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Iván Gastañaga: “La herida del abandono cicatriza, pero no desaparece nunca”

Iván Gastañaga: “La herida del abandono cicatriza, pero no desaparece nunca”

Recuerdo que estábamos en la playa, el festival de escritores de Puerto Rico había terminado y al día siguiente regresábamos a España. Parecía que ya no teníamos nada de qué hablar después de aquellos días tan intensos. Me equivocaba. Mientras esperábamos al almuerzo, uno de los autores nos contó que uno de sus hijos había sido uno de los últimos niños rusos adoptados por españoles. En esa conversación había una persona que permaneció callada, y que, curiosamente, había tenido un papel importante en la adopción del primer niño ruso por una familia española. El primero y el último; la literatura cerrando un círculo. La vida de ese primer niño, que llegó a Cantabria desde Moscú, acaba de emerger en forma de libro hace apenas un mes. Iván Gastañaga ha publicado La genealogía del abandono (Debate), un apasionante documento sobre el viaje que emprende un joven para saber quién es, quiénes fueron sus padres biológicos y por qué decidieron darlo en adopción. Estas memorias del primer niño soviético adoptado por una familia española son también una narración sobre la identidad y cómo esta se forma a través de las capas que son nuestros antepasados, aunque no tengamos la más remota idea de quiénes fueron estos.

Hablamos con Iván Gastañaga sobre la búsqueda de tus orígenes en Facebook, acerca de la presión mediática de ser el pionero de las adopciones de niños rusos y de la huella imborrable del abandono.

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—¿Un niño adoptado deja en algún momento de sentir su condición de abandonado?

"No dejas de sentir que eres abandonado; lo que ocurre es que, dependiendo del momento de tu vida, puede doler más o menos"

—Yo creo que no. No dejas de sentir que eres abandonado; lo que ocurre es que, dependiendo del momento de tu vida, puede doler más o menos. Cuando una persona sabe que es adoptada, el sentimiento de abandono explota; esto duele durante mucho tiempo y luego se atenúa dependiendo de cómo cada uno trata ese trauma. Pero no desaparece y creo que no debería desaparecer. Es una marca que llevamos los adoptados y tenemos que vivir con ella.

—Dimitri Vladíminovich Dúlov es el nombre que eligieron sus padres biológicos en Rusia. ¿Cuánto queda de Dimitri? ¿Cuánto ha descubierto de él? 

—He conseguido descubrir a la mayor parte de mi familia biológica rusa y también a la mayor parte de mi familia biológica armenia. El nombre de Dimitri me lo puso mi madre porque era el nombre de su hermano. Y creo que fue una forma de guardar la memoria o simplemente hacer un corta y pega de otra persona y olvidarse. He descubierto muchas historias, de diferentes personas, sobre ese Dimitri de 1991 que no pudo continuar su vida en Rusia y se fue a España. Al final, ha sido un proceso para rehacer la historia de casi un siglo de una familia para saber por qué Dimitri tuvo que vivir ese abandono, y por qué lo vivieron otras personas antes que yo.

—La foto de la portada es de su álbum familiar.

"Es una foto en la que caminamos hacia adelante; eso es en parte lo que quiere comunicar el libro"

—Cuando la editora me comentó que me iban a pasar varias propuestas editoriales para la portada, le comenté que iba a estar en Santander y aprovecharía para bajar al sótano y rebuscar en los álbumes familiares. Me puse a buscar fotos y encontré esa, que es muy representativa porque se ve a mi padre adoptivo, a mi padre, caminando hacia el Kremlin conmigo en brazos. Tuvo que hacerse alguno de esos días en los que dejaban a las familias entrar y salir del orfanato durante la espera del visto bueno para la adopción. Es una foto en la que caminamos hacia adelante; eso es en parte lo que quiere comunicar el libro, una forma diferente de crear una familia.

—En el libro desenmaraña su genealogía, y en ese proceso descubrimos a personas como su abuela Alison, que también vivió una suerte de abandono.

