Hay momentos, a lo largo de la vida, en los que asistimos a la tragedia de ver nuestra propia muerte a través de los ojos de otra persona.
Vemos cómo la luz que devolvían al mirarnos se apaga poco a poco, como una vela que se queda sin aire.
Y entendemos que no siempre morimos cuando dejamos de respirar, sino cuando dejamos de ser reflejo en alguien.
Somos nosotros quienes cargamos la bala: nace en la cabeza, baja por la garganta, la lengua aprieta el gatillo.
Hablamos. Disparamos.
La palabra vuela y golpea como un proyectil.
Después la oímos nosotros: llega al estómago y se digiere con vergüenza, con arrepentimiento, con dolor. Y ahí, en ese instante, vemos en el rostro de la otra persona cómo algo se rompe: cómo el enfado cede, cómo la expresión se desmorona. Una cascada silenciosa que desemboca en la decepción.
No siempre son las grandes tragedias las que terminan con alguien.
A veces basta un gesto mínimo, una grieta que nadie ve.
Una mirada que pasa por encima.
Un comentario fuera de lugar.
Un silencio que enfría.
Un gesto que desarma.
Pequeñas cosas que, sin darnos cuenta, van desgastando por dentro. Pero el mundo no es el único que nos rompe.
También nos vamos apagando por lo que hacemos, o dejamos de hacer, sin darnos cuenta.
Las duchas con prisas.
Las conversaciones a medias.
Los abrazos por compromiso.
Los “cómo estás” respondidos sin sinceridad.
Los apretones de manos sin fuerza.
Los domingos que fueron familia y hoy son distancia.
Las mesas largas que ahora solo caben en el recuerdo.
Los cumpleaños tratados como un martes cualquiera.
Las canciones que no nos atrevemos a cantar.
Las palabras que el miedo nos obliga a callar.
Enero siempre llega así: con la casa en silencio y las luces guardadas antes de tiempo.
A veces, vivir de puntillas, distraídos, como si nada fuera del todo nuestro, es una forma de morir. Las pequeñas renuncias diarias, casi invisibles, nos consumen sin que lo notemos.
No es la muerte quien nos vence, sino la suma de todo aquello a lo que renunciamos sin notarlo. Y quizá por eso, cuando el ruido termina y el año vuelve a empezar, basta un gesto pequeño para devolvernos un poco de vida.


Me ha impresionado este artículo deAdolfo Argona porque relata con gran claridad situaciones muy reales en la vida. Yo me he encontrado retratada en muchos momentos.