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28 de enero de 1936: Funerales madrileños en honor a Jorge V

28 de enero de 1936: Funerales madrileños en honor a Jorge V

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España. En los dos primeros meses cuenta con la colaboración de Íñigo Palencia.

Martes, 28 de enero de 1936: Funerales madrileños en honor a Jorge V

La tarde se cerró con lluvia. El cielo velazqueño que teñía de grises la capital, al final del día, como se temía, derivaba en chubasco. Y cuando la lluvia aparecía en este tipo de actos, todo quedaba deslucido.

Una pena para las damas que se desplazaron hasta la capilla evangélica de la calle Hermosilla. Aunque la ocasión exigía sobriedad y recato, lo cierto era que, con los paraguas abiertos, ni siquiera se podían apreciar los tocados femeninos que tanto arreglo previo merecían. Esos tocados eran la única licencia fuera del comedimiento en el vestir. Tampoco se pudo apreciar el porte gallardo de la compañía de infantería que había rendido honores bajo el chaparrón. Chorreras empapadas, caras recorridas por gotas de lluvia. Incluso el uniforme de gala del embajador británico permanecía oculto bajo el paraguas que un ayuda de cámara sostenía impasible.

"No es que el Ejecutivo republicano fuera a llorar con amargura la muerte de un rey inglés, pero la deferencia exigía cierto comportamiento empático"

Sin embargo, nada de esto parecía preocupar en exceso a los miembros de la colonia británica en Madrid.

Como en el resto de las capitales europeas, también en Madrid se celebraron funerales en honor a Jorge V. La capilla de la calle Hermosilla, que formaba parte de la embajada alemana en la capital, la abarrotaban ciudadanos ingleses. La muerte de un rey para un inglés nunca es asunto banal. The king is dead, long live the king! Por eso, lo más granado de la sociedad madrileña, sabedora del hondo pesar británico, asistió a un oficio protestante por un rey extranjero. Tampoco faltaron representantes de la política patria, monárquicos y tradicionalistas, y al frente de todos, el Gobierno republicano.

Aquella era su primera comparecencia pública tras la publicación del programa político de centro aquel mismo día. Allí estaban el presidente Alcalá-Zamora y Manuel Portela con la mayor parte de los ministros. Todos aguantaban el chaparrón con caras circunspectas. Solo el ministro de Estado, Urzáiz, se encontraba ausente, por asistir en Londres a los funerales oficiales. El resto del Gobierno cerraba filas. No es que el Ejecutivo republicano fuera a llorar con amargura la muerte de un rey inglés, pero la deferencia exigía cierto comportamiento empático en aras de unas cordiales relaciones hispanobritánicas.

—Esto es verdaderamente un asunto de Estado, señores. Muéstrense a la altura —murmuró el presidente de la República.

Portela y Alcalá-Zamora se sentían observados. Su manifiesto era el último y desesperado intento de atraer al electorado a un ideario moderado. No estaban cómodos junto al embajador inglés. Parecían colegiales envarados ante un tribunal examinador, pendientes de las miradas que recaían sobre ellos, atentos a cualquier comentario y a cualquier silencio repentino. Aun así, pusieron sus mejores dotes interpretativas al servicio de una pose indolente. De ahí sus esfuerzos por parecer despreocupados ante la política nacional, en aquellos momentos de duelo. Cuando un periodista intentó sacar alguna declaración sobre el manifiesto, el presidente del Gobierno se limitó a señalar lo inapropiado de un comentario de este tipo durante una ceremonia tan solemne y transcendental.

—Mañana acérquese al Ministerio de Gobernación y haré una declaración a primera hora.

Portela, por su parte, se moría por conocer la repercusión que estaba teniendo su manifiesto.

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