y los candidatos gubernamentales, visto que Gil-Robles empieza a rebajar el tono y a aceptar la realidad, entrarán en algunas provincias en coalición con las derechas, pero en otras se presentarán solos, y ese juego triangular facilitará la victoria del Frente Popular. Con todas esas complicaciones, difícil será que venzamos.
—Por eso ha sido un error la convocatoria tan precipitada de elecciones. ¿Qué pretende Portela? ¿Entregarle España a los rusos? ¿Y don Niceto?
—Don Niceto se ha convencido de que un partido de centro fuerte puede tener representación suficiente para ser el árbitro del Parlamento. Por lo menos eso pensaba en Navidades; ahora yo no sé. De todas formas, el daño está hecho. Ya está fijada la fecha de las elecciones. No hay marcha atrás. No hay tiempo —murmuró Alba, con tristeza—. Azaña y Prieto llevan meses trabajando para construir su Frente Popular, y nosotros apenas contamos con tres semanas para improvisar una coalición entre partidos mal avenidos… Allí donde se consiga una alianza amplia, ganaremos. Pero donde nos presentemos por separado, la derrota es segura. Y el resultado de esas derrotas parciales acabará dando una victoria general al Frente Popular. No nos hagamos ilusiones, don Alejandro. La campaña se nos va a hacer muy cuesta arriba, especialmente a nosotros. Somos unos apestados. En casi ninguna parte quieren los demás grupos pactar con nosotros.
—Pues habrá que conseguirlo —dijo Lerroux.


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