—Mi abuela nació en África, en las colonias inglesas, en Tanganica, porque su padre trabajaba para el Imperio Británico. Había estudiado veterinaria con una beca, y una forma de devolver esa ayuda era trabajar en el exterior. Mi abuela nació en Tanzania y luego volvieron a Inglaterra al comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Ella no tenía conciencia de esa época porque era muy pequeña cuando regresaron a Inglaterra, pero luego emigró muy joven al sur de Europa, a España, donde conoció a mi abuelo. Creo que siempre ha querido volver a su país, a Inglaterra. Cambias de país, pero siempre quieres volver a donde está tu memoria. ¡¿Qué te voy a contar yo, que ahora vivo en Chicago?! (Risas) El invierno acaba de empezar y terminará el 15 de junio; nueve meses de temperaturas bajo cero. Muchos de esos días me pregunto: “¿Por qué me he ido de mi casa?”. Y sí, yo he visto en mi abuela materna ese sentimiento de desarraigo con el que me identifiqué al ser adoptado.

—Hay un pasaje donde sale tu abuela Alison que se me ha quedado grabado: cuando cuenta que se da un golpe en la cabeza, la llevan al hospital y su madre no va a verla porque no era una de sus hijas preferidas.  

"Muchos de los de esa generación, que nacieron después del final de la Segunda Guerra Mundial, vivieron con una falta absoluta de cariño"

—En esa época se tenían un montón de hijos, y ella no era la preferida de su madre. Un día me lo contó, y lo hizo como quien te dice que ayer estuvo en un supermercado comprando un paquete de galletas. Ella se dio un golpe en la cabeza y sus padres no fueron a visitarla durante semanas. Imagínate asimilar un trauma tan fuerte, un desamor tan fuerte. Muchos de los de esa generación, que nacieron después del final de la Segunda Guerra Mundial, vivieron con una falta absoluta de cariño y de amparo en la familia. Esos abuelos son los pilares de toda nuestra sociedad.

Orfanato en Moscú, 2014

—El proceso de adopción fue complejo. En él tuvo un papel importante su tía Vera.

—Vera es la hermana de mi madre. Estaba destinada como periodista para varios medios de comunicación españoles para cubrir la caída de la Unión Soviética. Estuvo por varios países de la Europa del Este hasta que le tocó estar de corresponsal permanente en Moscú. Entre 1990 y 1991 es cuando se produjo la desaparición de la URSS y la reconversión de la Federación Rusa. En ese momento ya había habido varias adopciones internacionales de niños rusos, pero la mía fue la primera de una familia española. Quizás hubo antes alguna de Ucrania u otras repúblicas soviéticas. El proceso de adopción duró cuatro meses, desde la primavera de 1991 hasta el mes de agosto de ese mismo año. Creo que para ella fue un proceso absolutamente terrorífico y traumático; ella tenía la responsabilidad indirecta de conseguir un hijo para su hermana y su cuñado.

—Su tía Vera tenía miedo de que le asignaran a su hermana un niño con daños cerebrales o uno de Chernóbil con un cáncer. 

—Sí, porque eso es algo que tristemente sucedía en aquellos años. La catástrofe de Chernóbil dejó miles de mujeres embarazadas, cuyos hijos tenían problemas graves de salud que no estaban a la vista. La radiación te machaca el cuerpo por dentro y no por fuera. Ella estaba aterrada con la idea de que no fuera un niño sano, que incluso pudiera morir antes de salir de Rusia. Hubo muchos casos de familias que fueron engañadas. Este era uno de los grandes miedos de los padres que adoptaron en Rusia.

—Su adopción se convirtió en noticia. Apareció en los medios con nombre y apellidos y sin que se pixelara su cara. Usted fue el “pionero” para la prensa.

"La prensa mostró la cara positiva de la historia, y eso animó a más familias que querían adoptar"

—Antes no había esas leyes de protección de la privacidad. La prensa más amarilla les hizo varias jugarretas a mi familia. Mi padre tuvo que ponerse serio; les dijo que concedía las entrevistas que quisieran, pero que les dejaran respirar; acababan de tener un hijo. Fue una noticia muy comentada porque nadie había hecho antes ese proceso de adopción. La prensa mostró la cara positiva de la historia, y eso animó a más familias que querían adoptar.

Iván con su hermana biológica

—En las redes sociales encontró una vía para empezar a buscar sus orígenes, pero en muchas ocasiones lo que obtuvo fueron desprecio y amenazas.

