A raíz del diagnóstico de autismo de su hijo mayor, Carla Gracia encontró en la pintura de flores y en la exploración de sus propiedades un camino de sanación y libertad. Esta novela es la plasmación de todo lo que ha aprendido en estos últimos años.
En este Making Of, Carla Gracia cuenta cómo escribió El jardín dormido (Espasa).
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Durante una época de mi vida, los lunes por la tarde eran el único lugar donde yo existía. Dos horas. Nada más. Mi hijo estaba muy mal y yo debía atenderlo todo el tiempo. Vivía en estado de alerta permanente, con el cuerpo tenso y la cabeza llena de listas invisibles. Aun así, intuía que, si no encontraba un pequeño espacio propio, algo dentro de mí se apagaría del todo.
Durante un año, esas dos horas semanales se llenaron de plantas. Pintaba hojas, tallos, flores. Las observaba despacio, casi con devoción. Y poco a poco empecé a leer sobre ellas: sus propiedades, su simbolismo, su historia. No era una curiosidad intelectual; era una forma de entenderme. Las plantas no me pedían nada. Solo atención y tiempo. Y me enseñaron algo fundamental: sanar no es olvidar.
Mientras cuidaba de mi hijo, entendí que no podía borrar lo vivido, ni lo difícil, ni el miedo. Pero sí podía crecer desde ahí. Igual que una planta herida vuelve a brotar si encuentra las condiciones adecuadas. Esa idea —crecer desde la herida— se convirtió en el primer pilar del libro, pero antes fue una certeza vital.
Con esa certeza apareció también la culpa. La culpa de no ser suficiente. De no merecer estar bien cuando otros no lo están. De sentir que, si alguien se rompe o se va, una misma queda en deuda con la vida. La culpa que muchas mujeres llevamos encima sin nombre. La protagonista del libro la siente, pero esa culpa era, en realidad, la mía. Escribir fue una forma de exonerarla, de mirarla de frente y decirle: hasta aquí.
Las plantas me ayudaron a entender que la fuerza no había desaparecido, solo estaba en pausa. Como la rosa de Jericó, que parece seca, cerrada, muerta, pero que al contacto con el agua se abre y reverdece. No necesitaba convertirme en otra persona: solo darme agua. Descanso. Cuidado. O como el eléboro, que florece en invierno, cuando todo parece detenido. Me enseñó que seguir viva, a veces, ya es una forma radical de valentía.
Mientras pintaba y escribía, empecé a documentarme sobre la relación entre las plantas y las mujeres. Descubrí —o recordé— que fuimos nosotras las primeras en hacer germinar semillas, en observar ciclos, en aprender qué curaba y qué alimentaba. Las primeras en domesticar la naturaleza no para dominarla, sino para convivir con ella. Durante siglos, las plantas fueron nuestro conocimiento, nuestra medicina, nuestro lenguaje.
Cuando los hombres se apropiaron de la medicina y nos apartaron del arte de curar, nos relegaron a jardines ornamentales. Pero incluso allí seguimos creando sentido. Convertimos las flores en mensaje, en símbolo, en arte. Como hizo Mary Delany, recortando y clasificando flores como si les devolviera una voz. O Georgia O’Keeffe, agrandándolas hasta que ocuparan todo el espacio que se les había negado.
Y mientras todo eso tomaba forma, mi vida personal también se resquebrajaba. Un matrimonio se rompía. Y en medio de esa gran decepción, apareció la última gran idea del libro: el amor no debería salvarnos. Debería mirarnos. De cara. Como compañeros. Sin rescates ni dependencias. Pero para eso, antes, yo debía habitarme a mí misma. Despertar mi propio jardín interior.
El jardín dormido no nació de una estrategia literaria. Nació de dos horas los lunes. De plantas pintadas en silencio. De una vida que pedía ser cuidada con la misma paciencia con la que se cuida un brote frágil. Porque despertar un jardín —y una persona— no es forzar nada. Es permitir que, cuando llega el momento, algo vuelva a florecer.
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Autora: Carla Gracia. Título: El jardín dormido. Editorial: Espasa. Venta: Todos tus libros.


Muy sugestivo el relato, la obra y el comentario. Pero lo que me incomoda en demasía es que en Zenda -precisamente en Zenda- se empleen sin motivo, de forma frecuente, casi cada semana, en alguna de las presentaciones, el extranjerismo, el barbarismo “Making of”. Tan dificil es decir “como se hizo” o similar expresión, para no tener que emplear giros y construcciones del colonizador lingüistico anglosajón. Gracias.