Cuando se descubre que la inteligencia artificial es capaz de analizar a la población y predecir quién va a cometer un delito, el mundo lo recibe como una noticia positiva. Pero pronto se descubrirá que no es tan ventajoso como parece. Este thriller revela una gran verdad: cuando la tecnología se convierte en fe, quien la pone en duda se convierte en hereje.
En este making of Fabián Plaza cuenta cómo escribió Nada que ocultar (Grijalbo).
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La hipervigilancia es un tropo clásico de las distopías. Muchas obras —entre las que destacan genialidades como 1984, de Orwell, o la menos conocida Nosotros, de Yevgueni Zamiatin— nos hablan de terribles futuros en los que no hay libertades porque los poderosos pueden vigilarnos en todo momento. El éxito de estas historias es comprensible: ante el escrutinio constante de un dictador, incluso en los momentos más íntimos de nuestras vidas, ¿quién tendría el valor de rebelarse, de luchar para recuperar los derechos perdidos? Asusta pensar que podamos llegar a una sociedad sin privacidad, sin rincones reservados, únicamente abiertos a quienes se ganen nuestra confianza. Una sociedad inhumana.
Nuestros móviles.
Nuestros espías portátiles.
La privacidad es un tema que siempre me ha obsesionado. En particular como jurista, porque los derechos derivados de ella —secreto de las comunicaciones, inviolabilidad del domicilio…— son la gran línea de defensa contra la tiranía. No es casualidad que me dedique a la protección de datos, que es el campo profesional en el que más puedo hacer por la privacidad. Pero también he sido activista en su defensa. Aunque ya no estoy en primera fila, desde su fundación he sido simpatizante del Movimiento Pirata internacional, que tiene como uno de sus pilares ideológicos la protección a ultranza de la privacidad en el ámbito digital.
Una privacidad que, por desgracia, muchos intentan quitarnos. Quizá conozcan —o quizá no— escándalos de vigilancia masiva como PRISM o Pegasus. Si no los conocen y tienen ganas de mirar con un poco más de miedo el mundo exterior, busquen. No les garantizo paz de espíritu, pero sí un arma poderosa llamada información.
Quienes crean estos sistemas suelen venderlos con excusas. La más usada es la de protegernos —de terroristas, de pederastas, de invasores de todo tipo—. Y la gente suele aceptar esas simplistas explicaciones, creyendo el viejo aforismo de que “si no he hecho nada malo, no me pasará nada”. Pero eso es históricamente falso. Y muy peligroso en estos momentos en los que tenemos encima al manido y temido Gran Hermano de Orwell. Si el genio sale de la lámpara, no volverá a entrar. Es ahora o nunca.
Como pueden ver, no es raro que haya sentido la necesidad de escribir Nada que ocultar. Porque sí, la privacidad es una de mis grandes obsesiones.
Lo ha sido desde hace mucho tiempo. Mi primer gran triunfo literario, en 2010, llegó de la mano de una novela de ciencia-ficción llamada Con otros ojos, que logró quedar finalista del premio Minotauro. En ella describía una tecnología futura que permitía la transmisión del pensamiento, y un mundo en el que la policía usaba esa telepatía digital para resolver crímenes de la manera más eficaz —e invasiva— posible: registrando los recuerdos de la gente; entrando nada menos que en mentes ajenas. En ese libro me planteaba hasta dónde aceptaríamos llegar, hasta qué punto renunciaríamos a la privacidad a cambio de una supuesta protección policial.
Desde luego, es un tema parecido al que ahora planteo en Nada que ocultar. Pero hay una importante diferencia: en este nuevo libro no he necesitado irme a mundos futuristas imaginarios. La fascinación por la inteligencia artificial está aquí mismo, la vemos todos los días cada vez que encendemos el ordenador o el móvil. Es una tecnología casi mágica, que promete tener todas las respuestas. Pero ¿quién es el hombre que hay detrás de la cortina, más allá de los atronadores gritos del grande y poderoso Oz? Quizá Nada que ocultar, irónicamente, lo desvele.
De lo que no cabe duda es que lo que cuento es actual, real, tangible. O más que eso: algunas de las tecnologías de espionaje que describo, no es que no sean anticipación científica, ¡es que ya están desfasadas! ¡Existen sistemas de vigilancia mucho más poderosos que la omnipresente Dori que planteo!
Creo que todo esto es algo sobre lo que debería haber debate. Y he pensado que la mejor manera de provocarlo es con un thriller agil, entretenido e interesante de leer. Es lo que he intentado con Nada que ocultar.
También hay en el libro otros puntos que quería tratar, como la sinestesia. Ya sé que probablemente no sabrán de qué hablo, pero espero que cuando vayan conociendo a mi protagonista, Rebeca, la sinestesia les fascine tanto como a mí.
Y no solo Rebeca, también el resto de personajes. Youssef, Claudio, Adolfo… Me he esforzado para que todos y cada uno de ellos roben un poquito del corazón de quien los lea. Creo que serán grandes compañeros en este viaje.
En cualquier caso, lo que intento decir en el libro es lo que he marcado en el título que tienen arriba: nos quieren vender lo contrario, pero sí que tenemos algo que ocultar. Sí que tenemos algo que perder si nos quitan la privacidad. Aunque solo sea la libertad de decir, como Winston Smith, que dos y dos son cuatro. Y de elegir quién lo escucha.
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Autor: Fabián Plaza. Título: Nada que ocultar. Editorial: Grijalbo. Venta: Todos tus libros.


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