—Sí, creo que las redes sociales sirven para buscar. Ahora me dedico profesionalmente a ayudar a otras personas a buscar a su familia. En ese proceso, las redes sociales son esenciales, pero hay de todo. Creo que el 80% es basura y el 20% de verdad. Cuando contactas con personas de otros países, con otro idioma, otra cultura, de los que no conoces absolutamente nada, pues cualquiera se puede colar por ahí y hacerse pasar por tu padre o tu madre o tu prima. Te dice: “Dame 500 euros y te cuento cosas”; se los mandas y luego te quedas como estabas. En realidad, peor, sin los 500 euros. (Risas) Conozco casos de personas que han sido estafadas durante años, que han mantenido relaciones con personas que luego descubrieron que no eran de su familia. Ahora en 2026 tenemos más formas de verificar quién está al otro lado de la pantalla. Cuando realicé mi investigación, entre 2008 y 2010, no había eso, pero nunca llegué a pagar a nadie, porque siempre desconfié de todo el mundo.

—Y pasó al revés: tu hermana biológica desconfiaba de ti cuando la encontraste en Facebook.

"Me había dedicado a enviar mensajes a todos los que encontré con los nombres y apellidos de mi padre"

—Sí. Eso fue una locura. Tenemos los mensajes guardados y las capturas de pantalla. Me había dedicado a enviar mensajes a todos los que encontré con los nombres y apellidos de mi padre. Su nombre en armenio es como llamarse Miguel Pérez en España. Entonces tuve un pálpito: “Tiene que ser esta chica: por la fecha de nacimiento, por la foto, debe ser ella”. Y fue la única que me dijo: “No me vuelvas a escribir, déjame en paz”, o algo así. Al cabo de unas semanas me volvió a escribir: “Perdona, pero creo que somos hermanos”.

—El nombre de su madre biológica es Elena. ¿Qué sintió cuando lo escuchó por primera vez?

—Es algo que no recuerdo porque lo supe siendo un niño. Los papeles de la adopción siempre estuvieron ahí, pero tuve una desconexión total con mi familia de origen. Gracias a Dios, su nombre estaba en los documentos y luego pude reencontrarme con ella.

Buscando a mi padre. Armenia, 2017

—La última gran revelación que se produce en el libro, la última parte, es la del nombre de tu padre y su procedencia, es como la última pieza que faltaba por encajar en el puzle.

—Sí. Esta fue la última revelación. Yo no tenía ni idea de que el origen de mi padre estaba en Armenia, aunque él llevaba años viviendo en Rusia. Y la verdad que sí fue un shock, porque claro, yo llevaba toda la vida pensando que descendía de una familia cien por cien rusa y descubrí, como cuento en el libro, que es todo un enjambre de orígenes.

—¿Por qué un ensayo y no una novela?

"Intenté la novela muchas veces, pero no tenía las armas, ni la formación, ni la práctica para escribirla"

—Intenté la novela muchas veces, pero no tenía las armas, ni la formación, ni la práctica para escribirla. En realidad era mucho más fácil escribir ficción que no ficción, porque podía inventarlo todo, pero no me salía escribir una novela, me resultaba muy complejo. Al final, conté mi historia desde la no ficción cuando recibí la llamada de la editora a la que había enviado la obra. Ella me dijo que la historia era maravillosa, pero que debía contarla desde la realidad. Esa conversación me hizo cambiar la perspectiva.

—Terminamos. ¿La herida del abandono cicatriza en algún momento?

—La herida del abandono cicatriza, pero no desaparece nunca del cuerpo. La cicatriz está ahí y tampoco desaparece el dolor. Esa cicatriz te recuerda lo que pasó, y a veces duele, pero creo que es necesaria, que no debe desaparecer nunca.

***

Unos días después de hablar con Iván, recibo un WhatsApp. Es mi amiga Berna González Harbour. “Le has hecho una entrevista a mi sobrino”. No entiendo. Repaso las últimas que hecho: Rosa Montero, Eva Cosculluela, Agustín Fernández Mallo… ¡Iván Gastañaga! De repente, como en el final de una serie de misterio, todas las piezas encajan: la tía Vera es Berna. Ella se encargó de la adopción cuando estuvo de corresponsal en Moscú. La abuela Alison aparece también por uno de sus libros… Mi mente regresó a esa playa del Caribe. Estaba otra vez escuchando el relato de Nacho Ferrando y viéndola a ella. El primero y el último. El ouróboros. El círculo perfecto. El presente devorado por el futuro y consumido por el pasado.

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