Mientras una sonriente orla de mujeres maneja con entusiasmo nuevos tambores de guerra, algunos sentimos la lenta amenaza de cambiar una digna y clásica “cáscara amarga” por otra, casi directamente podrida. Pero en esto llega a nuestras manos Se quiere otra vida, un libro cargado con la rara bocanada de aire. Asombrosamente, su autor, Lluís Pla, contesta, recoge cien guantes, hasta podría pensarse que descuelga el teléfono. A Pla le guía una bendita voluntad casi escolar de diligencia, esmero y concentración. En medio de la mala educación reinante, hay en este hombre una inusual simpatía, una generosidad personal e intelectual que logra sostener una disciplina de la atención. El resultado es una escucha que no cesa de hacerse preguntas, entrando con ironía en múltiples campos que habitualmente la filosofía no frecuenta, desde los dispositivos del nuevo autismo en red y el gym posthumano hasta el pesimismo luminoso de una novela llamada Solenoide.
Quizá por una sobriedad civil de cuño anglosajón, matizada por Thoreau y Emerson, Pla no debería hacer eso. Pero una curiosidad honesta e irreparablemente juvenil le empuja a meterse en camisa de once varas y salir a flote. De la mejor de las maneras, con un libro fresco, desenvuelto e ingenuo. Y esto es lo bueno, señala el prologuista Castany: ingenuus, vale decir, nacido libre, sostenido por sí mismo.
Después hay otro factor de llaneza, una bajo de fondo que podría llamarse pesimista, pero que resulta luminoso: la implicación de la subjetividad urbana media, esa que podría llamarse aspiracional, en las lacras de la época. Incluida su sevicia. A pesar de una indisimulable fascinación por la continuidad parpadeante de las pantallas, para él casi un a priori material de cualquier experiencia posible, Pla mantiene el compromiso ético e intelectual con una posibilidad más alta que cualquier realización efectiva; en suma, con la potencia anónima que subsiste tras el último de nuestros gloriosos actos. Es posible que así sea fiel al mejor Adorno, aquel que en línea de Hegel es partidario de evitar a toda costa una síntesis final de reconciliación que obture la escucha de lo negativo. Tal vez se limite así una conectividad a todas luces mórbida. Afortunadamente aún hay accidentes, no sólo cuando los dispositivos se estropean. Es entonces cuando la esencia de la tecnología se revela que es la dependencia, aquello que indignaba incluso al ilustrado Kant.
De Weber y Castells a Sun Tsu, a Cărtărescu, no faltan nombres. Pero ante todo vuelve en este libro una pregunta anónima que podría inquietar este panorama de narcinismo global, lo que Pla llama industria de la vanidad programada. Si todo el mundo emite, ¿quién escucha? La sordera social y política ante lo inesperado, sea la música de Extra Life o una improbable catástrofe ferroviaria, podría sugerirnos que hoy apenas escucha nadie. Apenas, pero no del todo. Es posible que a Pla no le desagrade una hipótesis según la cual el estrés del calentamiento global tiene también un trasfondo de enfriamiento local, continuamente alimentado por pantallas cada día más interactivas. ¿Cuándo nos rendimos?, se pregunta nuestro pensador. Quizá cuando abandonamos el reto leve de lo posible, cuando liquidamos el erotismo jovial e inmaduro de lo negativo en la interpasividad propia del espectacular totalitarismo liberal. ¿No es el abandono de lo trágico lo que ha convertido nuestra comedia social en grotesca y, a la postre, muy aburrida?
Es posible que la finalidad última de esta producción de sentido que sigue el modelo rizomático 24/7 sea convertirnos a todos en asistentes sociales, en espectadores a tiempo completo y agentes de movilidad. El trasfondo de este ensayo de Pla es la mutación de un capitalismo fordista y keynesiano, más bien heteropatriarcal, a otro disperso donde una inclusividad casi sexy es la ley. Ley que no parece autoritaria, pues se confunde con las formas con las que afrontamos la exterioridad, subsumida en una gigantesca fábrica de lo sensible.
Quizá en la lógica de este libro la impunidad del genocidio de Gaza se explique porque los habitantes del llamado Primer Mundo viven eternamente in the loop, cebados por la teología barata de la diversidad y ahítos de efectos especiales. Hay que entretener a los que esperan. De hecho, una de las noticias más frecuentes de cada cadena es su propio récord de audiencia. Es así, reconoce Pla, que nadie parece querer otra vida. ¿Es posible que Han tuviera entonces algo de razón al sugerir que sólo otro apocalipsis puede salvarnos? La posición de Pla es más muscular y jovial que esta. Su humor parece consistir en que la vigilancia crítica nos ahorre la convalecencia clínica.
Quizá nada ha muerto, después de todo, sino que se ha vuelto inconsciente. El libro clásico iba a terminar a manos del e-book. El cine también, a manos de las series. Pues no, afortunadamente no está tan claro el apocalipsis. Ni siquiera para el pensamiento. “La filosofía no tiene absolutamente nada que ver con la eternidad” (Rorty). ¿No hay en este absolutamente un lapsus irónico que deja un resquicio para el regreso de cierta entereza espiritual? Sólo ella podría ponerle término al divertido asesinato del alma (Kafka) en que se ha convertido este capitalismo histriónico. Da la impresión de que Lluís Pla, con su humor civil, apuesta por tal militancia educada.
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Autor: Lluís Pla Vargas. Título: Se quiere otra vida. Editorial: Irrecuperables. Venta: Todos tus libros.


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