Hace 54 años, cuando un día como hoy, el 28 de enero de 1972, el Corriere della Sera dio noticia del deceso de uno de sus colaboradores más veteranos y queridos por los lectores, Dino Buzzati, la historia de la novelística italiana ya estudiaba a este autor véneto —había nacido en Belluno en 1906— como al heraldo de cierta corriente fantástica, que habría de discurrir en paralelo al neorrealismo imperante en la posguerra. Y en efecto, frente a esa visión de la realidad subjetivada por el marxismo de Alberto Moravia —otro colaborador hasta la muerte del Corriere—, Vasco Pratolini o Cesare Pavese, las crónicas de las letras trasalpinas, desde mucho antes de 1972, ya daban cuenta de El desierto de los tártaros (1940), la novela con trazas de cuento de Buzzati, como de una ficción en cuya órbita operaría el Italo Calvino de la trilogía Nuestros antepasados —El vizconde demediado (1952), El barón rampante (1957) y El caballero inexistente (1959)—. Incluso puede que Calvino firmase alguno de esos artículos “de opinión” en el despliegue informativo que, sin duda alguna, el vespertino milanés dedicó al finado, a quien en 1928 —sin haberse licenciado aún en Derecho— vio entrar de aprendiz —que se llamaba entonces a los becarios— y 11 años después envió a Addis Abeba, a cubrir la sanguinaria aventura imperialista de Mussolini en Etiopía.
Y a un lugar semejante a la fortaleza de Bastiani, el territorio mítico al que es destinado Drogo a la espera de un enemigo que no acaba de llegar, puede que ascendiera Buzzati aquel día como el de hoy en que dejó de ser y de estar.
Al lector actual de Historias del atardecer, una selección de los relatos —a veces la argumentación de una anécdota y poco más— que el escritor publicó durante años en el Corriere —piezas que conocieron una traducción española en la legendaria colección Reno en 1966—, esa afirmación que se hace, en el artículo que dedica Wikipedia al escritor, donde se dice que era ateo, le choca. Puede que fuera cierto. Si se dice será verdad. Pero los textos allí reunidos, publicados originalmente como lecturas dominicales en el rotativo italiano, más que piezas del Corriere… parecen serlo de L’Osservatore Romano —el periódico oficial de la Santa Sede—, y parecen darnos a entender que Buzzati fue un católico muy de la época en que vieron la luz por primera vez esas historias, un tiempo marcado por esa renovación de la Iglesia en base al Concilio Vaticano II —iniciado por Juan XXIII en 1962— y la encíclica Ecclesiam Suam —publicada por Pablo VI en 1964—. Y Buzzati, escribiendo como inspirado por aquellos años de renovación, para un Corriere en el que también colaboraban Pier Paolo Pasolini, Italo Calvino u Oriana Fallaci.
El curso de los días, la pátina del tiempo, otorga a las obras un valor testimonial que incluso puede redimirlas de la condenación en base a otras consideraciones. Verbigracia, esas fotos malas —y no digamos las canciones— que con los años se convierten en auténticos documentos del tiempo en el que fueron tomadas como meras instantáneas, sin pretensión estética alguna. Creaciones que, con el devenir de los años, adquieren un valor del que carecían en su momento desde una perspectiva artística.
Algo de eso —un documento de los años 60— es el mérito que tienen ahora esas historias vespertinas de Buzzati que no son ni El desierto de los tártaros ni La famosa invasión de Sicilia por los osos (1945), el más celebrado de sus cuentos infantiles. Desde las recomendaciones, que se llamaba entonces a lo que hoy decimos “tráfico de influencias”, hasta la forma en que referían a las mujeres aquellos señores que, después de propasarse con ellas en cualquier barra americana, las llamaban “señorita” y les preguntaban con fingido interés si las habían molestado. Buzzati, si no era uno de aquellos caballeros, que hablaban del “elemento femenino”, al menos los conocía bien. Pero juzgar desde las perspectivas de nuestro tiempo a los escritores del pasado, a no ser que queramos condenarles por cuentas aún pendientes, es como acusar a un sueco de ser un mal español.
Los más de 60 años transcurridos desde su concepción, y el medio siglo largo desde que el autor ascendió a ese capítulo en que la historia de la novelística italiana le recuerda, nos dicen que es ocioso comparar Historias del atardecer con El desierto de los tártaros. Las Historias —del atardecer porque estaban escritas para un vespertino, para ser leídas al final de la jornada, cuando el tiempo transcurría más despacio— no son otra cosa que una colección de relatos concebidos para la prensa cuando el fin último de los periódicos era envolver el pescado. Esto quiere decir —sin que ello suponga menoscabo alguno para el cuarto y el más digno de todos los poderes porque solo mantiene su independencia combatiendo en buena lid a todos los demás— que fueron redactados con una premura que no obró en El desierto…, localizada en un territorio mítico y en una época atemporal. Las Historias debieron de ser concebidas para halagar a ese sector de los lectores del Corriere atento al nuevo rumbo de la Iglesia Católica, El desierto… para el deleite de los descreídos, que aguardan sin ton ni son entre la nada y la eternidad. Eso sí, El desierto de los tártaros es una de esas pruebas irrefutables, incontestables, inapelables de que leer y escribir son las actividades más nobles y elevadas que puede llevar a cabo el ser humano. Un día como hoy, Dino Buzzati dejó de colaborar en el Corriere della Sera para entrar en la eternidad.


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