A veces, la fama, la proyección mediática de un creador destaca, ante todo, por la actividad que lo dio a conocer y lo mantuvo en el primer plano de la actualidad. Joan Baez es un caso claro al respecto. Cualquier lector mínimamente sensible a la música norteamericana en el último medio siglo (más aún si ha seguido a sus grandes cantautores) vincula a la cantante con las luchas por los derechos civiles en EEUU en los años 60-70, con la contracultura y el movimiento hippie, con las movilizaciones contra la guerra de Vietnam, y en general a favor de todas las causas democráticas. Sin embargo, como Leonard Cohen o Bob Dylan y tantos otros, tuvo una actividad que evolucionó en un segundo plano respecto a la música y a sus conciertos a lo largo de su trayectoria artística. Se trata de la poesía. Poesía pura y dura que, en edición bilingüe y traducida por Elvira Valgañón (dato que no se referencia en la portada del libro), llegó el pasado otoño a las librerías con el título Cuando veas a mi madre, sácala a bailar. Son casi setenta poemas, escritos en las últimas tres décadas, que Baez nos ofrece bajo una estructura sencilla: el libro se divide en cuatro capítulos, carece de estudio preliminar (se echa de menos una contextualización) y responde a una situación piscológica y emocional de la cantante, vivida de un modo intenso. Los primeros poemas, es decir, su “acceso” a la escritura de poesía, datan de 1991, año en el que, tal y como nos cuenta la autora en el prólogo, empezó “una terapia que dio como resultado un diagnóstico de trastorno disociativo de la identidad”, terapia con la que se enfrentó a un trauma de la infancia. La memoria: ahí están la raíz y el hilo conductor que dan sentido a los poemas de que se compone el libro.
La segunda parte se compone de una suma de evocaciones que acuden a la niñez y a la adolescencia propias y derivan hacia la infancia de Gabriel, su hijo, nacido en 1969, y a las desatenciones que fue dejando en el camino en tiempos de compromisos colectivos y de plenitud de su carrera artística en el mundo de la música. Es una recapitulación sobre la vida y los otros y sobre las contradicciones acumuladas en su vida íntima. La Baez se confiesa y se culpa, se adentra en sus agujeros emocionales y abre paso a una poesía confesional y directa, pero cargada de giros líricos, de evocaciones esponjadas por la emoción, como si tardíamente hubiera descubierto en el tiempo pasado (y perdido) secretos ocultos o instantáneas a las que no dio importancia. Vuelve la memoria y lo hace cargada de una mezcla de melancolía y pesadumbre: la aparición de un ciervo entre la hierba, confesiones y dudas expuestas por Gabriel en la infancia, las amigas de los ocho años, una mudanza, la madre joven e invencible… Quizá haya, en esta segunda parte, un poema que resume el sentido último de la reflexión de Joan Baez. Es el poema “Campanillas de plata”, un poema breve con el que se mira, de modo retrospectivo, en un espejo que es propio y es de su hijo, un ser indefenso y desatendido: “Qué indefenso estaba. / Pero yo no lo notaba, no lo notaba”, escribe. Y añade: “Él allí, en su habitación y yo a su lado / pero a más de mil millas”. El poema, que se cierra con un “Perdóname, niño mío”, es algo parecido a una síntesis de ese segundo apartado del volumen. La petición de perdón es extensible a la niña que fue y al mundo que rodeó a su hijo mientras ella vivía el éxito profesional y sus incursiones en el compromiso civil.
La tercera parte de Cuando veas a mi madre… es un recorrido por la trastienda de su vida profesional, por vivencias artísticas, por lecturas, por recuerdos de amigos muertos, por visiones de paso asentadas en un mundo entre la realidad y la ensoñación, por detalles que pasaron en su día inadvertidos y que cobran vida nueva en el poema, y una meditación fragmentaria, puntual, sobre el proceso de escritura: “La poesía es como el amor, / no puede forzarse / o se acaba convirtiendo / en cemento / dentro de un tubo de pasta de dientes”. Esa búsqueda tiene, también, como destinatario a Gabe, su hijo: ya no se trata del niño indefenso, sino, tal y como refleja en la dedicatoria de uno de los poemas, de “Gabe, a los veinticuatro”. Se ha convertido en el “compañero del alma”, en el ser que ha crecido y madurado: “Mi hijo es un millar de hijos en uno”.
No podían faltar los amigos, aquellos que alimentaron el universo cultural y musical de la poeta: Jimmy Hendrix y su guitarra en Woodstock, Leonard Cohen, al que dedica un poema epistolar: “Hitler llegó al poder en 1933. Tú naciste en el 34. Yo tenía cuatro años cuando cayó el sangriento Tercer Reich, en 1945. ¿Somos solo uno, Leonard, o somos muchos al mismo tiempo?”, o Bob Dylan, personaje de un brevísimo retrato en el que alude a él por su nombre real, Robert Zimmerman, a la sombra del poeta e. e. Cummings.
El capítulo que cierra el libro lleva el sello del acabamiento, y asoma en él la sombra de la muerte. Se trata de un acercamiento al final de algunos seres muy queridos intentando entender su vida, sus devociones, sus fracasos: el padre en el poema “Estos días”, subtitulado “mi padre a sus noventa y tres años”; la madre, que llegó a ser centenaria, sus hermanas Pauline y Mimi, esta última colega de peripecias musicales, el abuelo… En este apartado se encuentran, quizá, los poemas más extensos, como si la autora hubiera volcado en ellos algunas de sus deudas existenciales con sus vidas. Especial interés tiene el dedicado a su hermana Pauline, fallecida tras una larga lucha contra el cáncer, a la que rinde un hermoso homenaje por su compromiso con la naturaleza. El poema, uno de los más extensos del libro, titulado “La reina de la montaña”, nos acerca a una mujer casi desconocida: “Paulina era la hermana en la sombra, la que habitaba las colinas polvorientas / y hacía brotar del suelo flores” y es casi el preámbulo del que viene a dar título al volumen (y a concluirlo), dedicado a “mi madre y Jussi Björling [1]”, un poema en que la Baez crea un espacio imaginario situando a su madre “En un espacio cualquiera / de la costa este, /aquel verano de 1931: / un montón de chicas y hombres sin hacer”.
La poesía de Joan Baez es sencilla y directa, conversacional a veces, pero de ningún modo tendente a ocupar el espacio de sus canciones. No son textos pensados para ser musicados, sino poemas con todas las consecuencias. Con mayúscula: poemas en verso libre, o en prosa poética, que tienen un sesgo narrativo, en muchos casos son pequeñas historias vinculadas a su mundo de relaciones; en otros hay un poso reflexivo: la poeta se sumerge en la duda acerca de la vida y sobre el sentido del poema. Un complemento, sin duda, a su biografía, pero mucho más: un libro con vuelo propio, con entidad, que conecta a la cantautora con la mejor poesía escrita por algunos de sus coetáneos. La sombra de Sharon Olds, de Anne Sexton, de otras poetas en cuyas obras el componente autobiográfico es más que visible, están, con todos los matices que se quiera, presentes. Cuando veas a mi madre, sácala a bailar es un libro a no dejar de lado. Un libro que acompaña y nos ayuda a entender la vida. La nuestra y la casi siempre desconocida de los mitos. Y toda una época.
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[1] Tenor lírico sueco (1911-1960), Jussi Björling fue uno de los más importantes cantantes del repertorio italiano junto a Enrico Caruso y otros cantantes de los años 50.
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Autor: Joan Baez. Título: Cuando veas a mi madre, sácala a bailar. Editorial: Seix Barral. Venta: Todos tus libros.


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