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Canción de Nueva York

“The Only Boy Living in New York” es una canción compuesta por Paul Simon que se encuentra incluida en Bridge Over Troubled Waters, el último disco que grabaron juntos Simon & Garfunkel. Es una canción de profundas raíces neoyorquinas, un poema para una ciudad que se vive instante a instante. Es también un lamento, vigoroso en parte, pero con el perfume de las cosas que ya no tienen arreglo. Como la ausencia, quizás con unas gotas de celos, que sentía Paul Simon por la traición de su amigo Art Garfunkel, que se había ido a rodar la película Catch 22, dirigida por Mike Nichols, otro neoyorquino ilustre.

El guionista Allan Loeb eligió el título de esa memorable canción de Simon & Garfunkel para pergeñar un guión que mezcla, como en un cóctel manhattiano de los buenos y en sus justas proporciones, a Woody Allen, al bueno, al que mezcla imágenes con Gershwin, o baladas de jazz con el piano de Bill Evans e historias de amores imposibles de Alvin, o Isaac Davis, o de Hannah y sus hermanas, con El guardián en el centeno —o para ser más exactos, si Salinger hubiera escrito cómo continuaba la historia de Holden Caufield—, junto con unas gotas de esencia de Ingmar Bergman si este hubiera pasado una época en Manhattan en otoño, ya saben, Autumn in New York, compuesta por Vernon Duke allá por 1934 —a mí me encanta la versión de Diana Krall de 2020—, paseando por Gramercy Park, un día sin nada que hacer, o viendo pasar a las chicas en Bryant Park a la salida del trabajo.

"Webb sabe que tiene entre manos una historia de primera, de las buenas, de las que si las desaprovechas vas a la cárcel de las películas destruidas. Y de ahí no se suele salir"

El cóctel es imbatible, y aún más si se puede beber en hora y media, la medida perfecta para una película en general y para una comedia elegante y sofisticada, muy sofisticada, con ribetes de melodrama familiar y literatura. Mark Webb rodó el guión de Allan Loeb, y recuerden el título original, porque no es casual la cita a la canción de Paul Simon —en España funge como Canción de Nueva York, muy vulgar—, como tampoco lo es la banda sonora repleta de buen jazz, de manera impecable, dando el lugar justo a las imágenes y a las palabras, con diálogos a veces imprevistos, a veces lacerantes, a veces estilo Oscar Wilde pasado por Billy Wilder y Allen, un tanto epigramáticos. Webb sabe que tiene entre manos una historia de primera, de las buenas, de las que si las desaprovechas vas a la cárcel de las películas destruidas. Y de ahí no se suele salir.

La película de Webb y Loeb —ya los títulos de crédito, muy New Yorker, valen una entusiasta ovación— desafía todos los tópicos neoyorquinos: adolescente confuso, escritor alcoholizado que puede que sea para el chaval oráculo, maestro, psiquiatra o algo más, gente bien del Upper West Side, demócratas y liberales, de los de Adlai Stevenson —si no saben quién es, pregunten a Barack Obama—, esposa depresiva y esposo adúltero por amor o por lo que sea, y estilo muy, muy literario, incluida esa némesis de los guionistas de pro que es una voz en off. Si ven la película en versión original, no cometan otro pecado, comprenderán su necesidad capital para todo el punto de vista de cómo contar esta historia que ya hemos visto cientos de veces.

"La película fue un fracaso como sólo las buenas películas lo consiguen. Las otras, las del postureo, se olvidan rápido; el postureo no, claro"

Así que el chaval, muy Salinger, que está justo en esa esquina peligrosa en que un amor de 8 de agosto y una noche fabulosa parece que lo son todo, justo antes de descubrir que la vida es otra cosa, o, quizás, la misma contada desde otra esquina más desgastada por el tiempo y los deseos, se va a vivir a un barrio nada elegante del sur de Manhattan porque tiene un conflicto con su padre, que se agrava cuando lo sorprende con una hermosa mujer. Una mujer a la que el chaval hace parte de su vida desde aquella primera esquina de la que les hablé unas líneas más arriba.

Lo dejo ahí, porque es lo justo y necesario. Vayan de pesca por las plataformas. Yo me gasté 8,99 euros de vellón en Apple TV para volver a verla, porque me martilleaba el recuerdo, favorable, de una sola visión allá por 2017 o 2018. La película fue un fracaso como sólo las buenas películas lo consiguen. Las otras, las del postureo, se olvidan rápido; el postureo no, claro. Por las mismas razones, absténganse los que ven, o no, una película por la votación popular de FilmAffinity, porque obtiene una media de 5,6. Si me preguntan por qué, proustianamente, me gasté una tarde de verano 8,99 euros para volver a verla, les diré que fue porque leí un reportaje-entrevista con Callum Turner, el chaval protagonista de “The Only Boy Living in New York”, que me parece, pese a sus orejas de soplillo, buenísimo, y al que sigo desde la serie Masters of the Air. También porque recordaba lo bien que estaban en la película Pierce Brosnan, Jeff Bridges, que si aún existiese la Academia de Hollywood probablemente habría ganado el Oscar en esa edición, la excelente y fascinante Kate Beckinsale, la subyugante Kiersey Clemmons y la sofisticada Cynthia Nixon. Todos están insuperables, como la propia New York, maravillosamente fotografiada por un tal Stuart Dryburgh.

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