Una avería obliga a desalojar un avión y a demorar un día el vuelo Roma-Barcelona. Mientras esperan noticias de su nuevo embarque, cuatro pasajeros de dos generaciones distintas se conocen y pasan juntos esas extrañas horas suspendidas.
En este making of Paula Hoyos explica cómo escribió Dormir fuera de casa (Candaya).
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En dos ocasiones había intentado escribir una novela y las dos veces había fracasado. Me lanzaba a escribir con una idea difusa en la cabeza y creía que después, a través de la escritura, encontraría la historia. Pero las cosas no funcionan así, al menos no en mi caso.
Comencé entusiasmada. Guillem y Julio, mis dos primeros personajes, surgieron pronto. Lalia e Inés se resistieron más, hubo varias versiones de ellas que no acababan de funcionar. El problema era que no encontraba la distancia adecuada. Todos podían tener algo de mí, pero ninguno debía ser yo. Dormir fuera de casa es una novela coral, y uno de los objetivos era que el texto estuviera equilibrado: nadie debía ser protagonista, todos debían funcionar como un conjunto de personas, como una unidad.
Ianire Doistua me planteó las preguntas adecuadas durante el proceso, las cuales me hicieron darme cuenta de algunos errores. Avanzaba lentamente con la escritura. Compartía fragmentos con mis compañeros del taller. Algunos días pensaba que el texto era una genialidad; otros, que era una basura. Disfrutaba escribiendo, aunque muchos días no escribía casi nada. Los momentos más interesantes eran aquellos en los que el texto «se me iba de las manos» y surgían temas que no había previsto incluir. Leía en voz alta. Si me bloqueaba, escribía a mano.
Por una parte, estaba el trabajo duro: las horas que pasaba tecleando con el portátil sentada en la cama, en la biblioteca Montserrat Abelló y en una cafetería tranquila que había junto a mi casa, pero que ya no existe. Por otra, estaba el trabajo blando: todas las veces que me convencía a mí misma de que debía ir a buscar los detalles. Recuerdo una tarde de primavera en Sant Felip Neri, observando los pétalos naranjas del centro de la plaza; el silencio del passatge Sant Felip; la pastelería de Gracia en la que comí una sfogliatella napolitana; el olor de la iglesia de Santa Maria del Pi. Todos los detalles que «tuve que ir a comprobar» para escribir la novela. Y, por supuesto, los libros que he leído y las películas que he visto convenciéndome (o engañándome) de que eran imprescindibles para definir el carácter de uno u otro personaje. «Solo podré escribir este capítulo si leo tal novela». «Solo podré avanzar si vuelvo a ver esa película». «Esta obra de teatro me servirá para esta idea».
Cuando tuve el primer borrador, dejé reposar la novela y me entretuve escribiendo relatos durante meses. El cordón umbilical ganó el María de Maeztu en Estella. Mi amiga Paula me llevó en coche a recoger el premio y me sentí, por primera vez, un poco escritora. Me ayudó a coger impulso. Esta dinámica se repitió: corregía, reescribía, borraba todo lo superfluo y volvía a abandonar el borrador para distanciarme del texto.
Entre el verano y el otoño de 2024 leí El cuaderno gris, de Josep Pla, subrayé algunos fragmentos, me interesaron especialmente las reflexiones acerca del estilo: «Tiene un defecto, claro: está un poco cargado de literatura. Los adjetivos son rebuscados, la frase es poco natural, la preocupación de la originalidad es demasiado visible. Pero ¿qué quieres hacerle? Es el defecto de la edad. El mejor estilo es el de las cartas a la familia, pero sin el exceso de abandono que suelen tener esas cartas […]»
Después hice la última revisión: borré los párrafos en los que me mostraba estupenda, aquellos en los que intentaba lucirme o impresionar. Traté de ser honesta y me impuse una pauta: solo podían quedar las frases que me creyera; aunque fuera ficción, tenía que sentir, al leerlas, que decían la verdad. Revisé el manuscrito y sentí que había llegado al final. Tuve la certeza de que podría pasarme años corrigiendo la novela, pero ya no sería capaz de mejorarla.
La envié a dos concursos de novela corta. Me olvidé del tema. Me dediqué a leer. De vez en cuando anotaba ideas en el móvil para una (quizá) futura novela y después las trasladaba a un documento del portátil llamado Notas.
La tarde del 28 de agosto de 2025, la responsable de bibliotecas de Getxo me llamó para comunicarme que había ganado el premio Ramiro Pinilla. Respondí al teléfono seria y bastante contenida. Al colgar, me tumbé en el sofá y pensé: «¡Vaya cosa acaba de ocurrir!». Tenía treinta y tres años, y el tiempo transcurrido había resuelto algunas cuestiones que me habían inquietado en el pasado. Al día siguiente, con la noticia asimilada, recorrí la calle Consell de Cent de principio a fin, con los auriculares puestos, bastante feliz y todavía incrédula: un grupo de desconocidos había conectado, de algún modo, con esos personajes que inventé y cargué con los detalles que recopilé durante años; personajes a los que hice coincidir y hacerse compañía en un juego de espejos donde unos tenían las respuestas a las preguntas de los otros.
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Autora: Paula Hoyos. Título: Dormir fuera de casa. Editorial: Candaya. Venta: Todos tus libros.


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